ATANDO CABOS

Una opita en el Valle de Urraca

   
     

 

 

 

La colombiana Elvira Navarrete Roa supo que su madre había muerto hacía tres años, el día que su hermana Cecilia la localizó en Panamá a través de una llamada telefónica, y por entonces, hacía 15 años que no perdía la esperanza de establecer contacto con su familia, a pesar de las cartas extraviadas, los ruegos y promesas a la Virgen de Lourdes y a su mismísima  fe en superar los agobios económicos que le permitieran volver a viajar a la tierra de sus nostalgias, Algeciras, en la región del Huila, un pueblo enclavado en los ramales andinos de la Cordillera Central y surcado casi desde su génesis por riquezas agrícolas y miserias de guerra.

Por Jorge Iván Mora Zapata*

elcolombianodepanama@yahoo.es

Como muchas mujeres de su estirpe, Elvira quería vencer los oprobios de la pobreza a fuerza  de trabajo. Es la hija menor de una prole fecunda de once hijos, tenía catorce años de edad y había estudiado solamente hasta tercer grado elemental, cuando decidió viajar a la ciudad de Palmira, en el valle alegre del río Cauca, para enrolarse como empleada doméstica en casa de una señora pudiente a la que conoció en las hondonadas de su pueblo natal.

Aunque en Palmira se contagió de los asombros que incitan los paisajes inmensos sembrados de caña de azúcar y se complació con el tránsito cotidiano de carruajes señoriales tirados por caballos que sirven de limosinas a los turistas, jamás abandonó  sus acentos culturales,  la marca de opita o huilense que se evidencia en el saludo cálido y en la voz musical de las palabras, en la acinesia aparente del temperamento, en esa forma especial de ser de las gentes de esa región colombiana donde inventaron los bailes del Sanjuanero y el Rajaleñas, para que no murieran los bambucos, los torbellinos, los pasillos, ni los poetas eternos de estos aires musicales.

Tal vez Elvira en su nuevo ambiente no tuvo la emoción de pensar en la metamorfosis del tiempo, pero se hizo mujer con la timidez en que permaneció por cinco años sirviendo en casa de la señora pudiente y un par de años en otra. Oía  bambucos en los programas de radio, mientras asimilaba el gusto por los ritmos impetuosos de la salsa, propios de la provincia vallecaucana. Y entre sueños retó al destino, renunció a los encierros domésticos y empezó a deambular en empleos informales, fuentes de soda y restaurantes populares, oficiando de salonera con la idea de apoyar a su madre Sofía.

Un día haciendo cuentas, se percató que llevaba diez años viviendo en Palmira. Y alentada por los rumores insistentes de algunos clientes del restaurante donde trabajaba, acerca de que en Panamá había trabajo, dinero  y oportunidades, tomó la decisión de viajar. Se juntaron cinco amigas, se llenaron de valor y  aterrizaron en el aeropuerto internacional de Tocúmen. Elvira cruzó la línea de migración porque supo esconder el miedo a lo desconocido entre las ropas de su maleta pobre, y por esa serenidad opita que silencia los vientos y mece la vida en una batea imperceptible. En la mente traía la esperanza. 

A su llegada vivió en cualquier parte y se ofreció a hacer lo que ya sabía. Se empleó como doméstica,  pero a los seis meses dejó de hacerlo atrapada en ilusiones de amor. Entonces desde Panamá enviaba cartas a su mamá y a sus hermanas, contándoles las novedades. Apenas emprendió vida de pareja  se fue a vivir al sector de Veranillo, en el populoso Distrito de San Miguelito y allí nació su hijo Joel, un año después. Ella cree que sus cartas manuscritas tuvieron respuesta durante los primeros siete meses de comunicación, y sólo cuando el silencio prolongado de la parentela comenzó a hacer estragos de ansiedad, estuvo absolutamente segura que de su familia lo único que le quedaba eran dos fotografías de su mamá Sofía. Lo demás se fue convirtiendo en un juego perverso de adivinanzas. Se preguntaba dónde y cómo estaría su vieja y humilde progenitora.  Pensaba que sus hermanos agricultores Ezequiel y Antonino, así como Arturo y Estela, seguían viviendo en Arcadia, otro pueblo huilense con nombre de grandeza griega, pero tan desierto y enrojecido por la violencia como el mismo Algeciras. Y suponía que los demás estarían dispersos entre Pitalito y a lo sumo Neiva, la capital provincial. Pero también se preguntaba a menudo si de verdad estarían.

