En Ricaurte, Nariño
Frente a la muerte son frías las palabras

   
     

 

 

 

La misma historia la vivieron el 27 de mayo de 2004. En esa ocasión pasaron 45 días en el municipio de Ricaurte, al sur del departamento de Nariño. “Hace un año completito estuvimos en las mismas condiciones, fui una de las que aguanté”. Recuerda María Chirán mientras su mirada se pierde en ese “ladrón de leña” que siempre los acompaña, desplazamiento tras desplazamiento. A esta nueva historia se le suma la masacre de cinco indígenas Awá, justo cuando se celebraba  el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas y el retorno de muchos sin las garantías necesarias.

Por Nelly Valbuena Bedoya

nelly@laesquinaregional.com

(28-07-06) En la Escuela de Varones del municipio de Ricaurte Nariño permanecían cerca de 900 indígenas que tuvieron que salir del resguardo de Magüí el pasado 11 de julio. Los otros, casi cuatrocientos, se refugiaron en Altaquer y en las cercanías del resguardo. Alrededor de un fogón los recuerdos y temores de unos y otras se mezclaron a su antojo en la memoria que terca se negaba a dejarlos ir.

María Chirán es una mujer Awá de 66 años a la que le ha tocado vivir los dos desplazamientos de esta comunidad indígena. Las imágenes frescas aún se le revuelven por lo que pueda pasar cuando habla de lo que ocurrió esta vez. “Nos agarraron como se dice dormidos, al descuido. A las cinco y media de la mañana llegó el Ejército a la manera violenta y tiroteó una casa pensando que era de la guerrilla. Nosotros nos espantamos y apenas se acabaron los tiros, como a las once de la mañana, dijimos quizá ahora haya paz. Estábamos en esas cuando llegó una avioneta y empezó a tirotear encima de nosotros. Yo soy la celadora del colegio de Magüí y vivimos al lado, entonces nos quedamos esperando a ver qué iba a pasar y pasó todo el día de tiroteos. Como hasta las cuatro de la tarde la avioneta se perdió”.

Al otro lado del fogón una voz de hombre continúa el relato. “Nos dio mucho miedo, entonces nos arrinconamos en el colegio, estuvimos  allí bastantes personas, profesores, estudiantes, mujeres y niños. En la tardecita hicimos una comida y nos quedamos a dormir ahí. Como a las siete de la noche otra vez, fue como del largo de dos horas, fue un enfrentamiento de loma a loma y nosotros en el centro. Aguantamos toda esa situación dentro del colegio con los niños llorando. Los profesores que eran de Pasto no habían vivido nada de esto, estaban aterrados y nos daba mucha pena verlos que rodaban junto con nosotros. Porque  caíamos al suelo a proteger a los niños cada vez que oíamos los tiros y nos levantábamos cuando pasaban. Así amanecimos. No pudimos dormir ni un rato”.

En este centro del hogar improvisado en el patio de la escuela la palabra surge por momentos con la intensidad de las llamas que abrazan un fondo de aluminio. Una joven, que sentada en una piedra alimentaba a su bebé, dice: “Esa mañana llegaron otras avionetas pero se desaparecieron rápido. Entonces como a las diez de la mañana, dijo uno de los profesores –caminen mientras hay tranquilidad porque seguro esto va a seguir. Entonces la gente empezó a salir para sus casitas a comer algo”.

Doña María continúa, “un sobrino me dijo –arrancamos con ellos. Yo estaba muy nerviosa y no quería salir otra vez pero mi sobrino no me quiso dejar. De pronto jalé a los tres nietos y los seguí pero al rato ya me veía vencida, se me murieron las piernas, no podía caminar. Caminando ligero son como cinco o seis horas, pero ya caminando así como veníamos, era tremenda la bajada. Yo jalaba a los niños, algunos me ayudaban. La señora que prepara los alimentos del colegio se cayó y se dislocó la mano. Estábamos llegando a Vegas, como a las dos horas de camino empezaron a andar las avionetas. Eran como nueve andaban encimita, por arriba y parecía que ya nos iban a tirar a nosotros, ese era el miedo que nos daba, entonces con los profesores cogimos las banderas y trapos blancos y seguimos así, jalando a los niños. En la entrada a Vegas se me quitó la respiración un rato, algunas señoras cayeron al piso pero los profesores las levantaron. Empezamos a correr. Yo venía con otra señora mayor y no les igualábamos el paso. Un profesor nos dijo, no señoras –tomen agüita y háganle”.

