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En las manos de una partera

   
     

 

 

 

La máxima expresión de inteligencia sobre la tierra es la vida humana. Cada día, cada noche, en cualquier rincón del planeta un llanto de bebé anuncia ese milagro perpetuo. Ese nacimiento simboliza la prolongación de esa fuerza desconocida que mantiene a la raza humana sobre la piel de la tierra en un ciclo de vida y muerte que no cesa. Sobre esta herencia planetaria, la vida humana anuncia su presencia por toda su redondez y aún en los lugares más inhóspitos el llanto de un bebé emociona.

Por Manuel Tiberio Bermúdez*

charlemos51@hotmail.com

Existen muchas formas de arribar al mundo: una de ellas en clínicas sofisticadas blancas y asépticas con toda la tecnología a la disposición de la futura madre. Otras mujeres, menos afortunadas, reciben a sus hijos en un hospital donde un coro de gritos, pujidos y llanto son la nota predominante.

Pero, la bienvenida a esos nuevos compañeros de viaje es dada, en el Pacífico colombiano, por las manos expertas y sabias de las parteras. Mujeres negras que ancestralmente se han encargado de atender a las parturientas en su ciclo final. Los ríos, los esteros, los intrincados recovecos de la selva conocen su presencia y saludan su llegada pues son anuncio de una nueva vida para poblar el mundo.

Las parteras son en gran mayoría mujeres iletradas, pero que en cambio leen sin equívocos el alfabeto de las abultadas barrigas preñadas de vida de sus pacientes. Los saberes de su oficio como parteras vienen de lejos, saltando de generación en generación en una historia sin fin: la abuela fue partera, la madre también, y ésta a su vez endosó a su hija los secretos y el oficio, hasta llegar a este presente en el que la modernidad intenta dejar de lado e ignorar esos conocimientos y la práctica de la medicina tradicional.

De ese forcejeo con una modernidad excluyente, exclusivista y egoísta surgió en Buenaventura la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico, Asoparupa, agrupación de mujeres afro colombianas que buscan conservar y seguir regalando de generación a generación los saberes ancestrales y culturales transmitidos por sus mayores como herencia en el transcurrir de los años, y procurar que se siga manteniendo la práctica y la supervivencia, de la medicina tradicional. 

Defendiendo el pasado

Desde 1996 las parteras de Buenaventura se agruparon para la defensa de sus tradiciones. Actualmente, son aproximadamente unas 150 mujeres las que recorren la región ejerciendo su oficio, en ocasiones en viajes hasta de nueve horas. Poco a poco han logrado permear la insensibilidad de la ciencia moderna y es así como hoy por hoy, ya existen algunos convenios con los hospitales y centros de salud para la atención de las mujeres en estado de embarazo. Las parteras han accedido a adquirir conocimientos que complementen sus saberes, tales como primeros auxilios y manejo de instrumentación básica para una mejor atención.

María Reyes Castro, es una experimentada comadrona que se enorgullece de su oficio. Recelosa y de pocas palabras, María habla de su actividad. Al comienzo como un gesto de cordialidad con su entrevistador, pero luego de escudriñar con ojos vivaces e inteligentes parece descubrir que bien vale la pena contar su experiencia.

“Yo trabajo aquí en la ciudad y cuando me toca… pues me voy para la zona rural sin ningún problema. Somos 150 mujeres parteras en toda la región que no tenemos apoyo alguno y no nos pagan por lo que hacemos, por eso sentimos que discriminan nuestro trabajo. En ocasiones nuestra asociación, consigue algunos recursos como el transporte para irnos a las regiones apartadas. El proceso es más o menos así: yo me voy un mes y ubico la parturienta a ver cómo está y le doy las plantitas, para que cuando sea la hora del parto ya esté lista”.

Se sorprende de mi extrañeza cuando le pregunto: ¿y es que usted receta también? “Sí, me dice, un poquito. Los médicos no están muy de acuerdo con lo que hacemos pero por eso ahora estamos buscando la forma de que el hospital nos enseñe primeros auxilios y ya tenemos unas que están aprendiendo eso”.

¿Y, ustedes les enseñan a los médicos los secretos de las yerbitas o no?

“Hummm… ellos han ido y les hemos aportado algunos de nuestros conocimientos y a ellos como que les gusta lo que aprenden de nosotras. Ellos no aceptan que nosotros atendamos a las parturientas en el hospital, a mi me ha tocado llevar parturientas al hospital y ellos me dicen que yo me salga. Yo no sé por qué no aceptan que uno este ahí, si en la montaña uno lo hace solo, eso es discriminatorio”.

Tengo 112 hijos

Muchos son los niños que María, gracias a sus conocimientos, a sus plantas, ha ayudado a que lleguen al mundo. Cuando habla de ellos sus ojos cambian, son como carbones encendidos en su rostro negro. “Vea, yo ahorita tengo 112 niños, lo que me acuerdo y todos vivos, no se me ha muerto ni uno”, dice como si la muerte fuera tan natural como la vida en ese complejo proceso de traer vida al mundo.

Por primera vez se dibuja una sonrisa en su rostro cuando le pregunto por el encanto que para ella tiene ayudar a una mujer a tener a su hijo. “Eso es un proceso –dice riendo-  un proceso que usted mismo no se imagina, pero si es bueno. Siento una gran alegría como si fuera mío”, dice a falta de las palabras que definan el suceso que para ella significa atender un parto.

Y a todas estas uno quiere saber cuántos son los hijos de María, la partera que ha ayudado a que hasta hoy 112 nuevos habitantes poblaran la tierra. “Yo tuve siete mujeres y cuatro varones. Todos los partos me los atendió una amiga partera y el último lo tuve yo sola”.

Ante mi asombro por su afirmación última tiene la respuesta a mi inquietud acerca de cómo hace una mujer sola para tener un hijo. “Ah, eso es muy fácil, responde. Uno busca la posición y ya cuando el niño sale, uno se arregla y se fija que el niño esté bien y de allí pasa a arreglar el ombligo de su muchacho ¡Como uno ya sabe!”, dice como si estuviera contando el embellecimiento para una fiesta y es que para María cada nacimiento celebra la fiesta de la vida.

Fotos Edgar Robinson López

Cualquiera pensaría que en esos momentos de los partos el miedo puede hacer presencia en el alma de la partera y así se lo pregunto a María. ¿Nunca tiene miedo al momento de un parto? –“Nooooo. Ahí si lo desmiento a usté porque a mi no me da miedo. El Señor me da como valor, y lo que más siento es alegría, porque si me da miedo entonces me desanimo y hay peligro. Yo tengo que tener valor y decirle a ella: vea mija, relájese que usted va a tener un bebé tranquilamente, no le va a pasar nada…y así es”.

María es consciente de las limitaciones que tiene y por ello siempre acude a la ciencia moderna diciéndoles a las mujeres que atiende que se hagan el control prenatal. Hoy en día estas mujeres parteras que van a los lugares en donde en ocasiones la ciencia no ha llegado, sólo piden que se respete sus tradiciones, que si es necesario complementen sus conocimientos, no que los rechacen. Piden que se reconozca su labor que por generaciones se ha venido realizando en esta región de Colombia con resultados que no dejan lugar a dudas. Piden que no discriminen su trabajo, que no excluyan sus conocimientos, que haya una fusión de saberes y de esta forma estas parteras del Pacífico podrán tener una vida mejor y más digna, pues les sigue pareciendo injusto que su trabajo no tenga la remuneración que merecen. En las manos de estas mujeres diariamente la vida es una ofrenda nueva para adornar este deteriorado y tragicómico  planeta.

*Periodista

 

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