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La Fundación Alejandro Ángel Escobar está celebrando cincuenta años de estar entregando los Premios de Ciencias y Solidaridad. Desde 1955, cuando entregó los primeros, ha premiado a 98 instituciones que trabajan en beneficio de la comunidad, así como a 87 investigaciones en todas las áreas de las ciencias. En esta ocasión el profesor asociado al departamento de Antropología de la Universidad Nacional Augusto Javier Gómez López recibió el premio en Ciencias Sociales y Humanas. De su trabajo el sociólogo Carlos Eduardo Jaramillo, integrante del jurado dijo: “Augusto Gómez conciente de que la paz no se construye sobre la base del olvido de los conflictos del pasado pero, sobre todo, convencido de que “el secreto de la paz emana de origen distinto a la del respeto que imponen las armas”, pretende contribuir a la comprensión del pasado, pero también del presente de una región cruentamente comprometida en uno de los más dramáticos y prolongados conflictos del país”. Publicamos un fragmento de la investigación “Putumayo, Indios, Misión, Colonos y Conflictos (1845 – 1970). Fragmentos para una historia de los procesos de incorporación de la Frontera Amazónica y su impacto sobre las sociedades indígenas”. Una investigación, que espera ser publicada próximamente y que propone volver sobre nuestra memoria para construir una paz verdadera.
Por Augusto Javier Gómez López
ajgomez@unal.edu.co
El jefe de Resguardos y de Parcialidades Indígenas del Putumayo, Jorge Osorio Silva, caracterizó a su manera lo que había sucedido en el piedemonte desde los inicios del siglo XX hasta la década de 1960: “Recurriendo a un parangón creo que podré expresar mejor mi idea, que pretende sintetizar la dinámica de la colonización. Desde que se abrió el camino Pasto-Mocoa-Puerto Asís 1912,1931) ha empezado a volcarse el colono a esas regiones lo mismo que las masas de hielo que se deslizan de los glaciares sembrando la esterilidad a su paso. Para el Gobierno de Colombia el colono es un elemento precioso para la extensión de la soberanía nacional. Pero para el indio es la muerte”.
Esa imagen de destrucción que fue dejando la colonización en el Putumayo, no debe interpretarse tan sólo como una imagen literaria o como una mera ficción. En un documental presentado recientemente por un canal de televisión y que recoge los testimonios de las víctimas, de sus parientes, lo mismo que testimonios de algunos de los victimarios, como parte del trabajo realizado por la Comisión de la Verdad creada a propósito de los conflictos políticos y militares en el Perú en el curso de las últimas décadas, se denuncia el gran número de suicidios (más de 300) ocurridos dentro de una comunidad indígena de la Alta Amazonia atrapada entre las presiones y el fuego cruzado de los grupos armados insurgentes y las fuerzas regulares del Estado...
Nada sorprendente, porque en el pasado otros grupos indígenas del piedemonte amazónico, también sometidos a intensas presiones, a las de la colonización, al desalojo de sus heredades, al cepo y al látigo y, aún al destierro, prefirieron el suicidio, como efectivamente lo ejecutaron numerosos indígenas Kamsá o Sibundoyes a comienzos del siglo XX en el valle de Sibundoy, como lo describió el ingeniero Miguel Triana, que por entonces estaba trabajando en el Putumayo, precisamente en la demarcación de la ruta y el trazado del camino Pasto – Sibundoy – Mocoa – Puerto Asís:
“Para cerrar el cuadro sobre los Sibundoyes, falta decir que practican la nefasta costumbre del suicidio. Allí hay un panteón con más de cuatrocientos recientes imitadores del famoso Iscariote. Por una deuda de veinte pesos, por una decepción de amor, por una azotaína injusta, desatan la faja de su cintura y con ella se cuelgan del primer árbol que encuentran, por esta razón...esta parcialidad está próxima a desaparecer”.
