“El que mira desde afuera a través de una ventana
abierta no ve tantas cosas como aquel que contempla una ventana cerrada”.
"Las ventanas". Charles Baudelaire
De oriente a occidente, al sur de la ciudad de Bogotá, justo al declinar el puente que cruza la Avenida 68 sobre La Avenida Primera de Mayo está la llamada “zona rosa del sur”. Una tronera iluminada que va multiplicando las imágenes al compás de ritmos que se anudan en el aire, en figuritas irregulares de mil colores mientras los últimos rayos de sol se pierden cómplices de las vidas que sueñan, sufren y gozan noche a noche más allá del oleaje de los cuerpos. La Esquina Regional visitó el lugar. He aquí el modelo para armar de lo que nuestros sentidos, aún dormidos, lograron capturar.
Por Staff de La esquina*
soporte@laesquinaregional.com

Avenida Primera de Mayo |
“El paraíso perpetuo de los sentidos”
Por Luis Barros Pavajeau
7:00 p.m. Si en las horas de la tarde las rutas de los buses utilizaban el corazón de la Avenida como enlace de otros rumbos, ahora, cuando la noche echa raíces, el destino de muchos converge aquí, a lo largo y ancho de las cuadras que conforman la Primero de Mayo y sus alrededores, encendida en promesas de neón sobre las que cabalgará la ciudad insomne.
8:00 p.m. La música que escupen los establecimientos sobre el sardinel, acaba por adueñarse de la jornada. Sin armisticio, la batalla musical se desata para detener la atención de uno que otro cliente, arrastrado por el río de peatones que deambulan entre los voceadores que en las puertas de los establecimientos, se riegan en las bondades de “su ambiente familiar”. No puedo dejar de pensar, que a veces entre los ojos, se les asoma las ganas de encañonarlo a uno hasta sentarlo entre un arrume de mesas vacías que algo de tristeza le aportan al local.
8:45 p.m. Primera escala del staff de La Esquina. Subimos por el lomo de una escalera impulsados por el olor a empanadas fritas escapándose de las cuatros paredes de una cocina que jamás conoceremos. Escalón tras escalón, desembocamos al segundo piso en donde nos tropezamos con una esquina curvada de la barra, presidida por una virgen o un ángel de pilas, que gira sobre su torso como negándose a respirar las ráfagas del ambientador de Catleya proveniente de los baños. Nos acomodan frente a una ventana que contempla en ángulos el transcurso de la noche. Adentro, la pista de baile empieza a llenarse de cuerpos desmembrados por la órbita de luces. En la barra de los solitarios un joven barre con la mirada las mesas, buscando a alguien para acompañar sus tragos. Por supuesto que nos desprecia, no es difícil adivinar que estamos en plan de mirones, amparados por la bandera que afuera, se desfleca al viento con todo el ímpetu del orgullo gay.
10:15 p.m. No tuve otra si no pagar las dos rondas de cerveza. Algo de este universo de miradas mudas se le pegó al resto del staff. Cuando apareció la cuenta entre los círculos húmedos que dejaron los vasos sobre la mesa, todos sin excepción, a través de insinuaciones que les crecían en las pestañas, evitaron la responsabilidad de meterse las manos en los bolsillos. Afuera, una brisa repasa andenes con augurios de lluvia. Un jíbaro esquiva anafes de carbones ardientes, descubriendo en uno de nosotros, el perfil inequívoco de un drogadicto en potencia. La indignación personal escapa escoltada de risas. En la marcha hacia ninguna parte, promotores de espectáculos privados nos restriegan a grito herido la inmensa oferta que existe de puertas para adentro; señoritas universitarias, orgía de solteros, jornadas lésbicas, cabinas privadas, danza gay, jineteras púberes…
11:20 p.m. Entramos a un bar a despacharnos un trago de cortesía bastante sospechoso en sus grados de alcohol. Ni modo, a caballo regalado no se le escruta el hocico. Las parejas se pasean por la pista mientras un cuchillo de luz corta las brumas del hielo frío. Una mujer cae de mesa en mesa ofreciendo cucuruchos plásticos llenos de flores apretadas. Vuelve a salir con la mercancía intacta; demasiado temprano para ahondar en romances. En la otra acera, atrincheradas en citronelas, las residencias aguardan a los amantes de la medianoche.
