POR LA PAZ

Los jóvenes y sus juegos por la paz

   
     

 

 

 

“La paz no está fuera del ser humano, no es una paloma blanca a la que hay que cazar; la paz está dentro de nosotros, en nuestra conducta, en el dominio que tenemos de nosotros mismos, en nuestra actitud ante la vida”.

Elena Poniatowska

La esquina regional compartió con dos grupos de jóvenes las lecciones aprendidas en sus respectivos procesos de construcción de cultura de paz. Ellos desde la experiencia y la práctica, emprendieron el camino de la no violencia. Sus prácticas  se originaron en el corazón del conflicto y la violencia cotidiana; sin embargo, a partir de la lectura de sus realidades, de su interpretación y de su análisis iniciaron la búsqueda de nuevas metodologías y apuestas por la defensa de la vida. Son claros al definir las razones por las que se oponen a las diferentes formas de violencia y a los militarismos. Pese a que sus escenarios de trabajo son vigilados por los distintos actores armados que buscan apropiarse de sus espacios ellos los defienden con ideas creativas y argumentos sólidos.

 

La Fundación Juan Manuel Bermúdez, que nació de la reflexión de un acto violento, hoy se la juega por la convivencia entre las barras de fútbol. La Acción Colectiva de Objetoras y Objetores de Conciencia, Acoc, desarrolla metodologías a partir de juegos cooperativos y de análisis, y de la experiencia del cuerpo para resolver conflictos entre otros escenarios, en  Altos de  Cazucá, en Bogotá. Hacen parte de la Asamblea Nacional que cuenta con once grupos de jóvenes en diferentes zonas del país.

Por Nelly Valbuena Bedoya*

nelly@laesquinaregional.com

En la madrugada del 19 de mayo de 2002 la vida de una barra de jóvenes bogotanos cambió para siempre. Hoy, cinco años después, con los recuerdos aún frescos, algunos de ellos nos contaron cómo a partir de ese momento se propusieron hacer de las barras espacios de paz.

Ventaja en el marcador

                                        

Liliana María Mojica pertenece a la Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto, es estudiante de sociología de la Universidad Cooperativa de Colombia y durante siete años hizo parte de la barra Disturbio Rojo de Bogotá. Ingresó a la barra a finales de 1997 cuando tenía 19 años y lo hizo para acompañar al equipo, conocer gente con los mismos gustos y por la necesidad de  reflejarse en un grupo que sintiera lo mismo que ella. ”A mí no me gusta la expresión de ´barra brava´, esa es una forma de estigmatizar a los grupos de jóvenes que hacen parte de una barra de fútbol”. 

Según Liliana, cientos de muchachos, más hombres que mujeres, ingresan a las barras motivados por el amor a su equipo, permaneciendo en ellas a través de una red de solidaridad, que van entretejiendo las anécdotas compartidas.

“Yo entré sola porque tenía cansados a mis amigos de hablarles de fútbol. Siempre he sido hincha del América de Cali y entonces un amigo me dijo –mire, hay una barra que viaja al Pascual Guerrero y acompaña siempre al equipo. No lo podía creer, eso era del otro mundo, poder conocer el estadio y acompañar a los jugadores era lo máximo”.

No le fue fácil a Liliana entrar a este mundo de hombres pues para ellos  el fútbol es una lógica de machos, en el que las mujeres poco o nada tienen que decir. Sin embargo ella se ganó su espacio. “Cuando yo entré, como sabía de fútbol, me les igualaba en el tema de los jugadores, de las alineaciones y en la historia del equipo, entonces me empezaron a respetar porque sabía, y decían –esta sí puede”.

Todos los que están en la Fundación son amigos que se conocieron en la barra y hoy siguen trabajando para hacer de las barras espacios “donde los jóvenes tengan derecho a soñar y a realizar sus sueños”. Una vez le preguntaron si se había sentido inferior a los muchachos y ella contestó que  no, porque en su barra había un grupo fuerte de mujeres y ellas eran las que organizaban las salidas, ponían orden y daban ejemplo de disciplina.

A ella nunca le ha gustado la palabra fanático o fanática pues se refiere a estar cegado o cerrado por algo sin saber por qué. “Ahí no piensas, yo prefiero la expresión hincha, porque es el que ama a su equipo con pasión y razón”.

Darwin Torres, estudiante de Ciencias Políticas de la Escuela de Administración Pública Esap, es el vocero de la Fundación, también hizo parte de la barra Disturbio Rojo de Bogotá. Ingresó a finales de 1999 a sus 14 años, ahora tiene 21.

“Pertenecíamos a Disturbio Rojo, pero ahora con el trabajo que hacemos, por obvias razones tenemos que ponernos la camiseta de todos los equipos, por eso decimos que pertenecemos a todas las barras de los equipos profesionales, pero desde luego, nos gusta el América de Cali”.

Para él, el fútbol moviliza muchos sentimientos y sensaciones “especialmente cuando se es joven y se está buscando una identidad alrededor de un deporte que te apasiona. Es el escenario propicio para que un grupo de amigos te de una perspectiva distinta de lo que es la familia y la casa.”

