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Como Consejero para la Paz, durante el Gobierno de Virgilio Barco, Rafael Pardo hizo parte activa de la “Iniciativa de Paz”, política que fijaba claramente las reglas, objetivos y límites a las negociaciones con las guerrillas. Lideró las primeras negociaciones con un grupo guerrillero en la historia de Colombia, el M19, que dejó las armas y firmó un acuerdo de paz el 9 de marzo de 1990. En mayo del mismo año inició negociaciones con el EPL (Ejército Popular de Liberación), con el Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL), y con el Partido Revolucionario (PRT), división del ELN. Con estos grupos se lograron procesos de paz que permitieron que cinco mil hombres dejaran las armas y entraran a la vida civil. Ahora, en su papel de precandidato presidencial está convencido de que “el liberalismo tiene que hacerle al país la propuesta de acabar con la guerra”, afirma además que “El Gobierno Uribe está moviéndose básicamente por el proceso electoral, por eso le conviene mostrar intensiones, pero no hacer cosas”.
Por Alejo Vargas Velásquez
crvargas@andinet.com
Alejo Vargas: ¿Cómo ve los llamados gobiernos de centro izquierda en América Latina y cómo ve a Colombia en el escenario regional?
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Rafael Pardo: Colombia está en la dirección equivocada, o no digamos equivocada, pero está en una dirección muy distinta a la de América Latina. Aunque no puede tampoco homogenizarse lo que son los gobiernos de izquierda en América Latina, pues es muy distinto el gobierno de Lagos al de Chávez. Pero el de Colombia sí es el más cercano a los Estados Unidos, mientras el resto de los países están buscando una posición de mayor autonomía. Evidentemente se está formando un bloque importante, en política exterior que es la Comunidad Suramericana, liderada por Brasil esencialmente, y Colombia es un actor marginal de ese proceso; nos hemos quedado con un pedacito de la Comunidad Andina de Naciones, CAN, porque Venezuela no está negociando el TLC con la CAN, Bolivia está con Mercosur y Ecuador está con sus problemas internos, entonces Colombia está en una situación en la que no existe un marco de acción regional y eso tiene que ver con el posicionamiento político de estos gobiernos de izquierda que vienen formando un bloque importante.
A.V.: La política exterior colombiana, particularmente en este Gobierno, tiene una tendencia de total alineamiento con Norteamérica –en parte por la ayuda económica y militar–, pero, ¿esto sin una política más plural no se convierte en un elemento negativo por el aislamiento que puede sufrir en la región; incluso para la solución de problemas como el conflicto armado?
R.P.: Más que el conflicto armado, la necesidad de alineación con los Estados Unidos está determinada por el tema de las drogas, es una alianza importante y conveniente para Colombia. Por supuesto sin llegar necesariamente a compartir toda la política exterior norteamericana, que es lo que se le critica a este Gobierno.
A.V.: Si usted fuera Presidente, ¿cómo pensaría la política exterior de Colombia?
R.P.: Pensaría más en la comunidad suramericana que en otra organización regional. Hacia ese esquema va confluyendo la organización regional de este subcontinente. Ya en lo comercial, hay un acuerdo CAN-Mercosur que vincula a todos los países de Sur América, y la CAN que mantiene unos elementos importantes como el Tribunal Andino de Resolución de Controversias y mecanismos de solución de problemas comerciales. Esa arquitectura de la CAN puede irse extendiendo hacia otros temas, pero en esencia todo va a terminar confluyendo hacia la comunidad suramericana, para Colombia es fundamental estar allí como un país central.
A.V.: ¿Y en relación con otros centros de poder global? Porque pareciera que Colombia no está mirando las perspectivas que pudieran darse con China que se vuelve un polo muy importante, e incluso la Unión Europea tiende a ser un polo descuidado en este Gobierno.
R.P.: Con China por supuesto, todo el mundo está explorando nuevas formas de relación; en América del Sur los países importantes son Brasil y parcialmente Argentina. Europa tiene otras prioridades regionales, está volcada más hacia el Este en su relación con el entorno islámico, en particular con Turquía. Lo único que vincula a Europa, como conjunto, con Colombia es el tema de las drogas. Un tema muy complicado para Colombia que no puede ser negativo, tiene que ser un tema de construcción y de interrelación. Ese punto viene siendo cada vez más grave en Europa, y Colombia tiene mucho que aportar y que decir en el tema.