12:00 a.m. Una llovizna fastidiosa nos obliga a no despegar la vista de la punta de los zapatos. La medianoche sin discriminaciones aúna todos los olores de los tenderetes de comida que pululan por los andenes. Un resorte de morbo se dispara en nuestras conciencias y entramos a un streaptease que comenzará en menos de cinco minutos. Subimos otra escalera estrecha y nos apertrechamos en una esquina de la barra en torno a la cual, se atornillan los clientes en sus butacas para tener el espectáculo a un palmo de las narices. En los espejos de las paredes, nuestras imágenes repiten visos de eternidad. Una mujer apenas cubierta de encajes negros se abandona a la música mientras revolotea alrededor de un tubo plateado, al que cualquiera podría conferir significaciones fálicas. El entusiasmo estalla a medida que las prendas empiezan a descubrir el cuerpo. Sin embargo en la mitad de la función, la mujer borracha tropieza con las botellas sembradas en la barra. Un par de gritos acompañan la caída. Entonces se levanta como si el tropiezo hubiera estado planeado dentro del show. Ni un solo músculo se contrae en su rostro, arrancándole de tajo cualquier rastro de humanidad. Un mesero solícito se acerca a los grupos a ofrecer tragos por el resto de la noche, sin retirar la punta del índice de uno de los huecos de su nariz. Ni siquiera lo miran para declinar el ofrecimiento. En ese lugar ya tiene dueña toda una familia de ojos. Y cuando el relámpago de aplausos se apresta a celebrar la desnudez total, un estupor sin voz recorre el sitio al comprobar que las tetas secas de la contorsionista, son tan descarnadas como las quejas, porque el rito de seducción resultó un fiasco.

Avenida Primera de Mayo |
“Fiebre de viernes por la noche”
Por Liliana García Quíntero
“Lleve los chicles, los charms, el cigarrillo, la menta… Señor me compra una rosita…”. Son las 9:30 de la noche, es viernes y como de costumbre la gente se dispone a salir de rumba, de rebusque, de placer.
Hemos llegado a lo que se podría llamar la zona rosa intermedia de Bogotá, lo digo porque estratégicamente La Primera de Mayo con 68 es el norte del sur y el sitio donde algunos curiosos del norte emigran en busca de diversión, de explorar, de encontrar lo que para ellos sería el “bajo mundo”, en el que podrían pasar de incógnitos, “salir del closet” y por qué no decirlo, hasta recuperar la popularidad que en el norte ya perdieron. Entiéndase que en Bogotá como en las grandes capitales está muy marcado el estrato a la hora de rumbear: el sur del norte, el Centro Andino de Plaza de las Américas, Apolos Men de Stara Video Bar.
Hemos caído en garras de lo que yo llamaría un culebrero criollo, que a cambio de la receta mágica para aliviar las dolencias, incorpora en su retahíla los beneficios que puedes recibir una vez adentro: el show de streaptease, los “combo licores” y hasta servicios adicionales y a domicilio por un poco más de dinero.
Estamos frente a uno de los “mercados persa” más completos en lo que a rumba se refiere en Bogotá. Un frío que no se siente, luces de neón, una amplia gama de posibilidades, por supuesto indecisiones y mientras tanto el chorizo con arepa o mejor un “perrito caliente”. De pronto como salido de la canción aparece un “Pedro Navajas” de la mano con una “Rosario Tijeras” que por cierto con sus herramientas bien afiladas se disponen abordarnos para ofrecer la “mercancía”: un “bareto”, el “perico” o para estar a tono, un éxtasis... largas filas de carros que dejan grupos y parejas que al salir de las fábricas y almacenes cercanos han programado el acostumbrado “foforro” de viernes. Sin importar la marca del descaderado, ni la silicona y sin prevención alguna van ingresando a sus sitios de encuentro.
Hemos decidido ingresar. El show está por comenzar. Para entrar en ambiente un animador invita a las chicas del público a la tarima, pero no hay éxito. Todos permanecen pendientes de la fémina que está por debutar. Hay cambio de tercio musical, como si se tratara de una escena en donde la fiera rasga el telón, irrumpe la mujer al ritmo de regueton. La ambientación no podía faltar: voces de mujeres que incitan a la streaptease en compañía del animador cantando las pistas a viva voz, pareciera como si esto hiciera parte del espectáculo: dale, dale don dale, dale más duro, me gusta el hummm te tengo el hummm, porque tienes buen culo…
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Han pasado diez minutos y retazos de muchos reguetones, ahora ella se desplaza con sus leves prendas por la pista estilo rectángulo que tiene un mástil central por el que deslizaba su delgado cuerpo. Tenía la esperanza que alguno de los hombres pusiera en su ropa interior algo de dinero. Creo que era lo mínimo o por lo menos eso imaginé que pasaría.
