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Javier Darío Restrepo siempre tiene más que respuestas ejemplos para casi todas las dudas que nos asaltan en el ejercicio del periodismo. Una charla con él es como regresar siempre al pupitre de la escuela. Disciplina, sentido de la responsabilidad, libertad y una ética a toda prueba han hecho que desde su quehacer el oficio del periodista y del reportero tenga el estatus de un trabajo intelectual, que pese a la pérdida de credibilidad él sigue abanderando en las enseñanzas que cientos de periodistas reciben en los talleres que realiza desde hace ocho años para la Fundación Nuevo Periodismo y desde el Consultorio Ético que atiende vía Internet
Por:Nelly Valbuena Bedoya*
nelly@laesquinaregional.com
El periodismo lo ganó para sus filas un día cualquiera cuando era estudiante y se celebraban unas olimpiadas en las que había una cantidad de eventos deportivos. La inquietud de la gente por saber qué pasaba cada día lo llevó a proponerle a un compañero que recogieran todos los resultados. Se dieron entonces a la tarea de escribirlos en un salón de mecanografía "donde había una cantidad de máquinas, esas que suenan como una metralleta cuando uno está escribiendo". El periódico mural no podía tener otro nombre que " La Bagatela ".
Tras más 45 años de ejercicio profesional, de haberse convertido en una autoridad en el tema de la ética periodística en América Latina, de haber publicado varios libros entre los que se cuenta "Testigo de seis guerras" que le mereció el premio Germán Arciniegas y de ser uno de los periodistas con más reconocimientos, entre ellos el Premio Simón Bolívar para televisión, todavía vive la alucinación que lo envolvió cuando vio a una gran cantidad de gente, que a codazo limpio trataba de alcanzar las notas fijadas en la pared. "Ese día para mí fue deslumbrante, ver lo que podía hacer simplemente escribiendo y escribiendo cosas que respondían a las preguntas que la gente se estaba haciendo".
A propósito de la publicación de su libro "El zumbido y el moscardón" estuvimos con Javier Darío conversando de periodismo, de ética, de libertad de expresión, de responsabilidad social y de objetividad, entre muchos otros temas. Bueno, más que una charla fue como siempre una lección y un espacio ya no virtual para consultar al maestro del periodismo colombiano, el mismo que cree que "el periodista es muy parecido a un Quijote cuya utopía es querer cambiar el mundo y la historia con el arma de las palabras".
La esquina regional: En el Prólogo que hace Tomás Eloy Martínez a su libro dice: "En los tiempos de tentación autoritaria y de pérdida de la fe en las instituciones democráticas el periodismo suele ser el último refugio de los sensatos". ¿Cómo interpretar esa frase, quiénes son los sensatos?
Javier Darío Restrepo: El buen periodismo es un refugio de sensatos porque trabaja a partir de una realidad dinámica. No está reflejando realidades simplemente por mostrar una realidad estática sino que se tiene la convicción de que al reflejar la realidad la está cambiando, se le está introduciendo un nuevo giro y eso es lo más sensato que puede hacer el hombre. El hombre de hoy a diferencia de los hombres de otras épocas siente que tiene un poder creador latente y eso lo siente particularmente el periodista. Y ahí hay algo singular, siente que hay un poder creador porque tiene el instrumento para cambiar, la palabra. Reconocerle a la palabra esa dinámica, esa fuerza transformadora de la historia es propio de hombres superiores. Porque el hombre común y corriente cree que eso se hace con la política, con el dinero o con la fuerza; en cambio el periodista no confía ni en la política, ni en el dinero, ni en la fuerza porque como siempre ha manejado la palabra y se ha dado cuenta de que la palabra transforma.
L.E.R.: ¿Si está el periodismo dándole respuestas a los problemas que tienen nuestros pueblos latinoamericanos?
J.D.R.: No puedo dar una respuesta general porque incurriría en una injusticia o en ser demasiado iluso. Hay periodistas y hay un ejercicio del periodismo que sí está haciendo eso. Algunos medios lo están haciendo y tienen una profunda fe en el poder transformador de la información, porque no lo hacen simplemente para que la gente lea las historias y vea las fotografías, lo hacen con la plena confianza de que al poner en contacto a la gente con realidades van a cambiar algo. Uno no sabe qué va a cambiar, ni sabe cuándo, pero si sabe que algo va a cambiar.
L.E.R.: Pero estamos hablando de los medios pequeños o de los llamados alternativos -categoría que no me gusta mucho-, que por lo general tienen unas coberturas pequeñas y que en esos términos no compiten con los medios masivos; entonces la pregunta es ¿están los medios masivos dando esas respuestas?
J.D.R.: Es que ahí estás señalando el potencial de esos medios pequeños y la debilidad de los grandes. Estos medios son viables porque no son medios que están en alianzas con poderes y sobre todo con intereses económicos. Son medios que están haciendo uso de la palabra, en cambio los otros están haciendo abuso de la palabra, porque la están utilizando para vender cosas, o para arraigar su propio poder y fortalecerlo, para servir a sus propios intereses. Yo creo en el pronóstico de que los grandes medios informativos o cambian o desaparecen, porque en este momento esos medios informativos se están convirtiendo cada vez más en catálogos de ventas, por consiguiente tendrán el mismo uso. Tú buscas lo que te interesa y eso pasa cuando le llega a uno el periódico -por lo menos a mí me pasa-, o cada vez que me llegan las revistas lo primero que hago es sacar todo ese montón de propaganda y echarla a la basura, para poderme sentar a leer tranquilo, sin las perturbaciones que introducen los alaridos de feria que vienen en las páginas de los periódicos y las revistas. Esta actitud la está tomando mucha gente y llegará a generalizarse cuando la gente se de cuenta de que los grandes medios no están informando nada sino que se están aprovechando de la buena fe de los lectores y virarán entonces hacia los medios que sean más independientes y cuya información sea fiable, que son siempre los medios modestos que no tienen los grandes alaridos de la tecnología de punta y funcionan con el poco dinero que recaudan, no son medios en los que se siente esa avidez del negociante que lo quiere convertir en una fuente de riqueza, sino que son dominados por una obsesión, por una idea, es decir, son de gente idealista, utópica, soñadora; y esa es la gente que en últimas resulta más fiable.
