POR LA PAZ

Los Awá quieren vivir en su territorio

   
     

 

 

 

“El mito es la nada que es todo”

Fernando Pessoa

“En la actualidad no existía gente, solo árboles con barbacha, animales y aves. Había un árbol grande que tenía bastante barbacha negra colgada en sus ramas. Ésta fue creciendo en un árbol hasta que llegó a  la tierra transformándose poco a poco en el hombre Awá”.

Por Nelly Valbuena Bedoya*

nelly@laesquinaregional.com

 

Así comienza el relato que les da origen a los hombres y mujeres Awá. Una expresión que le imprime el sentido a este pueblo milenario conformado por veinticinco mil personas que habitan en el sur, en la frontera entre Colombia y Ecuador; algo más de quince mil asentadas en los municipios de Barbacoas, Tumaco, Samaniego, Ricaurte y Roberto Payán, en el departamento de Nariño; unos tres mil en el departamento del Putumayo y cuatro mil en las provincias del Carchi, Esmeraldas e Imbabura en la república de Ecuador.

En total ocupan un territorio de más de 300 mil hectáreas constituidas en 32 resguardos indígenas en Colombia y cerca de 110 mil tituladas en Ecuador. Los Awá son reconocidos como uno de los 90 pueblos indígenas de Colombia.  

Este artículo se centra en los 15.000 indígenas que representan unas 2950 familias que viven en los municipios de Barbacoas, Tumaco, Samaniego, parte de Ricaurte y Roberto Payán en el departamento de Nariño, al sur occidente de Colombia y que están organizados en 26 resguardos ubicados en unas 210.000 hectáreas que van desde los cien metros hasta los 1800 metros sobre el nivel del mar y en los que predomina el Bosque Pluvial Tropical, el Premontano y el Húmedo en los límites con Ecuador.

Las autoridades de esta zona forman parte de la Organización denominada Unidad Indígena del Pueblo Awá, Unipa, desde donde se impulsa el Plan de Vida de los Awá que busca conservar el pensamiento propio, fortalecer y recuperar las historias y creencias tradicionales, reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro que sueña el pueblo Awá construyendo un camino propio y mejorando las condiciones de vida.

Estos indígenas, al igual que todos los habitantes de la región, deben abrirse camino entre las montañas, entre la pobreza, entre la falta de vías de acceso y de comunicación para hacer realidad sus planes de vida. Esto no es nada nuevo para ellos pero hoy tienen que agregarle a las dificultades la agudización del conflicto armado y el aumento de las manifestaciones de violencia a raíz de las intensas fumigaciones emprendidas por el gobierno Uribe en el Putumayo, situación que ocasionó el desplazamiento de los cultivadores de coca hacia el departamento de Nariño, especialmente al Pacífico, sobre los asentamientos indígenas y las comunidades afro colombianas a las que les llegaron también los ataques y enfrentamientos entre la guerrilla, los paramilitares y la Fuerza Pública provocando, entre otras crisis, el desplazamiento forzado.

Según el Informe de la Misión de Observación sobre los Impactos del Plan Colombia en los departamentos de Nariño y Putumayo, elaborado por Minga y Codhes, a partir de 2001 las nuevas áreas cultivadas en esta zona hicieron que “los grupos guerrilleros se presentaran en la región, especialmente en la costa Pacífica y en el valle del río Patía, desde donde pueden controlar el cultivo, el procesamiento y el transporte del clorhidrato y de la hoja de coca”.

De una barbacha

El primer hombre Awá, que tenía una nariz muy larga y una estatura similar a la de los árboles, se dedicó a cuidar la tierra y los animales. Se alimentaba de las frutas que producía el árbol “akal kih” mientras el tiempo vestido de color oscuro se le iba pegando a la piel de la mano de un pelo canoso y de unas arrugas que contaban uno a uno los años que había pasado solo sobre la tierra. Un día apareció, del mismo árbol, una barbacha blanca que se convirtió en una joven mujer. Desde ese momento la pareja inició su vida entre la montaña.

La joven que comenzó a tener sed fijó su mirada en una quebrada donde encontró a un cangrejo que entraba y salía de su cueva. Ella le ordenó al hombre que cogiera el cangrejo. Desde ese instante se secó la quebrada Chatanalpi. Cuentan los mayores que “el cangrejo vomita y cada vez que lo hace nace una quebrada. Es como hacer crecer el río pues entre las cuevas del cangrejo está el agua para los seres humanos”. 