Edwin Mauricio Alfonso Maldonado es estudiante de último semestre de Ingeniería Civil en la Universidad de la Salle. Ingresó a la barra en el 99 cuando tenía 19 años por amor al fútbol y al América de Cali. Dice que cuando llegaron las barras a Colombia, la novedad fue total porque se trataba de un movimiento juvenil que se empezaba a organizar alrededor de una fiesta, en donde no había reglas. Era el espacio perfecto, pues ahí los jóvenes hablaban de sus gustos, de fúlbol, de viajes, de los problemas en la casa, de poder romper los límites, de conocer gente y el mundo. “El estar en grupo daba identidad y representatividad. Era un espacio para los jóvenes que no le teníamos miedo a nada. El espacio creció y se desbordó y a raíz de eso, surgieron muchos inconvenientes pero también cosas positivas”.

Estos jóvenes pertenecían a la barra Disturbio Rojo pero dentro de ella se fueron creando subgrupos por edades, gustos, regiones y barrios. “El parche nuestro se llamaba La Fúnebre Bogotá”. Ese nombre salió entre 1997 y 1998 cuando la tendencia de las barras era hacia el modelo hooligans, en donde la ultra violencia se imponía y la tendencia era la eliminación del oponente, se partía de la  base de “yo soy el más fuerte, el otro no existe y mi equipo es el más grande”.

Eso fue lo que les vendieron a los jóvenes colombianos a través de las imágenes del cable o la televisión; tribunas cargadas de un espíritu joven en donde las barras populares del Cono Sur expresaban una violencia generalizada.

La Fúnebre retoma esa agresividad pero no hace ninguna referencia a la muerte. El nombre, que nació en el parque San Fernando en Bogotá,  se escogió porque era impactante, fuerte, agresivo y generaba miedo entre los otros. Llegó a ser un parche que congregaba a unos 300 jóvenes que cuando viajaba a una final en Cali reunía hasta 12 buses.   

“Esa dinámica que nos llegó se matizó con las particularidades regionales de Colombia y entonces ya eran los paisas contra los caleños, o contra los costeños, y los bogotanos por estar en la capital, desplazábamos a los otros tratándolos de provincianos”.

                                                                                   

La autogestión era y es una característica entre las barras, el dinero se levantaba como fuera, lo importante era estar donde estaba el equipo. “Muchos ahorraban de los dineros que les daban los papás para la semana, pero también empezaron a aparecer las triquiñuelas para subsidiar las salidas. Siempre se  evolucionaba el dinero”.

Edwin Mauricio reconoce que el ambiente de la barra solo giraba alrededor del equipo y de la planificación  de los viajes, exigiendo un cierto grado de responsabilidad y de organización porque “los pelaos llegaban solo a subirse a un bus, pero no se daban cuenta que para eso uno tenía que buscar el chofer, convencerlo, conseguir el dinero, lograr que todos llegaran a tiempo; era una logística que por estar en el grupo de amigos no se veía”.

“Porque la vida vale más que un partido de fútbol”

 

De un momento a otro todos los equipos colombianos tenían una barra popular que se conocía como ´barra brava´, un nombre que se acuñó de los argentinos, en donde pertenecer a ellas era un orgullo para el fanático del fútbol.

1999 fue el año en el que las barras en Colombia vieron crecer sus filas de jóvenes, casi todas nacieron entre 1992 y 1993 pero su gran auge se dio hacia finales de la década del 90. Ese también fue el momento en el que el parche de La Fúnebre se consolidó y se afianzaron los lazos de amistad entre Darwin, Liliana, Edwin Mauricio, Juan Manuel y muchos más.

 Todo lo que ocurría en las barras era perfecto y así, sin reglas, llegaron a la anarquía total. No se dieron cuenta en qué momento cruzaron los límites y los pocos que alcanzaron a ser conscientes, tampoco reaccionaron “porque la verdad no importaba”.

“Era lo que teníamos metido en la cabeza y sólo nos dimos cuenta cuando terminamos siendo víctimas del regionalismo y la xenofobia, porque en las barras se acumula todo lo que pasa en los barrios, en las calles y en las regiones de Colombia. Ellas no son ajenas a lo que pasa pero nosotros no lo notábamos porque todos estábamos en lo mismo, supuestamente jalando para el mismo lado”.

    Juan Manuel Bermúdez Nieto

En el estadio la barra se encuentra en un escenario en donde nada es prohibido y “en esos momentos de juventud irreflexiva lo que uno menos quería era que le prohibieran cosas”. A muchos de ellos les tocó “guerrearla”, no estar en los tropeles era una señal de traición a la barra o al parche.

Los enfrentamientos más grandes se generaban entre las barras del sur de Bogotá que apoyaban al Nacional, los Comandos Azules de Millonarios, el Frente Radical Verde de Cali, que no era una barra tan grande como las otras, La Guardia del Santa Fe, Disturbio Rojo del América que era la más violenta que existía en el país, y Balón Rojo de Cali. Las disputas se daban en cualquier lugar donde se encontraran, en los alrededores de los estadios, en las carreteras…

Y fue en la carretera, justo en la vía que conduce a Cisneros, municipio de Antioquia, donde ocurrió un incidente normal de barras, como los que sucedían siempre. “Veníamos de Medellín de un partido América- Nacional. Era un partido decisivo para todos y con el rival más fuerte que hemos tenido, el Nacional. En nuestras mentes ya pesaba mucho el tema del estudio, porque unos íbamos a entrar a la Universidad y otros ya estaban en ella. Eso fue hacia la media noche del 19 de marzo de 2002. Era un momento en el que nos debatíamos entre el amor al fútbol y nuestros sueños profesionales y familiares, entonces ya le estábamos bajando un poco a la nota”.