A.V.: ¿Por qué termina usted de precandidato presidencial?
R.P.: Yo tuve un tránsito político poco usual; estuve con el presidente Uribe en las elecciones, ayudé en su elección, él ayudó en mi elección y fui parte central de ese proyecto en el Congreso, durante la primera etapa del Gobierno. Poco a poco empezó a complicarse la relación, por el tema paramilitar que pasó de ser inexistente a ser el proyecto más importante del Gobierno y ahí tengo discrepancias muy serias, no sobre la negociación que me parece, responde bien, sino sobre la forma como se ha llevado el proceso y sobre la ley que terminó dando marco jurídico a este proceso.
No solamente por no estar de acuerdo con un proyecto decidí salirme de esa posición sino porque creo que el proceso de paz paramilitar va a terminar con unas restricciones de libertades democráticas en Colombia; va a terminar impulsando a un sector a través de la violencia, utilizando la democracia para legalizar sus poderes económicos y políticos.
Entonces se presentaba en ese momento una interesante opción sobre reunificación y renovación del Partido Liberal. Estaba en vísperas la decisión del Presidente Gaviria y me pareció consecuente con lo que he estado trabajando salirme del uribismo y entrar al Partido Liberal que ha tomado decisiones fundamentales, como la de tener un programa unificado, una jefatura única, de establecer unas listas al Congreso con unos retenes éticos, en relación con vínculos con grupos armados y escogió la posibilidad de hacer una consulta popular, que es el proceso más democrático para escoger un candidato. En esas condiciones tomé la decisión de participar en la consulta popular. Es un tránsito poco usual porque lo que vemos es que muchos pasan de la oposición, al Gobierno y allá son atraídos por las mieles del poder.
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A.V.: Para muchos colombianos, sobre todo de los sectores más informados, la candidatura suya se identifica con dos temas centrales para el país: la seguridad y la paz. ¿Esos serían los temas ejes de su campaña?
R.P.: Tengo tres temas centrales en la campaña y uno de esos es el que usted menciona. El liberalismo tiene que hacerle al país la propuesta de acabar con la guerra y eso involucra tanto el fortalecimiento de la seguridad pública y eventuales negociaciones, como el tema de atención a víctimas y a excombatientes de los grupos armados. Mi propuesta busca ponerle fin a la guerra y a la extrema pobreza. Creo que es posible lograrlo a través de un gobierno fuerte, que tenga un programa definido por el Partido Liberal.
Hay un tercer eje que complementa estos dos, que es establecer los mecanismos, reglas, instrumentos y comisiones para un crecimiento alto y sostenido. El crecimiento no es un objetivo en sí mismo, sino es lo que permitiría que Colombia tuviera mejores posibilidades de combatir, ya no la pobreza extrema sino la pobreza general de la población, y el crecimiento se ve como un objetivo que tiene que ver con un fuerte programa enfatizado en la calidad de la educación, en la calidad y en el acceso a la salud, con equidad, en distribución de activos, particularmente tierras urbanas y rurales.
Debemos hacer énfasis en reglas de juego uniformes para la inversión, en un sistema tributario equitativo y progresivo y en mecanismos que fomenten y promuevan lo que sería un capitalismo popular, basado en pequeñas empresas individuales, en actividades comunes y corrientes de la gente que tiene que tener estabilidad y que permitan un ingreso digno, para una vida digna.
A.V.: Para muchos sectores, usted sería un buen candidato y seguramente un buen presidente post-Uribe, sin embargo pareciera que el gran talón de Aquiles que tendría en su aspiración, es un nivel muy bajo de reconocimiento nacional de visibilidad. ¿Cómo combatir eso?
