ATANDO CABOS

Mi rastro de sangre en la nieve

 

 

   
     

 

 

 

Supe que me encontraba en los Estados Unidos porque el cielo despejado permitió divisar desde la ventanilla del avión el discurrir lejano y diminuto de un pueblo que, sin dubitaciones, había imaginado antes, y que estaba, a propósito, en la memoria de las narraciones de un amigo a quien el amor por su hija lo llevaba por lo menos una vez al año a visitar un paraje similar en las mediaciones de la costa este norteamericana. 

 

Era 26 de diciembre y mi anhelo de encontrar nieve se había apagado al contemplar la luminosidad rojiza de los resplandores de sol que caía sobre la rutina ignorada y presumiblemente ociosa de aquel pueblo rodeado de bosques desnudos, sabanas verdes y ocres y carreteras trazadas como hilos de cemento que se pierden en la perfección de la distancia.

Por Jorge Iván Mora Zapata*

suplecol@hotmail.com

Minutos después me sacó del éxtasis el anuncio del comandante de la aeronave indicando que aterrizaríamos en el aeropuerto internacional Liberty de Newark, New Jersey, y pronto entraríamos en la fase de aproximación y descenso. De forma inesperada el avión tomó altura y empezó a rondar el espacio aéreo. Enseguida nos informaron de un sobrevuelo obligado de quince minutos por congestión de tráfico. Fue cuando volví a descubrir el paisaje y a experimentar un súbito vértigo emocional  de dimensiones desconocidas ante semejante realidad: el mundo que construí muchas veces en mi mente  a lo largo de los años en medio de ansiedades extrañas, reservas ideológicas, juicios y prejuicios políticos, actitudes desconfiadas o desdenes, estaba en ese instante debajo de nosotros, literalmente a los pies, esperándonos. Tocamos pista enseguida, las 4:05 de la tarde y muy pronto nos encontramos en la puerta de salida del avión. No había congestión de pasajeros y los funcionarios de seguridad y migración se veían tranquilos. Todos parecían llevar dibujada en sus rostros la alegría de las festividades navideñas y los augurios felices del año por venir. ¡Happy new year! ¡Happy new year!

                            

Franqueada la aduana el mundo se iluminó. A un costado del pasillo abierto que conecta la puerta de salida estaba la parentela que por años divagaba en las quejas melancólicas de la ausencia y que se asomaba no pocas veces a la conciencia como un reclamo que duele en la piel del alma. Pero para burlar los abscesos sentimentales de orden personal, prefiero agregar –no sin razón-, que además se trata de la cuota familiar de la diáspora colombiana. Rostros como los de miles y miles de compatriotas, que partieron al exilio voluntario en busca de sueños y fortunas. En mi caso y para mi orgullo,  todas mujeres, la mayor con veinte años de distancia de nuestro último encuentro, la otra quince y la menor siete, y en conjunto, a juzgar por la descendencia, me encontraba en la antesala de un desfile de tres generaciones juntas. Lo cierto es que su alegría y la mía se juntaron de modo que los abrazos férreos borraron las barreras del tiempo. No supimos en ese momento si se trataba de un sueño y si éramos iguales. Y las voces y los gestos se parecieron al día eterno de la última vez, hace veinte, quince o siete años.

Era indudable que tras el rastro de la amada parentela me encontraba de pronto en el país de las ilusiones. Y camino a casa en calidad de huésped pensé al menos que estaba cumpliendo uno de los más importantes sueños de mi existencia última, si no el primero: rescatar a mi gente y a mí mismo de la tragedia del olvido, del secuestro de la distancia que borra el amor o lo cambia, contribuye a la muerte de las querencias de la sangre y oscurece las dichas de la memoria.

