Omar Torrijos.

Los versos del general                                                   

   
     

 

 

 

¿Quién ideaba los petardos? El poeta José Franco revela detalles desconocidos de Omar Torrijos, a propósito del vigésimo quinto aniversario de su muerte.

 

Por Jorge Iván Mora*

jorgeivan@elcolombianodepanama.com

Veinticinco años después, sentado en el mismo lugar, en la silla esquinera de un  juego de mesa del restaurante Manolo de la Via Veneto en Ciudad de Panamá, con la puntualidad de un diplomático del primer mundo y la exuberancia de un intelectual curtido de versos, José Franco, el poeta de nacionalidad panameña, sorbía un café capuchino a la espera de la cita. Acaso recordaba en su silencio anárquico la emoción triste de la noticia de la muerte del general, veinticinco años atrás, y los apuntes dolidos en papeles simples que iban y venían de sus manos a las del Presidente Jorge Illueca, llevados por el  periodista Fernán Molinos, con el deseo único de consagrar lo que sería el epitafio que animara finalmente  la tumba del líder fallecido. Epitafio que fraguó al fin, redactado por el poeta y el estadista, en medio de exhalaciones de pena, llamadas telefónicas y rumores inciertos. Y que por decisión del presidente Illueca su trascripción se perpetuó en moldes de bronce sobre una considerable placa que permaneció en su sitio hasta la noche oscura de la invasión a Panamá por parte de los marines norteamericanos, aquel diciembre de 1989. 

Poeta José Franco

En mi presencia el poeta no recitó el epitafio. O no quiso recordarlo, y prefirió asegurar  que el único que lo conserva hoy es el periodista Molinos. En cualquier caso no importa. La cita era para hablar de la vida y no de la muerte, a pesar del sueño incómodo de un libro sobre la mesa, que resultó ser un best seller y  reúne dos novelas cortas escritas por el bardo sobre el drama de Panamá, cuya carátula no me ofreció buenos presagios. La sola lectura de los títulos intimida: ‘Las Luciérnagas de la Muerte’ y ‘Operación Plutonio 239’. Quien las haya leído sabrá que el amor se encogió en las sombras de los muertos que iba dejando la invasión y se fugó irredento con el horror dibujado en un dolor de pecho que se quedó para siempre. Este tampoco era el motivo de la cita. Lo pertinente era intentar saber como un poeta y un militar golpista habían hecho una  amistad fraternal.

La historia íntima es que un político de raigambre liberal, José del Carmen Franco, padre de José Franco, era Ayuntador o diputado de la Provincia de Veraguas, y vivía en su distrito, Calobre. Y José María Torrijos, era maestro en los campos de Santiago y era padre  de Omar Torrijos.  Ambos pertenecían a la estirpe de los hombres de principios y franquearon una profunda amistad que los llevó a encontrarse para siempre y en la que cada cual edificara un escenario de presencias. Unas veces, José María, como educador, y otras veces, José del Carmen, como líder cívico. No era casual que coincidieran en la visita a una cárcel, en la promoción de un centro de salud, en un entierro, o en una tertulia.

El joven Omar cursaba tercero en la Escuela Normal y el joven José en primer año, y los dos simpatizaban con las luchas estudiantiles de la época marcadas por el entusiasmo socialista que traían en sus bártulos profesores exiliados, chilenos y costarricenses.  Sin ser amigos, militaron en lo que se llamó ‘Vanguardia Idealista Juvenil’. Por los lazos de sus respectivos padres, la amistad de José era con la hermana de Omar,  Aurea Torrijos, y especialmente con Moisés o “Monchi”, hermano mayor, con quien compartía la poesía y el periodismo.  Su vínculo personal con Omar vino cuando él era subteniente y asistían a unas reuniones todos los sábados en casa del historiador Juan Antonio Susto. “Se reunían los doce preclaros de la época: Roberto Royo, Domingo H. Turner, José Guillermo Batalla… los doce apóstoles,  sin duda, lo que fue la escuela intelectual de Omar”, afirma el poeta. De ahí salían a tomar cerveza, pero como no tenían dinero y Torrijos era oficial, los cantineros les mandaban el trago o se iban sin pagar. Por eso Franco puede decir, como lo ha dicho en otras oportunidades, que fue amigo de Omar cuando eran pobres, y que nunca abusó del poder. “Me han dicho anarquista, pero he sido siempre un hombre de pensamiento libre, de izquierda moderada, y siempre renuncio a todo lo que me huele a podredumbre”. Pareciera una respuesta a sus detractores o a quienes quisieran desvirtuar su relación de corazón con el militar panameño que  conquistó la solidaridad de América Latina.