Esta obra se ocupa, entonces, del análisis histórico acerca del avance y de la expansión de la frontera interna y de la definición y defensa de la frontera externa en la selva oriental amazónica y en particular de los procesos de penetración y de colonización del piedemonte del Putumayo, emprendidos desde mediados del siglo XIX, lo mismo que del papel de las misiones y en especial de los capuchinos en la incorporación de dicho piedemonte lo que, en su conjunto, construyó las bases para la progresiva y creciente presencia y actuación del Estado-Nación colombiano en la Amazonía, dentro de un largo, conflictivo y cruento camino hacia la integración, que aún no termina por consolidarse, como se desprende de los enfrentamientos militares recientes.
Así mismo y lejos de considerar el piedemonte del Putumayo como un espacio baldío o vacío, en esta obra se plantea, se fundamenta, se describe y se analiza cómo la llamada “colonización” de ese “inmenso territorio, habitado por numerosas tribus salvajes, sumidas en la barbarie”, como lo expresara en el año de 1845 el Coronel Anselmo Pineda, primer Prefecto del Territorio del Caquetá, fue resultado de la invasión y del despojo de los territorios étnicos, lo mismo que del destierro de sus habitantes aborígenes o de la conversión y asimilación de éstos mediante su “acercamiento a sus semejantes civilizados” por medio de la labor desplegada por “misioneros ilustrados encargados de llevar la cruz evangélica a las tribus bárbaras”.
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Este trabajo se ocupa, además, de las políticas gubernamentales y de cómo se llevaron a cabo esas políticas y otras no explícitamente gubernamentales (las que pusieron en práctica los capuchinos, por ejemplo, no siempre emanaron de las instancias gubernamentales) con el propósito de integrar espacial y territorialmente la Amazonia y en particular para adelantar la colonización del piedemonte del Putumayo mediante la construcción de caminos y la fundación de pueblos por parte de las misiones, pueblos que debían de conformarse ya no con indios, sino con “blancos” procedentes del interior del país (como Sucre, Alvernia y Puerto Asís) en los cuales no sólo podían establecerse los indios sino, más aun, debía de obligárseles a convivir allí con los llamados “blancos“ o “racionales” con el propósito de lograr su “civilización”, y con el fin de convertirlos en brazos útiles para la “labor y el progreso”.
Además de la consideración de que el piedemonte del Putumayo no era un espacio vacío, y que, por el contrario, a mediados del siglo XIX estaba habitado por una apreciable población indígena Inga, Kamsá, Siona y Kofán, como nos hemos empeñado en demostrarlo a lo largo del texto, el desarrollo del conjunto del trabajo se fundamenta en algunos planteamientos o premisas que en mi criterio son centrales...
Hasta mediados del siglo XIX y a pesar del impacto y de las trasformaciones producidas por la labor misionera franciscana colonial, el conjunto de los grupos indígenas del piedemonte, desde el valle de Sibundoy hasta más debajo de lo que años después sería la fundación de Puerto Asís, mantuvieron viva y fluida la integración andino-amazónica a partir de sus redes de intercambio interétnico económico y sociocultural.
A pesar de la creación del Territorio del Caquetá, con su capital Mocoa, en el año de 1845 y no obstante los estímulos decretados relacionados con el otorgamiento de apreciables extensiones de tierras baldías, de exenciones de impuestos y de gravámenes, con el propósito de estimular la inmigración extranjera y de los nacionales para la incorporación amazónica, la colonización no se inició en esas décadas, pues además del fracaso de los esfuerzos por traer inmigrantes extranjeros (trescientas familias francesas, por ejemplo) los constantes conflictos políticos y militares internos, la falta de vías de comunicación y otros múltiples factores históricamente explicables impidieron que esa colonización se fuera estructurando, fue necesario esperar a finales del mismo siglo XIX, cuando fue surgiendo la población de Molina en los mismos predios indígenas de Sibundoy.
