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Hoy el Ejército Nacional cuenta con el pie de fuerza más grande de su historia, cerca de 188.000 efectivos lo conforman, sin contar los miembros de la Policía y la Armada Nacional. Según cifras oficiales son cerca de 94.000 soldados regulares, 61.000 profesionales, 15.000 soldados campesinos y cerca de 7.000 soldados bachilleres.
Por Carlos Alberto Rivera
carlos@laesquinaregional.com
En medio del conflicto armado, actúan otros colombianos que también cuentan, como son los miembros de las Farc, el Eln y las autodefensas. Se estima que son otros 35.000 colombianos, teniendo en cuenta, según la organización Human Rights Watch, que de estos actores irregulares uno de cada cuatro es menor de edad.
Las cifras también hablan de muertos y víctimas de la guerra. Según la Fundación Seguridad y Democracia desde el año 1998 hasta el 30 de agosto de 2005 fueron muertos 8.916 integrantes de la guerrilla, 1.075 de las autodefensas y 7.733 de la Fuerza Pública, entre miembros de la Policía y las Fuerzas Militares. Según el Gobierno Nacional durante el año 2004, 455 miembros de la Fuerza Pública fueron asesinados y 1.713 heridos. Según el Bloque Oriental de las Farc, para el 2004 fueron muertos 1.856 militares y heridos otros 2.345.
Pero más allá de las cifras y de la utilización de las mismas como estrategia de guerra, existen historias de vida que nos hablan de las consecuencias del conflicto armado. Son hombres y mujeres que están sacrificando sus vidas, pero además son individuos que están dejando de ser productivos para la economía del país y para sus familias.
La siguiente historia, es la de un soldado profesional del Ejército que, como la de otras tantas que hacen son parte del conflicto armado, enfrenta nuestra realidad de guerra por diversas circunstancias.
“Mi vida es el Ejército”
“Hace trece años pertenezco al Ejército Nacional de Colombia, me reclutaron tres meses antes de cumplir los dieciocho años. Tuve que presentarme, luego de que me reclutaron, en el batallón de Sogamoso, soy de Paz del Río, Boyacá. Yo trabajaba en agricultura, hice hasta primero de bachillerato y de ahí me dediqué al campo. Para estudiar nos tocó irnos al pueblo a tres de mis nueve hermanos, teníamos que pagar la alimentación y eso salía muy caro. Hubo problemas económicos y mi papá decidió que me fuera a trabajar el campo. Cultivábamospapa, maíz, fríjol, trigo y arveja, eran cultivos propios que salíamos a vender a Santa Rosa o a Duitama, y la papa se vendía en el mismo pueblo a gente que la llevaba para Bogotá.
Cuando me presenté, me tocó prestar el servicio en Cimitarra Santander del sur, me dio durísimo porque yo era de tierra fría y allá estábamos a treinta grados centígrados. La experiencia fue dura, pero creo que ha sido la más grande y no hay más. Uno no tiene un centavo, le toca tomar agua y no se puede tomarla porque le da el dengue. En ese tiempo no me ganaba un peso, cuando yo entré, en 1992 uno se ganaba $6.000 y de eso le quitaban $4.000 para útiles de aseo, quedaban $2.000 para el mes y la familia no podía mandar plata porque de donde yo soy a Cimitarra se gastan como quince horas. En ese tiempo no se viajaba por Puerto Berrio sino por Vélez y era una carretera destapada.
Mi familia tuvo que salir del pueblo porque ya me identificaban como miembro del Ejército, la inseguridad los hizo trasladarse cerca de Duitama. Presté veinte meses de servicio militar, porque eran las elecciones del presidente César Gaviria. Hoy tengo 31 años, soy soltero y el único de mi familia que está en el Ejército. Pertenezco a él porque, luego de prestar el servicio, me pareció una entidad legal, en la cual podía trabajar, con el respaldo de la familia y del Estado. Veo a mi familia muy poco, recién entré, éramos muy poquitos en el batallón de contraguerrilla, se podía ir a la casa cada nueve o diez meses; ahora, como hay bastante personal en el batallón de contraguerrilla, se puede ir cada cinco meses.
He estado en tres batallones contraguerrilla, en el batallón No 1 que es de división y prácticamente pertenece a todo el país, en el batallón No 19 que es una unidad móvil y en el batallón No 13 que tiene sede en Bogotá.
“Es muy duro pero, es lo mejor”
La rutina de un día normal en el Ejército comienza a las cuatro de la mañana cuando suena la Diana. De cuatro a cinco de la mañana se hace el aseo en todas las instalaciones, y de cinco a cinco y treinta de la mañana es el desayuno. De ahí se pasa a rectificar el aseo. La organización personal se hace en diez o quince minutos, esto es de cinco y treinta a seis de la mañana. Luego viene la formación a las seis y treinta, en donde se le da parte a los comandantes y se reciben las instrucciones para los diferentes trabajos.
Ya en terreno es diferente, porque uno perteneciendo a un batallón de contraguerrilla es totalmente distinto. Camina uno mucho, todos los días hay que cambiar de sitio. Todos los días hay que estar “cambuchando”, a las seis de la tarde ya tiene uno que estar armando el cambuche. Y a las tres o cuatro de la mañana ya uno se está moviendo. Ahí uno está a criterio del comandante y también del terreno en el cual se esté moviendo.
