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El día que Silvio Jiménez se muera, lo enterrarán con la indumentaria de capitán de una de las danzas de diablos del Corpus Christi más antiguas de Valledupar. Cometería un grave error aquel que pensara que ese requerimiento es apenas un capricho de última hora, porque la decisión la ha repetido en el transcurso de los cuarenta años que, hasta el sol de hoy, lleva involucrado en esta tradición cultural religiosa por petición expresa de su suegra, quien le delegó la responsabilidad de continuar con la promesa de vida que desde 1819 ofrece la dinastía Galindo al Santísimo Sacramento.
Por Luis Barros Pavajeau
pavajeau68@hotmail.com

Debajo de la sombra de uno de los últimos árboles de cañahuate, que acabaron por darle el nombre a este barrio de callejones intercomunicados, Silvio Jiménez no oculta el engreimiento de haber cumplido, a pesar de todas las dificultades, con el ceremonial de esta fiesta católica entretejida desde tiempos remotos a los rituales prehispánicos para festejar el solsticio de verano que inauguraba un nuevo ciclo de cosechas.
“Uno sin música no es nadie”, afirma el viejo Silvio, refiriéndose a su danza que marcada a punta de caja y acordeón recorre con cuatro rutinas de baile, sin darle jamás la espalda al Santísimo, los altares armados al paso de la procesión. “La cosa no se trata de disfrazarse y aprenderse unos cuantos pasos, eso lo podría hacer cualquiera, los diablos deben ser dueños de una franqueza de sentimientos, para que se vea la coquetería que tiene la danza.” Y con la sabiduría de la experiencia, inspecciona los ensayos unas semanas antes de la celebración, rectificando los movimientos torpes e imprecisos de los nuevos danzantes, para que sus cuerpos acaben por aflojarse al restallido de las castañuelas, al cimbreo de las espuelas y a la vibración de los cascabeles amarrados a sus rodillas. Los frutos de la recompensa son recogidos exactamente el domingo siguiente a la octava semana después de Pentecostés, cuando atalajados de bombachos de satín brillante, polleras rematadas de cascabeles de bronce, petos con lentejuelas y cintas multicolores, máscaras de anjeo fino con cachos y lenguas coloradas, cueros de ovejo blanco lanudo adornados con espejos y cuadros de imágenes santas, la danza de diablos precedida con tres toques de tambor, realiza sus oraciones cuando viene apuntando la aurora.

Entonces en plena calle ante los ojos de los espectadores que improvisan un redondel, se lleva a cabo uno de los espectáculos más vistosos de esta fiesta; la danza de diablos alterna pasacalles y rutinas, sacudiéndose en puntas de pie en juegos de espuelas y brazos, ya que los rituales de la ceremonia arrancaron la víspera cuando Silvio Jiménez, el diablo mayor, llegó hasta las puertas de la iglesia de la Inmaculada Concepción entre un rebatir de campanas, soltándole tres versos al Santísimo. Una vez finalizada la procesión, desatendiendo el calor que va sudando el día, la hermandad de diablos sigue su camino hacia el Cementerio Central para rendirle homenaje a sus compañeros difuntos, porque en últimas, esta celebración transida de sincretismo religioso es un acto de memoria inserto en un tiempo sacro circular, en donde el olvido de los antepasados es considerado poco menos que una maldición.
Esta peculiar danza también posee un lenguaje simbólico que a simple vista está vedado a cualquier persona ajena a la hermandad, incapaz de descifrar los rostros del disimulo amarrados a las máscaras, los intersticios de ruidos y silencios, las oraciones secretas y los espejitos cosidos en las capas de lana destellando a la salida del sol, como reafirmando la existencia entera de los ejecutantes, ante el embate del caos habitado por un mundo de sombras que engrosan la oscuridad.
  
Fotos Luis Barros Pavajeau
Y así seguirán danzando como una gran familia los diablos del Corpus Christi, negándose a dejarse sepultar por las modas fugaces de los tiempos nuevos que fueron transformando El Cañahuate, ese barrio de casas de bahareques y techos de palma amarga, en donde los amores se echaban a andar a base de papelitos en cualquier domingo de Minerva, porque sin tradición, serían incapaces de comprender el escenario completo de su mundo.
El día que Silvio Jiménez se muera, lo van a tener que enterrar con el bastimento que lo distinguió como capitán de danza de los diablos del Corpus Christi. No es ningún afán de viejo achacoso. Quizás él sospeche que una vez en la otra orilla en compañía de sus ancestros, se internará a bailar con todos sus ruidos, en una fiesta grande por el resto de la eternidad.
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