En la vía se encontraron con un trancón de tracto mulas que dejó frente a frente a los hinchas del Nacional que iban para Bucaramanga y a los del América que regresaban a Bogotá. La pelea fue inevitable. Piedra va, piedra viene. Los vidrios de los buses empezaron a volar. Hoy, cinco años después, este grupo de jóvenes no quiere justificar lo que pasó, pero para ellos era algo normal en la vida de las barras, en donde los lesionados no pasaban de chichones, morados, una que otra herida menor y vidrios rotos de parte y parte.

De pronto llegó una camioneta 4X4 con un grupo de hombres, armados con Galil, armas de largo alcance, gorras militares, botas, gafas oscuras y dando bala al aire. Los jóvenes se tiraron al piso, se escondieron como pudieron debajo de las sillas y entre los buses…

Uno de los hombres preguntó ¿quién había empezado la pelea?, ¿quiénes habían roto los vidrios?… “preguntas idiotas porque los vidrios estaban rotos en ambas barras”. Nadie entendió ni entienden aún quiénes eran  ellos para impartir justicia…

En algún momento uno de los conductores de los buses del Nacional, “un man inconsciente, ofendido por los vidrios rotos y sin alcanzar a pensar que esos daños tenían remedio, fue señalando a éste y éste, por mechudos… claro, había muchos mechudos, pero cayeron dos”…

Mientras los hacían arrodillar los hombres armados gritaban, –“Esto es Antioquia y Antioquia se respeta… Hijueputas, ustedes quiénes son para venir a hacer lo que se les da la gana y volver  una miseria este pueblo… Estas carreteras se respetan”…

Todos, los hinchas del Nacional y del América estaban haciendo “lo que se les daba la gana” pero esa noche “pagaron con la vida los vidrios rotos” Alex Julian Gómez Ramírez, de 23 años, estudiante de sociología de la Universidad Nacional y Juan Manuel, el hijo único de la familia Bermúdez Nieto, de 20 y estudiante de sexto semestre de Ingeniería Civil de la Escuela Colombiana de Ingeniería. A  Alex lo mataron por no arrodillarse y a Juan Manuel por decir, “yo no, yo no”…

Todo el mundo se quedó quieto y solo se escuchaban las voces de los armados que preguntaban – ¿quién quiere más? y pasaban y amenazaban diciendo –Aguanta matar a más de uno… Al parecer, los armados hacían parte del Bloque Metro perteneciente a las Autodefensas de Córdoba y Urabá que controlaban la región.

“Nos quedamos ahí, en silencio, muertos del susto, nadie reaccionaba que teníamos dos muertos… de repente el trancón se deshizo y la gente que pasaba en camiones, buses y carros de carga nos decían –muchachos ábranse de acá porque esta gente es peligrosa. Llegamos a pensar en subir a nuestros muertos al bus pero alguien nos dijo que no porque eso nos podía traer más problemas… nos tocó dejarlos. Nos fuimos a Cisneros, cuando llegamos la policía ya sabía lo que había sucedido pero nos dijeron que solo hasta las seis de la mañana podían ir a hacer el levantamiento”.

En Cisneros se juntaron los hinchas del Nacional y los del América, para responder por los vidrios rotos de los buses, “pero los muertos parecían no importar…  solo nos preguntaban quiénes fueron los que dañaron los buses sabiendo que nadie iba a responder, porque de una u otra forma habíamos sido todos. Era como una escena de locos”…

Después llegó el ejército y regresaron a los hinchas del América escoltados a Bogotá. Comenzaron las especulaciones. Todo el mundo decía que las barras se habían matado entre ellas, pero no decían que los “paramilitares se habían metido en nuestra guerra. La verdad parecía no  interesarle a nadie”…

En el camino todo era confusión, arrepentimientos, culpabilidades y una mezcla de impotencia y dolor. “No queríamos llegar, pensábamos que más bien nos hubiéramos quedado todos por allá; no queríamos verle la cara a los papás”. Los sentimientos eran encontrados porque nos decían –gracias mijo que llegó vivo, pero nosotros estábamos muy mal porque salimos casi 100 personas y regresamos sin dos”…

Muchos decidieron abandonar la barra. Fue un momento crucial, recuerda Darwin que no iba en ese viaje porque estaba terminando el colegio y había descuidado los estudios. “Me enteré en la esquina del barrio cuando vi las fotos de Juan Manuel y de Alex en la televisión. Fue muy duro”…

Este hecho de violencia aislado del fútbol, los puso frente a la realidad social y política del país. Se dieron cuenta que existían otros conflictos más allá de los que ocurrían en la barras. “Nosotros todo lo vivíamos como un juego y no pensábamos en las repercusiones, éramos agresivos porque buscábamos un reconocimiento, sobresalir, ganar como fuera y nada más”.

