AL MÁRGEN

    Leticia travestí y salvaje

   
     

 

 

 

Cuando a uno le piden que escriba una crónica o algo por el estilo, siempre hay un interés de por medio, puede ser  el compartir información o simplemente contar alguna experiencia que uno haya tenido en la vida, que sea importante mencionar y compartir con el respetable público; lo cierto es que yo no soy escritor y menos cronista pero intentaré llevarlos hasta un lugar bastante lejano y que no deja indiferente a nadie por sus características tan particulares y únicas.

Por Carlos Serrano*

fitocares@gmail.com

Tratando de hacer memoria, este viaje sucedió hace como dos años ya. Llevaba viviendo en Colombia (Bogotá para ser más exactos) un año y la verdad es que mi trabajo me comenzó a abrir un tremendo montón de puertas a lugares que mi mente tenía grabados porque seguramente cuando pequeño leí un cómic, o porque lo vi en algún programa del Discovery o del Travel & Living; ¡de verdad no miento!

Para empezar soy chileno; vengo de la tierra de las uvas y de la dictadura más salvaje que haya existido nunca en el cono sur. Lo digo así porque así fue (en otra oportunidad si es que sale, les cuento). Entonces la verdad es que aunque mi país es realmente hermoso y tiene todo lo que alguien se pueda imaginar, hay ciertos climas, temperaturas, ambientes y lugares que están prohibidos, y no es por el dictador sino porque simplemente en esa parte del mundo no se dan. Mi segundo viaje en este país fue a Leticia, punto estratégico de Colombia en el Amazonas (por el río Amazonas), tri-fronterizo con las hermanas repúblicas del Brasil y el Perú. Para los que nunca han estado allí se podría decir que es un lugar bastante particular con formato de set de cine (se parece mucho a los paisajes y escenarios de “Anaconda”), es una ciudad pequeña, verde, tan verde que uno no logra definir cuantos tipos de verde hay allí; la gente toda se conoce y ahí mismo está el gran protagonista de esta parte del continente: el río; de hecho uno se puede bañar en el claro que yo no lo recomiendo, particularmente porque soy demasiado aprensivo con mis miedos y los bichos me descolocan, sin embargo fui y volví a ir.

No es que me haya vuelto un extranjero amante de la selva ni nada por el estilo. De verdad soy bastante citadino y no me interesa tomar como causa personal la conservación de la flora, la fauna y la tierra, porque ya he enrumbado mi vida en otra causa, más cercana, más personal y por la que tengo mucho qué hacer y esa fue la razón que me llevó por segunda vez a las riveras tropicales del Amazonas.

Hace nueve años que trabajo en el tema del Sida y nunca me había tocado moverme entre capítulos tan dispares y diferentes, pero esta experiencia fue fulminante. Resulta que el trabajo que haríamos allá con otro compañero era el de facilitar un taller acerca de derechos para hombres gay en Leticia; el tema se conversó, la Secretaría Local de Salud apoyó y promovió la actividad entre supuestos líderes locales que al parecer eran hombres gay y que estaban dispuestos a colaborar para que el proyecto tuviera buen resultado. Sin embargo las cosas no marcharon como nosotros nos habíamos imaginado y es claro: si uno en Bogotá, Cali o Medellín tiene problemas para reunir hombres gay por todo el ambiente de discriminación, estigma y autoexclusión, ¿cómo iba a ser posible que encontráramos y además en un número no menor, creo que eran 50, en una ciudad como Leticia, a estos personajes? La verdad es que llegaron pero no los 50, ni siquiera 20; solo tuvimos a 13, de los cuales 11 eran transgéneros; sí así tal cual, 11 travestís perdidos en el medio de la selva.

                                       

Uno tiene metido en su cabeza loca que los travestís en su mayoría se dedican al comercio sexual por razones obvias (falta de educación, pocas expectativas, maltrato familiar y abandono, homofobia, o porque solo eso pudieron aprender en la vida siguiendo el modelo de otros transgéneros más grandes que seguramente los acogieron cuando estaban asumiendo su orientación sexual y les mostraron su pequeño mundo). ¿Qué hace un travestí en Leticia? Fácil; aquí no hay población para ejercer el comercio sexual; lo poco que hay es para las mujeres y además el lugar es demasiado reducido como para que tengan cierto número de clientes constantes y confidenciales como lo es en todos los lugares en donde sí se puede ejercer el comercio sexual. Por lo tanto estos travestís no estaban perdidos en la selva, ni siquiera se lo pueden imaginar así; estos amigos o amigas estaban absolutamente incluidas socialmente. Primero, todos son peluqueros y tienen sus propias peluquerías; segundo, la mayoría tiene “marido”; tercero, forman una perfecta cofradía en la que además de cuidarse, se acompañan y son familia.