La mujer Awá asumió desde entonces un papel fundamental dentro de la cultura tradicional y el sistema de producción familiar. Ellas realizan labores de amas de casa y dedican gran parte del tiempo a las actividades productivas que han ido aprendiendo sin ninguna orientación técnica que les permita mejorar la calidad de vida y sus ingresos. 

Pronto, los nuevos Awá tuvieron un niño que no sólo los acompañaba sino que les ayudaba en el trabajo, pero una noche tan oscura como la piel de su padre nació una niña tan blanca como su madre. Estos hijos fueron los encargados de multiplicar a los Awá, siempre bajo la mirada y el cuidado de los árboles, quienes cada vez que la pareja rasgaba sus pieles haciendo  crujir a los follajes y sonrojar a las estrellas, un conjunto de voces, que retumbaba en la montaña, decía: –“ya lo miré”.

Dicen los indígenas que en esa época Dios realizaba recorridos por entre las familias y lo que la gente le pedía al otro día amanecía por entre los caminos y alrededores de las casas; por esta razón los Awá son recolectores y no agricultores. Mientras caminan por el monte escuchan voces y ven señales; eso les recuerda que el origen de los Awá está en la selva, en el árbol y en la barbacha. Según los mayores, el árbol grande formó el territorio.

Actualmente la vida de los Awá en la montaña está en función del respeto y la convivencia entre los Inkua Awá (gente viento), Pi Awá (gente de agua) y los Ip Awá (gente terremoto). Ellos son los hermanos Awá quienes además obedecen al Pamba (abuelo trueno) y a Kuankua (abuela, la vieja). Todos ellos orientan y aconsejan cómo vivir y dan lecciones de como comportarse pues en la montaña hay reglas y normas que se deben cumplir; es un llamado permanente para que no olviden sus raíces y la razón de ser “hijos de la selva” o verdaderos Inkal Awá (gente de la selva).

En el recuerdo de las mujeres mayores de la comunidad están presentes las historias que escuchaban de niñas y que las jóvenes no le cuentan a sus hijos pero que el sistema de educación propio de los Awá está fortaleciendo para que los niños, niñas y jóvenes continúen la tradición.

Una que se niega a irse de sus memorias es la de la vieja Kuankua. “Las mamás nos sabían contar que a los niños menores no se les podía dejar solos porque había una abuela del monte que llegaba disfrazada de mamá y se los llevaba. Los médicos tradicionales le adivinaban donde los tenía Kuankua –por allá en las peñas, sabían decirle–. A los días regresaba alguno de los hijos y contaba que los habían hecho pisar a las hormigas bravas, a las tembán, dizque para que ´te amanses´, les decía. Contaban también que los había cargado con la cabeza hacia abajo, los alimentaba con cangrejos y que no los dejaba salir.  Después el regresado se moría porque la vieja ya se le había comido el alma. Nosotros sabíamos tener miedo cuando nos quedábamos solos en la casa y muchas veces cuando venían brigadas de vacunación nos escondíamos en el monte desde donde sabíamos estar mirando si se fue o no se fue. Bien ariscos éramos también por eso”.

Los Awá son un pueblo que aún conserva sus conocimientos ancestrales, la medicina tradicional, la cosmovisión y la tradición oral. En sus palabras los +nkal Awá  “gente de la montaña” han “aguantado quinientos y tantos años” esperando ser reconocidos como pueblo autónomo, buscando recuperar y hacer respetar el territorio y manteniéndose en las tierras donde nacieron, donde están sus hogares y donde quieren hacer realidad su Plan de Vida sin perder la identidad y la cultura.

La Unipa, un camino propio

La Unipa es una organización social comunitaria indígena que nació el 6 de junio de 1990, en el marco del Primer Encuentro Binacional que se llevó a cabo en la reserva natural “La Planada” en el municipio de Ricaurte, Nariño. En ese momento la organización asumió el nombre de Unidad Indígena del Proyecto Awá. Un año después, en la segunda reunión binacional, esta vez en el Resguardo de Alto Albi, municipio de Tumaco, se cambió la razón social modificando el término proyecto por el de pueblo.

Algunos de los fundadores y mayores de la organización cuentan que la Unipa “nació de la necesidad de defender el territorio pues en esa época no teníamos legalizadas las tierras, tanto el gobierno como los colonos decían que eran terrenos baldíos pues no teníamos ningún documento para decir que eran de nuestra propiedad”.