El vínculo personal desembocó en otro no menos poderoso. La amistad política  surgió cuando la esposa de un oficial de la Guardia Nacional, Celma Thomas, llamó al poeta para decirle que le prestara su casa para una reunión que tenía con oficiales porque Omar se consideraba humillado por el presidente Arnulfo Arias, que lo había enviado a El Salvador de Agregado Militar, y que le exigió bajo la orden de que desfilara frente a él. Dijo que sí, claro, que fueran. Se reunieron con diez oficiales que luego dieron el golpe de estado. “Omar nunca olvidó ese detalle mío”, refiere José Franco, y recuerda que lo mandó a muchas misiones importantes que no fueron registradas por el servicio de seguridad de la comandancia, hasta que un día Noriega lo descubrió. “Lo que hizo fue reírse”, apuntala el poeta. Las misiones contemplaban la solicitud de dinero y los inicios de gestiones de  préstamos bancarios para consolidar el movimiento revolucionario. Para ese tiempo, José Franco era editorialista de uno de los mejores diarios panameños, El Mundo, y lo habían nombrado Embajador en Colombia. Querían que se identificara con el partido liberal, y Carlos Lleras Restrepo, que era presidente, lo recibió cordialmente en el Palacio de San Carlos, junto al ingeniero David Samudio, Hernán Porras y Manuel María Valdés. Samudio era candidato a la presidencia de Panamá, y les interesaba conocer el sistema de propaganda política del diario ‘El Tiempo’. “Fue en Bogotá donde me informaron sobre el golpe de estado,  fue una embajada fugaz”.

Después del golpe, el poeta fue enviado por Omar Torrijos a Uruguay, en calidad de embajador. “Ten cuidado”, le dijo, “trata tanto a la izquierda como a la derecha”. Allí duró dos años. Monchi, el hermano de Omar y el amigo de profesión de José, salió para Argentina, también como embajador. El poeta cumplió su misión, a su modo. Recitaba por separado poemas a la izquierda y a la derecha uruguayas, y en esencia intercambiaba ideas con voceros o simpatizantes de ambas tendencias, de manera que el ejercicio le alcanzó para publicar un libro clandestino, “Horas testimoniales”, en el que habló sobre los tupamaros. Exaltó la lucha valiente de Raúl Sendi y Violeta Cetelich, líderes del movimiento insurgente clandestino, y de una   estupenda mujer de la aristocracia con quien degustaba exquisitos vinos. “Resultó ser tupa”, confiesa reído. A la par, se hizo amigo íntimo del abogado de los tupamaros, Hugo Batalla,  más tarde vicepresidente del Uruguay, con quien  se escribía de modo permanente. Batalla lo visitó muchas veces  en Panamá.

Algo intuyó Torrijos, que trasladó a su hermano Monchi a Panamá y al poeta Franco para Argentina. Como siempre, primaban las advertencias. Como diplomático el gran cuidado era que los oficiales de Uruguay y Argentina venían a entrenarse a las bases norteamericanas en Panamá, en la Escuela de las Américas. Por esa relación finísima con la izquierda y con la derecha, a la vez, los nombres de esos oficiales, quienes tenían que pasar primero por su embajada, eran de dominio secreto. Torrijos le dijo: “Si un día saben los nombres, o sales bien o te guindan por los güevos”.

En Argentina estuvo tres años, y aunque no le fue mal, tampoco le fue mejor. Se acercó a los banqueros, que le prestaban plata a Panamá cuando comenzó el golpe, pero también conversaba animadamente con los personeros políticos del movimiento rebelde Los Montoneros. Un día, nunca se supo quienes, secuestraron a sus hijos. Por fortuna por un día. Y otro día balearon la embajada panameña en Buenos Aires. Tampoco se supo cuáles fueron los móviles.

Regresó a Panamá llamado por el general. “Me pidió venir y me nombró miembro principal y redactor de la Constitución, con Adolfo Ahumada, Reyna Torres de Araúz, Joaquin Veleño, Aura Lescuire de Russo, Rafael Murgas, Hugo Giró…”.  Torrijos comentó entonces: “Solamente quiero tres abogados y los demás, humanistas, ingenieros, novelistas, poetas, antropólogos, profesores”. Una decisión de corte dictatorial interesante para evaluar la intencionalidad pluralista del pensamiento de Torrijos.

En Panamá el poeta Franco volvió por sus fueros de editorialista y se movió entre uno y otro medio local importante en aras de consolidar el proceso revolucionario desde una perspectiva social. Varios medios de comunicación habían sido expropiados y controlados por el nuevo régimen y en ellos se expresaban los promotores y simpatizantes del llamado proceso. Aunque disponía de la total confianza del general, y en parte por eso mismo, José Franco no tragaba entero. Con el paso de los días algo empezó a cambiar al interior del poder. El general Torrijos, que tuvo una gran formación a nivel de  historia  e intentaba hacer versos que el poeta corregía, no podía ser ajeno a las señales.

