El pasado 28 de febrero, en el edificio de las Naciones Unidas, el escritor Nahum Montt presentó Lara, una novela que registra los últimos días del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Dice el autor: “Lara me enseñó que la historia de este país se puede narrar desde el asombro… Hasta antes de la muerte de Lara creíamos que había personas “intocables”; después la historia se encargó de demostrarnos dolorosamente que nadie es intocable en este país”.

Foto Roger Triana
Por Luis Barros Pavajeau*
pavajeau68@hotmail.com
En los años ochenta Guillermo Cano afirmó en alguno de sus editoriales de El Espectador, que “decir en Colombia que un hombre es peligroso es lo más próximo a decir que es un hombre honesto”. Se refería al ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla que unos días antes, en el transcurso de un debate en el Congreso, sostuvo que era un ministro peligroso por atreverse a denunciar los hilos secretos entre política y narcotráfico. Esta terrible contradicción es la médula espinal sobre la que Nahum Montt desarrolla la historia de este hombre que emprendió la batalla, la misma que al final le costó la vida, en contra del Cartel de Medellín decidido ya por una guerra sin cuartel, que acabaría por instaurar una de las épocas más escabrosas de nuestra historia reciente.
Página tras página, Nahum Montt nos entrega un relato acezante y sin respiros, narrado al modo de las mejores novelas del género negro latinoamericano, en el que a uno como lector no le queda otra alternativa- por fortuna- sino la de dejarse arrastrar por los acontecimientos, hasta culminar la lectura con la sensación de zozobra que produce su asesinato. Zozobra, desazón o rabia. La tragedia de Lara Bonilla es precisa como una tilde; sólo se entendió su real dimensión cuando ya su muerte era inevitable.
La verosimilitud de Lara es inapelable. Nada peor para un lector que la historia propuesta por una novela no logre convencerlo. Y Nahum Montt lo logra con creces; sus personajes son terriblemente humanos a través de la soledad que los invade al saberse enfrentados al monstruo de mil cabezas, que acabará por corromper casi a un país entero. En una entrevista anterior, Nahum Montt afirmó que a Lara Bonilla lo matamos todos… Y quien se sienta libre de culpas, que lance la primera piedra.
Lara está escrita sobre una línea delgada que separa apenas la realidad de la ficción y en este país obsesionado con la verdad así la olvide tan pronto como la sepa, generará más de una controversia. Bienvenidas sean y que empiece el debate no sin antes recordar una aseveración de Milan Kundera: “… Fuera de la novela, nos encontramos en el terreno de las afirmaciones: todos están seguros de lo que dicen: el político, el filósofo, el portero. En el terreno de la novela, no se afirma: es el terreno del juego y de las hipótesis. La meditación novelesca es pues, esencialmente, interrogativa, hipotética.”
La esquina regional: Usted inició la investigación de Lara con ciertas ideas del personaje… entendiendo que la literatura es un viaje de descubrimiento, ¿Qué fue descubriendo durante el proceso de la escritura?
Nahum Montt: Aunque suene a lugar común y a perogrullada, los temas no los elige el escritor y estos siempre se terminan por imponer. En mi caso, siempre he intentado escaparme de los temas, pero me persiguen y me asedian de tal forma, que cuando ya no puedo más me siento y comienzo a escribirlos a través de las imágenes que siempre regresan, cada vez más cargadas de sentido.
Existen temas que llegan con un solo golpe, es amor a primera vista, una especie de click que se hace dentro de la cabeza y te llevan a pensar que allí habría una historia para contar y te dejan en estado de shock, casi catatónico durante varios días: son historias que te llegan y ya traen consigo el título, el epígrafe, la estructura, el narrador y el tono del relato: completas, redondas como gotas de agua. En cambio hay otras que te llegan de a poco, es un enamoramiento más lento, pausado, sin afanes. Así me llegó Lara, a través de conversaciones, alusiones, imágenes que cuestionaban la memoria mediática y un tanto plana que tenía de él: empecé entonces a vislumbrar al ser humano y sin embargo, no lograba superar la otra imagen, la del político, la el mártir de la democracia en que lo ha convertido la historia. Esas dos imágenes coexistieron en los dos años de investigación que adelanté para entenderlo mejor. Cuando me gané el Premio Nacional de Novela ya me encontraba perdido en ese dilema.
