DE CUENTO EN CUENTO
“El portal”, a punto de ´estallar´
   
     

 

 

 

“Vete sigiloso por la carretera.
No hagas mucho ruido porque alguien te espera.
Cuida tus palabras o cierra la boca.
Que es mejor callado que estar bajo tierra”
Ilona

Hace diecisiete años empezaron a llegar a “El Portal” maestros de construcción, trabajadoras de las flores, vendedores ambulantes, empleadas del servicio doméstico, trabajadoras sexuales y celadores, con las ilusiones camufladas entre gastados colchones y viejas estufas de gasolina, mientras en algún rincón, del bolsillo o del seno, viajaban unos cuantos ahorros que el trabajo de diez, doce y catorce horas al día les había dejado en años y años de haber llegado a la capital buscando mejores condiciones de vida.

Por Nelly Valbuena Bedoya*
nelly@laesquinaregional.com

 

Aquí, como reza el nombre del parque vecino, “entre  nubes” comenzaron a auto construir la casa de sus sueños. Pagaron entre cien y doscientos mil pesos por un lote de seis metros por doce. El barrio se levantó en lo que se conoce como vereda “La Picota”, a escasos metros de la cárcel penitenciaria que lleva el mismo nombre.

Nadie sabe muy bien a qué hora o en qué momento se le llamó “El portal”, tal vez algunos de los nuevos moradores  coincidieron en que ésta era la puerta de entrada a una nueva vida o el nacimiento de una comunidad, al estilo bíblico; o tal vez el nombre le estaba haciendo un homenaje a esa primera  pieza desnivelada que casi todos lograron construir, con ladrillos, bloques y tejas de zinc que calentaban con un fogón a  escasos metros de la cama y por donde no se iba a ninguna otra parte que no fuera a ese estado de tranquilidad que da el “llegar a la casa propia” no importa dónde esté, pues muchos  debían recorrer, con el cansancio de la jornada acumulado  hasta en la suela del zapato, dos y tres horas, amontonados en los buses desvencijados del transporte público para llegar a su nuevo hogar. 

Años más tarde descubrirían que el barrio, su barrio junto a dieciocho más de la zona, era parte de una invasión y que  los papeles de propiedad que la familia San Pedro Borda  les había dado no tenían validez; sin embargo “El Portal” siguió su trasegar y hoy cuenta  con cerca de cinco mil habitantes, es un sector amplio que se extiende hacia los cerros  orientales por callejuelas polvorientas y una que otra calle pavimentada por obra y gracia  de algún político de turno que logró llegar a edil, concejal o representante a la Cámara  tras ofrecerle a sus electores un tamal o un plato de lechona.

Entre nombres ilustres

“El Portal” terminó haciendo parte de la Localidad Rafael Uribe Uribe que está ubicada al sur oriente de Bogotá, rodeado en su costado oriental por las  Localidades de San Cristóbal, por el costado norte con la de Antonio Nariño, por el occidente con la de  Tunjuelito, por el costado sur con la  de Usme y por el sur occidente, limita nuevamente con Tunjuelito, Localidad  con la que comparten, ahí sí, sin guerra alguna los olores represados por las inundaciones del río Tunjuelito que se levantan, cada año en época de invierno, sin diferenciar izquierdas  o derechas.

La Localidad lleva el nombre en memoria de don Rafael Uribe Uribe, líder liberal, abogado antioqueño, general de la república, político y  parlamentario asesinado en Bogotá en 1914. La  UPZ, Unidad Programática Zonal, por su parte  tomó el nombre de la periodista Diana Turbay Quintero, hija del expresidente  Turbay, quien fue asesinada el 25 de enero de 1991 en el momento en que era rescatada por la Policía en la finca “La Bola”, en jurisdicción de Copacabana, cerca de Medellín, donde permanecía secuestrada desde finales de 1990, junto con otros diez periodistas, por los llamados “Extraditables” o jefes  del Cartel de Medellín. Nombres ilustres de personajes sacrificados que los  habitantes más jóvenes no reconocen pero que además no le han servido al  sector para nada, dice Juan José un joven de diecisiete años que se retiró  del colegio a los doce y ahora presta de vez en cuando, sus servicios a las  milicias urbanas de los paramilitares que se disputan el control y el poder de estos barrios echados a su suerte.