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Pertenecer a un batallón de contraguerrilla es estar todo el tiempo en terreno, en el monte. Cada cinco o seis meses sale y disfruta quince días de sus vacaciones. Después de eso vuelve y llega al batallón, le dan de nuevo su dotación y otra vez para el áea que le toque a uno. Perteneciendo a estos batallones he estado en Arauca, Saravena y Tame; en el Casanare, en Boyacá, en Cundinamarca y en Barrancabermeja. La experiencia más complicada es Arauca, todo lo que es Saravena y Tame. Es una jurisdicción totalmente complicada, porque es una zona muy montañosa, muy selvática, y además la gente le colabora mucho a la guerrilla. Claro que no es culpa de ellos, sino prácticamente son obligados. Es una guerrilla que recibe muchísima plata del petróleo y de la ganadería, lo que significa que viven bien armados y es mucha la gente que pertenece a sus filas.
He estado en combates, como en nueve o diez. Eso es de solo controlar el miedo y a veces cosas de mi Dios, porque ir a un combate es muy duro. Ahí uno recuerda a la familia y se encomienda a todo el mundo. Pero son cosas que hay que enfrentar y a veces las cosas le salen bien. Hay combates más duros que otros y una cosa diferentes son los hostigamientos que son muchos y esos no se cuenta como combates. En un hostigamiento disparan desde unos dos mil o tres mil metros, hacen tres o cuatro tiros y se alejan, lo que buscan con eso es saber qué reacción genera, qué decisión se toma y en dónde se está ubicado. Por el contrario, el combate es más inminente y lo alcanzan a uno a copar, cuando es a mil o dos mil metros, que es el alcance de un mortero o de un fusil. Uno tiene que aprender a manejar todas las armas en el Ejército, de combate y de movilidad manual, tres tipos de M60, fusil y morteros.
Un combate en Cundinamarca es más fácil, o mejor más leve, porque se reúnen menos, andan en grupos pequeños. Un combate en Arauca, es totalmente distinto, es más complicado, porque allá se reúnen rápidamente 150 de ellos. En un combate en el 98, íbamos cuatro batallones de contraguerrilla, el diecinueve, el uno, el treinta y seis y no me acuerdo el otro y nos alcanzaron a copar. Cuatro batallones de contraguerrillas son aproximadamente 1500 hombres. Estábamos enfrentados a unos 600 o 700 guerrilleros, pero el problema es que como a uno lo tienen ubicado, como la montaña es espesa e inmensa y ellos conocen mejor el área que uno; le llegan a uno por toda la montaña, por diferentes partes lo hostigan, y ahí es cuando se hace más complicado el combate, se meten entre las casas de la gente civil y uno no puede disparar a una casa civil.
Una vez en el parque Páramo del Cocuy, como a las siete u ocho de la mañana cuando comenzó el combate. Ya eran como las dos de la tarde y llovía y llovía, estábamos emparamados y quedábamos como cinco peleando nada más, el resto de gente ya había sido evacuada por hipotermia. En ese momento, cuando ya se estaban retirando los guerrilleros, me llegó el tiro en la mano, pero llegó sin fuerza y no llegó de cerca. Como la hemorragia no cedía, el enfermero me colocó anestesia y apósitos para que no me desangrara. A la hora sentimos el helicóptero pero no podía entrar, porque no se veía a más de cinco metros. Me sacaron a caballo hasta Chita, allí me estaba esperando el helicóptero. Duré un año para recuperarme, porque la mano me quedó totalmente cerrada; me sacaron tendones de la mano izquierda para ponerle a la derecha. Durante este tiempo como tenía una férula y me estaba recuperando, el Mayor me dijo que ayudara con la tienda del soldado, en Tunja.
Así no vamos a ganar esta guerra, pues es gente que tiene poder por medio de la plata. La guerrilla tiene su liderazgo y la población civil no se ha dado cuenta que les ha hecho un gran perjuicio, porque tumban el pueblo, tumban el puente, matan a sus hijos y la gente civil no se da cuenta de eso. Si se hubiera dado cuenta ya hubiéramos ganado la guerra, ellos ya la hubieran abandonado. Los paramilitares también son organizaciones al margen de la ley. Ellos se tratan de alejar, porque a nosotros no nos montan emboscadas ni nada de eso. Ellos son lo mismo que la guerrilla, defienden territorios por plata y no han hecho más. Lo único que hacen es que si sospechan van y matan a la gente, van a sembrar el miedo y el terror para quedarse con tierras y tener más poder.
 fotos cortesía Ejército Nacional |
No es que lleven un liderazgo. Desde hace unos tres o cuatro años para acá ha evolucionado bastante, en un 80%, esto porque antes había menos comunicación del subalterno con el superior. Hoy hay más relación entre subalterno y subcomandante. Esos cambios se dan porque al Ejército lo están profesionalizando y los comandantes se dieron cuenta que ellos no podían ser los enemigos de los subalternos, nos respetan nuestros derechos, eso es un avance y hemos ganado mucho terreno por eso.
El gobierno Uribe ha sido beneficioso para nosotros, si él no sigue en la presidencia, la modernización del Ejército se viene abajo, porque si no hay apoyo desde el Presidente, para podernos movilizar, para vestuario, para armas, para comida, nos vamos abajo otra vez. Si llega un gobierno débil, que su plan de gobierno lo encamine más a la salud y a la educación, cuando se de cuenta la guerrilla no lo deja trabajar, sino que va a retomarse el poderío.
Por mi buen desempeño en el Ejército actualmente pertenezco al batallón mecanizado número 10, Tequendama. Ya tengo bastante edad, no tengo estudio, tengo una lesión en mi mano, de trabajar no sé mucho, hasta ahora me están capacitando en panadería y en el Ejército, gracias a Dios, ya tenemos una pensión, muy bajita, pero ya la tenemos. Entonces seguiré trabajando porque este país cada día tenga menos guerra, pero buscando la colaboración de los co- colombianos. Mi nombre me lo reservó pues mi familia siempre ha estado en peligro por mi profesión.
* Antropólogo
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