R.P.: Ese es un efecto de la reelección. Lo que los colombianos están comparando hoy es al Presidente que está gobernando con el candidato de hace cuatro años. Cuando a usted le dicen, ¿usted quiere reelegir a Uribe? El cincuenta y pico por ciento dice que sí y si no es Uribe lo comparan con los candidatos de hace cuatro años y de hace ocho, que es el doctor Serpa, pero la gente no está viendo otras opciones, porque la reelección produce ese efecto. El sentido de la consulta popular es llegar a unos sectores que no han oído esa propuesta en el Partido Liberal. Los liberales no han oído sino la propuesta Serpa desde hace diez años. Y muchos están muy contentos con ella pero muchos otros quieren oír otras propuestas.
A.V.: Lo que se percibe, desde fuera, es que la precampaña liberal no toma forma y que no pasa de ser una serie de eventos...
R.P.: Ha habido una concentración de medios muy grande en la última década,
hace diez años el país tenía seis noticieros de televisión hoy tiene dos; tenía cuatro periódicos nacionales, hoy tiene uno. Muchos de esos medios son más enfáticos en informar sobre lo que hace el presidente Uribe que en lo que está pasando en el país. Por supuesto, eso reduce las posibilidades de información sobre lo que es la campaña liberal que es muy intensa y en la cual todos los candidatos estamos recorriendo distintas regiones del país, cuatro o cinco veces por semana en distintos actos y eventos por separado y en actos conjuntos por lo menos cada quince días. Pero eso no es materia de información en los grandes medios.
A.V.: Usted fue un protagonista muy importante de la llamada Ley de Justicia y Paz y esa es una de las causas de su distancia con el Gobierno. ¿Cómo ve el futuro del proceso con los paramilitares y la aplicación de esa ley?
R.P.: Se le puede evaluar de distintas maneras. Si usted evalúa esa Ley porque se van a acoger todos los jefes paramilitares, va a tener éxito. No van a encontrar nunca una cosa más favorable que esa Ley, por supuesto muñequean y pulsean para obtener más beneficios de los que tienen. Pero, si usted evalúa la Ley en términos de si se van a esclarecer los delitos de lesa humanidad, es decir ¿qué porcentaje de los catorce mil delitos de lesa humanidad que han cometido los paramilitares, en quince años, se van a esclarecer con esta Ley?, va a ser un fracaso. Si se evalúa en términos de si se van a desmontar los grupos paramilitares, la Ley va a ser un fracaso relativo, va a haber un desmonte de organizaciones rurales pero además una migración hacia organizaciones de crimen organizado. Y si usted evalúa la Ley en términos de si va a traer o no el fin del paramilitarismo, pues vemos que en algunos años vamos a tener otra vez paramilitares y negociaciones de paz con ellos. En ese sentido la Ley no va a ser un punto final, sino un punto y coma de este largo y tortuoso proceso de conflicto y pacificación.
A.V.: Entonces, ¿qué va a pasar con este con este proceso?
R.P.: Lo que no va a ocurrir es el fin del paramilitarismo, más bien la consolidación de los paramilitares en la política y eso tiene que ver con los defectos de la Ley, que genera grandes incertidumbres en la sociedad y a los que se acogen a ella. Por eso estimula el mantenimiento de grupos armados y también la conversión en políticos de estos grupos armados. Si los paramilitares tuvieran claro su futuro jurídico no tendrían que acudir a buscar poder político subterráneo como lo están haciendo en este momento. Pero ellos quieren tener poder político en el Congreso para enderezar las cosas que no les son favorables con la Ley, para garantizar lo que para ellos no está garantizado y para mejorar sus condiciones. Ellos quieren elegir a unos importantes congresistas
para cambiar la Ley.
A.V.: ¿Usted ve posible a corto plazo el acuerdo humanitario con las Farc?