En esa carrera y sin aliento llegaron a Altaquer pasadas las cuatro de la tarde. Ahí amanecieron. “Nos arrimamos a la parroquia y las hermanitas nos dieron comida. Yo estaba trastornada, no sé ni qué estaba comiendo. Al otro día desayunamos y echamos para acá para consultar con el señor alcalde a ver qué apoyo nos daba, porque había mucha gente y muchos niños. Desde ese día estamos aquí en Ricaurte”.

“Llegamos y fue un sufrimiento porque no nos prestaban un sitio para poder cocinar. Un día desayunamos como a las doce y amanecimos sin comer. Al otro día desayunamos a las doce del día y por la tarde el almuerzo fue como a las cinco. Después ya nos organizaron acá los de Camawari. Atención en salud nos han prestado y alimentación también pero no es aquí donde queremos estar. Lo que queremos es que nos colaboren para regresar a nuestro sitio y que nos den una buena garantía porque nosotros así por así no podemos irnos, nos da mucho miedo. ¿Qué tal que el camino esté minado? y nosotros tenemos que andar y caminar allá. Hemos sufrido mucho y estamos como se dice prisioneros aquí”.

“Si ve la señorita que está allá, ella es madre de tres hijos y le cayó la tiroteada pasando por un campo, no tiene marido, el marido se fue y la dejó hace seis años. La mayoría aquí son madres cabeza de familia y eso es lo que nos hace sufrir porque los niños lloran, quieren ir a la casa,  quieren desayunar y almorzar temprano y a nosotras nos da cosita como madres. Aquí no se puede cocinar como en la casa  que es una olla pequeñita y todo está rápido pero en estos fondos grandes se demora mucho”.

Fidencio Velenzuela, líder del resguardo de Magüí, mientras doña María hablaba él fijaba la mirada en las montañas y de repente tomó la palabra en una necesidad por contar lo vivido. “Eso fue terrible, el Ejército entró y la guerrilla bajó de por arriba de la montaña. El enfrentamiento fue ahí donde vive la población. De todas maneras la comunidad es la que está afectada. La salida fue por diferentes caminos. Unos salieron a Chucunez, otros a Altaquer, otros por San Pablo pero muchos no tuvieron tiempo de salir y acamparon en el colegio Agropecuario de Magüí, por eso es que ahí quedó un centro de concentración. Se llegaron a reunir unas 92 familias que hasta ahora están allá pero el Ejército se metió en medio de ellas y algunos se salieron. A los ocho días, el sábado y el domingo, formamos una comisión y estuvimos hablando con el Ejército, suplicándoles que se salgan. El Ejército se salió el día lunes como a las cuatro de la tarde. Lo que pedimos es regresar a nuestro territorio, porque de todas maneras la gente no está acostumbrada a estar en lo urbano. Les ha hecho mal la alimentación. Eso es lo que le estamos pidiendo a las autoridades porque el territorio es nuestro, nacimos y vivimos ahí. A la guerrilla también, como Resguardo, le hemos dicho lo mismo que se retire, que no se junte con la gente, que nos respeten nuestra cultura, que respeten a la gente civil, que no haya masacres dentro de la comunidad”.

Sin embargo, el pasado 20 de julio a las 7:45 de la mañana fue detenido Alonso Rosero Alguacil, integrante de la Guardia indígena del resguardo de Chagüí Chigusa quien fue sorprendido por miembros del Ejército Nacional, bajo el mando de “pibatá”, quienes a patadas y tirándolo al suelo frente a sus hijos y otros miembros de la comunidad se lo llevaron y lo retuvieron durante un día entero argumentando que era colaborador de la guerrilla.

