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Ahí estaba, al borde de la carretera, debajo del techo de una casa que alguna familia dejó abandonada con los sueños a medio hacer y colgados de las paredes huyendo del dolor y de la violencia que se vivió y se vive en El Diviso, municipio ubicado al sur del departamento de Nariño.
Mi morral y yo esperábamos a que el bus de siete de la mañana que viene de Tumaco nos regresara a Pasto. Todos decían que no estaban mandando buses porque la guerrilla había quemado cinco la noche anterior. De pronto, desafiando la lluvia menuda, esa descarada que puede pasar días enteros picándote la piel y mojándote sin mojarte, apareció Miryan. Venía con la mirada cercada por ese ardorcito que aparece segundos antes de que el llanto se desborde, con el dolor regado en la piel, con las palabras atravesadas en la garganta, con el cuerpo sudoroso y cargado de tristezas. No tuve tiempo de preguntarle nada, tan solo logré recoger estas palabras en mi frágil memoria.

Por Nelly Valbuena Bedoya
nelly@laesquinaregional.com
Yo no sé si eso que usted dijo ayer de que la memoria de una mujer recoge la memorias de todas sea cierto. Aunque tal vez sí sea la memoria de muchas de las mujeres de esta región. No sé. Total no me importa.
Mi historia es muy triste. Por la violencia dejé mi trabajo, estaba en segundo semestre de la universidad, estudiaba la básica primaria con énfasis en ciencias naturales, en la Universidad Mariana que llegó al Putumayo. Por amor… ni le cuento.
Llegué al departamento de Nariño en el 2002. Me desplacé del Putumayo por la violencia, una violencia terrible. Muertos sobre muertos y amenazas. Yo laboraba en una escuelita rural en San Gerardo, una comunidad que le pertenece a Orito, lejos, muy lejos. Un día, pisando el 2000, llegó el comandante de la guerrilla, un tal Oliver. Todo el mundo lo respetaba porque ese tipo era ´tenaz´. Llegó con un contingente y sacó a toda la comunidad. Yo estaba en clase. –Buenos días profesora. –Sí a la orden, qué se le ofrece. Me dijo: –Necesito que mande los niños inmediatamente a sus casas y que le digan a sus papás que el segundo frente de las Farc los necesita ya. A las dos horas todo el mundo estaba ahí y el comandante dijo: –Esta reunión es para decirles tres cosas. Una; se nos vino la guerra, dos; necesito gente y tres; los que no son propietarios de finca, trabajadores, obreros y raspachines, váyanse. Tienen tres horas para desalojar el caserío y si yo los encuentro en la Bocana me los arrastro para la guerrilla. Esto ya se putió. Yo alcancé a decirle –yo soy de contrato y me contestó, –si no es plaza en propiedad lárguese, aquí no la necesitamos, esta escuela se acabó. Se acabó el Putumayo, ¿entienden o no entienden?
Yo salí con lo que tenía puesto y ni siquiera por el camino principal. Todos nos tiramos por la montaña, ya la guerrilla se había tomado las carreteras. Me tocó caminar como cinco días para llegar a mi casa en Orito. Ahí renuncié, estaba embarazada de mi tercer hijo. A mí debían reubicarme pero el papá de mi hijo se había venido para Ancuyá, entonces decidí venir a buscarlo.
“Dios quiera que salga algo”
Ancuyá es un pueblito muy cerca del volcán Galeras, hay una pobreza terrible. Qué tenacidad que es para vivir allá, le cuento. Yo no sé cómo es que subsiste la gente pa diosito santo. Yo que venía de ver plata allá aquí me encontré con la pobreza. Yo no sé cómo soportamos tanto. Ahí vivimos, dando gracias a mi Dios Todopoderoso que nunca lo desampara a uno, dos años. Un día un amigo nos mandó para una finca en Llorente. No teníamos otra salida, además mi marido lo único que sabe es trabajar en la coca y nada más. Yo era la primera vez en mi vida que cogía machete, me tocó ampollarme las manos, ir a raspar. Yo decía estos no son mis deberes, gracias a Dios en mi casa no somos ricos pero teníamos las comodidades para vivir en el pueblo, en cambio mi marido nunca había vivido en el pueblo y esa fue una desventaja pero yo como lo quería mucho pues me tiré a la aventura con él. Eso sí fue por amor.
Mi marido era químico allá en el Putumayo, quimiquiaba la hoja y sacaba una mercancía excelente. Cuando yo lo conocí hasta los comandantes de la guerrilla lo buscaban para lavar mercancía dañada. Aquí no se dedicó a eso, como llegamos muy pobres y sin nada nos tocó empezar de cero. Empezamos a trabajar y trabajando se logran grandes cosas, el trabajo es la base de la dignidad del hombre, eso fue lo que a mí me enseñaron. En poco tiempo tuvimos una platica, nos hicimos a una casa y pusimos una caseta bailable como las que hay por acá y en el Putumayo. Todo parecía ir bien hasta que mi marido se fue con una muchacha. Yo ya tenía a mi cuarto hijo. Él se transformó, dicen que la plata y la coca dañan a las personas.