Aunque no llovía nieve las bajas temperaturas empezaron a  ejercer especial fascinación en mi lógica. Si hacía frío vendría la nieve, y si llegaba la nieve, conocería la belleza cruda de un invierno en New York y en New Jersey, lugares establecidos de mi visita. Entonces decidí aceptar el juego y asumir el rol de turista. ¡New York! ¡New York! Las heridas en proceso de sanación de los acontecimientos del 9-11. Descender del metro en la estación World Trade Center y alcanzar la salida a Broadway Avenue. Los testimonios gráficos de aquella muchedumbre sorprendida en el fatídico instante de los impactos y desplomes, ahora pegados a los tablones que hacen de muralla y  rodean el agujero profundo y abrumador donde se sumieron las torres.  Y la impresión de numerosos turistas que a esa hora de la tarde, como yo indudablemente, estaban pensando en las tres mil víctimas y en el pánico paralizante de aquellos transeúntes que a su vez fueron capturados por las lentes rápidas de otros turistas, fotógrafos y curiosos. El momento, ese momento, cualesquiera sea la hora de llegada, es un juego visual y macabro de la historia en el que uno termina sintiendo una extraña corriente de energía cargada de asombros y miedos. Y luego los respiros hondos, y la mirada lánguida de fondo y el encuentro al frente con la iglesia  Saint Paul, tan antigua como hermosa, y tan pura e intacta como los bienaventurados e insignes ocupantes del pequeño cementerio que está allí por alguna razón histórica o religiosa, pero que no guarda relación alguna con pedestales alusivos a la catástrofe que uno vuelve a vivir en la imaginación, que cambió el mundo apenas  comenzando el siglo XXI y despertó las rabias juntas de todos los extremos hasta trenzarse en una algarabía de odios y terrores sicológicos que nos tiene a todos los seres del planeta viviendo de miedo.                                

                          

Pero ¿qué es lo que tiene Estados Unidos que la mayor parte de la migración colombiana ha puesto sus ojos en este país al igual que millones de inmigrantes hispanos que hoy constituyen la minoría más importante en su mapa multicultural? “Es un país de oportunidades”, responde la gente, nuestra gente hispana, visible en las calles y pegada al sistema americano en su mayoría con los patrones culturales traídos de sus lugares de origen. Una avenida larga y ruidosa como Bergenline, en Union City, es el retrato de nosotros. O una ciudad como Elizabeth. Entre condados y pueblos, el Estado de New Jersey se convirtió de pronto en el gran receptor de la comunidad hispana. Y es que a pesar de las factorías e industrias que emigraron a otros estados de la Unión huyendo de los altos impuestos, sigue siendo un gran suburbio con posibilidades de empleo. La comunidad colombiana se hace notoria por sus voces, colores y olores. Es visible la influencia de la comunidad cubana en los poderes políticos locales, en el comercio y en actividades diversas de intermediación de capitales de negocios. Los dominicanos son notorios por sus conversaciones de alta voz, los hondureños y salvadoreños, al igual que una porción mexicana, porque conforman el ejército de trabajadores que a lo largo de ciertas avenidas ofrecen sus servicios informales. Son los llamados jornaleros. Mujeres profesionales colombianas, ecuatorianas, argentinas, hacen parte de la oferta de servicios médicos en odontología o medicina interna, asesorías contables y financieras, y trabajo especializado en fundaciones destinadas a prestar servicios a las distintas comunidades de latinoamericanos que ambientan el paisaje humano de  estos pueblos.

Harry, en el país de los hispanos

Uno pudiera decir que en New Jersey, con contadas excepciones de asentamientos humanos, el hábitat es latino y el cielo una autopista congestionada de aeronaves donde es recurrente escuchar que 25 aviones descienden en fila india para aterrizar y un número mayor o parecido espera para despegar.   La arquitectura urbana en general es la misma que trazaron irlandeses, anglos, holandeses y polacos desde los primeros tiempos de la revolución industrial. Y es corriente que uno que otro norteamericano raizal aborde un autobús para cumplir un destino próximo. En Ridgefielpark es popular el viejo Harry, un ex combatiente del Vietnam que regresó desbaratado de la guerra y aquí lo armaron a punta de ciencia y tecnología. Lo único que no lograron reconstruirle fue la voz. Harry va de autobús en autobús vestido de camuflado y chaquetas con letreros del Army, usa botas y reparte monedas en señal de amistad a las personas que se sientan a su lado.   La civilización está en lo cotidiano: disponibilidad de información abundante y oportuna en los sistemas de transporte público colectivo estatal, puntualidad en sus horarios de desplazamiento, respeto del conductor por el pasajero y viceversa y conducta especial  si se trata de un usuario adulto mayor o de niños. La cultura de servicio es marcada en supermercados, farmacias, o cualquier lugar de recurrencia que implique atención al público.

