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Como si fuera un cuento, una historia mágica y llena de esperanza se teje en San Vicente del Caguán, un pueblo en otra época famoso por ser el escenario de los diálogos de paz, y en otra, por ser el centro de atención de quienes hacen la guerra.
Por Jenniffer Zamudio González*
jezagon@yahoo.com
San Vicente, un pequeño pueblo enclavado en las verdes montañas y llanuras caqueteñas, y crecido por visitantes de otras regiones que se han quedado para hacer su vida en estas tierras, respira hoy una brisa que aunque pareciera leve, lleva dentro la fuerza de un huracán, una brisa que promete arrasar con la violencia, y sembrar caminos de paz.
Esa brisa huracanada lleva consigo un hábito blanco y un amor profundo
por los demás. Se llama Reina Amparo –la hermana Reina– una misionera de la Consolata, que desde hace 33 años se enamoró perdidamente del Caquetá y que ha dedicado los últimos siete años a cambiar a San Vicente, desde los corazones de sus niños.
¿Y cómo lo hace? Es tan simple como maravilloso. Como una fábula hecha realidad. Y lo es. La hermana Reina, cansada de los juegos de los pequeños que imitaban esa penosa y dolorosa realidad de los grandes, pues los niños jugaban a la guerra, decidió cambiar las pistolas de juguete por libros.
No fue una tarea fácil. Pero ella apegada a su fe, comenzó de cero. Junto con monseñor Luís Augusto Castro, entonces obispo de San Vicente, inició una campaña para desarmar de juguetes bélicos a los pequeños. “El sabio como el sicario no nace, se hace” les dijo a los padres de familia, y desde allí empezó su travesía. ¿Sin juguetes bélicos qué hacer para ocupar a los niños? “No los podemos dejar con las manos vacías” dijo en tono enérgico. La misma realidad y la violencia han golpeado tan duro a San Vicente que no fue tan difícil encontrar buenos vecinos y comerciantes que se sumaran a la intención de la hermana Reina. “Yo creo que el pueblo estaba saturado y muy dolido porque había muerto gente muy querida, que habían asesinado allí no más. Entonces hablarles de esto con ejemplos claros fue decirles bueno, tenemos que hacer algo diferente” asegura la hermana.
Los comerciantes donaron entonces útiles escolares, pinturas, crayolas, cuadernos, para que los niños dibujaran sus sueños. Y entre los útiles llegaron los cuentos.
El cuento
Llegó la época del proceso de paz y mientras los ojos del mundo estaban puestos en los diálogos, la hermana Reina silenciosamente, comenzaba a crear su propio cuento.
Las misioneras de la Consolata decidieron un día invitar a los niños a leer cuentos a su casa, una pequeña y sencilla vivienda, rodeada por coloridas flores y el misticismo de una capilla con la imagen de la Virgen de la Consolata, a sólo media cuadra del histórico parque de San Vicente.
“Sólo fue Ricardo”, cuenta la hermana Reina. Pero Ricardo, aunque solitario, fue el primer granito de arena de su gran proyecto. En Ricardo puso todo su empeño y dedicación. Todo el ánimo y voluntad que tenía para mostrarle la magia de la lectura.
Ricardo leyó el cuento tres veces hasta que lo entendió. La primera vez sólo vio los dibujos. La segunda vez lo leyó con mayor atención, gracias a las preguntas de la hermana. En la tercera lo pintó. Al día siguiente, Ricardo llevó a su hermano y a un amiguito. En el quinto encuentro, eran 22 pequeños cautivados por la magia de la lectura. Ya los había atrapado.
Pero eso no fue suficiente. El rumor creció por San Vicente y los niños empezaron a pedir con desespero los cuentos. Tanto que le pedían a sus padres que compraran una pistola de juguete, sólo para cambiarla por un cuento. Entonces, ante la insistencia de los pequeños, que era como una bendición, la hermana Reina optó por llevar los cuentos a los niños.
Hasta en moto y acompañada por estudiantes de último grado que hacen su servicio social, la hermana Reina reparte por los barrios de San Vicente sus cuentos.
El cuento de la hermana Reina empezó con un pequeño libro, hoy reparte mini bibliotecas con 30 cuentos en cada barrio de San Vicente y en 195 sitios más del departamento.
Pero este cuento no para allí, pues la hermana decidió que no sólo leer era suficiente. Los niños, ávidos de juegos inocentes, leen los cuentos, cuentan cuentos, pintan cuentos, actúan cuentos y hasta escriben cuentos.
Y no es cuento. Hasta en la vereda más lejana de San Vicente del Caguán ya hay pequeños escritores de cuentos. Ayudar a los pequeños a entender las palabras, a interpretarlas, a soñar, a imaginar, a reír y llorar a través de la imaginación, es el secreto de la hermana Reina.
