En Caparrapí

Las mujeres le apuestan a la vida y a la paz

   
     

 

 

 

La esquina regional llegó a Caparrapí por invitación de la Federación de Mujeres Campesinas de Cundinamarca, Fedemucc, a participar en el “Primer Encuentro de la Cultura Ciudadana”. Una vez en esta zona del país uno no puede sino pensar en lo aterradora y  maravillosa que resulta la vida en los municipios de Colombia. Por una parte, hace menos de dos años en esta zona se llevó a cabo una de las desmovilizaciones de los paramilitares y por otra un grupo de mujeres, jóvenes, niños, niñas y campesinos insisten en jugársela por la vida y por la construcción de cultura de paz a través de procesos organizativos, no en vano este municipio ha sido ejemplo nacional en este tema.

 

Por Gabriela Montes

soporte@laesquinaregional.com

Tras seis horas de viaje desde Bogotá por la misma carretera que conduce a Guaduas se arriba a Caparrapí, un municipio del departamento de Cundinamarca al que se llega por esta vía o por Útica. Tal vez por no haber viajado por esa carretera no tuvimos el placer de contemplar los barrancos que lo hacen acreedor a su nombre pues en la lengua colima Caparrapí quiere decir habitante de los barrancos y es que literalmente este pueblo está rodeado de precipicios, quebradas y despeñaderos.

Así lo recuerda Luz Stella Sierra, integrante de la Federación de Mujeres Campesinas de Cundinamarca, Fedemucc, quien llegó aquí por primera vez en marzo de 2002, “lo que más me gustó e impactó fue el paisaje escabroso que hay por la parte sur”.

Al llegar a este municipio uno se encuentra con un pueblo como cualquier otro. La iglesia y alrededor un parque pequeño en el que se congregan los campesinos el domingo, día de mercado, y unas calles empinadas, algunas pavimentadas y otras en las que los 21 grados de temperatura se esconden entre el polvo.

Un poco de memoria

Este lugar donde hoy viven más de 23209 caparrapíes fue un caserío que se congregó alrededor de la parroquia que le dio su nombre. Con los tiempos el municipio vio pasar por sus tierras épocas de mucha violencia. El actual alcalde Guillermo León Ordoñez las resume así “nos tocó soportar las épocas de “Sangre Negra”, de “Desquite” de  “Tarzán” de “Pedro Brincos” y de “TiroFijo”. Luego se nos vino la guerrilla y recientemente los paramilitares, aquí se han disputado todas las zonas del pueblo. Afortunadamente ahora estamos pasado por un proceso de paz”.

Y es que Caparrapí vivió el 9 de diciembre de 2004 la desmovilización de 147 paramilitares de las Autodefensas Unidas de Cundinamarca, veinte de ellos oriundos del municipio, al mando de Luis Eduardo Cifuentes, alias el “Águila” y aunque la concentración no fue en su territorio la gente sí la tiene muy presente pues  la zona de ubicación temporal fue en el Instituto Técnico Agrícola “Luis Carlos Galán”, ubicado en el corregimiento de Terán, en el municipio de Yacopí, muy cerca de aquí. En las calles la gente comenta con cierto aire de descanso que con el “Águila”, se desmovilizaron también “Peligro” encargado de Carrapí; “Tumaco”, responsable de los municipios de Pacho y Zipaquirá; “Buena Suerte”, comandante en Topaipí; “El Pote” de Yacopí y “Guri-Guri”, de La Palma y Llano Mateo.

A mediados de los años  ochenta  llegaron los dineros del narcotráfico al departamento de Cundinamarca especialmente a Rionegro y el Guavio, a partir de allí se generaron enfrentamientos entre los grupos de autodefensa financiados por Gonzalo Rodríguez Gacha, el “Mexicano” y los frentes de las Farc, ubicados en la región desde finales de los años setenta.

Los investigadores coinciden en que la presencia de los grupos de autodefensa en esta zona tiene una relación directa con la dinámica paramilitar de Puerto Boyacá (Boyacá), a comienzos de los años ochenta. Mientras las Farc ganaban terreno a través del frente 22 que se caracterizó por su política de secuestros, llegando a ser una de sus principales fuentes de ingresos y tras la muerte del “Mexicano” la reorganización de las autodefensas no demoró mucho y al mando de Luis Eduardo Cifuentes, alias el “Águila” se fueron conformando las Autodefensas de Yacopí, posteriormente se asociaron con el Bloque Héroes de Gualiva, comandado por alias “Jairo”, integrado por algunos de los herederos de Rodríguez Gacha y por los grupos de Pacho (Cundinamarca).

