José Carlos Paredes:
“Dudo de lo “políticamente correcto”
   
     

 

 

 

José Carlos Paredes es el periodista peruano que ganó el Premio 2006 de la Fundación Nuevo Periodismo, con el artículo “Las mentiras de un héroe oficial”. Una investigación periodística publicada en la revista “Etiqueta Negra” sobre el enriquecimiento ilícito y los vínculos que mantenía con el narcotráfico el ex ministro del Interior peruano Antonio Ketín Vidal. En “Etiqueta Negra” también publicó el reportaje “El Código La Pinchi”, una investigación que reveló por qué la cajera y mujer de absoluta confianza de Vladimiro Montesinos, Matilde Pinchi Pinchi, lo traicionó. Este trabajo fue finalista del Premio Seix Barral-Planeta de Crónica.

Su trabajo periodístico comenzó a aparecer en 1995, cuando era reportero del programa de televisión “Panorama”, en donde hizo pública la primera investigación sobre corrupción de Alberto Fujimori. El llamado “Caso Popular y Porvenir” puso al descubierto a un funcionario que desviaba fondos de esta compañía estatal de seguros para financiar ciertos gastos personales del jefe de Estado. En 1997 pasó a formar parte de “Contrapunto”, que entre otras investigaciones develó casos de tortura, espionaje telefónico y las millonarias cuentas en el exterior del ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos.

Actualmente José Carlos Paredes es productor periodístico de “Reporte Semanal”, programa de actualidad de Frecuencia Latina. Dice que con el dinero del premio concluirá los proyectos que le esperan hace meses: un documental sobre la vida del general Vidal y un libro, basado en Matilde Pinchi Pinchi, la amante y tesorera de Vladimiro Montesinos.

Curiosamente este reportero de televisión fue el ganador del premio más prestigioso de la prensa escrita iberoamericana. He aquí algunas de sus claves sobre el periodismo de investigación, la perseverancia en el oficio y cómo la televisión puede ser una herramienta interesante para la prensa escrita.

"Entrevista para La esquina regional"

L.E.R. ¿Qué significa para usted el premio?

José Carlos Paredes. Una reivindicación para el periodismo de investigación peruano que en la década del 90 trabajó en medio de amenazas y restricciones para acceder a la información pública. Es un premio a la perseverancia.

L.E.R. ¿Cómo fue el proceso de investigación de “Las mentiras de un héroe oficial”? 

J.C.P. Esta investigación me permitió ser cazador y recolector a la vez. Fue un trabajo por etapas y acumulativo. Al principio, la investigación sólo se centró en las supuestas propiedades inmobiliarias del general Ketín Vidal, quien había sido denunciado por un corredor de bienes raíces que antes había trabajado para él. Logré publicar un reportaje en el programa “Panorama”, de Panamericana Televisión. Entre el 2002 y el 2004 publiqué otros dos reportajes más en televisión, el último en el canal Frecuencia Latina. Cuando uno publica un reportaje en el horario estelar del domingo –sobre todo si es una denuncia contra un funcionario público–, al día siguiente suele recibir innumerables mensajes de correo electrónico y llamadas telefónicas de gente que, en la mayoría de los casos, pide el anonimato a cambio de ofrecer más información. La televisión llega a miles de personas y muchas quieren hablar. Eso es lo bueno y lo malo de la televisión: que estamos expuestos a la mirada de millones, y, entre esos millones, siempre hay información. Fueron cerca de tres años de trabajo hasta completar los cinco casos que después formarían la historia sobre Vidal que publiqué en la revista “Etiqueta Negra”. Lo más importante de una buena historia no sólo pasa por escribirla bien, es vital tener información no conocida pero verificable para que sea sorpresiva y poderosa. Pero así como un programa de reportajes en televisión te da mayores posibilidades de impacto, una revista de crónicas te da una mayor posibilidad de reflexión y de construir un significado mayor más allá de una denuncia. Creo que ambos medios y lenguajes, a veces tan opuestos, se complementaron y enriquecieron la versión final de mi historia, una más completa, significativa y contundente que fue la que publiqué.

L.E.R. ¿Cómo fue la consulta de fuentes?