Y después de varios aplazamientos deliberados (uno como escritor siempre se busca excusas para no escribir, que tengo que trabajar, que tengo problemas emocionales que no me permiten concentrarme, o la más clásica: “no tengo tiempo”, escribiría esa novela pero es que no tengo tiempo) me impuse la obligación de escribir la novela por fin. Y a medida que avanzaba, aún sin lograr superar ese dilema, me di cuenta que me había metido por el camino equivocado y que estaba escribiendo un texto panfletudo, maniqueo y sobre todo: muy aburrido, plagado de citas textuales, datos, debates en el senado, informaciones de la época presentadas de manera descontextualizada. Otros escritores, cuando descubren esto, interrumpen su proceso y vuelven a comenzar. Yo no, yo fui masoquista y continué hasta el final de un texto que sabía y era conciente que era un texto fallido, fiel a una pretensión de convertirse en una novela de no ficción, un texto que pretendía reproducir con escrupulosa exactitud aquellos hechos. Y a medida que avanzaba en mi fracaso empezó a surgir la novela que quería contar como una especie de eco, como si fuera una especie de sueño, y empezaron a aparecer otras imágenes y comencé a verla, a sentirla.
Fue a gracias a ese texto fallido que encontré la estructura, el narrador y el tono de la novela. Descubrí, por ejemplo, que los hechos, a pesar de ser registrados rigurosamente por la historia y los medios de comunicación, siempre tienen un lado oculto e íntimo por explorar a través de la ficción. Y sobre todo, gracias a esa “no novela” pude descubrir al personaje, con su diversidad de matices y contradicciones. Descubrí entonces a Lara como un personaje típico del genero policíaco, un personaje capaz de lanzarse ciegamente al encuentro de los hechos, que apoyado en sus principios se dejó llevar por los acontecimientos y su investigación lo llevó a descubrir, de manera fatal, la real dimensión de un problema que hace evidente el narcotráfico, y es la forma cómo al final el dinero termina legislando sobre la moral, la ética y la misma justicia. En algún lugar es Guillermo Cano quien lo expresa en la novela, dice Cano que es falso afirmar que el dinero sirve para ocultar lo que somos, él dice que ocurre lo contrario, que el dinero nos quita la máscara y nos muestra lo que en realidad somos. Es una reacción en cadena que nos ha llevado a la autodestrucción.
L.E.R.: ¿Cuáles riesgos corría para contar eficazmente esta historia?
N.M.: El principal riesgo fue el de caer en la apología, en el elogio fácil que se podría manifestar en un texto maniqueo que divide el mundo entre buenos y malos, héroes y villanos. Si algún mérito literario tiene esta novela es que toma distancia de los personajes y los presenta a través de sus acciones. Otro riesgo fue superar la veracidad en aras de ganar verosimilitud, si me hubiera ceñido de manera escrupulosa a los hechos, el relato no sería tan contundente como lo es. En esa medida, la ficción me sirvió para “corregir” la realidad. Te pongo un ejemplo, fueron tres los debates que se dieron en el Senado sobre los llamados “dineros calientes”, pero nunca me encajaron y tomé la decisión de fusionarlos en uno solo para ganar intensidad.

Foto Camilo Escobar Valero
L.E.R.: ¿Cuál consejo le daría al lector para que la novela no quede reducida al estéril debate de qué es realidad y qué ficción?
N.M.: La paradoja entre realidad y ficción está planteada desde el mismo epígrafe de la novela: “Todo es inventado pero todo es verdad”, dice John Ford. Esta relación siempre será problemática y sobre todo irreductible. Esta paradoja la planteó muy bien Mario Vargas Llosa cuando afirmó que “Las novelas siempre mienten… sin embargo, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es.”