R.P.: Deseable sí, posible no. Le cuento mi trayectoria personal en ese tema. Cuando empezó esta discusión, que fue casi paralelamente al proceso de paz de Pastrana, yo era un enfático opositor al canje, me parecía que tenía una ventaja militar desproporcionada por parte de un grupo con el cual se estaba negociando; no entendía por qué el Gobierno le abría un espacio de negociación paralelo en el cual era evidente que se estaba haciendo una negociación de paz y al mismo tiempo se abría la posibilidad de una negociación de guerra. El intercambio de guerrilleros es una negociación para continuar la guerra. Me parecía que era una ventaja desproporcionada, militarmente hablando, porque las Farc estaban reclutando un número importantísimo de personas en la zona de distensión y necesitaban cuadros para esos nuevos reclutas, pues los cuadros estaban en las cárceles. Yo estaba trabajando en el noticiero RCN cuando llegó la primera lista de las Farc y la guardé. En el año 2001 volvió a agitarse el tema, yo estaba en el noticiero CM&, entonces le pedí al grupo de investigación que investigara dónde estaban esas personas que habían pedido en el 98. Fue devastador, 200 habían salido por pena cumplida, unos ciento y tantos se habían fugado; 50 de ellos nunca habían estado presos; de los 450 del 98, quedaban unos 40 en las cárceles, de los cuales la mitad irían a salir por pena cumplida.
Entonces hice la siguiente reflexión: ya no estamos en un proceso de paz pero se sigue hablando del canje. Ya no tiene sentido la apreciación de que esto tiene una ventaja militar, lo que estamos haciendo es negar la posibilidad de que se liberen 400 o 500 civiles y vuelvan con sus familias a cambio de 50 tipos de las Farc. Entonces no tiene sentido pensar o insistir que eso es inconveniente desde el punto de vista militar, los civiles no tienen otra forma de salir que no sea tras un acuerdo. En esa reflexión me convertí en un partidario del acuerdo humanitario. Creo que es más negativo moralmente para la fuerza pública que sus hombres sepan que desde hace siete años sus compañeros están privados de la libertad y que no se ha hecho un intento de rescate. Eso es más nocivo que el tema de despejar unos días un municipio. Hoy considero que el Gobierno debe aceptar sin vacilaciones la propuesta de las Farc de despejar 30 días la zona rural de Florida para definir si va a haber o no intercambio. Militarmente la guerra no va a cambiar por 30 días, pero si puede cambiar la vida de muchas personas.
A.V.: Uno podría pensar, un poco con el deseo, que así como varios gobiernos en estos últimos veinte años han empezado siendo pacifistas y terminan siendo guerreristas, el Gobierno Uribe que empezó guerrerista, ¿podría terminar siendo pacifista?
R.P.: Sí, pero en las apariencias, me parece que el Gobierno está moviéndose básicamente por el proceso electoral, buscando llenar todos los espacios. El Gobierno no quiere que haya una alternativa que sea un contraste a la reelección. Un gobierno que es fuerte en popularidad lo que tiene que llenar es espacios para que la oposición no tenga puntos distintos. Dejaron salir a Galán, no porque piensen que la paz es conveniente, si no porque creen que ese gesto les ayuda. Por eso son tan incisivos en el tema del intercambio, mostrando propuestas, pero no haciéndolo. Al Gobierno le conviene mostrar intensiones, pero no hacer cosas.
A.V.: ¿Estaría entonces usted de acuerdo con la tesis de los que dicen que también eso podría ser una especie de evidencia de que el Gobierno ve que la acción de las fuerzas militares, en cierta medida, llega a un tope en el denominado Plan Patriota y que los resultados, que quizás al comienzo se pensaron relativamente más sencillos en la vida militar, demuestran que no es así y de la misma manera varia parcialmente su estrategia?
R.P.: Es más un sentido de oportunidad política que cambio de estrategia. La estrategia sigue siendo la misma, pero la presentación tiene que ver mucho con la oportunidad. No creo que el Gobierno legítimamente pueda hacer la paz con el Eln en las condiciones en las cuales quiere hacerla, pero sí muestra mucha actividad en el tema paramilitar, incluso en el tema del intercambio no por condiciones de humanidad o reflexiones del sufrimiento de los secuestrados, básicamente lo hace para no dejar espacios en el tema político.
A.V.: Desde su experiencia como Ministro de Defensa ¿la estrategia militar en este periodo ha sido la adecuada?
