DE CUENTO EN CUENTO

Las huellas del dragón en la Habana

   
     

 

 

 

Los vientos de oriente soplan las calles de La Habana; hoy es un caluroso domingo de abril y la comunidad china celebra el día de los Santos Difuntos. Después de recorrer la ciudad, en una caravana de siete guaguas (buses) y varios carros, desde el Barrio Chino pasando por el monumento de los chinos que combatieron por la independencia de Cuba (en el siglo XIX), los herederos de las Dinastías Han, Tang y Chou, entre otras, hacen su arribo al cementerio chino, quizás el único que sobrevive de una manera tan vital en América Latina. El maestro Pedro Wong y los miembros de la Sociedad Lung Con Cun Sol están en torno al panteón de Chee Kung Tong, el maestro Wong saca una hoja y empieza a leer en chino, en cantones, un homenaje a la memoria de sus antepasados; cada palabra es pronunciada con devoción, la escena se multiplica y el silencio del cementerio es interrumpido por el susurro de la ofrenda de cada una de las trece sociedades que sobreviven en La Habana. Pronto será medio día y el aire cálido corre sin brisa, por eso el olor a incienso se mezcla con el humo de los billetes quemados como homenaje.

Por Danilo Moreno Hernández*

danilomontes@hotmail.com

Al frente de cada panteón se sirve simbólicamente la comida y la bebida: lechona, frutas: manzanas, naranjas, bananos; ponqués, vino, agua, té, acompañados por las típicas tazas y palitos chinos. Ahí están los rostros puros de los ancianos con sus ojos rasgados, los pómulos firmes, la nariz ancha y la frente amplia, hombres de contextura delgada, la mayoría vestidos con camisas blancas. Ahí están los niños con sus quimonos de colores ayudando a poner las ofrendas florales rojas y amarillas que acompañan las cintas blancas en las que se escribió en chino el nombre de los antepasados. Ahí están las negras achinadas, ese maravilloso invento del mestizaje. Pese a recordar a los muertos parece ser un día de fiesta, quizás porque para la filosofía china la muerte representa el balance de la vida, el Ying y el Yang, la vida y la muerte, lo masculino y lo femenino, la claridad y la oscuridad. El olor a incienso continúa y por un segundo parece que esta escena no se viviera en La Habana, la ciudad desaparece. Las palabras del maestro Wong están a punto de finalizar.

En algún rincón del cementerio reposan las tumbas de chinos que dejaron huella. Por ahí anda el espíritu de Federico Chi Casio, un próspero comerciante que impulsó la vida cultural. Chi fue dueño del cine Águila de Oro que en la época de los cincuenta fue el mayor importador de películas chinas a Cuba, además fue presidente de una de las sociedades más importantes de La Habana: la Min Chi Tang. En 1959 emprendió un viaje a la China y murió allí de una manera súbita; para cumplir su última voluntad su cuerpo fue trasladado a La Habana y enterrado en alguno de los panteones que hoy recibe la ofrenda de los casi doscientos chinos, descendientes y amigos que se reunieron para recordar a los muertos como lo hacen todos los años.

Luego de la celebración, las siete guaguas (buses) y los acompañantes hacen su recorrido de regreso hasta el Barrio Chino que en el pasado fue considerado el más populoso e importante de América Latina, por el número de sus pobladores (alcanzó a tener más de quince mil habitantes), su extensión territorial y su importancia económica. Un barrio que vivió su último esplendor a mediados de los años cincuenta del siglo pasado y a donde acudían los habitantes de La Habana atraídos por las fondas, la comida, los servicios de lavandería y tintorería, el cine, el teatro, los mercados y el ruido. Hoy queda sólo el recuerdo y sin duda el desarraigo. Queda la huella de una colonia que en La Habana tuvo más de cincuenta mil habitantes y en toda la isla superó el número de los trescientos mil.

Después de su arribo al Barrio Chino las guaguas se detienen a cada instante y el paisaje del barrio aparece por las ventanas. Por una de ellas se alcanza a divisar un mural sobre las paredes de lo que fue el teatro Shangai, uno de los más célebres, y que en el pasado vio representaciones de la Ópera China. Ahí están los cinco dragones de colores, el símbolo del Ying y el Yang, la cítara, un hombre con los típicos canastos colgados de una vara que se sostiene en su espalda, máscaras y abanicos multicolores, acompañados por otras alegorías que representan la cultura de este país asiático que hoy es el más poblado del mundo.

