|
Varios son los factores que impulsan a jóvenes de Buenaventura a aventurarse como polizones en busca del sueño de realizarse en otro país. El principal puerto sobre el Pacífico colombiano está azotado por altos índices de desempleo, una complicada situación a causa del conflicto armado y la siniestra influencia del narcotráfico. Muchos jóvenes no cuentan con oportunidades de estudiar o trabajar, son asediados por los grupos armados ilegales que buscan reclutarlos y los mensajes de bonaverenses que han ‘coronado’, alimentan aún más el mito de que migrar ilegalmente como polizón sí paga. Relatos de algunos polizones que no lograron el sueño –por el momento– porque todos aseguran que lo volverán a intentar.
Por Federico Guillermo Muñoz*
fgmc@cable.net.co
Samy Duván Colorado Sinisterra tiene 16 años, a los 14 logró llegar a Houston (Texas) encaletado en un barco. Un antecedente familiar dice que un primo suyo ‘subió’ a los 16 años, hoy, a sus 31, vive allá cómodamente. Samy es talentoso cortando el pelo, pero son escasas las probabilidades que tiene de poder vivir bien en Buenaventura ejerciendo ese oficio. Cuando decidió embarcarse clandestinamente en un barco lo hizo escondiéndose en el timón: “me fui amarrado de un cabo, es decir colgando de una cuerda, para eso usé un overol. Otros se van en huecos, en la nevera o en barcos containeros”, recuerda con nostalgia, mientras asegura que ahora intentará irse por Venezuela. Otros lo hacen por Turbo (Antioquia), Barranquilla, Ecuador o Panamá. Entre los aspectos más importantes para los polizones, está la alimentación que llevarán consigo en su intento suicida. Samy Duván llevó galletas de soda, agua, queso, pastillas para el dolor, panela, un overol y una chuspa de basura. Llegó pero luego lo deportaron.
Su mamá no quiere que él viva en Buenaventura, incluso se endeudó en 300 mil pesos para que su hijo partiera hacia Venezuela donde unos primos. Su padre fue asesinado en el puerto, el ambiente en el barrio está caliente y la progenitora cree que el joven no está transitando por la senda correcta. “Mi mamá no quiere que yo esté en Buenaventura porque cree que estoy en malos pasos, sólo porque me cogió fumando cigarrillo. Yo fumo es para ahuyentar a los jejenes. Además, alguien le ha dicho que yo meto vicio”. La presencia de la guerrilla y los paramilitares en Buenaventura es notoria, su accionar permanente y la presión sobre la comunidad es inaguantable. Su barrio está dominado por la guerrilla, que ha establecido una política clara en la zona, la cual se refleja en los graffitis que han pintado: “muerte a rateros”; “por favor no roben, nosotros sólo queremos sacar a los ladrones”; “muerte a ratas, Auc y Policía”.
Eduardo Neiva Orejuela tiene cuatro años más que Samy, pero su vida difiere poco de la del joven peluquero. Es bueno jugando fútbol. De Buenaventura tuvo que salir después de que su padre y un hermano fueron asesinados por los paramilitares por negarse a decir dónde se encontraba otro de sus hermanos. Venían a llevárselo. El crimen sucedió en el barrio Lleras, un sector codiciado por guerrilla, paramilitares y narcotraficantes. Él proviene de allá. Una zona por donde sale abundante cocaína, droga que es escondida en los esteros antes de que las lanchas rápidas salgan con ella hacia Centroamérica. “En el barrio Lleras hay mucha juventud y los grupos armados tratan de que los jóvenes se unan a ellos. Hay unos que no aguantan la presión. Los jóvenes tienen que unirse a uno u otro grupo, allá no existe la neutralidad”, asevera. Hoy Eduardo trabaja en Barranquilla en reciclaje, tuvo que huir para salvar su vida. Allá se metió en un buque que iba para tierras estadounidenses. Su periplo terminó en Guatemala, donde fue descubierto. Pocos días después lo deportaron a Bogotá. La esperanza de llegar la depositó en su poca dotación alimentaria: atún, galletas de soda, bocadillo, agua, limón, y panela.
Actualmente está descaspando parte de su piel, dice que eso sucede cuando el barco pasa por Guatemala, por el frío extremo. Quiere emigrar porque considera que “la vida en Estados Unidos es muy hermosa. La gente en Buenaventura ya tiene en mente irse para allá. Hay mucha vanidad: al del puerto le gusta estar bien vestido, como los americanos”, sostiene mientras sonríe, no sin antes agregar que las llamadas de los paisanos desde el norte incentivan aún más a la gente a irse.
 |
Ceferino Ángulo es un poco mayor que Samy y Eduardo, tiene 33. Su vida es diferente, porque carga con la responsabilidad de tener cinco hijos en Buenaventura. Se fue por la falta de trabajo, depositando su ilusión en llegar a Estados Unidos y poder salir adelante. “El dólar vale mucho acá en Colombia. La idea es irse para sacar a la familia adelante”. Era su tercer intento. Lo deportaron de Houston, donde pasó mal rato a causa de la migra –forma en que se refiere al personal de migración– convertido en villano de todo polizón. “Antes cuando la policía lo cogía a uno no llamaba a la migra, ahora sí. La migra te levanta, ellos se comportan mal con uno, son muy mala clase”, afirma arropado por el tufillo del resentimiento que le dejó estar detenido en Houston más de dos meses. Su alimentación durante a travesía fue mucho más precaria: atún, panela y agua.