En ese tiempo las empresas palmicultoras Astorga Varela Ltda., Coopalmaco y algunas camaroneras comenzaron a invadir el  territorio de las familias indígenas Awá ubicadas en el actual resguardo “La Brava”. Uno de los primeros logros de la recién conformada Unipa fue la legalización de las tierras en 1987. “Hoy contamos con cerca del 99% del territorio legalizado pero el origen de la Unipa comienza a gestarse con las reuniones que hacíamos por allá en el año 82”.

La Unipa fue creada con la participación de gobernadores y líderes, un grupo conformado por unas doce personas de varios municipios entre jóvenes y mayores para quienes lo más importante era promover el desarrollo social y cultural. Dentro de sus objetivos estaba y está la búsqueda del reconocimiento estatal de su pueblo, la legalización del territorio ancestral, la solución de problemáticas relacionadas con la salud, la educación, la vivienda y la seguridad social.

Desde esas primeras reuniones la Unipa se perfilaba con un objeto social claro y poco a poco fueron superando las dificultades, recuerdan los fundadores con algo de nostalgia. “En ese tiempo sí era difícil reunirnos, no teníamos ni en dónde, nos tocaba pedir permiso para hospedarnos en los municipios a donde salíamos a vender y a comprar algunos productos. Para las reuniones contamos con la ayuda de las parroquias, entonces las reuniones eran en las iglesias. Teníamos solamente casas de paso en Llorente y Ricaurte ahí también nos reuníamos. Había reuniones cada mes o cada dos meses. Nos reuníamos más porque el atropello cada día venía muy fuerte. Conseguimos recursos para los talleres y capacitaciones con la Pastoral Social pero muchas veces el transporte nos tocaba de nuestro bolsillo y para el camino cargábamos en las mochilas chiros, cuy, plátano y yuquita. Después ya no nos quisieron prestar más la iglesia pues la gente empezó a decir que este era un espacio sagrado y que nosotros estábamos hablando mucha pendejada y los misioneros ya no nos pudieron dar más permiso”.

Eso que hablaban dicen, era “la necesidad de organizarnos de que los indígenas no teníamos educación, salud y del problema de las tierras, ni de política hablábamos porque no la entendíamos muy bien… hablábamos de política social eso sí, de la unión de nuestro pueblo y de que no había una organización que nos representara”.

La memoria de muchos líderes de esta época se centra en los atropellos y engaños que venían de parte los colonos quienes decían que las tierras eran del Estado y que ellos podían apropiarlas o repartirlas. Los políticos de turno también se aprovecharon pues llegaban en épocas electorales y les decían –“si votan les vamos a ayudar para que tengan una casa para que los indígenas tengan donde llegar”–, y pasaban las elecciones y nunca cumplían. Luego se inventaban otra –"vamos a votar por una buena educación y salud para los indígenas”– y nada pasaba. Llegaron a ofrecerles hasta carreteras en las montañas. “Todos fuimos creciendo en medio de los desengaños y la politiquería.  Gracias a la organización hemos logrado superar toda esta situación pues ahora los políticos deben cumplir de acuerdo a nuestro Plan de Vida”. 

En la línea de fuego

La región del sur occidente del país, donde habitan los indígenas Awá, ha sido escenario de diferentes conflictos sociales, de necesidades básicas insatisfechas y de confrontación y disputa de los diversos actores armados del conflicto colombiano por el control del territorio, de los cultivos de uso ilícito, de la producción y tráfico de estupefacientes cuyos efectos se manifiestan entre la población desde comienzos de los años 80.  

En este contexto han tenido que vivir aproximadamente 1.719.162 habitantes en una extensión de 33.265 kilómetros de los cuales 258.6 kilómetros son resguardos indígenas. El 53 por ciento de la población presenta necesidades básicas insatisfechas y el 27.4 por ciento se encuentra en situación de miseria. Cerca del 46% de la población vive en las cabeceras municipales y el 54% en las áreas suburbanas y rurales.

El informe de derechos humanos, contenido en el Plan de Desarrollo  2004-2007 “La fuerza del cambio continúa” del departamento de Nariño, relaciona tres hechos que han llevado a la situación actual: la intensificación de la presencia de los grupos insurgentes que fueron ganando terreno. Las Farc con una presencia militar marcada por el norte con el 8º Frente,  por el sur occidente, sur y costa pacífica con el Frente 29 “Alfonso Arteaga” y una presencia más política en el caso del Eln quien mantuvo enfrentamientos en el piedemonte costero a mediados de los 90 con las columnas “Mártires de Barbacoas”, “héroes del Sindagua” y la “Compañía Camilo Cienfuegos”.