Según el censo de 1993 la capital  de Colombia tenía unos 7’170.000 habitantes de los cuales en la Localidad se concentraban unos 379.259, es decir  aproximadamente el 6.9% dentro del total de habitantes que  tiene el Distrito Capital, ocupando el  sexto puesto dentro de las 19 localidades, su proyección de crecimiento es moderada, según las cifras de la Alcaldía. Su población puede calificarse como joven pues el grupo de edad con mayor representatividad 62.21% son menores de 30 años, entre la que sobresale la población de 0 a 4 años, con una participación del 10.79% del total. Esto sin contar la población en situación de desplazamiento que día a día arriba a la Localidad buscando camuflar sus dolores, tristezas y cansancios en algún rincón.

Los más viejos recuerdan que “El Portal” era uno de los mejores barrios de toda la UPZ Diana Turbay, “porque éramos trabajadores, gentes de bien pero de unos años para acá las cosas cambiaron. La guerrilla de las Farc y las Autodefensas no nos dejan en paz. Un día cualquiera a la media noche se les da por encenderse a punta de granadas, bala venteada y hasta rockets. A las siete u ocho de la noche todo el mundo se encierra porque los grupos de limpieza social empiezan a rondar como si fueran vengadores anónimos, armados hasta los dientes pasan en motos matando a todo el que esté mal parqueado. En una noche pueden matar cinco o seis jóvenes, dicen que sobretodo matan a drogadictos y violadores. Están por todas partes, en el barrio “Nueva Esperanza” y en la parte alta de “Palermo” están las milicias urbanas de las Auc y de las Farc, hace presencia el frente de entrada al Sumapaz, pues este es el corredor de paso hacia el páramo, aunque la limpieza social la hacen los paramilitares”.

Después de las cinco de la tarde no entra un solo taxi y transporte público no llega sino hasta las ocho o nueve de la noche. Los carros repartidores de leche y productos alimenticios no llegan sin escolta. El gas llega con La Policía porque la delincuencia común organizada los atraca. “Es una guerra subterránea muy difícil y eso que ya salió otro actor armado que teníamos, el Ejército que montó una garita que empezó a formar un corredor de entrada de los soldados al barrio que venían a comprar basuco, marihuana y trago. Durante esa época muchas niñas se iban a prostituir en las garitas de los soldados”.

Hace cinco años la Escuela de Artillería cerró la garita debido a las quejas de la comunidad y al incidente en el que un soldado mató a un joven por la espalda, entonces se levantó un muro para evitar el paso de los soldados. La experiencia con la Policía no ha sido tampoco la mejor, hace tres meses cambiaron al jefe de la Estación de “Palermo” por escándalos. La comunidad denunció que la misma Policía era la encargada de cobrar la vacuna en las ollas; en este momento ha mejorado la seguridad con el cambio del teniente. En el sector existen cerca de 25 ollas dedicadas a la distribución de drogas, de elementos robados y deshuesaderos de carros. En solo “Nueva Esperanza” existen siete ollas, en un área de unas 1.500 personas. La guerra entonces no es por ideologías, dicen sus habitantes, sino por el control de las ollas.

En esta zona las mujeres representan el 52.05% de la población y los hombres el 49.95%, es decir que la distribución de la población guarda similitud con el resto de la ciudad. Las mujeres entre los 25 y 29 años son el grupo más representativo. Estas cifras también indican que por cada 100 habitantes en edad productiva dependen 49.7% menores de 15 años y 5.8% mayores de 65 años. Este resultado permite afirmar que el 64.2% de la población sostiene económicamente al resto de sus habitantes. En otras palabras el índice de dependencia económica es del 55% frente a un promedio de 51% en toda la ciudad.