J.C.P. Primero indagué en la Oficina de Registros Públicos, donde se inscriben las propiedades inmuebles, buscando verificar si era cierto que el general Vidal tenía tantas propiedades como me decían mis informantes. Luego busqué en diversas notarías públicas los detalles de la compra y venta de las casas vinculadas al general. Después, cuando tuve información acerca de su posible relación con el narcotráfico, indagué en los archivos del Palacio de Justicia para encontrar los expedientes judiciales referidos a un escándalo de los años ochenta, la explosión de un laboratorio de droga instalado en una casa de una zona residencial de Lima. Me encontré con un conjunto de 120 volúmenes con miles de hojas. Allí, refundida estaba la clave de la investigación, un “Atestado policial”, que había desaparecido de los archivos de la policía del Perú y que tenía detalles sobre el probable compromiso de Vidal con la banda de narcotraficantes que fue capturada luego de la explosión de la casa. Un "Atestado policial", es el documento que hace la Policía después de investigar un delito y que sirve como base para el inicio de la investigación judicial.

En otro tomo, encontré declaraciones, donde el general Vidal acepta que recibió regalos, prebendas, y que hasta mandó tarjetas a su nombre, como coronel de la policía peruana, al Consulado de México en Lima pidiendo visa para dos hombres de la organización de Reynaldo Rodríguez López, alias “El padrino”. Otros documentos también hablaron: un informe de la Contraloría General de la República sobre los montos secretos cobrados por el general Vidal cuando era jefe de la policía antiterrorista y de los cuales no dio cuenta nunca. El saldo fueron varios miles de papeles, públicos y privados (como cartas personales de Rafael Valverde Lind, un capitán en retiro, protagonista de uno de los capítulos de la historia que publicó “Etiqueta Negra”), que me dieron muchos insumos para confirmar o reconstruir las historias que ya me habían contado los testigos.  

L.E.R. ¿Cómo fue el proceso para organizar la información, la escritura para lograr un balance en el texto?  

J.C.P. Las tres cosas no fueron fáciles. En todas hubiese fracasado si no hubiera tenido a mi lado a los editores de “Etiqueta Negra”. Sobre la información, fue fácil organizarla y con los años uno va creando un método personal de clasificación. Lo difícil, fue conseguirla. Con algunas fuentes demoré más de dos años en convencerlas de que revelasen algún secreto o que decidieran contarme parte de su vida, muy íntima, a veces dolorosa. En cuanto al balance final, la visión menos apasionada de los editores corrigió mis excesos. Más que de redacción, fue un trabajo de escritura de la historia de casi tres meses, supervisado muy de cerca por ellos. Antes de empezar a escribir, pasé por un taller personal de lectura y escritura organizado por Villanueva Chang. L.E.R. ¿Era la primera vez que escribía un texto para prensa? J.C.P. Fue la primera vez que asumí el reto de escribir una historia de esta dimensión. Había tenido una pequeña incursión en prensa escrita, con una columna para una revista de inmigrantes peruanos en el Japón, pero nada como esto.

L.E.R. ¿Cuál fue la reacción del general y de la prensa peruana tras sus denuncias?

J.C.P. En el 2002, después de los primeros reportajes para televisión, el general Vidal dio una sola entrevista, en un canal de cable. Ahí amenazó con denunciarme penalmente y reiteró que todo era una campaña de desprestigio. Me atacó. Me acusó de fujimontesinista. Cuando en agosto de 2004 se publicó la historia completa en “Etiqueta Negra”, el general optó por el silencio. No respondió a ningún medio de prensa. Pero la segunda semana de septiembre de 2004, el diario “El Comercio” de Lima publicó una extensa nota sobre Ketín Vidal, aparentemente con ocasión del doceavo aniversario de la captura de Abimael Guzmán (adjudicada al general por gran parte de la prensa y la ciudadanía). A veces creo que esta investigación de tres años no existe para algunos colegas. Vidal nunca me denunció penalmente y sólo se dedicó a defenderse en el Poder Judicial, donde hasta ahora sigue abierta una causa por enriquecimiento ilícito en su contra.

L.E.R. ¿Ha recibido amenazas?

J.C.P. Al principio hubo llamadas telefónicas anónimas, después correos electrónicos intimidatorios y, al final constantes ataques personales intentando desprestigiarme profesionalmente. Más que el general Vidal, los autores de las amenazas anónimas eran personas comprometidas con parte de su patrimonio indefendible, y que están procesados penalmente como cómplices.

L.E.R. ¿Cómo define la obsesión en el periodismo?

