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El día 23 de julio, la hermana María de Graca Duarte Amado, se despertó antes de que sonara el timbre del despertador. En la selva a las 5:30am los pájaros anuncian la llegada de un nuevo día. La religiosa, se prepara para emprender el largo viaje que la llevará desde el corazón de la selva colombiana, a las altas sierras ecuatorianas.

Por María de Graca Duarte Amado*
malokatagua@gmail.com
El viaje comenzó a bordo de “La funeraria”, esa camioneta Toyota que una vez jubilada de esas funciones en Bogotá, acabó convertida en el carro de la parroquia de La Tagua, corregimiento de Puerto Leguízamo. El conductor era el padre Peter Ssekajugo, un misionero ugandés recién llegado a la misión, después de unas largas vacaciones en su tierra natal. A pesar de manejar despacio, no perdonó ni uno solo de los huecos de la carretera, ese andén de veintitrés kilómetros que une a los ríos Putumayo y Caquetá en su punto más cercano.
Frente a mi preocupación por llegar a Puerto Leguízamo a las 7:30 de la mañana, el padre Peter quiso apostarme de que arribaríamos a tiempo. Yo le contesté que prefería llegar tarde, pero con vida. Sin embargo, como buen africano, jefe de tribu, no dio su brazo a torcer y aceleró el carro. Llegamos alas 7:32am. Puerto Leguizamo queda en la ribera del río Putumayo y ahora el viaje seguirá el curso del río hacia arriba. De este municipio solamente se puede salir por yate o por avión y ambos viajes son bastante costosos para los pocos ingresos de sus habitantes.
  
Compré el tiquete, me despedí del padre Peter y subí al yate en el cual viajaban unos 18 pasajeros como sardinas en lata. Una niña de unos cuatro años gritaba desesperada; “mami, mami, me voy a morir”. Mientras la madre la abrazaba para que no se saliera del yate, confesó que era la primera vez que viajaba con su hija por el río, por eso la niña estaba aterrada.
Salimos de Puerto Leguízamo con dos tipos de música; los gritos de la niña y los vallenatos del radio de la lancha. La primera parada fue en el buque de la Armada Nacional ubicado a unos 200 metros del lugar de salida. Unos pasajeros se lamentaron frente a la exigencia de las autoridades de bajarse del yate al cual nos habíamos apenas subido, pero no hubo nada qué hacer. Los infantes pidieron los documentos y exigieron que los varones se alistaran con sus maletas para una requisa. Aunque estoy por la igualdad de género, agradecí a Dios por ser mujer, así que no tuve que desacomodarme demasiado.
A mi lado viajaba un señor con el brazo amarrado. Le ayudé a sacar su maleta y después me contó que sufría muchos dolores desde hace algunos días, porque un ternero lo había maltratado y en el hospital local no le habían dado más que analgésicos. Iba ahora a Puerto Asís para ver si lo remitían a Bogotá. Este hecho evidencia la precariedad de la atención médica que brinda el hospital y los sacrificios a los cuales tienen que someterse los pacientes para ser atendidos.

Después de más de dos horas de viaje el conductor de la línea, así se llama el servicio de transporte fluvial rápido, recibió señas para arrimar a la orilla colombiana por parte de un señor que quería vender su pintadillo aún vivo y pidió $80.000 pesos. El conductor le comentó al ayudante en voz baja; “negociemos” y le dijo al pescador que le pagaba $60.000 y que embarcara el pez en la parte trasera del yate.
Seguimos viaje hasta Puerto Ospina que queda a mitad de distancia de Puerto Asís, lugar de destino de la línea. Allá busqué cambiar unos pesos para obtener dólares, moneda ecuatoriana. El conductor de la línea los tenía y cuando le propuse que me los cambiara me dijo ¿Cuánto me da?; yo le pregunté ¿Cuánto me pide? Y me contestó; Ahora hablamos. Entendí que estaba en plan de regateo, como había hecho con el pescado. Negociamos en la lancha donde almorzamos y como sospeché, terminó ganando él, pues pese a la caída del dólar tuve que pagárselos a $2000 pesos.
De Puerto Ospina, corregimiento colombiano, crucé a Puerto del Carmen, cantón ecuatoriano sobre el río San Miguel en una embarcación de madera. Fueron quince minutos en que mi imaginación recordó aquellas películas donde las princesas, viajaban custodiadas por sus amos. Yo iba así, pero bajo la mirada de varios infantes de la Armada Nacional y de gente que se preguntaba – ¿Quién es la monjita?