La danza se me hizo eterna, la mujer con visos de cansancio, decidió despojarse de lo poco que le quedaba. Este era el fin de su primer show y ¿la remuneración? poco alentadora, escasos $10.000 pesos por baile y seguramente a la espera de que se moviera el negocio con “contraticos” extras.
Barrio América Central |
“Mi infancia en una rueda de bicicleta”
Por Felipe Naranjo
Hace 18 años que vivo en el sector y las razones por que mis padres lo escogieron fue por ser el sitio ideal para vivir, central, silencioso y sólo hogares de familia, pero todo dejó de ser así unos años después, cuando comenzaron a construir el Centro Comercial Plaza de Las Américas, SAO.
Al principio, todos los vecinos estaban muy felices, porque nuestras viviendas se iban a valorizar, pero después nos comenzamos a dar cuenta que las viviendas que daban de frente al Centro Comercial, progresivamente se convertían en tiendas y ventas de licor frecuentadas cada vez más por las personas que estaban de paso por SAO.
Pronto comenzó a correr el rumor del parque de diversiones y en cuestión de pocos meses ya se había materializado completamente. Teníamos ante nuestros ojos “Mundo Aventura”. A los vecinos nos dieron un día completo para montar en lo que quisiéramos, hicieron unas pequeñas reuniones para hablar de lo que ellos harían para que el sector siguiera siendo residencial. Aseguraron que nada pasaría, lo único con lo que daban contentillo nuevamente era con que íbamos a vivir en un sector muy valorizado y con todas las comodidades a la mano.
Unos cuantos meses después habilitaron el mini-estadio de fútbol, construyeron la más grande sala de cine de la ciudad: El Multiplex, junto un Home Center, un SurtiMax, unos mini centros comerciales conformados por locales en los que se vende desde postres hasta software. Finalmente, cumplieron parte de lo que nos dijeron en un principio, tendríamos todo lo que una persona necesita para vivir, hasta una sala de velación; El Apogeo, que desde que tengo memoria ha existido ahí, en la Primera de Mayo.
Y alrededor dejaron de ser pequeñas tiendas de víveres y venta de licores para convertirse en grandes bares. Comenzaron a construirlos en un sitio en el que unos años atrás era solo calma y tranquilidad. El recuerdo aun lo tengo montando bicicleta por esa cuadra en donde ahora ni siquiera un carro puede entrar un viernes, porque un mar de gente se adueñó de todos los espacios. Cuando camino por estas calles sé que jamás existirá allí nuevamente esa calma que alguna vez viví con mis amigos de barrio.
Conviviendo con este ambiente, he comprendido las cosas que están sucediendo a unas pocas cuadras de mi hogar, mientras mis padres duermen en una casa que se convirtió en una fortaleza de rejas y dobles candados. El sector donde crecí ahora es un multimercado variado y oscuro: juguetes, ropa, manillas, drogas, armas, mazorcas, perros calientes (al parecer los mejores y más baratos de la ciudad), frutas, verduras, mujeres, hombres y niños en situación de prostitución. Si viene a mi barrio, puede estar seguro que lo va a encontrar, corriendo el riesgo de que lo roben o le den una dosis de burundanga y amanezca sin saber quién es o qué pasó.
Justo en frente a las salas de velación pasando la Primera de Mayo, una multitud de moteles se han ido levantando poco a poco. En una cuadra se pueden contar hasta veinte moteles, en donde los porteros le gritan a cualquiera invitándolo a seguir; “la edad es lo que menos importa, sólo siga y siéntase cómodo”.
Mi cuadra, que hace unos meses tenía una reja de protección con portero, ahora sólo cuenta con una cadena para no permitir el acceso a los autos. Esa reja fue removida un día de madrugada por los dueños de los locales. No preguntaron ni pidieron permiso, simplemente la quitaron porque según ellos, no permitía el flujo de las personas que vienen desde la Avenida Boyacá hasta sus negocios.