La incorporación, temporal, del piedemonte, desde mediados del siglo XIX, se emprendió, entonces, de un lado, a partir de ciertos auges extractivos (quina, caucho, oro, pieles, maderas, petróleo, entre otros productos) y, de otro lado, a partir de procesos de colonización, es decir, a partir del surgimiento y la consolidación de asentamientos humanos permanentes, rurales y urbanos, iniciados a finales del siglo XIX dentro de la geografía de los territorios indígenas.
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Más allá de esa persistente imagen, casi ya un estereotipo, del colono pionero, de hacha y machete, tumbando selva virgen, la llamada “colonización” del piedemonte fue resultado de la invasión, del despojo de las tierras indígenas y de sus cultivos durante el siglo XX. El avance y la usurpación que los llamados “colonos” ejercieron sobre tierras indígenas del valle de Sibundoy y de las jurisdicciones de Mocoa, Condagua, Puerto Limón, Yunguillo, de Puerto Asís, de Orito. El avance de las petroleras con la apertura de sus trochas de exploración y de explotación contribuyó para que los colonos alcanzaran los más recónditos territorios étnicos.
La fundación de poblaciones como Sucre, Alvernia y Puerto Asís, todas dentro de territorios indígenas específicos, fue resultado de una política de doblamiento en el camino hacia la integración de la región amazónica; en otras palabras, no fueron esas poblaciones el resultado de la llamada colonización espontánea, sino de un proyecto previamente concebido por los capuchinos para incorporar territorialmente las fronteras orientales y las respectivas poblaciones indígenas.
La usurpación de Panamá en el año 1903, fue un factor fundamental para que el Estado colombiano promoviera, desde entonces, y frente al avance de la Casa Arana en el Putumayo, la colonización del piedemonte amazónico, emprendiendo y desarrollando diversas políticas como la del restablecimiento de las Misiones católicas con el fin de adelantar la incorporación de los llamados “salvajes” a la vida civil, la apertura y mejoramiento de trochas y caminos, la navegación fluvial del Putumayo, la fundación de colonias penales y agrícolas, lo mismo que la creación de poblaciones con base en individuos y familias de inmigrantes.
Fue la fuerza de los intereses particulares que súbitamente y sólo durante los tiempos de prosperidad de ciertos productos extractivos como la quina y el caucho, que se emprendió la ocupación temporal de áreas específicas del piedemonte y que fueron comprometiendo, esclavizando y destruyendo poblaciones aborígenes allí establecidas y, por supuesto, las redes seculares de intercambio y los vínculos entre los Andes y la Amazonia, materializados y concretados en el piedemonte.
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A partir de entonces otros episodios y ciclos extractivos del oro, de pieles, de maderas, de ejemplares de la fauna, de petróleo y, aun de la coca, cuya explotación nunca ha beneficiado a la región ni ha sembrado allí riqueza, tendrían efectos muy diversos hasta hoy en cuanto a la integración espasmódica del piedemonte, en cuanto a súbitos crecimientos demográficos y de relativa bonanza y bienestar, caracterizados esos ciclos extractivos, eso sí, por el reiterado patrón del endeude de la población indígena y mestiza, pero sobre todo por la persistencia de prácticas coercitivas y violentas en cuanto a la mano de obra y la resolución de conflictos, como ha sido planteado por los investigadores Fernando Santos y Frederica Barclay, en relación con las economías de frontera:
“Estos rasgos comprenden la prevalencia de las actividades extractivas sobre las productivas; la dependencia de la demanda y capital extranjeros; la persistencia de formas de producción e intercambio precapitalistas y coercitivas; la ausencia de un mercado interno; bajos niveles de articulación interna y con el resto del país; frentes demográficos inestables; elites efímeras y sin perspectiva de desarrollo local, y un estado de anarquía caracterizado por la existencia de amplios sectores sociales carentes de derechos civiles y por la resolución de conflictos mediante la violencia” (La Frontera Domesticada: historia económica y social de Loreto 1850 – 2000).
* Profesor Asociado. Universidad Nacional de Colombia. Departamento de Antropología.
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