En la edición número 16 de nuestra revista publicamos la historia de Alejandra Cecilia Ospina Muñetón, paralelamente lo hicieron El Colombiano de Panamá y Conexión Colombia. Un mes después la búsqueda de esta colombiana residente en Ciudad de Panamá terminó tras encontrar a su padre Gabriel Agustín Ospina en el departamento de La Guajira. El encuentro se hizo, el pasado 3 de septiembre, a través de una entrevista con el periodista Mauricio Pichot en la "La W Radio".


 

Las cartas que Alejandra nunca envió

La niña Alejandra Cecilia Ospina Muñetón, de apenas trece años y medio de edad, huyó de su padre Gabriel Agustín Ospina Freile, y sintió que no lo volvería a ver, cuando sigilosa y descalza, cruzó frente a la puerta de su dormitorio, a plenas tres de la madrugada, pensó en la ternura con que él le habló unas horas antes, y avanzó temblorosa por los espacios amplios de la casa, se despidió de todo y de todos con una mirada de susto, y alcanzó al fin la calle en busca de un bus intermunicipal de pasajeros, que trece horas después, la dejaría en la Terminal de transportes de Cartagena de Indias

Por Jorge Iván Mora Zapata*
elcolombianodepanama@yahoo.es

Desde entonces y tal vez para siempre, ella cree que aquella noche inexacta del calendario es la más inolvidable de todas las que alcanzó a vivir en su ciudad natal Riohacha, el puerto caribeño de la provincia de la Guajira , al extremo norte de Colombia, donde el mundo parece un desierto, el viento huele a sal y la vida de los hombres se desliza como un juego de contrabando.

La revelación de esta fuga ocurrió hace unos días, veinte años después, en un apartamento de la barriada Parque Lefevre, en Ciudad de Panamá, mientras la Virgen del Carmen, detenida en un cuadro de colores pastel clavado en la pared que divide la sala de la cocina, parecía observarla con ojos conmovidos. En ese momento, Alejandra volvió a llorar pensando que a la edad de cuatro años, a pesar de la inexpresividad afectiva de su padre, siempre distinguió el latido alegre de su corazón cuando la ponía en medio de sus piernas frente al timón de la camioneta último modelo y le conversaba con palabras suaves y cariñosas. De otro modo, la elevaba de pronto con sus brazos largos, la colgaba alrededor del cuello y los hombros, y caminaba con ella a lo largo del malecón de Castillo Grande en Cartagena, y años más adelante, muy en la mañana, mostrándole el cielo despejado y azul de los días iluminados de Riohacha, las cabras sin destino feliz empujadas por indígenas wayyú entre una calle fantasmal cubierta de arena rojiza, o los juegos de las olas del mar eterno de la Guajira acariciando las playas contiguas a la casa de calle Ancha, sede del trono familiar de la princesa abuela, Adelayda Remedios, quien siempre estaba atenta a la llegada de sus hijos y nietos para consentirlos con las exquisitas berenjenas rellenas con carne molida al horno.

Pero ahora el recuerdo es un reclamo: "quiero encontrar a mi papá." Y su papá, Gabriel Agustín, se hizo famoso en la economía dorada de la región de los años setenta con el sobrenombre de Tin Pelusa, quien a pesar de ser un estudiante del montón, acabó graduándose en Administración de Empresas en la Universidad de Cartagena. Allí conoció a Lilia Muñetón, enfermera al servicio de la Cruz Roja Colombiana, le apostaron al amor y echaron a andar la vida. Por entonces nació Alejandra Cecilia, un amanacer de junio en Riohacha, por designio expreso de su padre, aunque en realidad la pareja vivía en Cartagena.

A Tin Pelusa siempre le gustó vivir bien y por eso se movía entre la capital de la Guajira y el Corralito de Piedra. Primero empezó perdiéndose de la casa de Lilia los fines de semana. Luego, la niña Alejandra notó su ausencia de muchos días. Y finalmente su madre y ella se quedaban esperándolo en vano. Lilia se hizo la de la vista gorda pero por las confidencias llegadas a través del teléfono amable de la Cruz Roja, lo supo todo. El hombre se quedó a vivir definitivamente en Riohacha junto a su nueva esposa, y más adelante con sus hijos, es decir, los hermanitos menores de Alejandra Cecilia, que en su orden fueron Gabriel Darío Ospina Salas, Martha y el menor; Gilberto. A lo sumo Alejandra tendría ocho años de edad cuando se enteró que en verdad existía otra familia, al igual que ella, beneficiaria de los privilegios matriarcales de la princesa Adelayda Remedios.


