“Donde el agua vale oro”

   
     

 

 

 

En medio de los maravillosos paisajes que brinda la naturaleza, el ocre del desierto, una amplia gama de verdes del mar, el amarillento de  las emergentes formas montañosas, el viento abrasador, el intenso calor y la lluvia de estrellas fugaces, existe una realidad social de la  que hacen caso omiso turistas y gobernantes que pasan por el Cabo de la Vela, corregimiento del municipio de Uribia, en el departamento de la Guajira.

 

Por Carlos Alberto Rivera C. / Oscar Sánchez Higuera

carlos@laesquinaregional.com   oscarhiguera@telesat.com.co

El interés por esta región del extremo norte de Colombia, generalmente no es distinto que el de todo turista que se quiere recrear con sus famosos paisajes y conocer más del país. Para ello existen agencias de turismo en el Rodadero que se encargan de localizar personas interesadas en la región, y se consiguen planes en la playa, en las calles y en oficinas. Alrededor de este negocio están los guías, los vendedores, los transportadores y las mismas agencias.

Se toma un bus en el Terminal de la ciudad de Santa Marta, y se viaja durante cuatro horas hasta la ciudad de Uribia, denominada “capital indígena de Colombia”,  luego de haber pasado por Riohacha, capital del departamento. Desde allí se parte en una de las tantas camionetas 4x4, que son características en la región –se dice que hay alrededor de 40 de ellas, dedicadas a traer y llevar turistas hasta el Cabo de la Vela; entre ellas se encuentran las venezolanas, que se identifican por sus placas blancas y las nacionalizadas que se identifican por las placas verdes y blancas–, y en las cuales se recorren casi 35 kilómetros por una recta pavimentada, a casi 38 grados centígrados, que se disipan dentro de la camioneta por el aire acondicionado, casi imperceptible. Por esta carretera aparecen camionetas desgastadas y viejas, de modelo 70, que van atestadas no solo de gentes, sino de remesas, cavas de icopor, petacos de cerveza Polar y todos los enseres que los nativos han conseguido en Uribia.

Una de las paradas obligadas es el municipio de Manaure; allí el ingenio del hombre le roba la sal al mar para subsistir. Las extensiones donde se seca y purifica este elemento natural dejan ver un paisaje blanco e inigualable, adornado de niños y niñas pidiendo dinero para llevar a su casa y comprar algo de comer; mala costumbre que prefieren, en lugar de ir a la escuela.

Luego se continúa el recorrido durante unos 20 minutos por una carretera destapada, de tierras amarillentas y rodeada de cactus –en el trayecto sólo se ven las estructuras de unos puentes para una imaginaria carretera, que cruzaría imaginarios arroyos, que fueron resultado de promesas de políticos de la región-, que desemboca en el inmenso desierto, en el que además de los famosos espejismos, producto del calor, solo se ven eventualmente habitantes de la región en bicicleta, además de las polvaredas que levantan las famosas 4x4.

Ya en el Cabo de la Vela, comienzan a aparecer las rancherías construidas con el característico yotojoro o corazón del cactus. Este corregimiento es un asentamiento a la orilla del mar, que va casi hasta el “Pilón de Azúcar”, una de las playas del lugar. Estas rancherías son utilizadas por los habitantes para albergar a los cientos de turistas que durante las temporadas de vacaciones visitan la región y que utilizan el popular chinchorro o hamaca para dormir. Claro que si el turista no se atreve a pasar una noche de este modo diferente, por sólo diez mil pesos más puede dormitar en una habitación en obra negra con cama. Las 59 viviendas, que el cuatro de abril de 2004, entregó el gobierno nacional, en cabeza del presidente Álvaro Uribe Vélez, para incentivar el turismo y alojar a más visitantes –inversión que tuvo un costo de 536 millones de pesos, con recursos del Banco Agrario, la Gobernación de la Guajira y el municipio de Urbilla–, hacen parte de los sitios destinados para la atención y alojamiento del turista.

Los habitantes de este corregimiento son alrededor de 1500. Los hombres se dedican a la pesca artesanal; las mujeres tejen mochilas, chinchorros y otros artículos; en éstos se ven reflejados los colores del mar y de la arena. Por ejemplo, hamacas con paisajes, nombres y sitios turísticos de la región que venden a los viajeros que aprecian este arte, cuyo precio es alrededor de $300.000, y que en las grandes ciudades puede llegar a costar hasta $1.500.000; una muestra más de que en este país no se valora lo suficiente el trabajo manual, no sólo de las indígenas Wayuu, sino de tantos artesanos y artesanas que trabajan con sus manos los recursos que les brinda el medio ambiente.      

Paradójicamente, este lugar bañado por el mar de tonos multicolores no tiene agua, no tiene acueducto, ni alcantarillado, ni red eléctrica, ni señal de celular, tampoco policía. Aunque es un sitio muy calmado y seguro y los habitantes manifiestan que nunca se presenta ningún conflicto, a la fuerza pública “solamente la  mandan en tiempo de elecciones” dice el médico rural, de quien no se pone en duda su capacidad y conocimientos, los cuales se verían muy limitados en una emergencia debido a que en el centro de salud solo hay instrumentos básicos para una sutura o en caso extremo para atender un parto.

En cuanto a la electricidad, es suministrada por plantas que son apagadas a las 10 de la noche. Por esta razón se puede apreciar en toda su magnitud el cielo estrellado, permanentemente invadido por las estrellas fugaces, quizás tan fugaces como los sueños de sus habitantes.

Las llamadas de celular son otro negocio de sus habitantes en época de turismo, claro que son teléfonos de la antigua tecnología y de aparatos llamados “panelas” que captan una mayor señal, ya que los celulares de tecnología 3gsm, no funcionan ni por equivocación, a pesar de que son de la última generación.

 El agua potable es traída en carrotanques desde Uribia, aunque en este municipio no es que la situación sea mejor. Para utilizar los baños y refrescar la arena caliente, los niños son los encargados de traer el agua en baldes desde el mar. Un compañero de viaje reflexionó sobre la utilización que se da a diario al agua; y es que sólo había opción de utilizar un balde de agua potable para el aseo del cuerpo, y lo mejor es que alcanza. Como es perceptible, aún no llega la anunciada “revolución del agua” que en 2004, prometió el gobierno central, en la misma entrega de las 59 viviendas. En el Cabo de la Vela un balde de agua le cuesta dos mil pesos a cada ranchería; por eso el conductor de la 4x4, gerente de la Cooperativa Multiactiva de Trabajo Asociado de Uribia Ltda. (Cootrauri Ltda.), con razón justificada al llegar a la ranchería Xiomy, anunciaba: “Bienvenidos a la tierra en donde el agua vale oro”.

 

 

 

 


 
 
 

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