Un joven que sostiene entre sus manos un pocillo con agua de panela deja escapar una especie de dolor por los animales. “La gente perdió muchas cosas. En el combate destruyeron el plátano, la yuca y la huerta del colegio. Dicen que el Ejército cogió las cobijas para alzar a los muertos que hubo. Los animales, las gallinas, los cuyes y los patos se murieron del hambre. Cuando regresemos no vamos a encontrar nada”.

Con la preocupación dibujada en el rostro Fidencio vuelve, “sabemos que los combates seguirán si no hay un acuerdo entre los grupos armados y el gobierno, pero los que estamos pagando esta guerra somos nosotros. Nuestra política como indígenas es diferente porque nosotros no estamos peleando con armas sino con las leyes que nos corresponden”.

A doña María le inquietaba todo pero la alimentación es la que desencadena todas las angustias. “Somos muchos y a pesar de que nos ha llegado ayuda, arroz, lentejas, frijoles, chocolates y plátano, no es suficiente,  nunca es como en nuestra tierra porque allá el plátano es al diario y se lo busca en la finca. A uno allá no le falta nada. Y aquí ni hablar podemos porque si uno habla nos dicen que todos somos guerrilleros y esa no es la forma, porque nosotros trabajamos y vivimos de nuestro trabajo. Aquí está la señora que es una de ellas que nació más adentro de la montaña y vive en Vegas y trabaja como ser un hombre y no le falta nada, sus marranos, sus gallinas y de eso vivimos en la finca pero ahora nos acaban y nos destruyen nuestros animalitos que han quedado todos allá botados.”

Itsmenia Chirán es la promotora de salud del resguardo de Magüí; en el pasado desplazamiento ella no pudo salir, está preocupada por los niños y las niñas que se están enfermando. ”La gente está pasando por un momento muy difícil. El salón de la escuela es muy estrecho. No es como estar en su casa y en el campo. Hemos tenido diarreas, enfermedades respiratorias, gripas y vómitos en los niños, los hemos tenido que remitir al hospital de Ricaurte y los casos más graves a Pasto”.

Para María Jesús Marín, Coordinadora General de Camawari, el problema más grave que tiene su comunidad es el desplazamiento masivo que se viene presentando. “Como en los territorios Awá se han metido los grupos ilegales, entonces en los enfrentamientos con la fuerza pública quedamos en medio. En esta ocasión tuvimos 1.283 desplazados del resguardo de Magüí con sus veredas, y también del resguardo Milagroso, del viejo Cabildo de Isipú, del Cabildo de La Esperanza y también de Cuascuabi; unas 83 personas se concentraron en el resguardo del colegio de Cumbay. En Cuchilla del Palmar estuvieron 45 por una parte y 50 por otra, en Bogotá Chiquito están otros pocos y los que están acá”.

Recibieron ayuda humanitaria de la Alcaldía Municipal de Ricaurte, de la Cruz Roja que vino a los dos días y de la Acción Social que trajo remesas, del Instituto de Bienestar Familiar y de Pastoral Social. El 27 de julio estuvo una delegación de Acnur, la Defensoría del Pueblo y la Policía. El Ejército y la Gobernación de Nariño no se hicieron presentes en esa reunión.

“…demonio de bolsillo, huracán escondido”

(8-08-06)  El temor que rondaba entre los y las indígenas Awá que viven selva adentro en la vía a Tumaco se hizo realidad en la madrugada del miércoles 9 de agosto cuando un grupo de encapuchados llegó hasta la vivienda donde dormía la profesora Awá Adelaida Ortiz junto a su hermano Jairo y su cuñada Marlene Pai.

Desde hacía 35 días ellos se refugiaban en diferentes casas del corregimiento de Altaquer debido a la intensificación de los combates entre guerrilla, 'paras' y Ejército en el municipio de Barbacoas. Junto a ellos también fueron asesinados Juan Donaldo Morán Moreano y Mauricio Urbano. Es importante recordar que Marlene Pai estuvo retenida durante una semana hace más de año pues en una detención masiva se le acusaba de colaboradora de la guerrilla. Igualmente Juan Donaldo Morán había sido retenido por el Ejército hace unos cuatros meses bajo el mismo argumento.