Bautizo de Alejandra. Gabriel Agustín, Tin Pelusa, a la derecha y sus padrinos el odontólogo Rafael Ibarra y su esposa Rubi

Cada cierto tiempo, sobre todo en vacaciones escolares, Tin Pelusa se dejaba aparecer por Cartagena de Indias. Llegaba con su camioneta cargada de comestibles y bebidas, y los repartía con placer solidario entre la vecindad de la barriada El Gallo, a cambio de que cuidaran celosamente a Lilia del Socorro y su hija Alejandra Cecilia. De regreso a Riohacha cargaba con su primogénita, la alojaba en casa de Adelayda Remedios y madrugaba con la recua de hijos a jugar en las aguas tibias del mar de Riohacha, porque según la abuela, el baño de mar temprano era bueno para la salud. Luego desayunaba en familia en la casa de calle Ancha y observaba en silencio como sus hijos bajaban las pócimas de aceite de tiburón con tragos de café, que la abuela les suministraba para preservarlos de los males de pecho.

Otras veces se llevaba a Alejandra a la casa grande y le ordenaba a su esposa Maria Elena Salas, cuidar con esmero a la hija visitante. Por eso Alejandra supo desde muy niña que en la Guajira los indios van de casa en casa ofreciendo leche agria y arepas fritas mezcladas con azucar y anís.

Cuando cumplió doce años, su madre, engañada y desengañada, decidió huir de los dolores del amor y convino con Tin Pelusa que Alejandra Cecilia se fuera a vivir a Riohacha, incialmente con su abuela. Lilia del Socorro viajó a Panamá y se instaló en casa de una familia judía que la contrató como enfermera, mientras que Alejandra lo hizo junto a su princesa abuela por un par de meses. Y en efecto, por la mañana era sagrada la porción de aceite de tiburón con tragos de café, pero en la tarde, para cambiarle el sabor a la vida, Adelayda Remedios sacaba de un rincón de la cómoda unas copitas muy chicas que rebosaba con Manischewitz , un vino tinto con sabor a cereza, que desde luego compartía con su nieta. Luego descubriría que el brindis de cereza fue una tradición caprichosa que la abuela, dueña además de una licorería famosa, extendió sin contemplaciones a todos los nietos.

No obstante, y a pesar de estos gestos cómplices, había rigores que ella no soportaba. Extrañaba mucho a su madre, pues nunca antes se habían visto en ese odioso drama de la separación. Alejandra, que sentía mucho dolor, se inventó una manera de desahogar las penas: además de rezarle piadosamente y con mucha fe a la Virgen del Carmen, se encerraba a escribir cartas a su madre o a su padre, poniéndoles quejas o expresándoles todo lo que sentía. Luego las metía en un sobre y finalmente las quemaba. La tarde que le escribió a su padre en medio de sollozos, diciéndole que estaba aburrida con su abuela, hizo exactamente lo mismo pero olvidó quemarla. Y la fiel y atenta empleada del servicio corrió a llevar el sobre descuidado en la mesa de noche a su matrona, quien se enfureció por la ingratitud de su nieta. Entonces, Alejandra se fue a vivir a la casa de sus hermanos menores.

Tenía un cuarto alfombrado y exclusivo para ella con aire acondicionado, televisor, betamax y equipo de sonido. Pero eso sí, le era prohibido salir. Solamente se sentía libre en la caminata diaria entre la casa grande y el colegio. Gabriel Agustín pensaba que si todo lo tenía en casa, nada tenía que buscar en la calle. Un año largo transcurrió sin que lograra acoplarse al ingrato ambiente de su nuevo hogar. Cada cierta noche, Tin Pelusa llegaba borracho, desenfundaba una pistola y disparaba indiscriminadamente al aire. Se peleaba con Maria Elena a la que ultrajaba, y en esos estados deplorables no dejaba de proferir uno que otro insulto a alguno de sus hijos. Asustada pero resuelta de valor, ella se atravesaba entre la pareja, los separaba y lograba controlar las trifulcas. De cierta manera, Tin Pelusa acataba sin reconocerlo las valientes intervenciones de su hija mayor.

Una tarde se apareció con un sujeto extraño, la llamó a la sala y se lo presentó como su futuro esposo. Otra noche la sentó en sus piernas y le colocó una cadena de oro en el cuello. Después le dijo que iba a contratar a alguien para que le enseñara a manejar. Un domingo de paseo en un río, le puso un revolver en sus manos para que aprendiera a disparar. Su primer disparo sería el último porque la arrojó de espaldas. "Yo no soy de armas", le dijo la chiquilla a su padre.