                                         

Pero el mundo americano de verdad comienza en el idioma, los sistemas fáciles de crédito de consumo, las avenidas y los puentes y la precisión de sus señales, las promociones de autos, el respeto a la libertad individual  evidente en la indiferencia hacia la manera de vestir, caminar o comer del otro, la obsesión por los derechos civiles.  Hay derecho para todo incluido al delirio público. Un joven de piel negra escribió una larga letanía en un cuaderno, se acomodó en una butaca del metro de New York y repitió a todo pulmón hasta el cansancio su alborotado mensaje. Ocurrió una  tarde en que accidentalmente yo subí a ese vagón. “Soy negro y no merezco vivir. Mi color es horrible y mi raza asquerosa”. Debo confesar que la traducción fue consultada y transcrita en el lugar, hora y punto del suceso, gracias a la comprensión de mi acompañante y ante la mirada distraída de numerosos pasajeros. No es que en Colombia no se sepa porque es de todos los días y en repetidas ocasiones, pero a mí me tocó así. Una familia mexicana o chicana toca corridos al medio día en un tren y recoge monedas. La gente escucha y contribuye.  

Los difuntos hacen parte de la democracia y por tanto gozan de plenos derechos. Por ejemplo, tienen derecho a vivir en comunidad. Varios cementerios se encuentran como cualquier bloque de casas  a los lados de avenidas concurridas como la Tonelle Avenue o la Ferview en el Condado de Bergen y entre las actividades comerciales que distinguen a estos sectores. En un caso, al menos, los muertos duermen al lado de un motel.   

Cultura americana es también la voraz carrera promovida hasta la saciedad desde el poder mediático de lo que su filosofía pragmática denomina alcanzar el éxito, y que se mide en la capacidad de consumo de las grandes marcas, acumulación de fortuna y un poder cierto de distinguirse entre el anonimato de más de 300 millones de habitantes empeñados en la misma tarea. El sistema es la garantía de cada ciudadano de ser atendido por las instancias del Estado en salud, educación, seguridad, vivienda y calidad de vida. Pero para hacerlo posible hay que pagar altos impuestos.

Mi visión de turista es que el estado de New Jersey se parece a un conglomerado humano de América Latina. Se habla español como en cualquiera esquina de una de nuestras ciudades o campos, se come a lo colombiano, cubano, peruano, español o mexicano, y se vive, en términos generales, con la seguridad de conciencia de que la pobreza de aquí es más digna que la de nuestros orígenes.  Dignidad apoyada en la igualdad de oportunidades para el trabajo que no interesa a los americanos puros, en el acceso al consumo y al crédito, en la ilusión del ahorro, y en gran medida, en la satisfacción semanal, quincenal o mensual de las transferencias de dinero encargadas de paliar o superar las miserias y frustraciones que moraban -o aun merodean- los entornos mismos de la infancia o la adolescencia y que siguen siendo, por gracia de los destinos, el espacio socio cultural de las nostalgias.

                               

Mi visión de observador es que la comunidad hispana representa una fuerza laboral importante en el contexto económico interno de los Estados Unidos. Su sentido de pertenencia está supeditado a la capacidad colectiva para ganar espacios políticos, económicos y culturales de mediano y largo plazo, pero de  gran significado para el futuro de esta nación. No es posible pertenecer al sistema mientras no sepamos cómo funciona. Hay colombianos que aparecen en anuncios publicitarios de diarios y revistas locales junto a su familia, una esposa americana y una hija, por ejemplo, y cuentan que “la empresa empezó de cero y con una actitud de triunfo sobre todos los obstáculos, llegó a brillar como una estrella”. Hay colombianos fieles a la estrategia de éxito inventada en Colombia: publican sus fotos en esos mismos semanarios, acompañados de políticos o de autoridades del Condado en la ceremonia o evento social de la semana a la que los nuestros asisten con puntualidad inglesa y bajo cualquier pretexto.  

