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"Atando Cabos" es una alianza estratégica entre el periódico El Colombiano de Panamá, Conexión Colombia y nuestra revista La esquina regional que busca dar respuesta a una de las problemáticas que afrontan las y los colombianos que han dejado el país, la pérdida del rastro de sus familiares. Desde la edición pasada publicamos conjuntamente la sección "Atando Cabos" dedicada a tender los puentes para tratar de reestablecer los lazos de nuestros compatriotas, hombres y mujeres, que han perdido su camino a casa.
¿Dónde están mis hijos?
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La esquina regional, Conexión Colombia y El Colombiano de Panamá
Para que nuestros compatriotas desde cualquier esquina del mundo
puedan reestablecer los lazos con sus familiares en Colombia.
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Efraín León se dio cuenta de que era hora de dejar de pensar en que perdió a sus hijos y decidió comenzar a buscarlos. Lina Marcela y Gabriel Alfredo León Sepúlveda viven en Venezuela y su papá en Colombia los está buscando.
Por Verónica Rodríguez
Efraín se encuentra con su hija Lina Marcela de dos años. Él va uniformado en su moto de la policía. La niña le pregunta para dónde va y él le contesta que lo espere que va a dejar la moto en la estación y vuelve. Cuando voltea a mirar ella ya no está. Ese es el sueño que ha perseguido a Efraín León desde hace algunos meses. Hoy esa niña ya no es como su padre la recuerda. Tiene 17 años y él no sabe nada de su vida. Gabriel Alfredo, como cree que se llama su hijo menor, cumplió 15 y de él sólo tiene el recuerdo de un bebé de diez días del que ni siquiera puede decir que tenía los ojos de su mamá o se reía como su papá. Efraín perdió a sus hijos hace 15 años, cuando su esposa Magnolia Patricia Sepúlveda decidió irse a vivir a Venezuela. Desde entonces no ha tenido noticias de ellos y no sabe cuál ha sido su suerte.
La pareja se conoció en Codazzi, un pueblo del departamento de Cesar de donde es Efraín. Magnolia, una paisa que llegó a pasar vacaciones donde su tía, se enamoró tanto del estudiante de bachillerato amigo de su prima que decidió quedarse en el pueblo. Un día decidieron escaparse y comenzar una vida juntos. Eran muy jóvenes y ninguno de los dos había terminado el bachillerato. Se casaron y un año después nació Lina Marcela y al siguiente un niño al que iban a bautizar Gabriel Alfredo, como el papá de cada uno.
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Efraín entró a la policía. Trabajaba en la guardia del comando en Armenia en jornadas de casi 24 horas y el tiempo libre lo dedicaba a descansar y un poco a su familia. La situación desesperó a Magnolia quien amenazaba con irse hasta que lo hizo. Un día, en enero de 1990 se fue con ayuda de su mamá, quien estaba de visita, y sus dos hijos, sin contarle a Efraín para donde. Desde entonces no ha vuelto a ver a Lina y a Gabriel y tiene que contentarse con una foto deteriorada de su hija celebrando una navidad. "A uno se le derrumba el mundo", dice, por eso renunció a la policía y volvió a su casa en Codazzi a manejar el taxi de su padre. En mayo de 1991 Magnolia volvió sola. Le dijo que sus hijos estaban con la abuela en Venezuela pero no le dio mayores detalles. Eso fue lo último que supo.
Desde ese día todo son suposiciones. Efraín cree que sus hijos viven en Petare, un barrio popular de Caracas parecido a Ciudad Bolívar en Bogotá, porque cuando estaban juntos, Magnolia le comentó que su mamá vivía allá. Eso le preocupa porque dice no saber en qué condiciones han crecido, cómo se comportan y cuál es su forma de pensar. Cuando ve una adolescente en la calle supone que así debe ser su hija y a su hijo ni siquiera se lo alcanza a imaginar.
Hoy en día Efraín vive en Bogotá, trabaja como conductor de Transmilenio hace tres años y tiene una nueva familia. A los dos años de perder a sus hijos volvió a rehacer su vida con otra persona con la que tiene un niño de 12 años y una niña de cuatro. Según él fue como recuperar el derecho que le quitó su primera esposa de ver crecer a sus hijos y aunque ahora tiene una familia feliz, el no saber nada de Lina y Gabriel Alfredo no le permite tener una vida tranquila. Su nueva esposa lo apoya en su misión de encontrar a sus hijos.
Le tiene miedo a que una nueva persona haya llegado a ocupar su lugar de padre. Anhela que Magnolia les haya recordado que tienen un papá y que vive en Colombia. El reencuentro no se imagina co uniformado mo será. Lo único que cree seguro es que le van a preguntar que pasó, para lo cual ya tiene la respuesta: La historia detallada de cómo sucedieron las cosas, aclararles que nunca quiso hacerle daño a su madre y sobre todo recordarles que durante quince años nunca se ha olvidado de ellos.
"Hay gente que se ha encontrado después de 38 años y siguen su vida juntos de ahí para adelante. Yo no quiero que se me acabe la vida y no los vuelva a ver. Voy a seguir buscando hasta encontrarlos", concluye.
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