A partir de allí empezaron a tener una percepción distinta de cómo se debe vivir el fútbol y cómo se participa en una barra para disminuir la violencia. “En nuestro caso, tuvimos la fortuna de comunicarnos con los padres de Juan Manuel y empezar a reflexionar sobre todo lo que había pasado y estaba sucediendo al interior de las barras.

 

“Porque estamos dispuestos a cambiar la historia”

La Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto nació en medio de un sentimiento de culpa y de rabia, pero también de una necesidad de ubicarse en el espacio, de reconocer que “queríamos pertenecer a la barra pero éramos concientes de que no queríamos morir y tampoco queríamos enterrar a otro parcero”.

Empezaron entonces a ver y a reconocer los valores que tenían en las barras. Se propusieron no ser más un problema y convertirse en una fuerza social. “Los padres de  Juan Manuel, que era su único hijo, cuando nos vieron interesados en hacer algo diferente, nos dieron la idea de convertir ese entusiasmo colectivo que se desata en la fiesta del fútbol, en un escenario de paz”.

En medio del dolor por la pérdida de sus compañeros reconocieron que habían implantado un modelo de barras sin tener en cuenta los aspectos de este país. Para ellos había sido sencillo montarse en una tribuna detrás de un arco, llenarla de banderas como se veía en la televisión y empezar a hacer lo que querían; de una u otra forma habían contribuido a generar esa cultura de violencia. Entonces, se propusieron cambiarla por espacios de respeto y tolerancia.

“Las barras son grupos sociales diversos con gente que no tiene dificultades económicas y otra a la que le toca guerreársela, para levantarse un plato de comida”, sin embargo en ese espacio de grandes diferencias ocurren también inmensas muestras de solidaridad. Se empezaron a preguntar, si eran tan malos, los jóvenes y estos ámbitos, como para no hacer nada.  “Estábamos también mamados de que los medios de comunicación solo vieran lo negativo y nos trataran como ciudadanos de segunda. Ellos no han sido conscientes de que han alimentado también esta violencia con expresiones como – ¡este partido es a muerte!, ¡ya sabremos quién es quién!, ¡No importa el tamaño del rival! y otras tantas”.

La estigmatización de los medios y especialmente de los medios deportivos los llevó a analizar el tratamiento que éstos les daban y al manejo del lenguaje que periodistas y comentaristas usaban alimentando con él la violencia entre las barras. Entonces buscaron desde su iniciativa decirle a los grandes medios que las barras no son sólo violencia y que deberían profundizar más en lo que se está jugando al interior de ellas e identificar valores e imaginarios que están en construcción entre los jóvenes.

                                             

                                

De la misma forma como se reunían para organizar los viajes, buscarle nombre a un parche o inventar canciones de la barra, estos jóvenes encontraron su propio método de autoaprendizaje basado en la reflexión, el acompañamiento a las barras, el acercamiento a los líderes y el rompimiento de las distancias que ellos mismos habían creado para proponerse, desde la esencia que los une, el amor al fútbol, hacer algo por la convivencia y el respeto a la vida.

Seis meses después, el 28 de septiembre de 2002, tenían una nueva forma de organización: la Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto, que se convirtió en el espacio ideal para forjar un cambio y construir desde allí una alternativa no solo para las barras sino para el país.

Con mucha nostalgia pero con una gran dosis de autocrítica dicen “si cuando estábamos en la barra alguien nos hubiera hablado de lo que teníamos en realidad, del liderazgo que brotaba naturalmente, del potencial de los pelaos, seguramente las cosas hubieran sido diferentes pero como siempre estábamos señalados –por los periodistas, los dirigentes del fútbol y las autoridades–, como una mano de delincuentes, de vagos y de drogadictos, pues nosotros tampoco estábamos  dispuestos a escuchar”.

 

Líberos de paz

Una de las tareas de la Fundación es el acercamiento con los líderes de todas las barras, algo antes impensable, por la predisposición al choque y a los enfrentamientos.

“Tuvimos que ir uno por uno, conocerlos, hablarles y contarles para convocar a la primera reunión de barras que se hizo en Bogotá en 2003. Al comienzo fue difícil porque la Fundación nació en la barra del América y como nos llevaban en la mala, pues nos tocó quitarnos la camiseta del América y ponernos la de la Fundación, después ya hasta nos hemos puesto las camisetas de otros equipos”.

En ese encuentro se dedicaron a responder a la pregunta ¿Por qué se actúa violentamente? Las respuestas iban desde reconocer que el cruce entre la pasión, la agresividad y la violencia puede tener manifestaciones sorprendentes, hasta explicaciones que se quedaban en la imitación, las reacciones colectivas y los odios engendrados de tiempo atrás, trasladados del estadio a la vida cotidiana, hasta el punto que muchos jóvenes no salían solos para “no dar papaya”.

                       

En julio de 2006 volvieron a  reunirse varios líderes y promulgaron conjuntamente la “Declaración por la vida” en la que le recordaban al país que “los jóvenes barristas de Colombia somos un solo sentimiento, un solo corazón, una sola razón”.