Aquí no los llaman lagartos pero en las fotos se parecen. Hay colombianos y colombianas por todas partes del estado que no publican sus fotos, trabajan hasta dos y tres jornadas durante las 24 horas y es seguro que llegarán  a tiempo para reclamar una jubilación decorosa con derecho a atención en los servicios de salud, que por demás, son altamente costosos en este país. Y hay un grueso porcentaje de colombianos y colombianas del sector más vulnerable y copioso de nuestra hispanidad, los indocumentados, que están aquí, trabajando con resolución y valor, ocultos o no en las tramas ingeniosas de la ilegalidad, a la espera de que una nueva propuesta de ley de inmigración haga trámite en el Congreso de los Estados Unidos de América, regido a partir de enero de este año por mayorías demócratas.  Trascendió por estos días que la propuesta de una reforma migratoria integral está siendo preparada por un grupo de legisladores de ambos partidos y el intento viene de los senadores John McCain y Edward Kennedy y de los congresistas Luis Gutiérrez y Jaff Flake. Pero un comentarista escribió en un diario local que “lograr una reforma migratoria integral no quiere decir que será coser y cantar”. Y advirtió: “mientras algunos de los conservadores más radicales han perdido sus puestos de influencia (el congresista James Sesenbrenner no estará ya en ningún puesto de liderazgo en comités), varios de los demócratas elegidos en estados tradicionalmente republicanos son moderados en todo, pero algo más conservadores en inmigración”.  Aun así, y a despecho de alarmistas y nativistas locales como llaman aquí a quienes se oponen ferozmente a la presencia de inmigrantes, la mayoría de los estadounidenses favorece una reforma que incluya un camino a la legalización para indocumentados, así como un programa de trabajadores huéspedes, al tiempo que aún les preocupa la protección de las fronteras.

El paraíso perdido

Cuando llegué aquí una muy cercana amiga se había preocupado de guardarme un recorte de prensa de mediados del año pasado en el que Diógenes Rodríguez, un periodista atento de los asuntos sociales de la inmigración latina reveló interesantes datos de análisis. Rodríguez había destacado con anterioridad que los más prominentes científicos sociales y economistas llegaron al consenso de que “la inmigración era lo único que  podía salvar el proyectado déficit del Seguro Social causado por la drástica mengua poblacional y laboral en Estados Unidos por la baja natalidad y el envejecimiento de la población”. Un análisis de fondo escrito por Eduardo Porter en el rotativo New York Times hizo eco a esta propuesta dando datos matemáticos contundentes: Un bracero mexicano que hace seis años ingresó ilegalmente por la frontera y que el año pasado (antepasado) contribuyó con 2.000 dólares al tesoro del Seguro Social y 450 al Medicare, el resultante de trabajar 70 horas por semana, no tiene derecho a recibir beneficios, a diferencia de la mayoría de los estadounidenses que recibirán algún tipo de pensión pública para su retiro y serán elegibles para el Medicare cuando cumplan 65 años. Y siguieron las revelaciones: se estima que aproximadamente siete millones de trabajadores inmigrantes están actualmente contribuyendo con unos 7 mil millones de dólares anuales, lo cual es una cuota de extraordinarias proporciones, incrementando un diez por ciento el superávit al fondo del Seguro Social –la diferencia entre lo que el sistema actualmente recibe de las contribuciones y lo que paga en beneficios de pensión–. Dicho de otro modo, o en castellano libre de influencia bilingüe, un sinnúmero de trabajadores inmigrantes ilegales obtienen sus plazas de trabajo mediante números de Seguro Social incorrectos; los empleadores, como es su obligación, reportan las contribuciones salariales, y a la larga no habrá jamás quien reclame en beneficio de su seguridad social o pueda hacerlo legalmente. Como prueba fehaciente de que la contribución laboral de los indocumentados ha crecido ineludiblemente es que “en la década de los 90 la Administración del Seguro Social recaudó la extraordinaria suma de 189 mil millones de dólares, dos veces y medio más que el monto cobrado en los años 80.   En la década del 2000 esta cantidad ha ascendido a 50 mil millones de dólares por año, generando ingresos de 7 mil millones de dólares  de contribuciones para el Seguro Social y 1.5 billones para el Medicare”.