Cuentan en Caparrapí, que por el norte mandaban las Autodefensas que estaban en Yacopí y por el sur la guerrilla que estaba por el lado de La Palma, “mejor dicho estábamos en la mitad como siempre, porque en la época de La violencia, era lo mismo al norte estaban los conservadores y al sur los liberales. Este municipio siempre ha estado dividido”.

El pacto que parecía existir entre los paras y la guerrilla de no-agresión se rompió cuando el frente 22 asesinó a doce integrantes de las Autodefensas en Caparrapí. A partir de allí la guerra se desató por cerca de dos años dejando muertes y desplazamientos de campesinos. Algunos dicen, con algo de sorna, “pero no lo sostengo” que los hombres de “El Águila” le colaboraban al Ejército con información de inteligencia para hacer detenciones y allanamientos.

El artículo “¿Meras coincidencias?”, publicado por la revista Semana en julio de 2003 dice que las dos principales oficinas de las autodefensas estaban ubicadas en Puerto Salgar, la una en un hotel y la otra en una ferretería a escasos  500 metros de la base aérea. Luis Eduardo Cifuentes, el “Águila”, siempre ha sostenido que su grupo de autodefensas “…acabó con el frente 22 de las Farc”, sin embargo las Fuerzas Militares lo han presentado como resultado de la operación “Libertad Uno”.

Se impone la cultura ciudadana

De las veredas del sur y del norte de Caparrapí comenzaron a llegar el 21 de julio muy temprano, mujeres campesinas, algunas acompañadas por sus maridos y otras por sus hijos e hijas. Entre sus morrales viajaban carteleras, mapas con recorridos por sus zonas, bolsos tejidos a mano, panela, frutas, colaciones, artesanías y la ilusión de encontrarse una vez más, esta vez en el colegio Santa Gemma para compartir las experiencias vividas alrededor del liderazgo femenino.

Cuando se les pregunta qué fue lo que aprendieron todas coinciden en que lo primero que lograron fue convivir en comunidad, saber que se necesitaban los unos a los otros, “porque antes uno vivía encerrado en sí mismo y lo más lindo es que ahora nos conocemos las comunidades del norte y las del sur. Ahora estamos más unidos nos habían separado las cuestiones políticas. Allá los unos de un color y acá los otros de otro, liberales y conservadores, siempre ha habido esos roces y eso se debe acabar porque a nosotros esa política así no nos sirve” dice Ana Cecilia Hernández.

El proyecto les permitió además recorrer su territorio y reconocerse en él y conocer lugares que estaban ahí pero que nunca habían visto. En las esquinas del salón cada vereda fue acomodando los productos característicos de su zona mientras en las afueras los jóvenes músicos afinaban sus instrumentos, los grupos de danza ensayaban el mejor paso, Omaira Álvarez, presidenta de Fedemucc saludaba a cada una de las mujeres que orgullosas le contaban los últimos avances de la tienda comunal de la vereda de Cañabraval, el adelanto de los cerdos y los peces, y los resultados obtenidos por el proyecto de la panela orgánica mientras Luz Stella Sierra y Lucila Fajardo le daban los últimos retoques al programa. Hacía las diez de la mañana los infaltables himnos nacional, el de cundinamarca y por supuesto el de Caparrapí, tierra querida.

La presentación musical del primer Festival de la Cultura Ciudadana se abrió con el debut de un trío de jóvenes del municipio conformado por Horacio Chaves Aguirre de doce años, quien viajará a los Estados Unidos a estudiar inglés gracias a sus excelentes notas académicas; Eduard Ramírez Cárdenas, de quince años, quien apenas lleva cuatro meses en la música y ya parece todo un profesional y Brayan Danilo Chavez de doce, quien heredó la pasión por la música de su padre y sus hermanos.

Mientras las danzas y las presentaciones iban devorando el día empezamos a hablar con algunas de ellas.

Ana Cecilia Hernández es una mujer campesina que nació en Caparrapí hace 60 años, tiene siete hijos, treinta nietos y dos bisnietos. Cuando se le pregunta el nombre, duda para contestar el consabido: “de Zabala” y seguido de una enorme carcajada dice:”ya me tocó así y no he hecho el deber de quitármelo porque mi marido es un buen tipo”.

Ella lleva diez años en procesos de capacitación. Recuerda que todo esto lo comenzó Omaira Álvarez y la profesora María Eugenia Fajardo. El cambio desde que está en la organización lo resume en una sola palabra, esclavitud. “Antes era solo trabajo, cuidar a los hijos y no había espacio para decidir por uno mismo, era el marido quien le decía a uno sí o no. Hasta permiso le tocaba a uno pedir. Hoy  en día somos como un poquito más liberadas, se nos quitó como ese yugo tan berraco, como dicen. Cuando entré a la organización empecé a pensar, esto no puede ser que uno sea siempre esclavo, pero como nos criamos en un ambiente machista en el que la mujer no tenía derecho a decir ni pío pues tocaba hacer algo, entonces yo sí me liberé y he llevado a otras mujeres de la familia y vecinas. Siempre les digo, –dejen de ser bobas que ya la esclavitud se acabó”.