Un segundo factor es el hecho de que en el departamento se hallen los mayores índices nacionales de analfabetismo, de pobreza y de necesidades básicas insatisfechas que en muchos municipios alcanza hasta el 97 y 98 por ciento, y como un tercer elemento se resalta la presencia violenta, con predominio fuerte por parte de las Auc o paramilitares en el norte y la Costa Pacífica del departamento, con dos bloques, el Calima con su frente Libertadores del Sur y el bloque Central Bolívar con su frente Águilas del Sur.

En la década del 90 se da un proceso de recomposición del poder político con la elección popular de alcaldes y gobernadores y la Constitución de 1991; sin embargo muchos de los poderes locales alternativos “fueron sacados por la fuerza con un reacomodamiento político regional y nacional en el que las elites tradicionales que parecían perder grandes espacios políticos fueron recuperándolos paulatinamente”, destaca este informe.

Por su parte las Farc reorientan su política y ordenan copar todo el departamento con nuevos bloques y columnas “propios” y los llegados de los departamentos de Huila, Cauca y Putumayo, como una reacción a la arremetida violenta contra los dirigentes de la Unión Patriótica.

A mediados de la década del 90 la presencia paramilitar es masiva especialmente entre 1995 y 1996 con agudización a partir del año 2000 tras la política de control y muerte a los sectores sindicales, dirigentes populares, campesinos, afro descendientes e indígenas a quienes los paramilitares acusaban de ser colaboradores de la guerrilla. En esta época la disputa entre los grupos armados se daba abiertamente por el cultivo y procesamiento acelerado de la hoja de coca y de la amapola.

Después del rompimiento de las negociantes en El Caguán, en el 2002, las Farc continúan manteniendo el control en el departamento de Nariño como una respuesta al Plan Colombia que había comenzado en el sur del país. A partir de ese año aparece el Frente 63 “Arturo Medina” y las columnas “Daniel Aldana”, Jacinto Matallana” y “Mariscal Sucre”. Esta última se hizo famosa por la toma y quema de vehículos en la vía Tumaco-Pasto.

El Ejército, por su parte incursionó con compañías como la “Timanco” que adelantó la acción de Patascoy, recordada por su desenlace sangriento y por la retención de un gran número de militares, de los cuales algunos siguen en poder de las Farc. Actualmente el departamento está militarizado y los enfrentamientos son permanentes causando desplazamientos masivos y una crisis humanitaria de grandes proporciones.

Según el Sistema Único de Registro (SUR) de población desplazada que lleva la Agencia Acción Social, Nariño es considerado como un departamento receptor de población en situación de desplazamiento. Durante el año 2005 se produjeron 15 desplazamientos, en su mayoría causados por las disputas territoriales entre los grupos armados ilegales.

En lo que va corrido de 2006 han llegado desplazadas al departamento 51.979 personas y 38.801 fueron expulsadas. La Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento –Codhes–, por su parte, registra 79.436 personas recibidas en el departamento.

Durante este año (2006) se han presentado cinco desplazamientos que según el Acnur afectaron a unas 15.000 personas. El SUR aún no cuenta con cifras oficiales consolidadas del año 2005, ni de los desplazamientos que se han producido durante este año.

Para el Acnur y la Defensoría del Pueblo los desplazamientos masivos afectaron a 1763 familias, correspondientes a 7970 personas durante el 2005, lo cual representa un crecimiento del 166.7%  con respecto al 2004.

“La vulnerabilidad es más alta debido a las precarias condiciones  de las poblaciones indígenas y afro descendientes pues carecen de los medios económicos y de transporte convirtiéndolas en comunidades confinadas con agudas problemáticas”, dice el informe de la Oficina para Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, Ocha.

Este informe, de junio pasado, reconoce que las dificultades de acceso a la zona se presentan por la precaria infraestructura vial, la aguda situación que provocan los constantes enfrentamientos armados en la región y las fumigaciones que han aumentado entre el 2004 y el 2006 el desplazamiento a más del 100%.