He tenido varias veces inconvenientes con los “jaladores” de los bares ya que ellos no sólo vocean sino que a empujonazos te obligan a entrar a su bar, con la excusa de regalarte un cóctel. Caminar por “Cuadra Picha” (bautizada así desde hace unos tres años) es una experiencia única, porque al ir de un lado al otro de la cuadra una avalancha de “jaladores” se pelean por ti. Parecen insectos con ganas de sangre, te gritan al oído y hasta te venden su alma, jurando que el de ellos es el mejor bar. Ahora hay que sumar el ruido ensordecedor a toda hora de muchos bares (rock, salsa, merengue, vallenato, electrónico, rap, etcétera.) y el de nubes de personas, al tiempo. Visitar mi barrio un viernes o un sábado es toda una
experiencia, difícil de olvidar. Pero como recomendación no traigas nada de valor y ven siempre acompañado.
Desde hace unos meses, he visto una cantidad de niños a altas horas de la noche, oliendo pegante, fumando marihuana dentro de los cajeros, vendiendo flores, robando a los despistados, jugando a la gallina ciega en frente a los bares. Grupos de niños que no pasan de los catorce años. Tristemente me he ido acostumbrando a vivir aquí, pero de todas formas me iré con mis padres, porque no quiero que ellos pasen sus últimos años de vida, en medio de un ambiente tan hostil.

"Cuadra Picha" |
“En el arco iris…”
Por Carlos Alberto Rivera
Después de que el taxi se estacionó al lado del andén, luego de una fila interminable de ellos, inmediatamente sentí que estábamos haciendo lo mismo que muchos hacen los viernes en la noche en la zona de La Primera de Mayo, o mejor en el barrio Carvajal o en la llamada “Cuadra Picha”, ¡vivir la rumba en el sur de la capital! Mi misión consistía en reconocer, entre todos los ambientes que existen en el sector, precisamente los bares de “ambiente”, es decir, los bares gay.
Comencé a identificar rostros con aires infantiles aún, con expresiones de expectativa, pero vestidos con pantalones ajustados y los cabellos parados; otros rostros con ánimo de fiesta, pero ataviados con los trajes de su trabajo diario, corbata y pantalones de paño.
Es fácil identificar los sitios gay, pues cada uno exhibe a su entrada, la bandera del arco iris y es que esta zona es particular en Bogotá, pues es el único lugar de la ciudad en el cual se mezclan los sitios de salsa, de vallenato, de rock con los bares de “ambiente” y así sus clientes no sienten ninguna prevención al dirigirse a su sitio preferido.
Nos dispusimos a entrar a “El Klan”, en el que la carta de presentación fue una mujer ebria, identificada con la chaqueta del sitio y quién nos sentenció “dos mil pesos el cover, nada consumible”. Luego de una requisa poco convencional entramos al lugar, allí ya estaban las parejas de hombres muy juntas y cariñosas, esperando a que más y más personas se animaran a tomarse la pista e iniciar el rito de la danza, con música electrónica y reguetón, que conduce a movimientos insinuantes que no es difícil adivinar en que van a terminar.
Desde una mesa junto a un balcón, cual sitio calentano, podíamos avizorar, la movida en los demás sitios e identificar a los jóvenes que llegaban en bus, colectivo, taxi e incluso caminando a buscar el mejor ambiente gay de la noche. Por su ubicación es un sitio estratégico para la rumba de un amplio sector de la ciudad; existe transporte público las 24 horas del día y es un eje que comunica a diferentes barrios como Candelaria, Kennedy, Banderas, Bavaria, Castilla, Alquería, Mayorca, Américas Central y Occidental, Galán, Santa Isabel, el Restrepo, Olaya y el 20 de Julio, entre otros.
Pasadas dos horas, y ahora ya solo, visité “Tropicana”, un sitio venido a más que ahora tiene logística para coordinar la entrada, con hombres fornidos vestidos de negro y acondicionados con micrófonos inalámbricos. También en su decoración ha implementado elementos de los grandes sitios: columnas, cornisas en yeso y espejos. Pero de igual manera sigue la decoración con papel seda utilizando los colores de la bandera gay en forma de cintas que se desprenden desde el cielo raso.