Ahí está la calle del Cuchillo, entre Zanja y Dragones, quizás la más representativa; por eso pese a ser el día de los Santos Difuntos, la calle no se detuvo, el restaurante Tien-Tan (Templo del Cielo) abrió sus puertas así como las otras fondas que siguieron la rutina para acoger a cientos de turistas venidos de todas las partes del mundo, atraídos por lo exótico que pueda resultarles un Barrio Chino en medio del Caribe. La primera fonda que se abrió en este barrio la inauguró Chung Leng en 1858. En la época del esplendor en esta calle y sus alrededores se vendían sedas, carnes con condimentos chinos, joyas, pipas de agua, loza, artículos hechos en bambú, viandas. Había farmacias en donde se expendían productos medicinales traídos de la China; todavía sobrevive la vieja farmacia Chung Wah sobre la calle Zanja, aún conserva la estantería de antaño, pero ya no hay muchos productos. Todas las mañanas el anciano Chong Wong, que lleva siempre un sombrero negro sobre su cabeza, abre las puertas.

El maestro Wong y los miembros de la Sociedad Lung Con Cun Sol se bajan de la guagua en la calle Zanja, en la esquina Manrique, y empiezan a hacer su recorrido hasta la sede. El maestro pasa al frente del periódico Kwong Wah Po, que se publica desde 1928 y que quizás es uno de los pocos del mundo que mantiene el viejo sistema de troqueles de plomo; Won Chiu, su redactor y diagramador, dura horas y horas armando cada una de las cajas tipográficas. Chiu se subió a la segunda guagua a las ocho en punto de la mañana, con algunas flores en la mano. Hoy el periódico tiene cerradas sus puertas pero sin duda en la próxima edición reseñará el día de los muertos.

El maestro Wong tiene la cabeza blanca. Pese a los años se le ve la vitalidad y el interés por servir a los demás; tiene la sabiduría del silencio y de la humildad; conoce la historia de su sociedad. Por eso sabe que un día como hoy (4 de abril) del año 208 bajo la dinastía Han se reunieron, en la loma del Dragón, Lau Pei, Chan Yu, Chiong Fei, Chin Chi Lung, a sellar su pacto de hermandad y a jurarse que los descendientes de estos hombres serían como hermanos. Ese fue el inicio de la cofradía. En la sede de la sociedad hay un altar, hecho en madera y enchapado en oro, traído desde la China hace más de cien años, sobre el que reposa la imagen de los cuatro “hermanos” en torno a una mesa. Uno de los trabajos del maestro es vigilar el altar, mostrárselo a los turistas, contar la historia. El resto de su tiempo se lo dedica a dirigir la casa del abuelo en donde ofrecen comida y refugio a cientos de ancianos. El maestro también coordina el grupo de Tai-Chi que dos días a la semana, muy temprano en la mañana, busca que los pies aprendan a dar el paso de la hormiga y las manos sobre el vacío aprendan a acariciar la crin del caballo. 

La gente se sigue bajando de las guaguas. El sol del medio día apacigua las calles, la celebración se vive al interior de cada sociedad, hoy los ancianos no jugarán Mahjong (dominó chino). Los miembros de la sociedad del Casino Chung Wah pasan muy cerca del Portal Chino, inaugurado en 2001, una puerta que se convierte en el umbral, la entrada a los secretos que se esconden detrás de las paredes del barrio, una obra arquitectónica que se mezcla con los edificios republicanos que desde sus balcones dejan ver las sábanas blancas. En el Casino Chug Wah está el único altar a Kuan Kong –conocido como San Fan Con y que en el sincretismo, en la santería cubana, se convirtió en Changó y en la religión católica es Santa Bárbara–, un altar con dragones y leones ambientados con el humo del incienso. San Fan Con, considerado pilar del cielo y protector del reino, Dios de la Guerra (Guan di), de los comerciantes, de la Literatura porque era capaz de recitar todo el Tso Chuan (Zuo Zhuan), fue y sigue siendo venerado por la comunidad china que vive en la Habana.