Para Ocha las causas del desplazamiento se centran en la aguda confrontación y en la disputa territorial por la zona que sirve de corredor estratégico hacia el Pacífico para los actores armados. Estas disputas se dan hoy entre el nuevo grupo paramilitar “Organización Nueva Generación” que surgió con posterioridad a las desmovilizaciones y los grupos guerrilleros presentes en la región, que han dejado en los últimos dos meses cerca de 7000 afro descendientes desplazados y aproximadamente 8310 indígenas afectados.

Otra de las problemáticas generadas por el conflicto es la que tiene que ver con el reclutamiento forzado de jóvenes indígenas por parte de los diferentes grupos armados. En algunos casos este reclutamiento se hace por medio de promesas y engaños que lleva a los jóvenes a ingresar sin saber exactamente a qué se van a enfrentar y una vez allí son obligados a permanecer. Quienes deciden salirse son posteriormente acusados de “sapos”.  En la actualidad no existen cifras sobre este fenómeno.

La respuesta del Gobierno Nacional ante la agudización del conflicto armado en el sur de Colombia ha sido a través de la Política de Seguridad Democrática que centra sus esfuerzos en la militarización permanente de las poblaciones y carreteras con una presencia intermitente en los resguardos indígenas y zonas rurales. A esta estrategia se suma el fomento de las redes de informantes en el ámbito local y regional que propicia el constante señalamiento de personas y las muertes selectivas.

La esperanza se resiste

Los efectos de la violencia, producidos por la ejecución de los megaproyectos en la región, la invasión y usurpación del territorio ancestral, el desarrollo del narcotráfico, la presencia de grupos al margen de la ley, los continuos enfrentamientos con la Fuerza Pública, la política antidrogas sustentada en las fumigaciones y erradicación manual de los cultivos de uso ilícito han obligado a los indígenas Awá a adentrarse  en la selva y las montañas haciéndolos abandonar sus territorios en búsqueda de la protección de sus vidas y de otras oportunidades.

Pese a este contexto, la población Awá ha logrado mantener una economía tradicional de subsistencia basados en la reciprocidad y complementariedad entre las familias. Su articulación al mercado es marginal por lo tanto la comercialización de los productos en mínima pues la base de su economía es la horticultura, la recolección, la caza y la pesca. En algunas partes han desarrollado la explotación maderera y la minera a menor escala.

Según las estadísticas levantadas por la Unipa existe un alto grado de analfabetismo, bajos niveles académicos, alta deserción, desescolarización, baja atención estatal y comunidades educativas dispersas. Sin embargo, en el año 2004, lograron crear la Institución Educativa Agroambiental Bilingüe Awá- Ietaba, integrada por 30 centros educativos del municipio de Barbacoas, en la que se mantienen matriculados 1334 estudiantes, 626 mujeres y 708 hombres, desde el grado preescolar hasta octavo de bachillerato.  En el Centro Educativo de Inda Sabaleta –conformado por 54 centros educativos–, el número es un poco más alto, 1379, 633 mujeres y 746 hombres hasta el grado quinto. Actualmente en total la Unipa cuenta con 84 centros educativos propios.

En el sector salud la vulnerabilidad es muy amplia debido a la aparición de enfermedades típicas del clima húmedo tropical de la región Pacífica combinadas con las enfermedades que llegan por vías externas y que no pueden ser tratadas por los médicos tradicionales; entre ellas están la tuberculosis, tosferina, malaria, leihmaniasis, enfermedades respiratorias, gastrointestinales y cutáneas producidas por las fumigaciones con el glifosato.

Con la expedición de la Ley 100 de 1993 los indígenas se vieron obligados a portar las identificaciones pues en los centros de salud y hospitales del Estado no los atendían con las certificaciones expedidas por los gobernadores indígenas; frente a esto la Unipa emprendió tareas de sensibilización y educación para que los indígenas comprendieran sus derechos y deberes en salud, los horarios de atención y los mecanismos para acceder a ellos.

Estas medidas no fueron suficientes; entonces decidieron crear una Institución Prestadora de Salud, IPS Unipa, en el predio El Verde, resguardo El Gran Sábalo, corregimiento El Diviso, municipio de Barbacoas. Esta institución cuenta con 30 promotores indígenas Awá, dos médicos, dos enfermeras, 4 auxiliares de enfermería, un regente de farmacia, una odontóloga, una higienista oral y personal administrativo. Todos ellos están en permanente comunicación e intercambio con los médicos tradicionales lo que genera confianza a la población indígena.