 En alguno de esos medios, Franco se inventó una columna llamada “Versos perversos” firmada bajo el seudónimo de “Lona Kid”. Y en otro, una columna que llamó “Décimas depurativas”. Era la época de negociaciones con Estados Unidos acerca del tratado canalero, y por esas columnas se destilaba la inconformidad frente a las negociaciones mismas. La mayoría de los ‘versos perversos’ eran ideados por Omar, y en ‘décimas depurativas’, aparecían versos satíricos, violentos,  en los que atacaba a los ministros.

Una mañana el país político se sorprendió con un editorial que escribió el poeta contra los negociadores. “Me cayeron encima todos los funcionarios públicos y la familia Torrijos diciendo que yo era un desagradecido y traidor, pero la sorpresa fue que Omar les dijo que nunca quedó satisfecho con las negociaciones”. Testigo de esto fue Nicolás González Revilla. “Nos reuníamos los tres para tirar los petardos”, asevera Franco contando una parte de la historia que tal vez Panamá no conoce. “Desde esas columnas, Omar acusó a vicepresidentes y ministros de ladrones”, remata el poeta como para que no queden dudas de sus asertos.

Iconoclasta, como ha sido, José Franco fue a parar de Director del diario ‘La República’. El gobierno nacional y la Corte Suprema de Justicia le quitaron el derecho al trabajo a Lucho Pimentel, Milciades Ortiz, Miguel Antonio Bernal y Julio Ortega, periodistas opositores del gobierno. “Yo me fui en contra de Omar y de todos”, enfatiza.  Publicó en primera plana las cuatro fotos de los periodistas botados; escribió el editorial en portada con su nombre; también su columna “Línea de fuego”, que escribía con el seudónimo de ‘Maquiavelo’,  para no comprometer el periódico; cerró la oficina y se fue.  A los dos días, los sabuesos de Omar lo encontraron en Contadora y le pidieron que fuera a una reunión. “Te tiraste sin paracaídas”, le dijo el general al poeta, “pero a quien escribe con su nombre hay que respetarlo. Pero además, creo que tienes razón”, concluyó Torrijos. Y la discordia se zanjó.

Con algún aire de nostalgia, al poeta José Franco le asiste la convicción de que el sector humanista salió decepcionado del ‘proceso’. Quedó en manos de los abogados. Se fueron Joaquín Beleño, Reyna Torres de Araúz, pero mantuvieron el contacto personal.

Mucho tiene por decir el poeta, pero en fin, que lo demás en esta cita son apariciones del pasado y percepciones acerca del hombre controversial que puso a Panamá en la historia grande. Recuerda que al morir el presidente Ricardo J. Alfaro, Omar Torrijos le dijo que fuera a la casa del historiador  Juan Antonio Susto y le pasara la pensión de Alfaro a Susto. El historiador le dijo: “Acepto si le dan la mitad a Domingo H. Turner”. Franco se lo dijo a Torrijos y este contestó: “Fíjate la calidad de estos hombres, constructores de la nacionalidad y de la liberación nacional”.

Recuerda los deslices bohemios con el maestro Rafael Escalona, entonces Cónsul de Colombia en Colón, por voluntad de Alfonso López Michelsen. El carismático Omar cantaba vallenatos hasta desbordar la noche sin tiempo, y los tres terminaban sumidos en el sopor alegre de los parrandos. Destaca lo humano del general y su gratitud de principio. Porque decía constantemente que hay dos enemigos del ser humano: el que traiciona su clase social y el malagradecido. Comenta el sentido de observación que tenía. Cuando Alfonso López llegaba a Panamá, preguntaba por el poeta. Y Torrijos le decía a Franco: “Fíjate, el título de poeta es el que vale”. “Admiraba eso y decía que las revoluciones las habían hecho los poetas. Considera que la importancia de Omar fue que le dio poder a las clases campesinas y a la clase media, y lamentó que Panamá sea un país de glamour. Vivió de cerca la  pasión del líder militar por la poesía y retrotrae imágenes de él en distintos momentos recitando a Rafael Pombo. No olvida que cuando salió a la luz pública su libro de versos “Panamá defendida”, Omar Torrijos mandó a imprimir 100.000 ejemplares para que fueran repartidos en todas las escuelas de Panamá. Y repite lo que el general pensaba de la geopolítica: “Hay que estar bien con los vecinos, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos”. Concluye que nunca Panamá ha tenido contradicciones con Colombia y que los reflejos internacionales son los que nos han chocado. Y cree con marcada certeza que el general Omar Torrijos Herrera, era un romántico. “Tenía esa tradición colombiana y por eso le gustaba el folclor de allá, los pasillos, el vallenato, la cumbia, los bambucos…”Son en todo caso, infinidad de recuerdos del general de los versos, que una vez conoció el poeta cuando eran pobres, inclusive, hasta el fin de sus días.

*Director Periódico El Colombiano de Panamá

 

 


 
 
 

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