Las primeras huellas sobre la Isla del reino de Cathay, nombre con el que Marco Polo hizo conocer a la China en Occidente, se encuentran en el año 1847 cuando 320 culíes chinos embarcados en el puerto de Amoy, en Cantón, rumbo a Cuba con la ilusión de ganar dinero y regresar a su tierra para emprender un futuro diferente, después de vencer la pobreza, creyeron que la Isla sería como la “nueva Caanan de sus sueños dorados”. Pero la realidad los enfrentó a otra historia, las vanas ilusiones se fueron diluyendo y los chinos se dieron cuenta de que llegaban engañados para someterse como esclavos. Años más tarde, cuando se produjo la emigración desde California (Estados Unidos), cambió el aspecto de desarraigo y fueron estos últimos quienes con algunos recursos económicos, impulsaron el comercio chino en Cuba.

Las sombras de los antepasados se hacen presentes en cada una de las celebraciones. La de hoy es muy importante, así como la de Año Nuevo Lunar o Fiesta de la Primavera, celebrada este año –el 4702 del calendario lunar–, durante el mes de enero y que dio paso al año del Mono. Ese día, siguiendo la tradición, se hizo una representación de la Danza del León llena de música, de los sonidos del gong, del tambor y de los platillos. Las calles del barrio se vistieron de colores. Por eso hoy surgen voces que piden que se mantengan vivas estas costumbres milenarias, aún sabiendo que los últimos chinos venidos directamente son ancianos; pero los hijos de los hijos luchan por mantener vivo el recuerdo. Hace diez años empezó un trabajo de reconstrucción y resurgimiento del Barrio Chino a través del Grupo Promotor; los frutos se cosechan con lentitud, pero sin duda, ya se ven.

Antes de ingresar a la sede de la Sociedad Lung Con Cun Sol para seguir con el ritual de veneración a los antepasados, el maestro Wong podrá ver la iglesia en homenaje a la patrona de Cuba: la Virgen de la Caridad del Cobre, que se erigió en pleno corazón del barrio, por la calle Manrique. Una iglesia en donde además de la Virgen de la Caridad, aparece un cuadro de Kuan Yin, en la pared izquierda, traído de la China, una divinidad considerada la Virgen María en el sincretismo con los católicos. Ahí está el loto inmenso, con la barca que se pinta a los pies de Kuan Yin, que se sostiene sobre un océano de perfumes, la representación del bote es un elemento que la hace parecida a la Virgen de la Caridad del Cobre. El maestro recuerda entonces, el proverbio chino: “tres caminos hacia un mismo destino”.

Además de los paisajes, de la iglesia, del mural, del periódico, de la calle del Cuchillo, por las calles del Barrio Chino aún se escuchan los ecos de las canciones populares: Chinito qué vendes tú/ que yo te quiero comprar/ Y dime lo que vendes/ Para oírte pregonar y es que la música venida de Oriente influyó y enriqueció la música popular cubana, particularmente en el danzón. Alejo Carpentier, en sus escritos, reconoció esta influencia que pasó además por instrumentos como la corneta china que apareció cuando las comparsas asiáticas dejaban oír sus notas en los desfiles carnavalescos. 

El movimiento en el Barrio Chino se prolongará más allá de la media noche, hasta el amanecer, sobre todo la calle del Cuchillo y sus alrededores. En la calle Manrique las bicicletas, adaptadas para cargar a los turistas, con sus equipos de sonido estridentes, no dejarán de hacer bulla. El barrio nunca descansa, no duerme, está siempre en movimiento, algunos dicen que es el más movido de La Habana y no se equivocan; al amanecer se escucharán los gritos, la música, y a partir de mañana la celebración del Día de los Santos Difuntos será solo un recuerdo.

Hoy de la cultura china en La Habana quedan tenues rastros: los hombres que descubrieron la pólvora, la brújula, el papel; que entregaron al mundo la filosofía del Taoísmo (Lao Tse) y las enseñanzas de Confucio también han dejado su huella del dragón en La Habana: en la comida, en al arroz frito, en la música, en la pintura, en el comercio, en la práctica de las artes marciales. Por eso, no obstante las dificultades que vivieron históricamente y que viven hoy, pese a que el esplendor quedó en el pasado, el pueblo chino celebra con dignidad el día de sus Santos Difuntos, el recuerdo de sus antepasados, porque como dice el pintor primitivista Pedro Eng: “ningún chino-cubano fue traidor, ni desertor”, una razón más para recordar a los muertos.

Fotos Danilo Moreno Hernández

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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