R.P.: La estrategia de control territorial ha sido buena, la fórmula del Plan Patriota, de establecer comandos unificados para concentrarse en las zonas de retaguardia de la guerrilla ha sido excelente, sin embargo en esta estrategia, aunque han habido resultados parciales buenos, no está consolidado el tema de seguridad y se requiere una fase nueva en el tema, que no la está dando el Gobierno. Esa fase tiene que ver con la consolidación de una seguridad rural, hay control de carreteras y de pueblos, pero no hay consolidación de ésta y se están desperdiciando recursos muy importantes de las mejores unidades de combate del Ejército en prestar servicios de seguridad rural, es un contrasentido. Por eso propongo la creación de una fuerza especial dependiente de la fuerza pública; no una cuarta fuerza, una fuerza especial profesional que se encargue de la seguridad rural. Eso no existe en Colombia. La Policía no ha llegado sistemáticamente a prestar seguridad rural y el Ejército es una fuerza de combate, no de seguridad policial. Un plan como el que está planteado es insostenible por el número de hombres que requiere.
A.V.: ¿Se podría leer eso como un tímido acercamiento a algo a lo que Colombia se va a ver abocado en los próximos años y es la necesidad de que esa cuarta fuerza se encamine a llenar el vacío de control territorial?
R.P.: El drama del conflicto colombiano desde el punto de vista militar no es la falta de éxito de la fuerza pública, el drama es que la consolidación ha sido insuficiente. Por ejemplo, Urabá ha sido pacificado todo el tiempo y ha tenido todos los experimentos posibles: una jefatura militar que no tenía, poderes administrativos militares, una desmovilización y un acuerdo de paz con el Epl, una desmovilización de las fuerzas de Fidel Castaño, luego una acción muy fuerte durante la gobernación de Álvaro Uribe con el coronel Rito Alejo del Río; allá se llama la pacificación, los sectores de izquierda lo llaman otra cosa. Una paramilitarización posterior y ahora una nueva pacificación ¿qué nos muestra eso? Que no hay consolidación, la acción de la fuerza pública no se consolida con una acción civil o con una acción de seguridad pública posterior. El Ejército ha tenido éxitos importantes pero no se consolida con una presencia civil y policial. Eso ha pasado en muchas regiones del país. Las zonas de violencia hoy son las mismas zonas de violencia de hace 50 años. Han tenido chulavitas, guerrillas liberales, guerrillas comunistas, paramiliatares y otra vez guerrillas, no hay una consolidación regional y eso exige, por supuesto una fuerza específicamente dedicada a ese plan, pero también una fuerza institucional muy fuerte y particular para las circunstancias.
Yo estuve hace un par de meses en zonas del Plan Patriota y me llamó mucho la atención la recepción de la gente hacia el Ejército y hacia la Policía, pero hay una inexistencia del Gobierno civil muy fuerte. El Ejército lleva año y medio en los municipios del Guaviare, donde no había presencia sino de las Farc. Hay programas en el papel importantísimos, nos los muestran en Bogotá, por ejemplo el de Familias en Acción, pero allá no hay banco. La gente tiene que desplazarse a San José del Guaviare, ¿cuánto le cuesta el viaje aéreo? lo mismo que le van a dar de bono. No hay una presencia policial coordinada con el Ejército, el Ejército está actuando como la presencia de todos. Entonces permite los viajes o no los permite, los retenes en las carreteras, controla el cemento, controla la gasolina, ordena cerrar los bares… el Ejército ha llegado pero el Estado no. El Estado está andando al ritmo de Bogotá. Entonces la consolidación, a mi juicio, es el nombre de la pacificación. Es llegar con la fuerza pública, pero también con un programa estatal social de inversiones, dirigido específicamente a ese tema. Mecanismos como los que hubo en el Plan Nacional de Rehabilitación son muy importantes para recuperar en este momento, no para todo el país pero sí para estas zonas.
A.V.: ¿Eso reafirma mucho la percepción que tienen algunos sectores de que la conducción civil de la estrategia de seguridad democrática y de defensa es mucho más que pensar que hay un Presidente que es “soldado de la nación”?