Lo cierto es que su serenidad opita no le alcanzó para que la relación amorosa se perpetuara, y de los sueños de vida en pareja pasó a las dificultades de madre desamparada y soltera. En el camino de lidias, se habían refugiado en un solar empinado en las entrañas de un lote de invasión, convertido por el trabajo colectivo  de sus ocupantes en barriada  de pomposo nombre, El Futuro, en las tierras altas del Distrito de San Miguelito, pero que pertenece al sector del Valle de Urraca, en realidad denominación derivada de un apellido castellano de blasones y heraldos, y no indígena como quisieran sugerir los inventores de héroes.

Con esfuerzo se hicieron a la vivienda, cuya legalización está en trámite ante las autoridades gubernamentales, que no han fijado aún cuotas de pago. Pero es una vivienda digna en medio de la indignidad en que generalmente crecen las barriadas marginales, aquí o allá, o donde quiera que se junten por gravedad los desplazamientos humanos.

Desde esa colina de heroísmos anónimos, Elvira siempre confió en contactar a su madre. Con su hijo a cuestas, se las arregló para quedarse allí. En 1994 se acogió al acuerdo migratorio firmado entre Panamá y Colombia, que le dio derecho a la cédula panameña de categoría E, pero  por esas contrariedades de los poderes o de las pequeñeces burocráticas, o a la miopía de las leyes, le fue negado  el derecho rotundo a tener un permiso de trabajo.  Le otorgaron la licencia para vivir pero no a trabajar para poder vivir. Entonces se le creció la angustia y se confundió en la idea de aspirar a emplearse formalmente. No podía, sin embargo, renunciar a la batalla diaria  junto a su hijo. Y por eso dedicó el aliento que le quedaba a ofrecer sus servicios como trabajadora manual, limpiando casas y oficinas, haciendo mandados, cuidando enfermos ocasionales. Andaba en esos avatares cuando la conocí,  a mediados del año 2002.

La cita no fue para pedir ayuda de empleo. El periodista Luis Vásquez, director de RPC Noticias, el noticiero de la radio panameña más escuchado en aquellos días, me había llamado para informarme que una paisana mía estaba tratando de localizar a su familia en Colombia, y que sus esfuerzos con los colegas colombianos hasta ese momento habían resultado infructuosos. “Ella me ha llamado varias veces”, dijo Vásquez.

Lo que no sabía es que Elvira Navarrete, con la firmeza de una guerrera pijao, había pedido ayuda también, mediante cartas, a programas masivos de televisión como ‘Don Francisco’ y ‘Ocurrió así’, entusiasmada con los relatos que veía desfilar en la pantalla sobre encuentros milagrosos de familiares extraviados en el desarraigo del tiempo y a causa de la diáspora. Igualmente insistía en los canales locales, con mayor esperanza en el canal 2 TVN, al que pertenecía el periodista Hugo Enrique Famanía. Nada ocurrió que animara la esperanza.

En un nuevo esfuerzo, esta vez conmigo, convinimos la cita en un café Internet ubicado en la zona bancaria internacional y establecimos comunicación con la cadena radial RCN de Colombia, seccional Neiva, que cubre toda la provincia huilense. Por primera vez, desde que llegó a Panamá, Elvira entraba en contacto con su región y su pueblo. Los periodistas Carlos Héctor Gómez y William Fernando Cuéllar, pusieron a su disposición el noticiero local del medio día para que ella relatara su drama, llorara a viva voz su impotencia y dolor, hiciera un llamado a sus familiares y mencionara personas que recordara y que pudieran estar escuchando las noticias a esa hora del día. Además, buscaron al Personero de la población de Arcadia para que ayudara a la localización de alguno de sus  hermanos o  a su mamá.

En diversas oportunidades volvimos a comunicarnos con los periodistas de Neiva y la respuesta siempre fue negativa. Había por lo demás, temores sombríos. Recién se había roto el proceso de negociaciones de paz  con las Farc, y la zona era escenario de guerra, pues por los caminos del Huila se llega al Caguán, marcada  hasta entonces como zona de distensión.

El caso quedó en el aire,  pasados un par de meses, y el discurrir de los días sin respuesta agrietó los ánimos. Juntos no supimos de ellos. Ella tampoco de mí, agotados los intentos. Hasta este reencuentro, propiciado por la memoria de la libreta de apuntes y la incertidumbre recóndita de confirmar el hallazgo de su mamá Sofía. Así nos enteramos que habían pasado cuatro años más desde que hicimos juntos aquellas gestiones, pero nos encontrábamos en la loma superior del Valle de Urracá, un territorio periférico y cuenco, como dirían los opitas, parecido a las periferias de las ciudades colombianas, a espaldas de  la ciudad de Panamá, desde donde se divisa todo su esplendor y se llega a sentir su olvido.