El trabajo en la Fundación no ha escatimado esfuerzos para lograr sus propósitos de construir una cultura de paz. Ahora le apuestan a la conformación del Colectivo Barrista Colombiano. El 27 y 28 de enero de 2007 se reunieron en Bogotá 20 delegados de 14 barras de todo el país y acordaron desarrollar su labor con base en principios como respeto a la vida, aguante, confianza, pluralidad,  autonomía, convicción, identidad, solidaridad y convivencia.

Cada vez son más las y los comprometidos con los propósitos de la Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto y con la proyección de los jóvenes barristas como actores sociales. A este encuentro asistieron delegados de las barras: Fortaleza Leopardo, La Banda Norte, Revolución Vinotinto Sur, Barón Rojo Sur, Frente Radical Verde, Artillería Verde Norte, Artillería  Oriental, Holocausto Manizales, Holocausto Bogotá, Frente Rojiblanco, Attake Masivo, Alta Tensión, Garra Samaria, Rebelión Auriverde y desde luego la Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto, promotora de la iniciativa.

La persistencia los  autoriza a afirmar hoy, que están en la vía correcta para desarrollar y posicionar el barrismo social, a través de la promoción de una cultura de no violencia en las barras, la incidencia en las políticas públicas y la generación de mecanismos de gestión y financiación que contribuyan a la construcción del país y al mejoramiento de la calidad de vida de los barristas.

 

 

Escrito en el cuerpo

Hace cerca de quince años la iglesia menonita en Colombia empezó a trabajar con jóvenes sobre las posibilidades de la no violencia activa y la resolución o transformación de conflictos. Seis años después se conformó la Acción Colectiva por la Objeción de Conciencia en Colombia, ACOC, que reunía a una convergencia de organizaciones. En esos procesos de acomodación hace un año decidieron juntar esfuerzos y nació la Acción Colectiva de Objetoras y Objetores de Conciencia.

                             

Mientras esperábamos en la carrera 27 sur con avenida Caracas, el bus que nos llevaría al Rincón del Lago en Cazucá, uno de los barrios ubicados en el sur oriente de Bogotá, Estefanía Gómez, coordinadora del área pedagógica de la Acción Colectiva, bailarina y estudiante de octavo semestre de psicología de la Universidad Nacional, nos iba contando cómo están organizados. “Dependemos de un equipo operativo y coordinador que se encarga de dinamizar reuniones y de coordinar eventos. Tenemos varios ejes de acción entre ellos “Alternando resistencias” que es la línea de formación. Este es un espacio para pensar lo que hay detrás de las lógicas militaristas, los intereses económicos, la posición estratégica a nivel geográfico que tiene Colombia y cómo influye todo esto en el conflicto armado”.

Estos jóvenes, aproximadamente 15 y en su mayoría universitarios trabajan voluntariamente, cada uno se compromete con un tiempo de acuerdo a sus responsabilidades académicas. El eje central del trabajo es la no violencia activa, la transformación de conflictos y la objeción de conciencia. Para ello desarrollan procesos de sensibilización, de análisis de contexto que contribuyan a formar criterios y a motivar el análisis entre los y las jóvenes sobre la posibilidad de elegir el camino de la no violencia. Trabajan temas como la autoridad, la obediencia, el autoritarismo, la desobediencia civil, la tolerancia y el respeto por el cuerpo.

“Desarrollamos actividades con niños trabajadores de la Fundación Creciendo Unidos a través del Grupo Juvenil y con el proyecto Creciendo Juntos en Altos de Cazucá. La idea allí nació con niñas, más o menos entre ocho y doce años, con ellas hacemos danza contemporánea con el proyecto “Cuerpo consciente”.

Tras cerca de una hora de recorrido llegamos al centro cultural Creciendo Juntos ubicado en la loma, desde donde se divisa el sur de Bogotá y gran parte de Ciudad Bolívar. Allí estaban no sólo las niñas del proyecto sino un grupo de niños que este año también quieren hacer danza. De repente la música empezó a sonar y Estefanía y Andrea Ochoa, psicóloga recién graduada de la Universidad Nacional y bailarina, empezaron a provocar entre los chiquillos una serie de masajes y de movimientos que al compás de la música iban desarrollando temas como la confianza en el otro, el cuidado y el  respeto por el cuerpo.

Ya antes ellas nos habían contado que es justamente desde allí desde  donde generan la reflexión de: “si respeto mi cuerpo y respeto el del otro no voy a dar mi cuerpo en concesión para que mate a otro o para ponerme en riesgo”.

Cada ocho días Estefanía y Andrea viajan durante cuatro horas, dos de ida y dos de regreso, para compartir con un grupo de 15 niñas esta experiencia corporal en la que también desarrollan el componente psico-social orientado a fortalecer competencias para asumir las consecuencias e implicaciones de lo que hacemos y a comprender qué tan distantes o conscientes estamos de lo que hacemos y decimos, y cómo nos relacionamos en el espacio familiar y social.

Altos de Cazucá es una zona muy compleja, tiene presencia de guerrilla y autodefensas, la población está constantemente sometida a toques de queda, vacunas y amenazas directas a los jóvenes que son reclutados por la fuerza. Las niñas y los niños siempre están expuestos a actos brutales, el ambiente les muestra violencia y ellos la reproducen para sobrevivir.