Pero el aburrimiento fue creciendo y cada vez fueron más evidentes las peleas con su madrastra y los desafíos entre ambas. Los resultados en el colegio donde estudiaba bachillerato eran desastrosos. Por esos meses escribió varias cartas y se cuidó de quemarlas. Pero hizo amistad con la empleada doméstica que le cogió cariño desde que se enteró de su intento de suicidio con cientos de pastillas que pululaban en su casa. Por eso le servía de cómplice en algunas travesuras. Incómoda también con sus patrones, había decidido renunciar al trabajo y marcharse. Cuando Alejandra empezó a urdir el plan de escape lo comentó con ella. Entonces fijaron la fecha de su ejecución.

La noche de la fuga, Tin Pleusa llamó a Alejandra y le anunció que en adelante la llevaría a discotecas, le disculpó su rebeldía y mirándola con sentimientos de culpa, le puso un collar con la estrella de David. En realidad Alejandra sentía que se estaba despidiendo de su padre. Pactó con la empleada que la llamara a las tres de la mañana, pero después le dijo que no lo hiciera, pues por agüero pensó que si le convenía volarse, ella sola despertaría. Pero no durmió, sobresaltada con la idea de partir de la casa grande. A las tres de la mañana se tiró de la cama, empacó lo necesario, dejó el aire acondicionado prendido a toda marcha, echó llave a la puerta de su pieza y salió acompañada de la empleada, quien también se marcharía para siempre. Alcanzaron la calle y caminaron hasta una estación de gasolina donde había un bus intermunicipal que resultó ser el que viajaba a Cartagena por la vía a Barranquilla.

Caundo llegó al terminal de Cartagena, sobre las cuatro de la tarde, en Riohacha se armó el escándalo. Tin Pelusa supo que su hija no estaba en casa porque viendo que eran las diez de la mañana y no se levantaba, optó por derribar la puerta de la pieza y de inmediato se sorprendió al ver su cama fría y vacía. Pero creyó ciegamente que un enemigo suyo a quien había visto pasar sigilosamente la tarde del día anterior por la calle de su casa, era el responsable del secuestro de su hija. Por eso convocó a sus compiches, acudió a la policía y alertó a las emisoras de radio. Ella, por su parte, no sabía cómo enfrentar a su tía abuela de adopción, para donde en realidad se había dirigido. A la tía abuela le causó extrañeza la llegada sorpresiva de su sobrina nieta y comenzó a indagar. Cuando dieron las ocho de la noche, Alejandra confesó que había huído de Riohacha porque no quería seguir al lado de su padre. Quería estar con su madre en Panamá. El tráfico de llamadas fue impresionante esa noche. Tin Pelusa hizo más de veinte llamadas tratando de convencer a Alejandra para que regresara, pero ella ni siquiera pasó al teléfono. Habló con su madre y en resumidas cuentas pactaron que se quedaría con la tía abuela por un tiempo, pues su padre no autorizaba, por ningún motivo, la salida de su hija del país. Pasaron cuatro meses, y cuando al fin Tin Pelusa accedió a conceder dicho permiso, le dijo a su hija que desde ese momento no tenía padre.

Sólo en un par de ocasiones de estos veinte años transcurridos desde entonces, ha sabido Alejandra de Tin Pelusa. La última vez, su hermano la hizo llorar cuando le anunció por teléfono que se había acabado la bonanza, no existía ya el matrimonio con su madrastra, y sus hermanos andaban dispersos en la ciudad de Riohacha. Alejandra ha escrito muchas cartas a su padre, primero reclamándole por qué no ha estado junto a ella en los momentos más difíciles de su vida, y últimamente, perdonándolo.


Alejandra con sus hijos Gabriel y Gabriela.
fotos: Omar Batista

En una de esas cartas, le contó que es ejecutiva de una importante compañía de seguros de Panamá y agente autorizada de viajes, recordando la felicidad de sus paseos al Cabo de La Vela en aquellos días cuando dormían a playa abierta en los chinchorros y se cubrían con mantas multicolores al amanacer, arrullados por el zumbido de las olas, comiendo langostinos, pulpo y langosta, o camarones secos preparados en arroz en los quioscos de la orilla de la playa. Le propuso que regresaran al desierto para verlo caminar descalzo por la arena -porque tiene la fe inquebrantable de que la Virgen del Carmen le hará el milagro- de la mano de sus nietos Gabriel y Gabriela, que desde luego llevan su nombre, porque además de una especie de prolongación de él mismo, son acaso, la práctica invención para sentirlo más cerca. Estas cartas han sido escritas de muchas formas y colores. Y terminan, con la frustración habitual, convertidas en cenizas después de ser devoradas por el fuego.

* Director Periódico El Colombiano de Panamá

 

 

 

 


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