Actualmente el 40% de la población se encuentra afiliada al régimen subsidiado y el 60% tiene carácter de vinculada. Una de las dificultades que la Unipa reconoce es que las instalaciones de su IPS no son suficientes y no permiten prestar servicios como hospitalización, maternidad, rayos x y laboratorio clínico. También son conscientes de que su centro de salud indígena requiere dotaciones de equipos hospitalarios y más personal pues debe atender a una población dispersa y de difícil acceso.

Fotos Cortesía Unipa

“Unidos por la vida y el territorio”

En 16 años de vida organizada la Unipa ha logrado fortalecer su autonomía,  su autoridad, promover y consolidar un proceso organizativo y de unidad en la diversidad multiétnica y pluricultural, defender pacíficamente el territorio y la conservación de la naturaleza, recuperar y fortalecer su producción económica, exigir e ir implementando un sistema de educación y salud propios, fortalecer e impulsar el uso de su medicina, recuperar sus tradiciones orales y establecer alianzas de solidaridad con otros pueblos indígenas y sectores sociales y populares; no obstante, el desarrollo de su Plan de Vida se ve amenazado por la situación de violencia y por la vulnerabilidad en que se encuentra su territorio y por ende su pueblo.

En la Cumbre Nacional de Organizaciones Sociales e Indígenas realizada en el mes de mayo de 2006 se evidenció públicamente y por primera vez la problemática y la emergencia social de los Awá, debido, de una parte a que los pocos alimentos que producen para el sostenimiento de sus familias están siendo arrasados por las fumigaciones con el glifosato que no sólo se esparce sobre los cultivos ilícitos sino sobre todo lo que encuentra a su paso generando enfermedades y desnutrición especialmente entre los niños, niñas y los adultos mayores.

Las fumigaciones también están deteriorando la naturaleza y la biodiversidad de la región que históricamente se habían conservado por el uso sostenible de los recursos. Las costumbres de los indígenas se ven afectadas pues ante la escasez de alimentos han tenido que salir de las comunidades en busca de apoyo y en muchos casos trabajo bajo la modalidad del jornaleo e incluso algunos indígenas se han visto forzados a vincularse al negocio de los cultivos de uso ilícito.

De otra parte, por encontrarse en medio del conflicto armado se ven sometidos a que los diferentes actores los señalen como colaboradores de los unos y de los otros provocando el desplazamiento y la invisibilización.

Con el fin de manifestar su preocupación por estas situaciones el 12 de mayo de 2006 –en el marco de la Cumbre Nacional de Organizaciones Sociales e Indígenas, los indígenas, convocados por la Organización Indígena de Colombia Onic y la Unipa–, comenzaron a reunirse en el kilómetro 109 de la vía Pasto-Tumaco, en la primera movilización social pacífica convocada por este pueblo.

El 15 de mayo eran alrededor de 4000 indígenas que marcharon con sus bastones sobre la carretera. A la movilización se sumaron algunos sectores afrodescendientes de la región y campesinos, quienes también se ven afectados por las mismas problemáticas.

Bajo el lema “Unidos por la vida y el territorio Inkal Awá” los Awá querían decirle a Colombia y al mundo que esta era una acción más dentro de su proceso de resistencia frente a los abusos que han soportado y siguen soportando dentro de su territorio.

Tras diez días de movilización, el Gobierno Nacional los invitó a una reunión en el municipio de Chachagüi en la que los indígenas se comprometieron a despejar la carretera como un gesto para buscar el diálogo con el gobierno y para conformar un Comité de Garantes que permitiera la generación de una Asamblea Permanente  en la que tuvieran representación delegados de los pueblos indígenas y la Onic de la mesa nacional.

El tiempo ha pasado desde entonces y los indígenas Awá siguen esperando la negociación. Mientras tanto ellos reiteran la necesidad de que su territorio ancestral sea reconocido como territorio de paz, convivencia y negociación. Esperan que se les permita mantener una vida digna a partir de la autonomía que les otorga la historia y que les reconoció la Constitución Política de 1991.

Como lo expresa el Plan de Vida de los Awá, Inkal Awá sukin wat uzan, ellos solo quieren que los dejen vivir en su territorio y mejorar sus condiciones.

Efectos sobre la naturaleza

                  

Enfermedades cutáneas en niños, niñas y adultos mayores

                 

                                   

Ubicación de los Resguardos Indígenas Awá en el sur de Colombia

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