ATANDO CABOS

           La última carta

del ex canciller de Panamá

   
     

 

 

 

Aún hoy a sus ochenta años de vida, el ex diplomático colombiano Luis Antonio Jiménez no pierde las esperanzas de que sus amigos, el presidente panameño Martín Torrijos y el ex canciller Julio Londoño Paredes, se enteren de la difícil situación que vive en la pequeña comunidad de Garnaderita, a 250 kilómetros al oeste de la Ciudad de Panamá, en donde ha sido acogido por sus humildes habitantes, después de que la vida se le desbarató accidente tras accidente. 

                        

Por Luis Miguel Blanco*

luismiguel.blanco@gmail.com

Luis Antonio Jiménez fue un joven emprendedor y ambicioso, que a pesar de no haber tenido la oportunidad de estudiar más allá de la primaria, llegó a ser canciller desde que el 1 de abril de 1975 el entonces presidente colombiano Alfonso López Michelsen (1974-1978), lo nombró Auxiliar 5PA en la embajada de su país en la capital panameña, mediante decreto 482 expedido por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia. Desde entonces, Luis Antonio comenzó una carrera ascendente que lo llevaría a vivir momentos inéditos de la diplomacia colombiana en la agitada nación comandada por el general Omar Torrijos, a tal punto que le tocó ser el edecán civil de su gobierno el día de las exequias del militar panameño, según prueba una deteriorada foto de la época, a inicios de agosto de 1981.

En el camino, Luis Antonio Jiménez conocería a la que sería su única esposa, una panameña natural de Santa Fe de Veraguas, de nombre América Karina Hernández Concepción, quien años después lo lanzaría de la casa que le construyó, sin derecho a nada porque, en su buena fe, puso a nombre de ella la vivienda común y las autoridades le dijeron que no podían hacer nada por él, ni siquiera por la golpiza que ella le propinó previamente. Tuvo tres hijos con América, crió a otra de una relación anterior de ella, impidió que vendiera a un estadounidense otras dos criaturas fruto de una relación extramarital posterior, lo cual denunció, pero nada de ello ha valido para recibir un poco de justicia.

Cuenta Jiménez que el 22 de mayo de 1987 ascendió a Canciller de la embajada colombiana en Panamá y continuó con los ahorros obligatorios que recaudaba el Estado en Bogotá, como una especie de jubilación, hasta el 1 de mayo de 1988, cuando formalizó su renuncia al cargo, “porque me llené de motivos”, según reconoce. Todo lo resume en esa frase, pero su carta dice que renunció por “motivos estrictamente personales”, porque prefiere mantenerlo en reserva. De nada valió la felicitación que le envió el 5 de junio de 1987 el general Armando Vanegas Maldonado, consejero comercial de su embajada, quien le reconoce su “abnegada, tesonera y eficiente labor en el desempeño de las funciones de su cargo”. A sus 60 años, Luis Antonio dio un vuelco a su vida y se despidió de su carrera por un tecnicismo.

De aquellos informes políticos para los embajadores, que eran reproducidos al calco por sus pares militares, se siente orgulloso, de su labor no oficial entre 1966 al 1970 y como administrativo de 1970 a 1975, no puede reclamar ningún fondo, pese a haber estado a órdenes de los diplomáticos colombianos en la capital panameña.

Su amistad con el ex canciller y ex embajador colombiano en Panamá, Julio Londoño Paredes, la atesora vivamente recordando que cuando éste y su familia se fueron del país al concluir su misión, tuvo dificultades para despedirse del pequeño hijo del diplomático, Daniel Eduardo, que lo obligó a subir al avión porque no lo quería dejar. “Tuve que subir con él, e ingeniármelas para dejarlo con su papá, diciéndole que iba al baño del avión y me bajé por la puerta trasera a la pista. La imagen que tengo es la del pequeño pegado a la ventanilla llorando, fue tremendo”, rememora con un timbre de emoción.

“Si Don Julio se enterara de mi situación, estoy seguro que me ayudaría”, lo mismo piensa del actual embajador colombiano en Lima, Álvaro Pava Camelo, con cuyo padre, Jaime Pava Navarro, aparece en la foto de las exequias de Torrijos en 1981 con el ex presidente López Michelsen.

De su impecable récord da fe en una certificación el 10 de febrero de 1989 el embajador y mayor general retirado Jaime Hernández López, quien asegura que “hasta donde tiene conocimiento la embajada, el citado funcionario no dejó pendiente ninguna acreencia en este país”.

Asimismo, el 4 de septiembre de 1989 la entonces encargada de negocios a.i, Gladys Pulecio de Guarín, afirma en otra certificación que Jiménez “trabajó en la Embajada de Colombia desde el 1 de abril de 1975 hasta el mes de mayo de 1988”, período en el cual cumplió con sus aportes obligatorios, los que desea recuperar para sobrevivir la calamitosa situación  que hoy enfrenta.