A la medianoche, hay un espectáculo en el que se presentan hombres con cuerpos bien formados, ropas llamativas, atuendos de obreros o marineros, que rítmicamente van perdiendo sus prendas ante la emoción y el deseo de los espectadores y uno que otro con asomo de timidez. Al contrario de los famosos rumbeaderos del norte de la ciudad, que por el derecho a entrar cobran entre quince y veinte mil pesos, sin ningún consumo, “Tropicana” cobra a sus clientes un cover de cinco mil pesos, con derecho a dos tragos de ron o aguardiente. Así resulta mucho más atractivo para los asiduos clientes asistir cada fin de semana a la zona. Este sitio también alberga algunas parejas de mujeres, quienes con pierna entrecruzada, comparten caricias y besos en medio del baile acalorado de los grupos de hombres. Ya a la madrugada, se ven algunas parejas salir con distintos rumbos, esperando volver el próximo fin de semana.
“Todo lo que usted pida se lo tenemos”
Por Nelly Valbuena Bedoya
Ahí estábamos, camuflados en una de las tantas tiendas del sector, guareciéndonos de la lluvia fría pero sobretodo de las miradas de conocidos y extraños, después de haber caminado desde el casino que queda detrás de la Funeraria El Apogeo, entre el roce de cuerpos que se cruzaban de lado a lado, buscando un lugar donde calmar los afanes
de rumba.
Ahora, intentando tomarnos confianza ordenamos gaseosas y jugos, más por tener algo entre las manos que desvaneciera el nerviosismo que se apoderaba de este joven que no pasa los 22 años y que vive en la zona desde que tiene memoria. Un jíbaro o dealer, con cuatro años de experiencia en el negocio, al que convencimos para que nos contara ¿cómo se mueven las drogas en el sector?
— ¿No va a publicar mi nombre verdad?
— No tranquilo… pero antes de que yo le preguntara algo se soltó: pues que le puedo decir, que hay mucho vicio y mucha rumba. Aquí la rumba no para. La gente le da toda la semana. Esto es una empresa de 24 horas, un negocio redondo.
— ¿Y cuándo comenzó todo?
— Cuando montaron el Centro Comercial Plaza de las Américas todo se dañó. Antes era un sector apagado pero se metió el comercio y ahora tenemos esta Babilonia como le llaman las señoras a esto que usted ve.
— ¿Qué hace usted en el sector? (Su cabeza fue de lado a lado, inspeccionado el lugar).
— Pues yo vivo aquí y vivo del sector. Aquí se mueve todo; vicio, marihuana, heroína, morfina, pepas, ácidos. Todo lo que usted pida se lo tenemos.
— ¿Qué es lo que más le piden?
— Perico (cocaína). Eso es como el “caldo parado” para los borrachos.
— ¿Y a qué hora de la noche empiezan a pedirlo?
— Desde la hora que usted empiece a rumbear. Si empieza a las nueve de la mañana y a esa hora tiene ganas de oler, pues a esa hora compra. Una dosis puede costar unos siete mil pesos. Una persona normalita puede meterse unos dos gramos en promedio. Pepas, todas las que necesite; rupinol, ribotril, las F200. Eso depende del cliente.
— ¿Cuál es la diferencia entre los rumbeaderos de “Cuadra Picha” y los de La Primera de Mayo?
— En los de la Primera de Mayo se mueve mucho más vicio. Se mezclan
prostitutas, travestís, gays, lesbianas y residencias. Donde hay residencias se mueve de todo. ¿Si vio cuántos bares gay hay? Le pongo como entre unos quince o veinte. Burdeles ni se diga, clubes de intercambio de parejas y fiestas swingers las que quiera. Amanecederos hay como unos veinte, está Arcanos, Nevado y Punto 58, que son los más conocidos.
— ¿Qué tan seguro es este sector?
— Por ahí por donde pasamos ahora, por la cuadra de los artesanos (a un lado de “Cuadra Picha”) están los raponeros, aunque como todos nos conocemos saben a quien le tiran y a quien no. Ahora llegó un parchecito que trabaja con unas laminitas que se parecen al traident o al cool ment y que saben a menta. Es un cuadradito pequeñito de burundanga o escopolamina que te echan en el vaso o te lo ofrecen y listo. Usted sigue metida en el cuento, normal y de pronto se quedó metida. Quedas totalmente perdida y no sales de ahí sino hasta el otro día y eso, si sales.
— Hace poco supimos por las noticias del caso de un sitio en la Primera de Mayo donde tenían a una gente encerrada, ¿usted conoció esa historia?