Finalmente, dijeron los expertos, se calculó que en el 2002 hubo 9 millones de números de Seguro Social incorrectos, representando 56 millones de salarios devengados o 1.5 por ciento de los salarios reportados. Para la ocasión, Sttephen C. Goss, entonces actuario principal del Seguro Social manifestó “asumimos que unas tres cuartas partes de los que no son legales pagan sus contribuciones salariales”. Rodríguez finalizó su comentario diciendo que si los ilegales se legalizan, tendrían derecho a cobrar sus contribuciones y que la legalización de los indocumentados  sería la solución de un grave desajuste e inequidad social y fiscal, que a la larga, estabilizaría y beneficiaría a nuestros países, refiriéndose a los Estados Unidos. Como dato complementario y curioso, cerca de 200.000 hispanos fueron deportados durante el año 2006, principalmente centroamericanos que han tenido acceso a convenios temporales. Hay razones para pensar en la discriminación, pero hay razones legales que los mismos inmigrantes han puesto a merced de las autoridades. Una líder hondureña de una fundación me dijo que lamentablemente más de 24.000 paisanos suyos habían sido deportados con justificaciones de antecedentes de violencia y maltrato familiar. “Los aspectos negativos de nuestra cultura están sirviendo a las autoridades de inmigración para aplicar su política”, me dijo apesadumbrada. El tema sinceramente amerita la dedicación de un mayor espacio.

El día dos de febrero los diarios y noticieros registraron el júbilo del pueblo norteamericano por la aparición temprana de un animal de monte llamado la Marmota,  convertido en tradición histórica como que es el anuncio de  nuevos tiempos, del adiós del invierno protuberante de nieve y la bienvenida de la primavera. Hasta ese día la nieve no había llegado con certeza a los estados de Nerw York y New Jersey, y solo un saludo breve de este símbolo crudo de invierno se había sentido semanas antes, uno o dos días, al caer la tarde, si bien las temperaturas no dejaban de ser amenazantes, oscilando entre la benignidad de ocho grados centígrados y cuatro grados centígrados bajo cero. La mañana del catorce de febrero, Día de San Valentín, la naturaleza fue generosa con la ansiedad colectiva de las gentes manifiesta en las calles y en los coloquios ligeros de cafetería o restaurante. Los lugareños sentían que este invierno no era el que Dios manda cada año.

El regalo de amor y amistad fue una tormenta que alcanzó las ocho pulgadas de espesor de la nieve, algunos accidentes, la suspensión de las jornadas escolares en todas las escuelas de ambos estados y la ausencia de parte importante de trabajadores y empleados de áreas de comercios y oficinas de servicios principalmente. Como el tiempo venía al revés en esta estación benigna que a mí me correspondió conocer, concluyo que la Marmota no le falló a sus millones de devotos creyentes. Salió a decirles que vendría una sorpresa climática y así sucedió. Lo cierto es que esta noche del 25 de febrero, cuando escribo,  una lluvia de nieve desciende con la fría majestad de su temperamento y la elegancia de un gesto romántico venido del cielo. Cae hasta amontonarse  en los techos de los modelos de casas que idearon los ingleses e irlandeses primeros, sobre los brazos gruesos y delgados de los árboles sin hojas que se hallan por todas las calles, en los autos estacionados por ley sobre un solo costado de la calle ( el que indique la patrulla de policía), y en los pueblos modernos y tranquilos establecidos a alguna distancia y que desde la ventanilla del avión uno logra divisar como evidencia premonitoria del descubrimiento de América.  ¡Bendiga Dios a mis parientes!

 

* Director Periódico El Colombiano de Panamá

 

 

 

 

 

 

 


 
 
 

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