El trabajo que estas jóvenes realizan en Altos de Cazucá ha desbordado las fronteras del barrio porque han traído a las niñas a la ciudad de Bogotá para que aprecien otras obras de danza. Después de esas visitas  han percibido un cambio significativo en ellas. “No es de 180 grados pues vamos cada ocho días y  los cambios no son radicales, pero el trato entre el grupo es más solidario, hay expresiones de protección, de cuidado; ya no tienen tanto miedo a tocarse, les gusta hacerse masajes y consentirse”, dice Andrea.

Por el carril de la no violencia

Para estos jóvenes el camino de la no violencia debe ser un sendero consciente que se descubre y por el que se viaja a lo largo de la vida, por eso es tan importante encontrarlo a tempranas edades y vivirlo en el cuerpo mismo. Para lograrlo este grupo desarrolla una serie de módulos pedagógicos a través de los cuales trabajan temas como la no violencia activa, que tiene que ver con la forma como actúo, como respondo ante las cosas que me pueden agredir sin que yo necesariamente esté respondiendo con la misma dinámica, sino planteando mi posición y diciendo que no estoy de acuerdo, de allí también la idea de lo activo.

                                                                                     

La resolución de conflictos está enfocada a resolver los problemas cotidianos y a darles herramientas a los niños, niñas y jóvenes para llegar a solucionarlos sin necesidad de recurrir a la violencia. Por eso  hablan del consenso y de que los conflictos no forzosamente tienen que verse de modo negativo pues son oportunidades para poner en evidencia muchas posibilidades de negociación, de conciliación, de aceptar las diferencias, de tolerancia y de respeto.

Muchas de las herramientas pedagógicas utilizadas por este grupo de jóvenes son dinámicas y juegos propios. Ellos a lo largo del juego hacen explícitas las relaciones y las formas como usualmente resolvemos los conflictos y reflexionan a partir de ellas.

Mientras Andrea y Estafanía trabajan los sábados con este grupo de niñas y niños en Cazucá, en otra parte de la ciudad Alejandro, Lucas, Diego y los demás desarrollan sus dinámicas en alguno de los colegios de la ciudad. Y quizás muchos otros jóvenes de la Acción Colectiva de Objetores y Objetoras de Conciencia harán lo propio en Medellín, Cartagena, Barranquilla, Sincelejo, Barrancabermeja o en alguno de los municipios de los departamentos del Putumayo, Cauca, Arauca y Valle del Cauca en donde adelantan trabajos, pues esta iniciativa es una propuesta de paz nacional. Una de las metodologías es la que después de hacer grupos pequeños se le da a cada persona un papel con un número diferente y a partir de allí deben establecer las reglas para saber cómo van a tomar una decisión y cómo van a administrar cierta cantidad de dinero.

El número de cada uno va de 1 a 5 e indica el poder que tiene cada integrante para decidir, entonces se pone de manifiesto ¿quién tiene más poder y cómo lo ejerce?, o ¿cómo influye en la decisión?, ¿cuántos son los votos? y ¿cómo se le da espacio al que tiene menos poder?

“Algunas dinámicas han sido construidas por nosotros y adaptadas de nuestra formación académica o de los talleres a los que asistimos; tratamos siempre de llevarlas al plano artístico y luego las traemos a la reflexión. Siempre nos preguntamos ¿qué nos dicen desde el cuerpo, desde las relaciones y el ejercicio del poder? En danza de repente estamos con los ojos cerrados y vemos que alguien te toma de las manos y nos dejamos llevar. Desde ahí reflexionamos hasta ¿dónde cedemos nuestros derechos? y ¿cómo asumimos la responsabilidad de que alguien dependa de ti o de la guía que alguien necesita?”.

En este proceso, entraron en contacto con el Colegio del Cuerpo para perfeccionar aún más sus rutinas de trabajo e incluso tomaron de la experiencia de Álvaro Restrepo, con niños y jóvenes en Cartagena, el nombre “Mi cuerpo es mi casa” para un proyecto que hicieron en Cazucá.

“Nosotros hemos hecho un esfuerzo por acercar el mundo del arte a la realidad colombiana. Tenemos la obra RexSistir que habla sobre la violencia en los medios de comunicación y cómo en general los seres humanos no nos preocupamos por tomar ninguna acción hasta que no nos sentimos directamente involucrados. Ahí hacemos una crítica a la indiferencia de muchos sectores de la sociedad a quienes si el conflicto no los toca directamente y no se sienten amenazados pasan sin pensar en él”.

La mayoría de estos jóvenes siempre tuvo la necesidad de explorar los espacios de las organizaciones sociales pero no querían llegar a una en la que las jerarquías fueran reducidas y en donde el manejo del poder primara. “Aunque los jóvenes queramos hacer cosas nuevas terminamos reproduciendo esquemas y en este espacio hay algo diferente, no tenemos la idea de la jerarquía, no hay nadie que nos esté  diciendo –tienen que estar en la oficina o hacer esto o aquello, es algo completamente voluntario, no recibimos ningún tipo de remuneración económica, todo lo hacemos desde la decisión consciente. Las decisiones colectivas se toman en asamblea y todo se discute abiertamente”, afirma Andrea Ochoa.

