PERFILES

Juan Araújo Ochoa:

El centinela del universo errante

   
     

 

 

 

Juan Araújo Ochoa tiene una memoria matemática; precisa, exacta, indiscutible. Memoria ésta, aparentemente paradójica, porque él afirma que no le gustan los números, imprescindibles en su paciente oficio de astrónomo ejercido durante la mayoría de las noches desde hace más de treinta años, cuando descubrió que su vocación era cifrar el lenguaje centellante de los cielos.

 

Por Luis Barros Pavajeau*

pavajeau68@holtmail.com

No astrónomo, sino un buen observador, me corrige y cae en silencio, sin poder ocultar la pasión que le queda en los ojos, porque a veces ni siquiera las palabras son suficientes para explicar el porqué de la misma, que por fortuna no lo ha dejado en paz, desde los irrepetibles años de su infancia allá en Patillal, un pueblito rodeado de sabanas xerofíticas, asociado al recuerdo de un grupo de amigos quemando con tallos secos de cardón, caminos de hormigas iluminados  bajo la luz argente de los plenilunios.

En Valledupar que en 1963 era apenas un pueblo grande con ínfulas de capital, apareció con sus cuatro años dejando atrás sus horas felices de trompos y boliches, los playones de arena de los arroyos secos, la sombra de un tamarindo centenario y el aroma sofocante de las matas de cortejo sembradas en el frente de la casa de una de sus tías, en aquel caserío pacífico que inicialmente se llamó Lamparita, por los mechones de petróleo que colgaban en las terrazas después del crepúsculo.

Si Juan carga una vaga impresión de una ciudad de hierro que en aquellos tiempos recaló por unas semanas en un descampado al frente de la Iglesia de la Virgen del Carmen, es porque su memoria, esa memoria abusiva, parcial, selectiva e interesada, prefiere devolverse a los instantes en los que aprendió a leer, que en últimas, fue la puerta abierta para acceder a un universo de conocimientos que la curiosidad orientó hacia las revistas LIFE en español de otra tía, que enumeraban los preparativos y pormenores del proyecto Apolo 8, inaugurando la maratón de las grandes potencias, interesadas ahora en la conquista del espacio que definiera de una vez por todas, la supremacía política e ideológica en aquel tire y afloje inseparable a la Guerra Fría.

Fueron tiempos en los que no arrancó los ojos del cielo. Épocas de juventud impaciente en las que incluso tuvo el despropósito de enemistarse con la naturaleza, cuando la atmósfera no era propicia para contemplar el fenómeno gratis de la Vía Láctea, que según la cosmogonía griega, surgió por la leche derramada de la diosa Juno al destetar a Hércules, negándole la inmortalidad.

Se le corrió la teja, ese vive como los gatos, se va a virar de tanto mirar pa’ arriba, repite ahora con risas lo que comentaba el común de la gente, quizás para ponerle nombre a esa elección de vida, que en aquel medio estrecho, se avecinaba a la locura. Si no terminé el bachillerato, la culpa la tiene la astronomía, dice, reviviendo las jornadas estudiantiles en el Colegio Nacional Loperena, en el que según muchos de sus amigos, escogió la jornada nocturna para acomodarse al lado de cualquier ventana apuntando al firmamento, y distanciarse a años luz de la cátedra obligatoria.

                                                 

Entonces el pensamiento se le fue llenando de imágenes irresistibles que respondían a nubes de sodio, gases de estrellas, asteroides escurridizos, mares selenes, cuerpos intrusos, efemérides planetarias y nidos de galaxias. Todo el ámbito sideral que antes que Galileo, Copérnico o Keppler, entre otros,  fascinó a caldeos, babilonios, persas, griegos y mayas, para los que era inconcebible pensar en el ser humano aislado del universo mismo.

El primer avistamiento de una constelación lo tuvo en mayo de 1975. Para entonces había construido un trípode rudimentario que consistía en un armazón de madera de tres patas, sostenido por una varilla para subirlo o bajarlo según el caso. Después, alguien le regaló un catalejo japonés con el que enfocó la maravilla indescriptible de los anillos de Saturno.

A partir de ahí, reconciliado con la facultad del santo Job, rogó a Dios estar vivo para ver el trazo del cometa Halley. Fueron 16 años que acabaron en una tremenda decepción por la falta de brillo y la corta extensión de su cola. Pero el futuro le deparaba un desquite perfecto; la lluvia de Leónidas, esa misma estela de colores semejantes a culebras retorcidas, que en la Cumaná de 1799 asombró al barón de Humboldt, y los aproximadamente cuatro minutos del eclipse total de sol del 26 de febrero de 1998, cuyo diámetro de 150 kilómetros de sombra, atrajo una nubarrada de astrónomos alemanes, españoles, ingleses, austriacos, norteamericanos e israelitas, de los que se hizo a cargo unas semanas previas al suceso, para establecer el mejor lugar de observación y anotar uno de los eventos naturales más grandiosos de finales de siglo.

                                                                                                

Y es que según el mismo Juan, los 10° y 29 minutos al norte del Ecuador, posición astronómica de Valledupar en latitud, es un privilegio para visualizar la Cruz del Sur, la Estrella Polar y las Nubes de Magallanes. Algo así como más del 90 por ciento de la bóveda celeste.

Si la astronomía le negó a Juan Araújo Ochoa su diploma de bachiller, en contraprestación le ha proporcionado la felicidad de compartir una legión de amigos, que empezando por sus coterráneos, recorre los grupos de astrónomos aficionados de Nueva York y San Francisco, el Observatorio Europeo Austral, la Unión Astronómica Internacional, el Observatorio Cerro Tololo en Chile, para acabar en el Central Bureau for Astronomical Telegrams del Smithsonian Center for Astrophysics en Massachusetts.

Hoy más que nunca, Juan Araújo Ochoa conserva intacta la convicción con la que decidió entregarse por entero a su oficio. Un oficio repartido entre soledades y silencios. Y si no le importa mucho, a mi entender, se debe a que mientras siga sintiendo el latido del universo en la conjunción de sus entrañas, sabrá que ese mismo universo errante que se despliega ante sus ojos cada noche, no necesitará en la oscilación de los siglos, ni siquiera una palabra para dar cuenta de la insignificante soberanía humana.   

*Comunicador social, periodista y escritor

 

 

 

 

 


 
 
 

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