R.P.: Lo que ocurrió fue que el Gobierno del Presidente Uribe adoptó un programa militar, el Plan Patriota, como un programa de gobierno, entonces está recargado el éxito de un programa de gobierno en un programa institucional militar. No hay un programa paralelo a la recuperación política, no hay un programa paralelo de presencia estatal en las regiones. Hay unas reuniones en Bogotá, que dirige la Red de Solidaridad Social, (ahora Acción Social) en donde se reúnen 50 personas de diferentes instituciones y revisan los planes, pero vaya usted a una zona de esas a ver si lo que dicen en Bogotá está ocurriendo. El Ejército tiene el peso de la presencia del Estado y eso no tiene sentido.
A.V.: Tengo una gran inquietud y es precisamente la inexistencia de una estrategia y en eso me parece que fue mucho más una estrategia, “la estrategia nacional contra la violencia”, que la de Seguridad Democrática. Eso lleva a las fuerzas armadas a una situación muy compleja y es a estar identificados simplemente con un programa de gobierno y no con una política de Estado en la cual se enmarque su acción y no esté al vaivén de uno u otro gobierno.
R.P.: Este va a ser un punto de definición muy importante en esta campaña porque la fuerza pública puede estar en un dilema complicado en el tema de su neutralidad política. Es evidente que el Gobierno es muy popular ante la fuerza pública, pero como los objetivos del actual Gobierno tienen que ver con un plan militar, debe haber mucha madurez en la fuerza pública para entender, que sectores que critiquen el plan de gobierno no están criticando el plan militar. Una cosa es la política y otra cosa es la acción de la fuerza pública y se tiene que generar el consenso de todos los sectores. Si el Gobierno trata de volver a la fuerza pública hacia el plan de su política, le estaría haciendo un gran mal.
A.V.: Pasando a otro tema, ¿usted cree que esa dicotomía izquierda derecha sigue teniendo vigencia en la política partidista y en debates políticos como los que se avecinan?
R.P.: Sí por supuesto, tiene dimensiones que cambian de intensidad, pero sigue siendo vigente. Por ejemplo, una visión es que la mayoría determina todo y otra visión es que los sectores menos favorecidos deben tener derechos particulares y mecanismos de protección particular. Ahí hay una diferencia entre izquierda y derecha. En el papel particular de las organizaciones populares también hay una diferencia entre izquierda y derecha, para sectores más de derecha un programa es independiente de que haya una organización popular. La relación con Estados Unidos me parece que ha perdido un poco el perfil en la definición de izquierda y derecha, pero el TLC va a volver a reconfigurar esa relación, el orden público ha dejado de ser un tema definidor entre izquierda y derecha. Nadie está con la guerrilla, nadie está con los procedimientos armados. La izquierda está tan en contra de los procedimientos armados como puede estarlo la derecha.
A.V.: En ese marco ¿usted cree que sigue siendo importante un club como la Internacional Socialista?

Fotos: Olver Castellanos |
R.P.: Es una asociación importante a nivel internacional, aunque no es de donde viene la fuente de la doctrina. La fuente de la doctrina está más sobre las condiciones particulares del país que sobre lo que puede derivarse de estas posiciones internacionales. En la Internacional Socialista hay partidos de toda clase, no creo que sea un modelo doctrinario a seguir. Pero la afiliación es importante.
A.V.: ¿Cómo ve el Partido Liberal después de estos meses de la jefatura de César Gaviria?
R.P.: El Partido Liberal tiene unas características muy importantes. Primero, es el partido más organizado del país. En todos los municipios, en todos los barrios, hay una organización liberal de partido. Eso ha sido un fenómeno nuevo, derivado de los nuevos estatutos. Segundo, es un partido que ha avanzado fundamentalmente hacia su fortalecimiento. Es un partido en el que votan quinientas mil personas en un proceso democrático, para elegir los miembros delegados para la convención nacional. Es un partido que define que su candidato sea escogido por votación de cualquier ciudadano colombiano y me parece importante que haya abierto un espacio a sectores que no participaban en política; en todos los lugares a donde uno va encuentra juventudes liberales, organizaciones de mujeres, de campesinos y sindicatos liberales. Tienen distintos niveles de desarrollo pero es un avance muy importante del Partido para reconectarse con una nueva realidad social. El Partido Liberal tiene que empezar a vivir más del futuro que del pasado.
*Politólogo Universidad Nacional
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