Su recepción fue cálida y sencilla. Un perro cancerbero y gigante atado a una cadena, aguardaba junto al portal, pero ella ahuyentó los temores diciendo que se trataba de un perro de porcelana, un adorno de casa. Solo sabe ladrar. Estaba con su hijo, que ahora tiene 17 años y contó que siguió buscando la manera de localizar a su madre en los meses siguientes a sus llamados radiales. Un muchacho panameño experto en Internet y empleado de una de las oficinas que ella regularmente asea, le ofreció ayudarla y mediante la página web de Radio Caracol hizo contacto, contó la historia de Elvira,  hubo intercambio de correos y lo conectaron con Caracol Neiva. Así envió una carta y una copia de la foto de su madre y la búsqueda se hizo pública, inclusive con la fijación ampliada de la carta y de la foto. Dejó su número telefónico y de vez en cuando llamaba a los periodistas para preguntar por resultados.

Una tarde pasó por la emisora un vecino viejo que conocía de marras a la señora Sofía y a algunas de sus hijas e hijos. Y fijó las coordenadas. En  Pitalito estaba viviendo Cecilia, una de las hermanas de Elvira. Los hombres de Caracol habían completado cuatro meses a la espera de indicios y esa tarde ocurrió el milagro.

A la mañana siguiente, casi al mediodía, siendo el 25 de enero del 2003, Cecilia marcó un número telefónico en Panamá.

- Habla Cecilia Navarrete Roa desde Pitalito, Colombia y estoy buscando a  mi hermana de nombre Elvira-, dijo,  en alta voz y con la agitación de  la música opita acendrada en sus palabras.

Aplazado por los designios de la vida, el encuentro se daba al fin, aunque fuera por medio de los hilos telefónicos y gracias a la mediación de una emisora de radio. Hubo sollozos, preguntas y respuestas y abrazos invisibles. Pero cuando Elvira hurgaba por la mamá Sofía, la emocionada Cecilia daba vueltas y terminaba en comentarios de otra índole. El frío de los augurios lúgubres comenzó a invadir la humanidad de Elvira y le congeló por largo rato el alma cuando al fin Cecilia se arriesgó a decir que su mamá hacía tres años había muerto.

La revelación de la muerte de su madre vino a ser para Elvira el epílogo de un duelo de corazón sin velos negros que hacía cerca de quince años comenzó a vivir. Sus palabras, una y otra vez, se vuelven lágrimas, rememorando su trayectoria y la frustración de no haber podido en vida ayudar a su madre, acaso no más de un par de veces. Ha sido su mayor tragedia y por eso conserva con especial cuidado las únicas imágenes que quedan de ella, una fotografía postal matizada en tonos sepia y la otra en blanco y negro. Lo demás también suena trágico, pero ante todo profundamente humano: no conoció a su padre ni en fotos porque el viejo murió cuando ella tenía tres meses de nacida. De la prole fecunda de los once hermanos y hermanas quedan ocho, emboscados en la dureza  de las circunstancias, dispersos en los pueblos pintorescos del departamento del Huila, que sigue siendo el paso obligado de las confrontaciones de la guerra. Y ahora que encontró a su hermana y puede saber a medias de los demás, quisiera verlos pero no puede, como no pudo en quince años, comprar un boleto y formalizar el abrazo.

Continúa ejerciendo de trabajadora manual, sin permiso de trabajo y limpiando  dos veces por semana las oficinas de un edificio en el sector comercial de El Dorado, con lo cual obtiene 20 dólares por día. Y vende hielo y duros o bolis en su casa de la loma del Valle de Urracá,  para tratar de rendir la paila. Y entre uno y otro trabajo, sus ingresos mensuales no llegan a 160 dólares con los cuales atiende el colegio y las necesidades de su hijo, los servicios básicos y las demandas de salud cuando esta se pone necia. Oye bambucos en la radio a través de los programas de radio colombianos y está familiarizada con la música típica panameña, pero la acompaña la pena de no poder reconocer a su familia y visitar la tumba de su madre para decirle adiós en cuerpo y alma. Ella cree que este largo sueño se hará realidad  el día que Dios le de la dicha.


*Director Periódico El Colombiano de Panamá

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