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Por Luis Barros Pavajeau
pavajeau68@hotmail.com
Vigilias
Javier González Luna
Común Presencia Editores
70 páginas
Las ventanas del pensamiento
Si existieran cartas de navegación para transitar estos poemas, sin lugar a dudas, serían los diversos éxodos de significado entrañados en el título, porque Vigilias -sin meternos mucho con el diccionario-, además de la acción de permanecer en vela, reconcilia el trabajo intelectual ejecutado en la noche, pasando por el oficio que se reza en la víspera de ciertas festividades, hasta designar la falta de sueño o dificultad para dormirse ocasionada por una enfermedad.
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Y este es el punto de partida del que se apropia Javier González Luna para despertar al lector con una tríada de "palabras, presencia y silencios", que señala la médula de las cosas circundantes, devolviéndole a los ojos inéditos de la primera vez. Entonces, no resta si no quedarse con el beneficio del asombro, amolado con el poder de las palabras que estallan en la boca, para entregarse de nuevo al silencio que parafraseando a Octavio Paz, es anverso y revés de todo sonido. Javier González Luna, como si fuera un avezado funámbulo, equilibra las raíces de su prosa en las influencias de Hölderlin, Baudelaire y Paz, recreando las imágenes contrastantes que imploran "una sed de voces para cantar el mundo", ese mismo mundo claudicado debajo de las "cenizas de los dioses".
El poeta no se consuela con anunciar la pérdida de la divinidad, lejos de eso, sabiéndose solo y quizás abandonado en su precaria incertidumbre se levanta como un nuevo dios -que a rey muerto, rey puesto- para rebautizar el mundo a través de la palabra.
Vigilias es un texto de elevaciones y revelaciones, enmarcado como dice alguno de sus poemas en "la ventana" que "es el cuadro de mi pensamiento", donde los ojos, a veces seducidos por los guiños de la muerte, dan cuenta del vacío que corrompe "el uso despierto de las cosas".
"¿Para qué poetas en tiempos de penuria?", diríamos nosotros que para continuar festejando, poema tras poema, el ceremonial de los sentidos que escudriña más allá de la realidad escueta, con la eterna e inagotable palabra, con la que confiesa el autor, que "es la misma palabra con que dice cada vez distintas cosas, esa sola cosa que dice siempre con distintas palabras".
Noche transfigurada
La noche se instala
confiada.
Noche sin horrores
ni hambre.
Sosiego de la llama.
Levanta la mirada
y fija el cielo.
La noche te cubre y las estrellas
componen sus dibujos.
Se abre una esfera
de color y de música.
No temas nada esta noche
El cielo te ve.
Versos irreverentes
Juan José Rosales Gallegos
Real de Catorce Editores
43 páginas
La seducción del verbo
Una y otra vez el mundo poético de Juan José Rosales Gallegos gira como si fuera una espiral, alrededor de la belleza de la seducción o, si vamos más lejos, de la seducción implícita en la belleza.
Y una y otra vez el arma infalible para contarlo es esa voz portentosa que valiéndose de la escritura, va desvistiendo sus poemas en una atmósfera que augura deseos hasta dejarlos desnudos en la mente del lector, ese eterno y difícil amante que acá sin remedio, acaba seducido. Una y otra vez este poeta mexicano, obliga a través del cuerpo de su poesía, a poner los pies en tierra a un mundo que de otra forma se haría volátil, etéreo, inasible.
Y una y otra vez estos versos vivos, mundanos, terrenales, celebran desde la alegría hasta la nostalgia los contornos de una mujer a quien no le quedan estrechos adjetivos ni sustantivos, porque resurge desde los pliegues estrechos de su carne ya convertida en deseo, idea, pensamiento y memoria. " La Mujer diosa, la Mujer bandera, la Mujer cisne" , esa misma que "se ata con sus piernas, al lago de su cuerpo" , mientras "se niega a claudicar ante el olvido".
Una y otra vez Rosales Gallegos recorre sus mujeres como si fueran tierras de promisión que a veces en la distancia, vaya uno a saber si por caprichos, condenan al exilio. Y ese exilio, una y otra vez, se echa a andar palabra tras palabra para llenar el desierto mudo de la página en blanco.
I
Se asoma el primer rayo de sol
al entreabrir un poco tu boca.
Aquel rayo de luz que tímidamente
se escapó de entre tus dientes
lo tomé entre los míos,
dejando a la ciudad en penumbras.
Inesperado eclipse del beso.
Ciudad Guzmán
Tu voz se mezcla
con cantos gregorianos
y trinar de Cenzontles.
Tu voz se mezcla con la tierra,
con el paisaje cristero.
Te robas de un solo grito
todas las dulces melodías;
las escondes, luego las escupes
convertidas en humo de volcán,
que asciende
hasta tomar de la mano a la luna.
Te pierdes entre los huisaches
esperando tropezarte con Arreola.
Zapotlán nunca estuvo tan cerca;
el cielo nunca estuvo tan lejos.
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