Nosotros llegamos allá a enseñarles acerca de sus derechos y contarles que siendo gay se puede vivir y que existen derechos que los protegen. Sin embargo salimos con un sabor de aprendizaje mayor al que llevábamos. La “Taylor”, que no se llamaba así por Elizabeth Taylor (porque yo creo que ni siquiera la conocía), es una travestí mayor, debe tener más de 40 años y resulta que tiempo atrás se había presentado a un cargo político importante apoyada por un partido en la ciudad; perdió pero quedó de segunda; después de eso siguió haciendo lo que mejor hace: mientras corta el pelo a la clase distinguida de Leticia, escucha y aconseja a sus clientas y clientes, les habla sobre la infección del VIH, sobre los embarazos no planificados, sobre la bigamia, sobre cómo hacer perdurar un matrimonio y de cómo se sobrevive a las traiciones del corazón. Sí así es. Esta pseudo mujer, con tetas y todo, lo hace tan bien que no hay un individuo entre Leticia y Tabatinga (ciudad fronteriza del Brasil), que se atreva a decirle algo por su orientación sexual y por su rol de género. Es tanta su contribución social a esta pequeña localidad, que resulta absolutamente normal verla a ella y a las otras trabajando tranquilas o quizás encontrárselas una noche de sábado tratando de casarse en algún bar entre tremendas garotas y mujeronas colombianas, en una contienda para nada desigual y con las mismas posibilidades.

                                                           

Tal vez en la realidad cotidiana de estos increíbles personajes la vida no sea tan fácil pero en este lugar tan agreste y furiosamente salvaje, la vida se da de forma más natural. Había un muchachito que primero fue travestí, pero él se quiso dedicar al trabajo sexual; su familia lo descubrió y le dio la espalda, conoció a este grupo de compañeros y ahora decidió que no quiere ser travestí, se dio cuenta que solamente le gustaban los hombres y que no quería parecer mujer e incluso se puso a estudiar para ver si le iba mejor en la vida. Otro caso eran Carlos o Carla, dos hermanas, ambas travestís una que se había ido de Leticia y vivió en carne propia lo que se sufre en la selva de cemento y la otra que nunca salió, decía que era transformista. Aquí es donde nosotros pudimos ayudarlos un poco y les mostramos de alguna manera quiénes eran, para que se conocieran y pudieran tener mejores herramientas frente a la discriminación y la violencia. Eso es lo que nosotros pensamos, pero la verdad es que yo creo que no es así, porque con qué razón un forastero puede ir allá y tirarles por la cabeza lo que tanto tiempo les ha costado construir y cimentar; sin embargo la prueba de fuego fue el final del taller, ahí lloraron, nos dijeron que nos querían y que por favor volviéramos.

Una semana, solo una semana para conversar, conocer, alimentar, crear, educar, entregar y querer a estas personas que de alguna forma me dieron mi examen de grado en esta tierra llena de contrastes y conocimientos.

No he vuelto por allá porque no hemos tenido ningún trabajito por esos lados; pero sé que algún día volveré y cuando esté allá buscaré a la “Taylor”, a Carlitos y a los otros muchachos y seguramente nos tomaremos unos tragos de caipiriña en la peluquería de las hermanas; me contarán de sus hombres y sus amores, porque el Sida en ese grupo casi no existe; se cuidan, se protegen para hacerle frente al virus, hay conciencia. Hay información, escasa pero hay. Ante todo hay ganas de vivir, de vivir bien, de estar y de poder contribuir, de querer ser aceptados y de no tener que dar explicaciones ante nada ni nadie por ser como son. Ah, una cosa, me cortaron el pelo, con pura navaja; me quedó super. El que quiera, cuando ande por allá, pregunte por la “Taylor” y aprovechen para cortarse el pelo, sacar algún consejo gratis y por qué no la oportunidad de conocer a estos increíbles personajes en cuerpo y alma, que tanto bien nos hacen por no estar contaminados como nosotros y porque sus mañas son mañas de pueblo, sanas y con sabor a amistad y cariño.

 
* Diseñador Gráfico con énfasis en documentos de salud. Fundación Henry Ardila

                                                                      

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