La mayoría coincide en que el problema más grave, después de la seguridad, es el de la drogadicción de los jóvenes, que genera delincuencia común para poder conseguir “el vicio”. Pero también reconocen que es el fruto de la falta de oportunidades que tienen los muchachos que abandonan el colegio desde los doce o trece años y a partir de ahí “usted los ve plantados en las esquinas fumando basuco, marihuana, metiendo cocaína y cuando no consiguen para esas drogas metiendo pegante boxer y hasta la gasolina de las casas”, cuenta doña Mary Sosa Peñalosa que tiene a uno de sus hijos en la drogadicción y no encuentra ayuda, pues el Distrito tiene programas pero sólo para jóvenes que están en la calle. La situación entonces es el de la exclusión para los jóvenes drogadictos de casa que no tienen ayuda pública y si queremos rehabilitarlos tenemos que pagar cerca de un millón de pesos mensuales en hogares privados y con lo poco que ganamos no alcanza”.

Prosurgir, echando anclas…

En medio de este panorama, en una esquina se encuentra la Fundación “Prosurgir”, una iniciativa de dos jóvenes profesionales que están convencidos de que si ellos nacieron en “El Portal” y pudieron salir adelante ¿por qué los demás no? Lo importante es una mano que ayude a orientar. “No es tanto regalar sino mostrar el ejemplo de vida. A mí la comunidad me conoce, mi niñez la viví en estas calles. Entonces regreso como profesional y no me avergüenzo de mis orígenes sino que vuelvo a donde salí porque aquí está mi familia, parte de ella nos colabora en este proyecto”, afirma Víctor Raúl Aroca Ospina, Ingeniero de Producción de la Universidad Distrital.

Esta iniciativa nació hace año y medio como prolongación de un trabajo que venían haciendo desde hace cinco como comercializadores de productos médicos. “Empezamos llevando brigada  de salud y haciendo esta actividad decidimos convertirnos en Fundación”, recuerda María Olga Daza estudiante de último semestre de Tecnología Industrial, también de la Universidad Distrital, de Bogotá.

Comenzaron con los ahorros que tenían de su trabajo y con muchos sueños involucraron a toda la familia, por ejemplo, “los cursos de modistería los dictamos con la máquina de coser de mi suegra, la mamá de María Olga, cuenta Víctor Raúl. “El objetivo nuestro es mejorar la calidad de vida de la comunidad, facilitar la inclusión social de la población e informarla acerca de sus derechos y de sus deberes como ciudadanos”.

“En sectores como “El Portal” y sus barrios de influencia como “Danubio Azul”, “Palermo”, “San Agustín” y “Nueva Esperanza”, que es la parte alta del barrio Diana Turbay, entre otros, la influencia de las oficinas del Distrito no se siente. “Tenemos el COL, Centro Operativo, que queda en el barrio Gustavo Restrepo y tenemos el Centro Comunitario Molinos pero las políticas sociales del Distrito no llegan hasta acá. Entonces nosotros traemos las quejas y preocupaciones de la comunidad y empezamos a remitirlas a las instituciones que les pueden ayudar. No somos una organización asistencialista, no es nuestra filosofía, tratamos de orientar a la comunidad y de prestarle asesoría, en ámbitos como el legal. En otras palabras buscamos facilitarle a la comunidad la información necesaria para que tenga acceso a los servicios”.

En este corto tiempo han logrado poner en funcionamiento el comedor que lleva ocho meses de servicio. Inició porque la gran problemática que identificaron en su comunidad fue la desnutrición de los niños. “Muchos de los niños que tenemos acá son hijos de trabajadoras sexuales, tenemos hijos de mamitas que trabajan en las flores y todas salen a las tres y media de la mañana y regresan a las seis o siete de la noche. El niño o niña queda al cuidado de la abuela o del hermanito mayor.