Doris Puchana, gobernadora del resguardo Chagüichimbuza, donde los cinco líderes Awá fueron asesinados, se salvó porque estaba en Bogotá cumpliendo con una invitación de Naciones Unidas para conmemorar  el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Roberto Meier, representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), confirmó que los encapuchados que cometieron el crimen llegaron preguntando por la gobernadora Puchana.

Para Luis Evelis Andrade Casama, Presidente del Comité Ejecutivo, de la Organización Nacional Indígena de Colombia, Onic, quedan muchos interrogantes  e incredulidad en la fuerza pública, “porque no entendemos cómo ocurre una masacre de éstas, en un albergue que está casi custodiado y asediado permanentemente por los militares. No entendemos y eso nos deja un mensaje de preocupación y desesperanza porque desde nuestra perspectiva no vemos garantías. Sabemos que los actores armados ilegales son ilegales, pero no vemos garantías en el Estado y su fuerza pública, porque nos atrevemos a decir que están contribuyendo, por acción u omisión, a la violación a los derechos humanos, o están cometiendo, por acción u omisión, violación a los derechos humanos y al DIH”.

Según el comandante de la Brigada 29 del Ejército, coronel Juan Pablo Maya, la responsabilidad de la masacre es de la columna Mariscal Sucre de las Farc pues argumenta que la guerrilla se opone al retorno de los  indígenas refugiados en Altaquer y en Ricaurte. Sin embargo llamadas telefónicas anónimas dicen que fueron los paramilitares. En la comunidad queda un sabor amargo pues la masacre se cometió en la vía al mar, donde hay presencia del Ejército y de la Policía  permanentemente.

El secretario de Gobierno de Nariño, Fabio Trujillo, dijo que los asesinos fueron nueve hombres, pero que no se sabe quiénes eran. En la zona se mueven guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes. En los últimos seis meses en la vía de Pasto a Tumaco se han vivido quemas de vehículos y enfrentamientos armados. En abril pasado murieron ocho campesinos e indígenas. Uno de ellos era el ex gobernador del resguardo de Pialapi, Manuel García.

De acuerdo con María Jesús Marín, en total, el pueblo Awá cuenta con cerca de 34000 indígenas, repartidos en cuatro organizaciones: la Federación de Centros Awá del Ecuador (FCAE), la Unidad Indígena del Pueblo Awá (Unipa) y el Cabildo Mayor Indígena Awá de Ricaurte (Camawari). A Camawari pertenecen  8.676 indígenas ubicados en los once resguardos  y dieciséis cabildos. “La guerrilla nos ha masacrado muchos indígenas, algunos hasta sin culpa, porque no investigan, por chismes, por sospechas. Las Farc nos ha matado a 22, el Eln once, cinco el Ejército, dos las Auc y dos la Policía. Sin contar esta masacre. En esta guerra los que estamos sufriendo las consecuencias somos los indígenas.  

Para Luis Evelis Andrade, esta masacre refleja la gravedad de la situación de derechos humanos y de DIH que están padeciendo los pueblos. “Están viviendo un señalamiento constante desde todos los ángulos. Por un lado la insurgencia los considera colaboradores del ejército y de los paramilitares; los paramilitares y el ejército los consideran de la insurgencia. Ellos están viviendo el drama de los colombianos que se encuentran en territorio de confrontación armada y lo más grave es que este hecho nos lleva a pensar que los indígenas no tienen la mínima protección”.

La necesidad pudo más que el miedo. El jueves 17 de agosto algunos indígenas ya no soportaron más las condiciones de hacinamiento y tomaron la decisión de regresar a sus viviendas bajo su propio riesgo pese al temor que existe por los enfrentamientos, por los caminos minados y por los comentarios que rondan en el ambiente de que la lista de milicianos es grande. En Ricaurte permanecen unos 300 indígenas. “Nuestros pueblos han hecho retorno público no oficial y eso en el fondo es una opción, una decisión deliberada de los indígenas pues es preferible estar en su territorio, aún corriendo riesgos, que estar viviendo unas condiciones de mayor indignidad en situación de desplazamiento”, argumenta Luis Evelis, de la Onic.

                                                                                               * Comunicadora Social-Periodista


 

 

 

 


 
 
 

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