ÁLBUM AL SOL

La Boquillauna nacionalidad desteñida

   
     

 

 

 

 

En medio de la tranquilidad y de  la mirada atenta de las garzas, del  coro de otras aves, bajo el sol inclemente,  el calor sofocante y bajo el suave chapoteo del remo el olor del mangle despierta la admiración por la  naturaleza y su perfecto equilibrio hace olvidar por instantes las imágenes que están a su alrededor.

 

Por Carlos Alberto Rivera Carrillo*

carlos@laesquinaregional.com

Al norte del Distrito Turístico de Cartagena donde el bullicio y la congestión de propios y turistas se mezclan para disfrutar de lo histórico y lo moderno se encuentra La Boquilla, lugar característico en donde los hombres se dedican a la pesca artesanal.

Este corregimiento vive de los servicios turísticos que ofrece a los visitantes en sus excelentes playas, entre los cuales se encuentra, el cada vez más atrayente, turismo ecológico que ofrece un paseo por los túneles naturales de las ciénagas de Juan Polo y La Virgen, que se encuentran rodeadas de manglares que no son otra cosa que árboles leñosos tolerantes a la sal, que nacen en áreas protegidas de las mareas; sus raíces protuberantes sirven como protector del sistema ecológico al mismo mangle y a los demás seres vivos que se desarrollan allí como moluscos, peces y aves.  

                             

El atractivo recorrido termina en la paradisíaca playa de Punta Icacos en donde se puede tomar el sol y deleitarse con los mejores pescados, mariscos y las más deliciosas cocadas.

Para atravesar los manglares se debe tomar una canoa, en la que caben cinco o seis personas, dirigida por un pescador que conoce la ruta de memoria, pues lleva más de quince años dedicado a este oficio durante las temporadas turísticas. El viaje cuesta 30 mil pesos por persona, de los cuales solo 30 mil son para al pescador que guía el recorrido, rema, acompaña durante cinco horas a los turistas, los espera hasta que se dan un baño, toman el sol y disfrutan de un delicioso pescado o de langosta asada; el resto del pago se queda para el operador turístico.

                         

Pero alrededor de este mágico paisaje existe una realidad social que pasa desapercibida ante el desprevenido turista. Durante el recorrido y hasta llegar a la playa se encuentran viviendas de madera en mal estado o en el mejor de los casos levantadas en concreto pero aún sin terminar, eso sí, para todas las mismas tierras áridas sirven como piso. En el camino se ve a niños, niñas y jóvenes llevar y traer agua, pues no existe acueducto ni alcantarillado y la energía funciona intermitentemente. En ocasiones los habitantes son sometidos a razonamientos.

Estos mismos pequeños juegan entre la ciénaga casi desnudos, en medio de insectos y aguas poco salubres y cuando ven llegar a un extraño siempre van hacia él a pedirle alguna moneda.

Los habitantes de La Boquilla aprovechan las temporadas para “hacer su agosto” aunque los precios de sus platos sean mucho más bajos que en los restaurantes de las playas cercanas y mucho más económicos que en la propia Cartagena. En temporada baja se dedican a la pesca artesanal pero la suma de estos ingresos no les alcanza para mejorar sus condiciones de vida.

En medio de este contraste, del  atractivo paisaje y de las precarias condiciones sociales  se  erige una nacionalidad que casi se desvanece por la poca atención estatal y por la indiferencia.    

* Antropólogo con Especialización  en Comunicación para el Desarrollo

 

 

 

 


 
 
 

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