MUJERES CONTANDO

 ¿Cómo está el movimiento social de mujeres en Colombia?

   
     

 

 

 

Este texto recoge la experiencia de vida y la reflexión de la fundadora y directora de la Federación de Mujeres Campesinas del departamento de Cundinamarca, Fedemucc, en torno a la situación de las mujeres, a los logros y limitaciones de su trabajo social.

 

Por Omaira Álvarez Mora*

fedemucoma@hotmail.com

 

Hablar de los aportes que el movimiento social de mujeres ha hecho en Colombia implica, en primera instancia reconocer que  a pesar de los grandes avances y reconocimientos a las mujeres, en terrenos como el educativo y el laboral  en nuestro país, aún persisten brotes de machismo e intolerancia que se traducen en la vulneración de los derechos de las mujeres en todos los sectores pero especialmente en los populares y rurales, tanto en el ámbito de lo privado como de lo público.

Es importante reconocer que el movimiento social de mujeres ha jugado un papel definitivo en el fortalecimiento de las lideresas y de sus organizaciones y en la conformación de grupos de mujeres comunes y corrientes que no éramos conscientes de la necesidad de trabajar por nuestros derechos. Por otra parte, el movimiento ha logrado visibilizar la situación de maltrato y atropello a las mujeres en el ámbito privado, en las diferentes condiciones sociales. 

Un recuento necesario…

La situación y realidad de las mujeres en Colombia es preocupante. Aunque ha habido progresos significativos, aún falta mucho para lograr la equidad de género. Una inmensa mayoría de mujeres son madres cabeza de hogar, unas a causa de la violencia armada y otras por el abandono de sus esposos. Muchas de ellas en extrema pobreza, por ello son sometidas a trabajos muy fuertes y reciben como pago salarios de miseria.

Las mujeres campesinas y de sectores populares, no participan en espacios de decisión debido a que tienen que asumir la triple jornada que se encarna en la crianza de los hijos, las labores domésticas y el trabajo en la parcela.

Por su parte las mujeres de los barrios populares en las grandes ciudades tienen que trabajar extensas jornadas en oficios domésticos que van más allá de las diez horas diarias durante días enteros, semanas, meses y años que van conformando cotidianidades que les arrebatan su individualidad y en la mayoría de los casos el derecho al disfrute de su vida como mujeres, como madres, esposas, hijas y amigas.

Las rutinas de estas mujeres comienzan muy temprano, casi siempre a la madrugada, y regresan tarde en la noche. Son explotadas si se tiene en cuenta el salario que reciben comparado con el trabajo que tienen que realizar. La cultura patriarcal todavía predomina y no permite que el esposo e hijos contribuyan en las labores cotidianas para aliviar sus actividades y no reconocen el trabajo que ellas realizan. Las mujeres siguen siendo víctimas del maltrato físico y sicológico. No pueden decidir libremente, en lo que tiene que ver con la educación de los hijos, los negocios, espacios propios para su formación, recreación y la vinculación a procesos sociales. Casi nunca tienen autonomía económica.

 

El papel de las organizaciones

Las mujeres por naturaleza hemos asumido el papel de lideresas en nuestras comunidades a través del cuidado de los niños y niñas, de los adultos mayores y de nuestras familias, sin embargo no éramos muy conscientes de la necesidad de organizarnos para hacer más efectivo nuestro trabajo y especialmente para hacer valer nuestros derechos. Esa experiencia natural nos llevó a comprender que si estábamos organizadas podíamos obtener mayores logros y fue así como empezaron a surgir asociaciones, cooperativas, fundaciones y federaciones a través de las cuales se empezaron a circular documentos y se generaron espacios de discusión que nos permitieron ampliar la visión y entrar en contacto con otras experiencias.

Estos espacios se convirtieron entonces en los lugares en donde se propició el crecimiento personal, el reconocimiento de los derechos de las mujeres y la exigibilidad de los mismos logrando así que avanzáramos en la discusión de  temas que antes eran exclusivos de los hombres, como la incidencia en políticas publicas, el control social, la participación en la construcción de planes de desarrollo municipales y departamentales, entre otros.

Por otra parte las organizaciones de base se convirtieron también en los espacios ideales, en el caso de los sectores populares y rurales para  el desarrollo de proyectos productivos transversalizados con el enfoque de género, resolución de conflictos, protección del medio ambiente y construcción de una cultura de paz e identidad cultural. En relación con los sectores rurales los grupos veredales se convirtieron en centros de integración y de convivencia.

Fue desde las organizaciones sociales que las mujeres empezamos a avanzar en la comprensión de los procesos sociales y de las implicaciones que tiene el empoderarnos hacia el fortalecimiento de la capacidad de negociación con nuestra pareja (esposo) y con los demás integrantes de la familia. A partir de allí se asumen de manera conjunta las labores domésticas y sociales, convirtiendo a la familia también en un espacio de formación democrática y aceptando que el rol de la mujer no está solo en el espacio de lo privado sino que tenemos mucho para decir y hacer en lo público.

Nosotras sabemos que como bautizadas estamos llamadas a llevar la buena nueva, en busca de condiciones más justas y más humanas a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, por nuestro compromiso cristiano lejos de la competencia y de  las prácticas inescrupulosas en donde no existe la exclusión del otro o de la otra, entendido ese otro como el hombre o la mujer y los hombres y mujeres de nuestra comunidad o nuestros compañeros.

En otras palabras, podemos afirmar que el liderazgo que se empezó a gestar y construir desde las organizaciones sociales de mujeres es un liderazgo con un sello propio que no busca la consecución de los intereses personales, sino una sociedad más justa con equidad social y de género, en donde los niveles de vida digna estén al alcance de todos y todas. 

El movimiento de mujeres también ha tomado una vocería importante en la denuncia de la violación de los derechos humanos de las mujeres, de igual manera le hace seguimiento a los convenios internacionales que el Estado colombiano ha firmado para garantizar su cumplimiento e incide en políticas públicas y propuestas de proyectos de Ley a favor de las mujeres.   

 

El estado actual de las organizaciones sociales

Pese a la gran importancia de las organizaciones sociales de mujeres en el país estas no cuentan con apoyo gubernamental para su fortalecimiento y expansión.  No existe una política pública coherente y persistente en el tiempo que busque el fortalecimiento del Movimiento Social de Mujeres en Colombia. Las entidades encargadas de apoyar el movimiento de mujeres han quedado sin autonomía económica. La Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer pasó de ser una dirección autónoma a una consejería que depende de otra entidad. Por su parte la Oficina de Mujer Rural del Ministerio de Agricultura, quedó como una Dirección de Desarrollo Rural donde se manejan diferentes sectores, por lo tanto las mujeres campesinas no somos la prioridad.

Las organizaciones campesinas hemos perdido espacios de decisión que habíamos ganado como, la elegibilidad de predios y de beneficiarios y beneficiarias. Gracias a la nueva Ley denominada de tierras, se perdieron esos espacios.

En los departamentos sucedió algo similar. Donde existían las Secretarías de Desarrollo Social u oficinas de la Mujer y Género que fortalecían a las organizaciones que contribuyen al empoderamiento de las mujeres en lo personal, social, económico y político, por la poca visión que tienen los gobernantes de turno, las convirtieron en entidades asistencialistas, en donde se limita la posibilidad de las mujeres a participar e incidir en el desarrollo de nuestras comunidades.

 

* Fundadora y directora Fedemucc

 

 

 

 

 


 
 
 

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