Marlene Casas Cárdenas, es de Caparrapí, tiene 34 años y lleva apenas seis meses en este proyecto de formación social. “Yo nunca había participado en estos procesos. Represento a la vereda de La Oscura. Unidos hacemos la fuerza. Allá hay un proyecto que empezamos con Yolanda Tovar. Ella fue por allá y tomó unos cursos y luego llegó a la vereda y nos reunió. Muchas llegamos porque queremos un futuro mejor para nuestros hijos, que todas las veces no sean las matas de caña que nos toque de cinco a siete de la noche para ganarnos un hilacho de jornal para sostener a nuestros hijos. Yo soy una mujer separada, mi esposo la embarró y se fue. Soy madre de tres hijos pero soy la mujer más orgullosa de mi vida y de mis hijos, vivo sola, tengo un ranchito pero vivo feliz”.

“Mi jornada de trabajo va de siete de la mañana a cinco de la tarde. Corto y cargo caña como un obrero. Me gano diez mil pesos diarios. Nos dan la comida, la miel para batir aguamiel y los limones para hacer la limonada. Mi marido se fue con otra mujer, tuvo un hijo y hoy en día quiere buscar perdón donde ya no hay amor,… hay un dicho “hay más cariño con el perro de la casa que con un hombre de esos”.

Marlene salió al escenario con un sobrero y poncho al hombre tomó el micrófono y le empezó a cantar a ese hombre que ya no está en su vida por voluntad propia. “´A partir de hoy´, la canté un día que estaba aburrida, sola y me dije ese hombre tiene que salir de mi vida porque no es posible seguir sufriendo por alguien que no vale la pena eso fue cuando me di cuenta que el esposo mío había violado a su hija, entonces  lo eché”.

Llegó el momento de las coplas. Como siempre de todo hasta una invitación al alcalde que no se hizo presente. “Señor alcalde municipal lo queremos felicitar por su empeño y trabajo con la comunidad y lo queremos invitar a trabajar con nosotras en transformación social”. El alcalde reconoce que La Asociación de mujeres es una de las instituciones que más ejemplo ha dado en el municipio y reconoce que el trabajo con ellas puede ser más coordinado aunque algo han hecho juntos les hace falta más acercamientos.

Sofía Burgos. Llegó hace 42 años a Caparrapí, es de Guaduas. Se vino buscar un futuro mejor. Aquí se caso y tiene su finca en la vereda de Cañabraval y vive del café. Tiene seis hijos. “A mi siempre me ha gustado ayudar a las personas por eso estoy metida en la Junta de Acción Comunal, del Acueducto y en la Asociación de mujeres. Donde me dicen que hay una reunión yo estoy allá. Yo me las ingenio, si hay obreros, consigo quien les haga la comida y me voy. Mi marido al comienzo me ponía problemas  me decía que yo no hacía sino correr pero le dije,  en eso si usted no puede decirme nada porque a mi me gusta hacer esto”.

Ella hace parte de las mujeres que comenzaron a organizarse hace trece años. “Mi sueño era tener en mi vereda un sitio donde reunirnos porque allá no había ni donde decir la misa”. Eso fue como en el 83 consiguieron $300.000 mil pesos prestados a interés pero como no les alcanzaba recurrieron al apoyo de la Gobernación. “Cuando eso estaba la doctora Leonor Serrano y un día me dijo una comadre porque no vamos a Bogotá que ella les dio una cita a unos de una vereda vecina y le dije para antier es tarde nos vamos.

Fueron como cuatro delegaciones. Cuando entramos no nos atendió. Nos atendió el secretario y en cinco minutos le dijimos, –somos mujeres organizadas y necesitamos un sitio donde reunirnos queremos construir una caseta y de una vez llamó a la Acción Comunal y dijo, me le destinan diez millones a estas mujeres y la otra gente se puso muy brava porque a las únicas que nos dieron fue a nosotras. No teníamos para la mano de obra entonces le hice una carta al Comité de cafeteros y nos ayudaron, sin embargo no alcanzó la plata  entonces hicimos rifas y tamales para terminar. La comunidad también nos colaboró mucho.

