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Por Luis Barros Pavajeau*
pavajeau68@hotmail.com
Oriente empieza en el cairo
Héctor Abad Faciolince
Random House Mondadori
203 páginas
Esta no es otra bitácora sobre El Cairo, ese monstruo de 16 millones de habitantes que bajo el polvo incesante del Sahara, se oculta como los enigmas de una esfinge, ante esa invasión de turistas itinerantes que jamás recordarán en dónde compraron los souvenires que les cuelgan de las manos. No, esta historia de Abad Faciolince tiene el mérito de trascender la torpeza de las primeras impresiones, porque al fin y al cabo ¿qué otra cosa es el afán moderno ante los cinco mil años de historia que levantaron esta ciudad, sino simple banalidad humana?
Oriente empieza en El Cairo es un libro fascinante animado página tras página, por el alma de una escritura que descifra los palimpsestos que recubren el corazón palpitante de esa urbe caótica, incapaz de conciliar el presente con los antiguos esplendores de épocas pasadas. Y uno de los personajes de Abad Faciolince para concluir el famoso elogio que sobre la ciudad aparece en Las mil y una noches, afirmará que “la madre del mundo se ha convertido en una vieja y asquerosa madrastra”. Porque es en ese preciso instante en que todas las expectativas que antecedieron al viaje se desbaratan con la realidad que arde en los ojos, porque El Cairo de carne y hueso que deambula entre bazares, mezquitas y callejones, se ubica en las antípodas de esa misma ciudad que cautivó a Voltaire, Flaubert, Twain y Kipling y Thackera.
Sarcófago de faraones obsesionados con la muerte. Territorio supeditado a los caprichos del Nilo. Génesis de la diáspora judía. Sucesivo botín de huestes extranjeras. Sustrato literario de Naguib Mahfuz. Orilla aciaga en la que Pompeyo perdió su cabeza. Egipto: carácter jeroglífico simbolizado en El Cairo.
Queda entonces el lector a merced de una legión de ciudades, sobrepuestas las unas a las otras, bajo una dinámica especular apuntalada a la sinestesia que embruja los sentidos, regida por esa ávida mirada extranjera, discurriendo por la tierra roja del dios Seth.
Si El Cairo de Abad Faciolince acaba por seducirlo a uno, es porque sus personajes inmersos en una espiral de sentimientos contradictorios en los que se confunden la atracción y el rechazo, desnudan una ciudad que como la condición humana es más íntegra por la capacidad de relatarse también, a través de sus vicios, carencias e imperfecciones.
Voces del desierto
Nélida Piñón
Alfaguara
312 páginas
“Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, a quien su padre sirve, consiga decretar mediante la muerte el extermino de su imaginación. Intenta convencer a su padre de que es la única capaz de interrumpir la sucesión de muertes de doncellas en el reino. No soporta ver el triunfo del mal que se imprime en el rostro del Califa. Ofreciéndose al soberano en sedicioso holocausto, quiere oponerse a la desdicha que afecta a los hogares de Bagdad y alrededores”.
Así, Nélida Piñon despliega los hilos narrativos de las Voces del desierto que recoge las peripecias de esta insigne narradora por escapar noche tras noche, al filo de la muerte que la aguarda con las primeras luces de la aurora, si no es capaz de despertar la curiosidad del soberano abasí, condenado él también hasta la médula del tedio, a supervisar los mundanos asuntos de la corte.
Esta es la historia de la historia que leímos alguna vez. Igualmente apasionante. Historia del drama íntimo acontecido en los aposentos del palacio, génesis de las odiseas de Simbad y Aladino, que encarnan la cruel paradoja de ser irresistibles al estar uncidos con la incertidumbre de Scherezade, por ganarse el sueño de otro día más de vida.
Voces del desierto, también es la disputa entre el poder de la realidad y la fantasía, que buscan regir el mundo de Bagdad, exterminándose el uno al otro, porque inicialmente parecen irreconciliables. Porque si es verdad que el Califa funge como un dios, no es menos cierto que en su “posición subalterna como oyente, percibe que la imaginación jamás reposa. Es onerosa, promiscua, prisionera de ilimitados recursos. Con sus combinaciones inverosímiles e infinitas, ella circula por un territorio ocupado por los maestros de los disparates. Por seres que fecundando a los demás con sus hazañas mentales, merecen aplausos en la plaza pública.” Y a Scherezade “este otro hombre que aflora en él, la sorprende. Ignora si le conviene perpetuar ese estado, si más vale encarcelarlo otra vez, hacerlo renunciar a la voluptuosidad emanada de su nueva imaginación, devolverlo a la apatía habitual. Y sólo así, resignado como siempre, él oiga a Scherezade narrar, se someta a una maestría que abate su proverbial crueldad”.
Inagotable en significados, Voces del desierto conserva el bello artilugio de Las mil y una noches, de las que no pudo sustraerse el Califa de Bagdad, porque su alma estaba infectada con la curiosidad de conocer el fin de los relatos, que una vez clausurada la jornada, quedaban en suspenso. Y por añadidura, el lector terminará envuelto en las artimañas del arte de narrar, por el puro placer de no negarse a seguir escuchando esa historia, que le desvela otros mundos que ni siquiera había imaginado.
* Comunicador Social y periodista. Escritor.
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