Allá en Llorente donde yo vivía la única autoridad es la guerrilla y como yo tenía tantos problemas conyugales, maltrato físico, moral y humillaciones, la comunidad me decía –Miryan, échele la guerrilla a ese hombre. Entonces me decidí y fui donde el comandante. Él lo llamó y le dijo: sabes qué, ella es tu mujer, con ella has conseguido lo que tienes si ya no puedes vivir con ella coge tus pesos y te largas. Te doy dos días para que te desaparezcas. Pero él no hizo caso, venía a la casa y se quedaba. Yo no volví donde el comandante porque tampoco quería que lo mataran, ni mucho menos, porque ellos advierten una, dos veces y a la tercera no la perdonan. Entonces yo dije para echarme este muerto encima y a la familia de él, no. Cómo le parece que un día llegó sumiso y hasta amoroso y lo volví a recibir.
Luego la situación se puso más crítica por la fumiga. Las fumigaciones son terribles. ¿Qué le diría? Es que no hay ni palabras para describirlas. Son un monstruo que aplasta sin compasión todo; niños, mujeres, hombres, comunidades. Le cuento que la fumigación ha sido la base de la pobreza y sin alternativas, porque no hay alternativas. Pasa una fumigación y no queda nada para comer. Con decirle que en Llorente cuando pasa la fumigación toca comprar el plátano al Ecuador, porque no queda sirviendo nada. Lo único que se salva son las palmas de coco y el chontaduro y a veces el limón, pero allá hasta los palos de limón se secaron, ya no aguantaron más.
Hace como tres meses pasó la fumiga, por eso las cosas están tan mal, claro, ya antes estuvo el arranque. Arrancaron todas las matas de coca. La gente cuando le fumigan o le arrancan vive de las puras esperanzas, de volver a sembrar y obtener algo. Pero ya la gente está rendida. Fumigan muy duro, hasta por la escuela pasa la fumigación, a mí me fumigaron la huerta escolar, no quedó nada, todo quedó pelao. ¿Cómo le parece que pasan las avionetas por encima de la escuela fumigando? Yo no creo que una cancha de fútbol no se vea desde el cielo y sin embargo la fumigan igual.
Cuando mi marido volvió a la casa me dijo –vendamos la caseta y comprémonos un taxi y usted se pone a trabajar de profesora que es lo que usted sabe hacer. Yo hasta pensé que iba a cambiar y acepté. Llegué a tener la ilusión de que mis dos hijas pudieran volver a vivir conmigo pues las tuve que mandar a Orito porque mi marido las maltrataba. Ilusionada le dije listo, vendamos la casa y compremos un carro. Vendió en siete millones la casa y los cogió todos. No me dijo; tome Miryan cómprese un bombón o cómprele un par de zapatos a los niños. Se compró un carro, ni siquiera en buen estado. Yo no sé qué hizo con la plata, porque esa chatarra no vale ni cinco millones. Se tiró todo el plante. Lo peor es que se fue con una prostituta de la Calle Oscura.
–¿Usted conoce la Calle Oscura? Es una calle desechable en Llorente. No hay sino puros chongos, o prostíbulos. Son como unos 25. Un domingo ahí es terrible, toca taparse los oídos, llegan puros raspachines, trabajadores buscando trabajo.
Ahora estoy trabajando como profesora, estoy haciendo un reemplazo pero ya se termina en septiembre y otra vez sin empleo. Este trabajo me lo consiguió un vecino. Un día le dije – yo soy bachiller, tengo experiencia en docencia en el Putumayo y me dijo présteme la hoja de vida y cómo le parece que yo ni siquiera la tenía, porque mi primer marido es un retrógrado y un día en una pelea me la quemó con la cédula y el diploma. Son esas peleas conyugales que no entiendo. He tenido dos compañeros, el papá de mis dos hijas y el de mis hijos. A los 20 años me fui con el primero, él es pastuso y éste es de Ancuyá. Una compañera sí me decía que en pastusos no creyera, porque son una mierda. Tengo 35 años y no sé qué hacer.
Antes de venirme a esta reunión le dejé los niños y no me ha llamado, lo peor es que no tengo plata para llamarlo. Hace unas semanas tuvimos un careo en el Bienestar Familiar para que me pase algo para los niños, pero dijo que no tenía trabajo y que sólo alcanzaba a darme 15.000 pesos cada mes.
Yo no sé si todavía lo quiero, pero es que cuando pienso en todo lo que hemos vivido, creo que el amor ya no existe. Ahora estoy pensando porque mi contrato se acaba y no hay renovación. Desde el 15 de septiembre estaré desempleada. Una de mis hijas que terminó el bachillerato tampoco sabe qué hacer porque en Llorente se acabó el trabajo. Después de que pasa la fumigación todo el mundo queda amarrado. Todos vivimos de la coca, unos más que otros. En estos días me dijo –estoy dispuesta a dos cosas; o me voy con el Ejército o me voy con la guerrilla. Ella se inscribió en la Universidad de Nariño pero no le alcanzó el puntaje. El papá le retiró el apoyo y ahora ¿qué vamos a hacer? Dios quiera que salga algo. No tengo casa, ahora vivo en la escuela que queda a cinco horas de camino a pie y en unas condiciones que ni le cuento. Verá usted que en estas circunstancias el Bienestar Familiar me quita los niños…
Pensé que no pararía nunca pero al fin un suspiro apareció, hizo una pausa y dejó por unos segundos de darle vueltas al anillo que llevaba en su mano derecha, en una especie de desespero que marcaba el ritmo atropellado de sus palabras. Casi sin aliento le oí decir; pero hay que ver que Dios nunca olvida.
En ese mismo instante, el tiempo que parecía haberse confundido entre las palabras de Miryan volvió a su andar y la carretera ensimismada volvió a su marcha. Como un espectro, de la curva apareció el único bus que la noche anterior se salvó de la quema, a escasos 100 kilómetros de Tumaco.
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