A todas sin excepción les preocupa la deuda del municipio que sobre pasa los doce mil millones. Con tristeza dicen “Los anteriores alcaldes dejaron el municipio arruinado. Nosotras como Asociación de mujeres no hemos recibido mayor apoyo de la Alcaldía, a veces ayudan con transporte, con herramientas, con cemento, en fin pero no es un apoyo sostenido”.

En la memoria de el recuerdo que existe es de los “malos políticos”, todos conservadores. No se recuerda a uno más que a otro porque es una sola familia la que ha manejado el municipio, la familia León Bejarano. “Una vez ganó un cura y lo llevamos a la sede y nos dijo pero ustedes para qué piden si lo que ustedes tienen es que darnos. Luego con este salón tan inmenso que tienen y no nos dio ni un peso”. Recuerda doña Sofía, como le dicen.

Para ella uno de los mayores logros de estos procesos es que las mujeres han cambiado “a hora no se dejan manjar del marido porque primero decían, –yo no voy porque mi marido no me deja, o mi marido no me da para el pasaje o para la cuota. Ahora las mujeres hemos logrado los créditos en el banco para la mujer cabeza de familia, manejamos nuestros cerdos, nuestro ganado. Ya no tenemos  que pedirle al marido. Logramos el mejoramiento de vivienda, todas arreglaron su casita porque se vivía mal”.

También ha disminuido la violencia intrafamiliar. “Ya los señores tienen que entender que las mujeres también tienen sus derechos.  No es que la cojo y barro la casa con ella, no. Claro que por allá quedan algunas aisladas que seguro todavía las maltratan, pero a las que están en la Asociación ya no”.

María Sofía Burgos coincide con otras mujeres de las mujeres de Caparrapí en que ya es hora de participar más activamente en la vida política del municipio “Queremos lanzar una mujer al menos al  concejo. A mi me gustaría que otras mujeres participarán. Somos concientes de que nos falta preparación por eso queremos tener una escuela de formación política para aprender a hacer las cosas de otra forma a la que nos han enseñado los políticos tradicionales del municipio”.

María Stella Vásques, tiene 32 años, estudió hasta quinto de primaria y viene de la vereda de El Tostado. “Tengo a mi esposo y cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Soy ama de casa y trabajo el oficio de la panela. Me levanto a las cuatro de la mañana, hago el desayuno y mi esposo se va y lo lleva de una vez. Luego me pongo a darle de comer a los animales, a la cerda, a los patos, a las gallinas. Después hago los oficios de la casa y despacho los niños a estudiar. Ahí me queda el ratico libre, para organizar las camas, recojo la ropa y barro. Voy y traigo la leña, me desacaloro, me baño y me pongo a hacer el almuerzo para los obreros y para mi familia. A las 11:30am me voy y lo llevo por un camino real, atravieso una quebrada por un camino real. Más o menos unos quince minutos a pie, ahora que está rico el tiempo pues no se embarra uno pero cuando hay invierno se sufre un poco. Después del almuerzo ayudo a encarrar la caña a apilonar la caña.  Luego me vengo para la casa a las dos y media a hacer la comida. Después de servir la comida, como a las 5:30pm recojo el reguero y me pongo a ayudarles con las tareas a los niños, le doy de comer a los animales otra vez y junto con los niños y mi marido dejamos el maíz y desgranado para el otro día. Después de las ocho o nueve de la noche vemos un poco de televisión”. 

Cuando empezó el proyecto yo le dije a mi marido que fuera él y así fue, pero cuando empezaron a dejarles tareas las hacíamos junto con los vecinos así que yo estaba enterada de todo y después ya me vinculé. En el proyecto yo he aprendido a tratar a los niños y a enseñarles. Con mi pareja ya no tenemos tantas peleas. Él es una persona comprensiva y desde que empezó este proyecto estamos más unidos y tenemos otros temas de conversación.  A mí no es que me guste el trabajo material, lo hacemos porque somos berracas, porque tenemos hijos y deberes con ellos pero es un trabajo muy agresivo para nosotras, ojala pudiéramos hacer otra cosa”.

Para Luz Stella Sierra Fedemucc es una de las organizaciones de mujeres en el ámbito nacional con una visión empresarial muy clara, eso es lo que la diferencia de otras. Es un modelo diferente porque propone el desarrollo de la mujer a nivel integral pero con proyección económica a través del fortalecimiento de la conformación de organizaciones empresariales sostenibles”. Actualmente Fedemucc tiene 50 organizaciones asociadas. Cinco de ellas en Caparrapí donde trabajan unas 120 mujeres con 25 grupos de transformación social en los que participan  también los hombres y los jóvenes. En total son unos 200 líderes entre mujeres y hombres.

                                                                                                 * Comunicadora Social y Periodista

 

 

 


 
 
 

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