El lector no puede caer en la trampa de estarse preguntando en cada página esto sucedió o esto es carreta. No se escriben novelas para contar la vida de los demás con escrupulosa exactitud sino para transformarlas, agregándoles otras experiencias vitales. El novelista traduce en palabras dicha realidad, esto implica que el escritor selecciona detalles, gestos, anécdotas, situaciones y descarta otras mil posibilidades de lo que describe con el propósito de generar un efecto específico en el lector.
L.E.R.: Milan Kundera en “El arte de la novela”, decía que la única inmoralidad de una novela era no contar una verdad nueva… ¿Cuál es la verdad de Lara en el transcurso de la narración?
N.M.: “Lara” me enseñó que la historia de este país se puede narrar desde el asombro: no se trata de traicionarla o transgredirla sino de transmitir ese efecto. Y para lograrlo se requiere de una gran precisión en la técnica narrativa, de encontrar las estructuras, perspectivas y tonos pertinentes que den cuenta de esa particularidad.
L.E.R.: Usted cree que con los años, la figura de Lara se ha preservado en la memoria colectiva o por el contrario, el nuestro es un país que no necesita de grandes esfuerzos para olvidar?
N.M.: ¿Borges demostró que nuestra memoria está hecha de olvidos. Sin embargo existen acontecimientos que han dejado una profunda huella en nuestra nación. La muerte de Lara Bonilla es uno de ellos, creo que muchos recuerdan qué estaban haciendo esa noche cuando lo asesinaron y en muchos aún no se les borra el espanto cuando lo cuentan.
Por otra parte, siento que el camino de nuestra memoria como nación ha comenzado a ser trabajado de manera rigurosa por nuestros narradores más representativos: lo hecho por Héctor Abad Faciolince en su “Olvido que seremos” y William Ospina con “Ursúa”, y lo propuesto por Juan Gabriel Vásquez en “Los informantes” y en “Historia secreta de Costaguana”, nos ha marcado el derrotero a muchos que sentimos la necesidad imperiosa de narrar lo que nos ha pasado.
L.E.R.: Aunque Lara registra los convulsos años ochenta, hoy día veinte años después a uno como lector, le queda la impresión de que sólo cambiando nombres y situaciones, seguimos viviendo más de lo mismo… ¿Somos acaso incapaces de trascender nuestra historia violenta?
N.M.: Tal vez el escritor no sea más que un buen profeta del pasado. Un profeta que reconstruye y descifra los cabos sueltos dejados a un lado por la historia. Mientras los historiadores y sociólogos exponen de manera rigurosa la explicación de una realidad que hemos vivido o padecido, como narrador me detengo en los espacios vacíos que ellos dejaron, en los silencios, lo implícito, lo no dicho (por ejemplo, la cotidianidad de un personaje público como Lara o Guillermo Cano) para llenarlos de sentido desde la ficción. Y en este sentido, los novelistas construimos el presente con los restos del pasado.
L.E.R.: ¿Somos el país que vislumbró Lara? ¿Qué perdimos con su muerte?
La impunidad y la corrupción que denunció tanto Lara Bonilla como Guillermo Cano se han convertido con los años en los más graves problemas que tenemos por solucionar. Con “Lara” perdimos la sensación de invulnerabilidad que teníamos. Hasta antes de la muerte de Lara creíamos que había personas “intocables”; después la historia se encargó de demostrarnos dolorosamente que nadie es intocable en este país.
N.M.: En pocas líneas, describa desde la novela misma, los siguientes personajes;
Rodrigo Lara Bonilla
Un hombre solo, condenado por las mismas virtudes que lo hicieron llegar tan lejos.
Guillermo Cano
Confidente y amigo de Lara, el personaje más entrañable de mi novela.
Pablo Escobar
Asesino.
Luis Carlos Galán
Un ser humano, con aciertos y equivocaciones, pero ante todo, un gran líder.
* Comunicador social. Periodista. Escritor
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