Muchos reconocen que el primer cambio se dio en ellos mismos. “Mi vida ha cambiado. Ahora leo diferente las cosas que pasan a mi alrededor. No  paso de largo las noticias ni las acciones cotidianas de la gente en la universidad y en mi casa. Está más a flor de piel la idea de  no resignarme ante las cosas con las que no estoy de acuerdo. Desde una apreciación que hace un profesor hasta ejercicios de poder mínimos que percibes en tu familia o en tu núcleo de amigos, todo es más claro, puedo reflexionar  y modificar cosas en mi vida, en mi forma de actuar y de relacionarme”, reconoce Estefanía Gómez.

Álvaro Peña tiene 20 años, no ha terminado el colegio y pertenece al grupo Juvenil de la Fundación Creciendo Unidos; hace muy poco, seis meses, empezó en este “cuento de lo social”. “Me interesaba conocer las cosas y saber que todo tiene un por qué. Que tenemos derechos y que con ellos se puede uno defender pero también que tenemos deberes.  He sido un poco vago pero ahora quiero terminar mi bachillerato y quiero ser Consejero de Juventud”.

A Álvaro le han servido mucho los talleres porque empezó a tomar conciencia de que no se trataba simplemente de decir “no quiero y no quiero y ya”, como un niño rebelde sino que tiene alternativas. “Puedo discutir a partir de mi forma de pensar y puedo en una situación de conflicto decir –venga esto es lo que yo creo, ¿qué cree usted?, sin llegar a los golpes, que era como resolvíamos antes las cosas”.

Estos jóvenes dicen no ser violentos, no les gustan las armas, no les gusta la guerra pero sienten que no pueden estar al margen de ella por eso están convencidos de que a través del arte, del juego y de la palabra pueden ayudar a concientizar a otros niños, niñas y jóvenes de actuar no violentamente.

                              

Descubriéndose en el juego

 

Desde este año empezaron a trabajar en colegios compartiendo los juegos cooperativos en los que no buscan un ganador o un perdedor, sino la participación de todos y todas para pasarla bien y aprender a conocerse.

Alejandro Parra Macías, trabaja en la parte pedagógica y formativa desde hace seis años. Asegura que el grupo no tiene una preconcepción sobre la cultura de la no violencia  sino que la han venido desarrollando desde cuando empezaron la línea de trabajo Alternando Resistencias. “Fue nuestra apuesta. Esa iniciativa la empezamos a construir a partir del diálogo de saberes y tratando de entender que los pelaos ya parten una lectura de su propia realidad y del conocimiento que ésta les da y que sólo la enriquecemos con nuestras propuestas. Aprendemos juntos”.

Uno de los juegos que más le gusta a Alejandro es el que después de  formar grupos de tres personas a cada uno se le entregan tres pedazos de papel y un dibujo. Con esos pedazos tienen que armar la figura que está en el dibujo pero ninguno del grupo puede hablar, ni mirarse, ni hacer señas. Se trata de poner a prueba la confianza, la solidaridad y el respeto por lo que hace cada integrante del grupo; también se ponen en juego las diferencias presentes.

Es una negociación de saberes sociales y culturales que se enriquece cada vez más con las identidades de cada grupo de jóvenes con los que trabajan. Comenzaron a notar que existía mucho inconformismo entre los jóvenes pues se sentían personas afectadas, excluidas o negadas en sus derechos y esta situación se convirtió en el espacio ideal para empezar a trabajar temas como la no violencia, la resolución alternativa de conflictos, la lectura crítica de contextos, la historia, la relación entre la economía y militarismo, derechos y deberes. A partir de entonces surgieron preguntas como ¿qué entendemos por autoridad?, ¿hay una autoridad positiva o negativa?, ¿la autoridad solo se representa en la fuerza? y ¿qué entendemos por obligación, por derechos y por deberes?

Esta experiencia los motivó a trabajar mucho y a romper con los esquemas que se tienen cuando se habla de procesos formativos y es que siempre hay un grupo que lleva la luz y hay otro que lo recibe. Aquí fue una construcción conjunta. “Hubo momentos en que nosotros decíamos es necesario hablar de este u otro tema y los muchachos decían sí, pero desde este punto de vista porque lo que nos está afectando es esto o aquello. Entonces si vamos a tocar el tema de la seguridad sabemos que la seguridad es integral pero ¿qué entendemos por seguridad? Porque a mí me preocupa que yo considero seguridad una cosa y mi mamá otra. Por eso ella puede ser proclive a estar de acuerdo con un grupo de limpieza social en el barrio, porque considera que la inseguridad es el pelao con el bareto que se para en la esquina”.

El proceso incluye una negociación de criterios a partir de muchas actividades que desde lo pedagógico rompen también con los esquemas tradicionales como la llamada “lluvia de ideas” y van más allá con la lúdica, los juegos cooperativos, los juegos de análisis, la construcción conjunta de conceptos y las caminatas por la ciudad que proponen otra mirada, “no se trata de la caminata para mirar la realidad desde lo que la realidad ofrece sino para mirarla entre líneas”.

El 80% ciento de los juegos inicialmente venían de otras partes, por ejemplo usaron los juegos compilados por Emilio Arranz Beltrán, un objetor de conciencia español que viaja por el mundo recogiendo juegos tradicionales que rompen con la competencia, con el individualismo e incluso con la idea de humillar al otro. Son juegos que plantean esquemas de integración, de construcción colectiva, de cooperatividad y de solidaridad.