— Eso fue ahí cruzando la Avenida 68, frente a la bomba de gasolina de Texaco, en un segundo piso, el sitio se llama “Taberna Marilyn”. Ese es un prostíbulo y la policía les cogió a un poco de gente secuestrada, hombres a los que emburundangaron y robaron. También había mujeres encerradas ejerciendo la prostitución. Pero fíjese que ahí sigue el sitio, no lo cerraron.
— ¿Alguna gente habla de la presencia de los paramilitares, es cierto?
— Ya le dije que aquí hay de todo.
— ¿Guerrilla también?
— No, no sé, pero paracos sí. Lo que dicen es que los paracos vienen a limpiar.
— ¿Y qué limpian?
— Pues limpian a los que venden vicio, a los que son muy boletas y degenerados, a los que se paran a vender en un solo sitio y a los drogos de última. ¿Si me entiende? Hay gente que desaparece. Yo ya no me impresiono, pero aquí es así. Uno tiene que saber con quien trabaja y no puede venderle a todo el mundo. Yo tengo mis clientes que me llaman y si no me llaman no salgo, me quedo en mi casa viendo televisión. A mí no me gusta atender a nadie en los sitios de rumba, los cito en un restaurante, en una pizzería o en la entrada principal de los cines.
— ¿Hay muchos consumidores de marihuana y bazuco?
— Si le digo, hay más bazuqueros que marihuaneros en esta ciudad. Es que es muy barato. Una papeleta cuesta 800 pesos. Lo feo es que una traba con eso no dura más de tres minutos entonces, quieren la otra y quieren la otra y como ya no hay plata, a robar. Todo porque ese vicio es jodido. Muchos que uno veía cuidando carros están llevados y meten delante de la gente y a nadie le importa nada. Usted sabe que vea lo que vea, tiene que comer callado.
— ¿Cuánto puede costar una noche de rumba?
— Depende, eso es en un momentito que se va el billete. En drogas la gente corriente gasta como unos 20 o 30 mil pesos y con el trago como unos $200 mil. Claro que hay gente que en droga se consume hasta unos diez gramos en una noche. Aunque existen unas aspiradoras muy bravas. Conozco gente que se consume bolsadas de 70 u 80 mil pesos, están bien “parros”. En un momentito empiezan a abrir esa bolsa y saque y saque. Ya no pueden ni dormir y no quieren hacer nada. Uno los ve desesperados, que se quieren botar. ¿Si me entiende? Aquí se consiguen felpas desde $5.000 pesos, dependiendo de la cara del marrano suben hasta a $30.000. Muchos gringos pagan lo que sea por el vicio.
— Uno ve que la gente consume droga sin ningún problema en los sitios y en las calles…
— En cualquier parte. En la calle la gente de plata huele frente a la policía que baila por el billete. Eso ha sido siempre así en todas partes. Cuando yo entraba al “Cartucho” por mi marihuana –yo fumaba mucha marihuana–, por pacos de 2.000 pesos, en un sitio que se llamaba “Pepe” al lado de los comandos y los policías por todos los chuzos con su bolsita en la que cada jíbaro tenía que darle su impuesto. Aquí hay que pagarles su vacuna. Muchas veces se lo llevan y lo encierran unas horas en el CAI hasta que reúna su plata para pagarles, dependiendo de lo que lleve. Si lo ven mal vestido, mal trajinado se lo llevan de una, si lo ven bien vestido pues miran a ver qué tajada sacan y así lo siguen vacunando a uno.
— ¿De qué dependen las horas en el CAI?
— De lo que uno les diga. Uno empieza a decirles mire déme un placito mientras me levanto la plata y le dicen a uno —Yo suelto turno a las seis, usted verá. A las seis si no aparece me lo llevo. Así es con todo.
Nuevamente salimos a calle, en segundos teníamos en frente a una multitud de hombres tratando de seducirnos para que entráramos a sus bares de puertas semiabiertas y profundidades oscuras, mientras tanto una ráfaga multicolor se filtró por mis pupilas dejándome sólo el resplandor de nuestro jíbaro que se perdió entre las luces de neón, con el recuerdo aún intacto de la única vez que ha estado en la cárcel por vender drogas.

Fotos La Esquina
* Luis Barros Pavajeau, Liliana García Quíntero, Carlos Alberto Rivera, Felipe Naranjo y Nelly Valbuena.
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