J.C.P. Necesitamos una cuota importante de ella para superar los grandes retos. Ahora le agradezco a mi “obsesión”. Sacrifiqué durante meses mi tranquilidad familiar, fui víctima de amenazas, perdí la amistad de algunos periodistas que, por investigar a “su amigo”, me atacaron. Me dijeron desde fujimontesinista hasta sicario, pero la obsesión fue el único combustible de mi trabajo, una suerte de sed que el tiempo –y las nuevas revelaciones– me han dado la razón.

                                                                                   Fotos Cecilia Larrabure (Perú)

L.E.R. ¿De qué duda?

J.C.P. Dudo de lo “políticamente correcto”, del consenso general, de lo que todo el mundo aprueba o acepta como válido. Ahí están las historias más increíbles. En países como los nuestros, sin instituciones del Estado sólidas e independientes, con un alto grado de corrupción, la prensa sigue siendo la única esperanza para poner en evidencia a quienes cometen delitos desde el gobierno. Por instinto me encanta seguir a personajes públicos demasiado perfectos para ser verdaderos: honrados, desprendidos, buenos profesionales, excelentes jefes, inteligentes, filántropos, y con diez cualidades más. Casi sin defectos.

L.E.R. ¿Cuál es la situación del periodismo de investigación en el Perú?

J.C.P. En Perú el periodismo de investigación tuvo un avance, desarrollo y protagonismo en la década del 90. Eso tiene que ver con el proceso político (dictadura de Fujimori y Montesinos). De hecho se presentaron varias investigaciones periodísticas que destaparon casos muy sonados de violación de derechos humanos (Ejecuciones extrajudiciales, caso La Cantuta y Barrios Altos, torturas y descuartizamiento a agentes de la inteligencia militar por haber filtrado información a la prensa, espionaje telefónico a políticos de oposición y periodistas independientes,  etcétera), de corrupción al más alto nivel del gobierno (terminó de manera obscena con el régimen después que se filtró un video que probaba un soborno a un diputado de oposición  y después vinieron una cantidad de videos que mostraban cómo se había comprado por millones de dólares a políticos, dueños de medios de comunicación, artistas, líderes de opinión etcétera). En todo esto tuvo que ver un grupo de periodistas honestos e independientes que hicieron su trabajo, porque, como suele pasar en dictaduras, también hubo del otro equipo, periodistas que se vendieron a la dictadura. Ahora, creo que, a pesar de la experiencia de la década pasada, no estamos tan bien. Se peca de "denunciología", es decir denunciar por denunciar sin un mínimo de rigor o importancia del caso, como si hubiera una carrera loca por saber quién o qué medio tiene más denuncias en su record, sin ningún criterio de importancia o impacto en la sociedad.  Se trata con el mismo interés un viaje frívolo del Presidente, que puede ser un exceso o una licencia criticable pero no punible,  que una licitación de 200 millones de dólares, de la cual depende la calidad de vida de miles de peruanos. Esto pasa porque también falta preparación especializada en la prensa, pocos medios se preocupan por mejorar el nivel de sus periodistas. En general, actualmente el periodismo de investigación en el Perú anda enredado en temas menores o domésticos y está dejando de ver cosas más importantes, como por ejemplo, la "corrupción corporativa", que tiene que ver con los grandes sobornos de las transnacionales para hacer también grandes negocios en nuestros países. Estamos acostumbrados sólo a ver un lado de la corrupción y no entendemos que este fenómeno es de ida y de vuelta. Detrás de un gran corrupto hay un gran corruptor.

L.E.R ¿Cuál es la situación en América Latina?

J.C.P. No conozco al detalle el trabajo en todos nuestros países, pero de lo que he leído o por el intercambio de experiencias con algunos colegas puedo decir que  me gusta lo que están haciendo en Brasil, he seguido el trabajo de algunos amigos que realmente han destapado cosas importantes con constancia y buen olfato. En Colombia, según algunos medios que he leído, creo que sufren de lo mismo que nos pasa acá: los periodistas no tienen el espacio ni el apoyo para hacer investigaciones profundas a mediano plazo (los medios siempre te piden cosas para la semana, el cierre mata las buenas intenciones). En general, considero que en nuestros países un sector importante de la prensa intenta cumplir con su tarea seriamente pero hacen falta más recursos y preparación de los periodistas. Esa es tarea también de las facultades de periodismo y de los propios medios de comunicación que no invierten casi nada en ese rubro. Sin embargo, no todo está perdido hay iniciativas interesantes, como la de ustedes, de Ongs y de la propia Fundación Nuevo Periodismo que, creo, podrían cambiar la tendencia en los próximos años.

 


 

 


 
 
 

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