También adaptaron otros que sacaron del “Proyecto alternativas a la violencia”, una experiencia traída de escenarios posconflicto como Vietnam, Sierra Leona y Nigeria, entre otros. Con estos juegos se busca recuperar psico afectivamente a las personas y, sacar el dolor y el resentimiento. “Nosotros hemos adaptado estos juegos para hacer una lectura de la realidad, por ejemplo en vez de ver un video y que el video nos diga cómo estamos lo que hacemos es una construcción de mapas parlantes que construyen los mismos pelaos y sobre esos mapas nosotros complementamos –mire, este sitio que ustedes identifican en el barrio como peligroso tiene una razón de ser y es esta o aquella”.

Una metodología propia

Al comienzo el trabajo fue muy complejo porque involucraron a varios profesores tradicionales y ellos partían siempre de una lectura. Entonces se empezaron a preguntar y ¿si los muchachos no hacen la lectura? y ¿si la leen y no la entienden? o ¿si les parece muy aburrida?  Entonces acordaron no partir de preconceptos sino proponer una lectura en conjunto de la realidad en donde las conclusiones las sacaran los mismos muchachos. “No les decimos quiénes son los buenos y los malos sino que intentamos descubrir ¿por qué se da el conflicto colombiano? Por eso, también, entendemos la no violencia como la comprensión de las partes que juegan en el conflicto y no como la supresión de alguna de ellas o la negación”.

Los sábados en cualquier colegio de Bogotá o en las lomas de Cazucá los y las jóvenes de la Acción Colectiva de Objetoras y Objetores de Conciencia seguramente tendrán encarretados a un grupo de niños y niñas o jóvenes con una danza o con el juego de “Los bates locos”, que ellos mismos han adaptado y elaboran con papel periódico.

                                    

El juego consiste en dividir a los participantes en tres grupos: los espectadores, a los que se les vendan los ojos y a los que no, a estos últimos se les entregan los bates. Todo el mundo se pregunta ¿qué vamos a hacer? Nadie entiende el por qué el bate ni por qué la venda. Pasan varios minutos en silencio hasta que alguien grita – ¡ataquen! Es increíble la forma como todo el mundo empieza a pegarse y los que pueden ver obviamente cogen los bates y les dan durísimo a los que no. Los que tienen la venda no saben a quien repartirle los golpes, entonces terminan  pegándole a los que no tienen bate y están como espectadores.

Después de un rato para la acción y comienza la reflexión. Todos los participantes empiezan a decir cómo se sintieron y los que no tenían bate y estaban como espectadores, dicen: –“No es justo, yo no tenía nada que ver y me llegaron y me dieron”. Los que podían ver dicen: –“Yo me asocié con otros y le dimos a los que no podían ver”. Unos, muy pocos por cierto, dicen: –“Yo tenía el bate pero me sentía mal de pegarle a los que no podían ver”. En muy pocas ocasiones se da que los que pueden ver y tienen bate se niegan a golpear al otro.

Alejandro recuerda solo una oportunidad en que  una niña soltó el bate y dijo que sentía que era injusto pegarle a los que no podía ver. Pocas veces los jugadores se preguntan y ¿por qué tenemos que atacar? Naturalmente la reflexión va llegando a los conflictos cotidianos y al conflicto armado.

Este grupo de jóvenes trabaja actualmente en la recopilación de todos sus juegos en un libro que busca facilitar la difusión y el uso de ellos para desarrollar actitudes y valores relacionados con la educación para la paz y el desarrollo de alternativas a la resolución violenta de los conflictos, la cooperación, la ayuda, la autoestima y la confianza entre niños, niñas y jóvenes a partir del juego, de la palabra y de la experiencia en el cuerpo.

 

Para seguir la ruta de la no violencia

http://www.noviolencia.org/

http://www.mygale.org/

Revista francesa sobre no violencia

http://www.nonviolence.org/

Principal movimiento no violento estadounidense

http://membres.lycos.fr/manco/

Movimiento por una alternativa No violenta (Francia)

http://www.forusa.org/

MIR-IFOR. Movimiento internacional de la Reconciliación. Una de las organizaciones no violentas más antiguas con representación en 40 países.

http://www.igc.org/jobs.html

Bibliografía para el entrenamiento a la acción no violenta

http://es.wikipedia.org/wiki/No_violencia

La enciclopedia libre de No violencia

http://www.no-violencia.org/

http://www.noviolencia.org.ar/

Campaña Mundial por la no violencia activa

http://es.geocities.com/ahimsadenip/denip.spanish.html

Día escolar de la no-violencia y la paz

http://dewey.uab.es/pmarques/noviolencia.htm

 

http://www.asociatividad.cl/completo/

Asociatividad para la acción por la no violencia

http://www.noviolenciaactiva.com.ar/

Acción directa no-violenta

 

      

       Embajada de Suiza

Este artículo es posible gracias al apoyo de la Embajada de Suiza. Las opiniones presentadas son de la exclusividad de los autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de la Embajada.

 

 

 

 

 

 

 

 


 
 
 

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