En Puerto del Carmen adquirí el pasaje y viajé hasta Lago Agrio. Intenté dormir pero aún así, tuve que prestar atención a un viejito, que se sentó a mi lado e intentaba hablarme. Contesté con monosílabos y fui cerrando los ojos para mostrarle el cansancio real, fruto de tres días de enfermedad parasitaria. Al bus se subieron niños vendedores de naranjas peladas, gaseosas y dulces. Me conmovió ver a estos niños e imaginé la precariedad de la economía de sus familias. Niños trabajadores que ciertamente no trabajan sólo en época de vacaciones escolares.
Llegué a Lago Agrio antes de las seis de la tarde. Aproveché la luz del día para buscar un restaurante y merendar, como dicen en Ecuador. No obtuve mucho éxito y me tocó resignarme con una mala comida, lo que desestabilizó un poco mi estómago ya afectado. Luego busqué el bus para viajar a Tulcán y mientras esperaba en el Terminal, me leí un libro y escuché conversaciones de los viajeros. Me llamó la atención la de un grupo de hombres que viajaban a Quito y se lamentaban de las condiciones de trabajo en las petroleras.
A las 10:40 de la noche salimos de Lago Agrio rumbo a Tulcán. A los pocos minutos fuimos interceptados por la Fuerza Pública. Al pasar por el control vi dos extranjeras más presentando los pasaportes y la Tarjeta Andina. El viaje siguió su curso hasta que tuvimos una segunda parada que no entendí muy bien al inicio. A los pocos minutos una señora empezó a gritar y a pedirle al conductor que retrocediera el bus, porque la montaña se nos iba a caer encima. Así lo hizo y pocos instantes después, nos quedamos sin respiro, al contemplar al frente de nosotros, un derrumbe que arrastraba un montón de piedras.
Los hombres se bajaron a estudiar el imprevisto. Luego el conductor prendió de nuevo los motores para enfrentarse al derrumbe. Las mujeres bajamos del bus apretando un solo miedo. Esperamos a unos 50 metros mientras los hombres intentaban destaponar la vía moviendo las piedras con las manos. El trabajo duró unos 20 minutos y luego todos nos volvimos a subir al bus. Unos kilómetros más adelante el conductor volvió a parar y todos se preguntaban por qué, ya en pánico. De adelante vino la respuesta –“para que se laven las manos”.
Seguimos subiendo la sierra por la carretera “La Bonita” hasta el punto donde ésta es más fea, donde una quebrada se llevó una parte de la misma. Vencimos el obstáculo en diez minutos, avanzando centímetro a centímetro. De un lado estaba la montaña, en el medio la quebrada y del otro, el precipicio. De nuevo la gente se llenó de pánico. Yo no fui la excepción; a pesar de entregarle con mi profesión religiosa mi vida a Dios, tuve miedo de acabar mis días en “La Bonita”.
El resto del transcurso se dio sin más novedad, Sin embargo para quien lo hizo por segunda vez y por segunda vez se enfrentó al riesgo queda el deseo de no volverlo a hacer porque según reza el dicho materno “no hay dos sin tres”.
Ya hace dos mil años los Reyes Magos llegaron a Belén y se regresaron por otro camino. Ellos lo hicieron porque así lo soñaron. A nuestros pueblos de la frontera se les está acabando el sueño frente a tantas dificultades y a tantas promesas sin cumplimiento. Ellos se enfrentan diariamente al riesgo de viajar sin recursos, de desplazarse por causa de la violencia y a veces tienen que devolverse por el mismo camino porque “no hay dos sin tres”.
*Misionera de La Consolata, de nacionalidad portuguesa quien desde hace seis años vive en el municipio de Puerto Leguizamo- Colombia.
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