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Después de ocho años, el pasado 15 de septiembre, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por la masacre de Mapiripán (Meta) ocurrida entre el 15 y el 20 de julio de 1997. Durante esos cinco días un grupo de paramilitares privaron de la libertad, torturaron y asesinaron a por lo menos 49 personas, algunas de las cuales, luego de ser desmembradas, fueron arrojadas a las aguas del Río Guaviare.
En su sentencia, la Corte reconoció la colaboración, apoyo, aquiescencia y tolerancia brindada por agentes estatales por acción y omisión, al grupo paramilitar que cometió la masacre, lo que constituye un significativo avance en la lucha contra la impunidad y en la garantía de los derechos a la verdad, justicia y reparación integral de las víctimas de esta masacre, y de graves violaciones a los derechos humanos en Colombia y en el hemisferio.
La Esquina Regional en memoria de las víctimas de esta masacre, publica el relato de uno de los familiares que a través de los recuerdos y del universo de las palabras, nos cuenta cómo fueron esos tenebrosos cinco días.
Por Adriana H. Cuellar Ramírez*
colect@etb.net.co

Por lo que escuché, esos señores aparecieron a las seis de la mañana del lunes, vestidos de militares, por eso el pueblo creyó que era el Ejército el que había llegado. Golpearon la puerta buscándolo por su apodo, “Catumare”. Él no les quería abrir e incluso, intentó volarse por el tanque que queda en el baño. Acababa de bañarse, estaba sin chanclas y sin camisa. Lo sacaron para el kiosco de la esquina, mientras le saqueaban toda la pieza. Voltearon el colchón y pusieron todo patas arriba. Luego lo dejaron entrar para que se pusiera la camisa y los zapatos, no las sandalias, –porque mucho les iba tocar caminar–. Al solicitarles que le devolvieran lo que habían sacado, le dijeron que a donde iba no necesitaba nada, que no se preocupara, que dejara eso para los pobres. Así fue que se lo llevaron.
Mi papá me había comprado una casa, para que fuera allá con mis hijos. Al fin y al cabo como eran los nietos, él los quería tener cerquita. Incluso ya había hablado con el colegio y todo estaba listo para esa semana. Pero el lunes llamé y nadie me contestó, al igual que el martes y el miércoles. Al otro día dieron la noticia por radio. Había habido una masacre en Mapiripán y entre las víctimas estaba él.
El martes dizque lo pasearon por todo el pueblo. Con las manos hacia atrás, miraba de reojo a todo el mundo, bajo el sombrero. Al llegar al billar “El ganadero” le preguntaron que dónde tenía la otra plata, que él era el viejo más rico del pueblo. Cuando llegaron allá, cargaron con todo. Fueron tan conchudos que se sacaron hasta un ajedrez que mi hijo le había regalado una navidad pasada. Después de ese día, se la pasaron allí metidos, desde por la mañana hasta por la noche. Lo que no gastaban, lo botaban.
Mi viejo era el que legalmente nos mantenía. Me mandaba de Mapiripán plátanos y mercado. También me enviaba plata para pagar el estudio de mis hijos. Mensualmente me regalaba 200 o 300 mil pesos y aparte de eso, por ejemplo cada dos meses, él subía hasta el pueblo y me hacía remesa, —para que los niños no aguanten hambre, decía. Compraba la leche y la colada, para la bebe recién nacida. Luego se iba diciéndome que me quedara tranquila, que estaba organizando una casita en el pueblo, para que viviera allá con mis hijos y se dieran gusto jugando en el solar.
El miércoles en la noche, lo sintieron. Luego de apagar la planta escucharon como lo martirizaban. “Mátenme, si me van a matar, pero no me hagan todo esto”, dizque decía. Fue a la única persona que esa noche oyeron lamentarse.
Mi papá parecía un culebrero. Usted le decía que necesitaba una pastilla. “¿Y eso, usted qué tiene?” Y ahí mismo le sacaba la droga. Vendía de todo lo que hay. No había nada que usted pidiera y él no tuviera. Andaba por todo el Guaviare con esa lancha llena de cualquier cosa. Río arriba, río abajo, a veces se demoraba hasta 15 días llevando ropa barata, comida, panela, víveres de toda clase.
Ese sábado todo el pueblo amaneció callado. Unos muchachos curiosos que pasaron cerca del Río Guaviare, lo vieron. Le habían arrancado los testículos, lo habían vuelto pedazos, ahí estaba todo acunado. Pero igual, no pudieron hacer nada porque corrió la orden de que si lo tocaban, los mataban.
Una vez charlandito ahí en el comedor, el mayor de mis hijos le contó que quería ser soldado. Entonces mi papá le dijo “Ni por el hijuepuerca vaya a ser eso, ¿usted es que es bobo, que se va a regalar al gobierno? ¡¡¡No ve que el gobierno es el más ladrón!!! Eso, hágase arquitecto”. Estaba tan empeñado en que mis hijos se quedarán con él, que en esos días fuimos a hablar con un muchacho –que era el director del hospital– para que les diera clases de computación, —así me toque comprar los computadores, pero aquí mis niños van a tener de todo. También les compró dos motos, para que fueran de ahí hasta el colegio, porque quedaba muy lejos y para que no se maltrataran tanto caminando.
Al amanecer del domingo cuando ya toda esa gente se había ido, algunas personas del pueblo fueron a ver si podían sacar los cuerpos del río. Los jalaban con palos, tratando de alcanzarlos..., pero no podían. Mi papá estaba entre ellos. Pero aquella gente volvió, preguntando a los que allí se encontraban, si querían que les pasara lo mismo. Entonces le rajaron el estómago, así ya muerto, y le metieron piedras, lo levantaron como un potrillo y lo volvieron a tirar bien entrado al río, dizque porque “...a éste no queremos siquiera que lo entierren... ” No sé por qué se ensañaron tanto con él.
Que yo sepa a mi viejo fue al único que le robaron, que yo sepa las propiedades de mi papá fueron las únicas que prácticamente destruyeron, que yo sepa todo el odio recayó sobre mi papá. Él fue la primera persona que cogieron cuando llegaron al pueblo, preguntando por “Catumare”, porque ni siquiera el nombre se lo sabían.
Todo esto, porque era dirigente de la Unión Patriótica. Y yo nada de esto sabía. Sigo recordando como si fuera ayer, cuando un día, siendo niña me dijo que el día que cumpliera 15 años me iba a comprar una casa grande, para que cuando me casara o me fuera a vivir con un hombre, yo me diera el gusto de echarlo a la mierda.
* Comunicadora Colectivo José Alvear Restrepo
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