“Mi delirio en Atalaya”

Atalaya es un pintoresco distrito de la provincia de Veraguas, fundado hace cientos de años por los españoles y que guarda una de las devociones católicas más enraizadas de los panameños y muchos extranjeros, que cada año, en número superior a las 100.000 personas, sacan a “Mi Padre Jesús Nazareno” en procesión al inicio de la Cuaresma.

A ese distrito llegó en 1998 Luis Antonio con la ilusión de borrar de su mente los amargos momentos de su pasado, detrás de un trabajo ofrecido por un amigo que ya falleció, en donde se desempeñó como administrador de una pequeña industria que pasaba momentos difíciles.

Luchó a brazo partido por levantar ese negocio, pero la enfermedad terminal que se llevó a la tumba a su amigo, lo dejó sin techo, ni salario, y enfrentando una situación terrible, pues la viuda, una alta funcionaria en el actual gobierno panameño, se negó a reconocerle sus prestaciones laborales por razones no vinculadas a su trabajo.

Enfrentó la crisis con la compañía de su perro Pinky, atrincherado en la antigua fábrica abandonada, hasta que un buen día Jiménez no pudo más y salió a pedir ayuda, desmayándose antes de alcanzar la carretera. Corrió con suerte porque unos niños lo auxiliaron y estos a su vez hablaron con sus padres quienes se conmovieron con su drama y estirando su pobreza, le proporcionaban algún puchero, fruta o dulce.

La soledad lo mataba y se lo carcomía el temor de perder su trinchera para reclamar sus prestaciones laborales. Así que presionado por la necesidad hizo un mal arreglo, y acabó aceptando el pago de unos 2.000 dólares, de los 9.000 que realmente le correspondían por orden del Ministerio de Trabajo panameño, para salir de su refugio y volver a empezar.

“Recuerdo que ese día que me llevaron no sé a dónde, varios abogados me hablaban y yo no entendía nada, porque estaba sin comer desde hacía dos días, y me dieron un cheque, que no podía cambiar por la hora, y yo con 25 centavos en el bolsillo, pero alcancé a ver una camioneta negra, la misma que rondaba la casa de la fábrica y de donde me lanzaban cosas y hacían bulla para que saliera”, apunta. “Al día siguiente, fui a un banco para abrir una cuenta y me doy con la sorpresa de que mi abogada estaba en la fila, cambiando otro cheque que era de la misma chequera que el mío, ¿Qué le parece?”

Con este pequeño capital comenzó a administrar un kiosco en Garnaderita, un pueblito a cinco minutos de Atalaya, con tan mala suerte, que su hijo mayor llegó “milagrosamente a ayudarlo” y en un descuido se llevó el dinero que tenía, a lo que se sumó que los que le pedían fiado no le pagaron, y así acabó descapitalizándose y volvió a la ruina. “Es mi hijo, que voy a hacer, él me reconoció después entre lágrimas que su madre lo había enviado”.

Luis Antonio acabó viviendo en casa de un vecino, en donde tiene que lavar todos los días decenas de “tulas”, una especie de calabaza cuyo contenido fétido hay que eliminar, para poder usarla como recipiente para agua fresca, artesanía o instrumento musical en Panamá.

Pero Luis Antonio tiene un “ángel”. Se trata de la señora Bernarda, quien procura darle algún alimento diario para que no desfallezca, y es la que ha tratado, hasta ahora infructuosamente, de lograr alguna ayuda permanente para él, por su avanzada edad.

“Berna”, como cariñosamente le dicen, comentó que ha ido a todas las instancias de ayuda humanitaria y medios en Santiago de Veraguas, la capital de la provincia, pero no ha recibido respuesta positiva pues, al parecer, no hay la sensibilidad requerida.

Ella no sabe cómo contactar a alguna autoridad colombiana que ayude a Jiménez, y ha tratado de que la primera dama panameña, Vivian de Torrijos y el presidente Martín Torrijos conozcan la situación, puesto que Luis Antonio fue quien condujo el auto el día en que esta pareja contrajo matrimonio, a petición del padre de la novia.

Además, Luis Antonio Jiménez trabajó un tiempo cerca del actual gobernante panameño y trabó una buena amistad con él, pero no ha podido hacerle llegar un mensaje de auxilio. Si esto ocurriera, él está seguro de que sería escuchado por la pareja presidencial, la que es, quizá, la última carta de la baraja que le queda por jugar en la vida.

* Corresponsal Acan-Efe. Presidente de Acopep

 

 


 
 
 

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