“Es sembrarle al niño la inquietud y el deseo de conocer lo lindo que es un libro, manipularlo, divertirse con el, escuchar qué siente, ser su protagonista” afirma Reina Amparo, convencida de que el éxito de su obra es ayudar a que los niños comprendan lo que leen, lo vivan y lo interpreten.
El juego de los niños san vicentinos cambió de manera radical. Sus caras de felicidad al ver a la hermana y ver los cuentos, lo dice todo. Desde los más pequeños que aún a media lengua están aprendiendo a leer, hasta los más grandes, disfrutan con el trabajo de la imaginación.
Ahora su diversión además de leer, es dramatizar y escribir los cuentos. Lo hacen con una facilidad que asombra a muchos. Y es que los pequeños se meten dentro de su imaginación para contar las historias de los otros y las suyas. Hoy no hay un solo niño san vicentuno que no haya sido autor de su propia historia. Su inspiración la encuentran a la vuelta de la esquina, debajo de su almohada. Ellos, desde los cuatro años escriben sus propias historias de vida, en donde los valores y la cotidianidad que los rodea en la ciudad, en el campo, con sus familias, amigos, vecinos, colegio, etcétera; así como sus deseos, anhelos y esperanzas; se convierten en protagonistas de una historia fantástica que los aleja de la violencia.
Por eso ahora todos los sábados, como hormiguitas, los pequeños corren a su sitio de reunión buscando el cuento del día. Los cuentos se leen en casas vecinas. Allí en las humildes viviendas, los propietarios, casi siempre padres de familia acomodan sus pertenencias para acoger a los pequeños lectores.
Patricia Chavarro cuenta asombrada que desde hace meses no había visto tan felices a sus tres niños. “Los sábados corren presurosos a levantarse, arreglarse y salir a buscar a sus amigos, todo por saber qué nueva aventura les depara el día”.
Como muchas madres en la región, Patricia cree que esta es una buena manera para que los niños cambien su manera de pensar, y olviden que existe la guerra.
La hermana Reina lo resume de manera más sencilla: “el niño va porque le gusta, pasa rico, comparte con sus amigos”. La verdad es que sábado tras sábado los pequeños corren a cumplir una cita con la lectura, y con la magia de los cuentos.
Con el paso de los días, la hermana Reina ha comprobado, que descubrió la fórmula mágica para cambiar los corazones de los pequeños: “El niño es un cuento… porque es soñador… es como cristalizar un sueño y los sueños son siempre hermosos, y llevan en lo profundo un ideal. Un cuento es el inicio de la realidad de una persona. En ellos hay fantasía, creatividad, ilusiones, esperanzas. Un cuento es un niño”. Por eso la labor de la hermana ha sido tan importante, para ellos y para las familias que ven en la menuda monja una esperanza de ofrecerle a sus niños algo más que lo que les da la televisión, la escuela, la calle y la realidad.
La hermana sabe que son los niños los que traerán el cambio al convulsionado mundo. “Mejorar el mundo no depende tanto de los adultos, depende de los niños, de qué están sembrando en ellos… si se siembra una buena semilla, va a darnos un fruto mejor. El niño es lo que hagan de él, de acuerdo a lo que maneje en sus manos”, afirma convencida.
Parte del programa del Círculo de Lectores Infantil y Juvenil permite a los padres cada dos o tres meses conocer los resultados del trabajo de los pequeños. Son centros literarios en donde los niños participan en narración, baile, juegos y actuación.
El resultado no podía ser mejor. En las casas cuentan los pequeños que ya no se oyen gritos como antes, no hay tanta cantaleta, hay más diálogo y sobre todo más atención a los pequeños. “Es que, qué sacan con gestionar tratados de paz… la paz se siembra y cultiva en los corazones… y esa paz cultivada es la que da frutos para el mañana” señala la hermana Reina.
Lo más importante para la hermana, que seguirá recorriendo calles y veredas con su cuento de esperanza y paz, se verá poco a poco… “sueño con que algunos de estos niños que hoy están aquí no vayan a ningún grupo armado, sino que se vuelvan creadores, soñadores, personitas que van a aportar y a cambiar la sociedad… porque, ¿qué le beneficia a Colombia un joven lleno de sueños e ilusiones con un fúsil
al hombro?”.
Hoy la hermana tiene más de seis mil reclutas llenos de sueños e ilusiones en todo el Caquetá. Si su salud y su comunidad se lo permiten, seguirá leyéndoles cuentos a los niños y jóvenes de San Vicente. Todo bajo el firme convencimiento de que está construyendo, junto a sus pequeños, el camino a la paz.
* Periodista
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