Comúnmente no se alimentan, les dan para las onces y se la gastan en la maquinitas”  Con la ayuda de la familia consiguieron la estufa, las ollas y los platos prestados. Iban todos los miércoles a Abastos a pedir mercado para los niños y niñas. En las neveras de las familias guardaban los alimentos procesados. Cobraban $500 pesos por el almuerzo para comprar con eso granos y aceite que era lo que nadie les donaba. Llegaron a tener 120 niños en menos de dos meses. Las mamás compraban una valera para la semana que les costaba $2.500 pesos. Cuando la gente vio que el trabajo era serio los llamaron del COL para que ingresaran al Programa de “Bogotá sin Hambre” donde les adjudicaron un comedor comunitario en abril de este año. Desde hace dos meses están trabajando con el apoyo del Distrito. “Ahora tenemos una alimentación más variada y balanceada gracias a la asesoría y los recursos, pues nosotros no podíamos darles en la semana sino un huevo o un pedazo de carne ahora todos los días se les da carne.

Eso ha hecho que la comunidad se sienta mejor. También bajó el precio a $300 pesos y se atiende de lunes a sábado, nosotros sólo lo hacíamos hasta el viernes. Ahora la semana les cuesta $1.800”. Otra de las preocupaciones de “Prosurgir” son los adultos mayores, por eso trabajan los miércoles y jueves con un grupo de doce abuelos de la comunidad. “Los niños y abuelos son los que más sufren es estos estratos, porque son los que no representan ingresos para el hogar. Los abuelos terminan cuidando a los niños y terminan siendo los muebles viejos de la casa, a los que los nietos insultan y maltratan. Aquí hemos tenido casos de abuelos que han sido abusados sexualmente por sus propios hijos. Tuvimos el caso de una abuelita que nos tocó sacarla de la casa a la fuerza con los vecinos porque el hijo cada vez que se drogaba llegaba y la violaba. La señora tenía 67 años. Muchas veces entraban los amigos drogadictos y también la violaban. Hasta que un día la sacamos entre todos los vecinos y la enviamos a un ancianato donde murió hace dos años”.

El grupo de abuelos de “Prosurgir” está inscrito en el COL a la espera de que el programa del Bono para los abuelos, los beneficie. Ninguno de ellos lo ha logrado aún porque “hay una cola larguísima y cada vez que se muere un abuelito le asignan ese cupo a otro. No hay cuando”. Por ahora cuentan con un misionero franciscano que les hace una orientación espiritual, rezan el rosario, leen la Biblia y están organizando un Comité para ir nuevamente a Abastos, esta vez a pedir mercado para los abuelos.

Víctor Raúl y María Olga están convencidos de que el trabajo comunitario organizado puede evitar que el problema social sea mayor por eso también iniciaron el programa de asesoría a microempresarios. “Los orientamos para que mejoren las instalaciones de las empresas con microcréditos. Estamos buscando crear una cooperativa en el sector para mejorar la comercialización de productos como: artesanías, bolsos maletas y chaquetas en cuero; ropa, carnicos, trabajos en madera y en cerámica. Aquí tenemos joyeros, fabricantes de ollas y cauchos para olla express, el problema es que son procesos artesanales, que no están registrados ante Cámara y Comercio, que no llevan ni siquiera una contabilidad”.

Para que lo que estalle sea la vida…


Fotos: La Esquina

“Ayer encontraron un muchacho muerto, llevaba el uniforme del colegio y la maleta de los libros aferrada a la espalda. ¿Quién sabe cuánto tiempo lleva muerto, ni quién era?”. Entre historias como ésta los días pasan por la ciudad de Bogotá, por sus veinte Localidades, por la Localidad Rafael Uribe Uribe, por la UPZ Diana Turbay y por entre las calles de “El Portal”, donde la vida se instala por encima de una realidad social que amenaza con detonar los sueños de muchos pero ante los que la comunidad reclama que se levante la indiferencia de tantos.

*Comunicadora Social - Periodista

 

 

 


 
 
 

LA ESQUINA REGIONAL
www.laesquinaregional.com - soporte@laesquinaregional.com
Telefax: (057) 400 7411
Bogotá, Colombia

Los textos e imágenes que aparecen publicados en este sitio
se encuentran registrados en la Oficina de derechos de autor,
por lo tanto su utilización está sujeta a la autorización de los editores.