Él piensa que es mejor viajar solo, así hay menos riesgos. También cree que ir a la fija es optar por corromper a algún empleado que esté más necesitado que él. Sino, nunca falta el garoso que se deja comprar: “una
opción es sobornar a algún empleado del barco: él le va pasando a uno comida y agua y además, lo cubre”. Ciertos polizones lo hacen de una manera menos torcida, aunque no deja de ser ilegal. Consiguen un contacto en el puerto que les provee de una credencial para entrar y salir como si fueran empleados. Así empiezan a estudiar las diferentes posibilidades de partir rumbo a Estados Unidos (7 – 8 días), Canadá (entre 13 - 15 días) o Europa (20 días). Otros simplemente tienen amigos en el puerto que se apiadan de sus miserables condiciones de vida y les dan los datos de un barco que en pocos días zarpará con el norte como destino. Algunos no corren con suerte y toman el barco equivocado. Varios han terminado en África o no han soportado lo extenso del viaje. Otros simplemente han sido deportados. Muchos mueren. Y es que de ninguna manera se justifica que estas personas arriesguen su vida por alcanzar un sueño, pero la situación en Buenaventura está muy complicada. El municipio está bajo la Ley 550, de intervención económica por su crisis, causada en gran parte gracias al saqueo de que ha sido víctima por parte de los corruptos. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud): “la encuesta de calidad de vida indica que los índices de pobreza son de 80%, de este el 43% es indigencia. El desempleo está alrededor del 30%”. Esto, a pesar de que el puerto mueve más del 50% del comercio colombiano.
Ya sea en el área rural o en la urbana, hay presencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), del Ejército de Liberación Nacional (Eln) y de los paramilitares, pese a las desmovilizaciones de los
Bloques Calima y Pacífico (diciembre de 2004 y agosto de 2005 respectivamente). Esto sin contar el poder que ejerce sobre la población civil el cartel del norte del Valle, que utiliza a Buenaventura como una de sus rutas predilectas para sacar toneladas de cocaína. El Alcalde del puerto fue contundente al hablar de la presión del conflicto sobre los bonaverenses: “casi el 90 por ciento de las muertes violentas ocurridas en la ciudad en este año tienen algo que ver con los actores armados ilegales que operan en el puerto”, aseguró en entrevista con el diario El País de Cali.
A esto hay que sumarle una crisis humanitaria inmensa, ya que Buenaventura no sólo es expulsor de población en situación de desplazamiento sino que se constituye en uno de los mayores municipios receptores del Valle del Cauca. La gobernación maneja cifras de 25.000 desterrados viviendo en Buenaventura, mientras que la Defensoría del Pueblo habla de 60.000. La misma fuente dice que la población total se calcula en 450.000 habitantes, de los cuales el 50,3% de la población vive en estratos 1 y 2.
 |
Este es el panorama al que se enfrentaron Samy Duván, Eduardo y Ceferino antes de jugársela toda por su sueño de ‘coronar’. El mismo que miles de jóvenes tienen que padecer a diario. Todos sufren de falta de oportunidades, presión de los armados por reclutarlos, tentación por el dinero fácil del narcotráfico, baja cobertura educativa y de salud. Además las cartas, videos y fotos que siguen llegando del norte, alimentando y magnificando el mito de que “si ellos pudieron, ¿porqué nosotros no?”. Samy lo intentó porque quiere construirle una casa a su mamá. Lo volverá a hacer, aunque actualmente se encuentra viviendo donde una tía en Bogotá. Por el momento está estudiando y jamás aceptaría una oferta de los grupos armados, porque afirma que “de eso tan bueno no dan tanto”. Sueña con salir adelante peluqueando, por el momento no tiene dinero para la máquina. Anhela con volver a reír y recochar con su boro (combo o parche). Eduardo pretende emular los logros de grandes glorias del fútbol que nacieron en el puerto, como Marino Klinger, Freddy Rincón o Adolfo ‘El Tren’ Valencia. Ceferino espera darles un mejor futuro a sus hijos, distante del oscuro presente.
Un líder juvenil de Buenaventura, Genyer Manyoma de 19 años, entiende la necesidad de sus coterráneos, aunque no intentaría irse como polizón. Por su condición de líder lo buscan los grupos armados, pero como un tío –que es comandante de la guerrilla– dio una orden para que lo dejaran tranquilo, lo dejan sano. Así funcionan las cosas allá. A su papá lo mataron por ser narcotraficante. Él asegura que en Buenaventura los barrios son de los armados. Por el momento espera validar décimo bachillerato y más adelante entrar a la universidad. Desea que las cosas cambien y que no todos los jóvenes en el puerto tengan que irse de polizones como única alternativa para salir adelante.
* Comunicador Social-Periodista
|