L.E.R.: Un poco en el sentido de la comparación que usted hace con el Quijote, abro comillas, "En realidad se necesita en esta profesión una dosis de idealismo tan grande como la Quijote para mantenerse en la convicción de que las palabras impresas o habladas de un periodista pueden cambiar ese panorama de injusticia".
J.D.R.: Algo así. Date cuenta que en el mundo hay una comprobación interesante y es que hoy se piensa más en don Quijote que en Cervantes. El sueño reemplazó al soñador. Venimos de un siglo de racionalismo y un racionalismo cerrero en el que sólo creo lo que puedo ver y estamos entrando en otro siglo, el de gente que cree que más allá de la razón tiene que haber algo, que la razón no agota las expectativas ni los sueños de los hombres; que hay un país distinto en el interior de cada hombre, que es su capacidad de soñar y de imaginar. Eso está determinando unos cambios muy interesantes y sobre todo va a determinar la caída, la decadencia de los cálculos del solo raciocinio. Estamos ad portas de una época fascinante que nos va a dar muchas sorpresas.
L.E.R.: ¿Nosotros desde la experiencia de prensa independiente nos negamos a que nos llamen alternativos si eso nos ubica únicamente en el ámbito de la izquierda o de compromisos con partidos políticos. ¿Cómo podemos nombrar a estos medios, dada la importancia que tienen y para sacarlos de esos encajonamientos?
J.D.R.: Aquella cosa de estar siempre tirando línea y línea política corresponde a la adolescencia de los cambios que se dan. Cuando se está comenzando se tienen esas inclinaciones que cada vez son más escasas porque la misma historia se ha encargado de demostrar que eso no lleva a ninguna parte y que eran un dogmatismo más. Y los dogmatismos han ido cayendo uno atrás otro, hoy hay más respeto por el hombre. El dogmatismo es una forma de desconocer y de irrespetar la inteligencia del hombre. En algunos casos los llaman medios comunitarios que parece que es algo que tiene mucho fututo en la medida que se hagan a partir de la compactación con la comunidad y de sus necesidades de expresarse. También puede ser un periodismo independiente que rescate el nombre del periodismo alternativo. Generalmente se rescata mostrando realidades distintas de las que se asociaban inicialmente a esas clases de nombres. Esos significantes hay que llenarlos de significados.
L.E.R.: Usted ha estado en toda América Latina dictando talleres, conociendo de cerca las formas como los periodistas asumimos este oficio y sus prácticas. ¿Cómo puede describir el periodismo que se está haciendo en América Latina?

Ciudad de Panamá |
J.D.R.: Es difícil porque hay distintas clases de periodismo pero tiende a ser más significativo, a tener más representación. Ese periodismo que están haciendo los descendientes de las familias que crearon grandes medios de comunicación son generaciones que tienen pensamientos distintos; por ejemplo, desde Eduardo Santos hasta Enrique Santos, en El Tiempo, han pasado muchas cintas por esas rotativas. Lo mismo sucede en los demás países, siempre mantienen su importancia esos periódicos tradicionales. Es una lástima que no se pueda decir lo mismo de El Espectador. No obstante hay un ejercicio muy interesante y valioso con la edición semanal. Pero volviendo a tu pregunta, es un periodismo que manteniendo una línea tradicional se está ajustando a la fisonomía que van adquiriendo las sociedades. Con esto quiero decir, antes el periódico era un interlocutor válido para todos los poderes hoy está dejando de ser ese interlocutor y el mismo periódico está agradeciendo no ser ese interlocutor porque encontró que es limitada su acción. Estar del lado del poder siempre fue malo para la prensa y esa conciencia se ha abierto camino en los distintos países, hay un distanciamiento del poder. Eso puede ser explicable o porque los medios hayan tomado conciencia de la necesidad de estar lejos del poder o porque el poder se haya degradado tanto que ya sea una mala compañía para cualquiera. Esa puede ser una característica que uno observa en todas partes. Al lado de eso veo otra clase de periodismo que es oportunista políticamente cuando son los políticos los que están manipulando. Lo encuentro mucho en América Central. También tenemos lo que es la más nociva evolución que ha tenido el periodismo a fines del siglo veinte y es el periodismo vinculado a grandes grupos empresariales. Eso se convirtió en una epidemia en el mundo y ha puesto a prueba la consistencia del periodismo, hasta el punto de que uno tendría que decir, qué bueno que se mantengan los periódicos de familia, porque por lo menos allí hay una tradición que se quiere conservar. En cambio lo otro, los periódicos que van a parar a los grupos empresariales, allí si no hay hombres convencidos de la profesión y dispuestos a hacer lo necesario para defender su dignidad; son empresas periodísticas que se degradan y que acaban convirtiéndose primero en boletines y segundo en catálogos de venta de esos propios grupos empresariales. Por ese lado el futuro no es nada promisorio, es de temer que allí el periodismo esté comenzando a escribir la peor de sus historias.
L.E.R.: Desde ese contexto, ¿cuál es el perfil del periodista que se requiere hoy?
J.D.R.: El de siempre y con los valores de siempre. Nada reemplaza el compromiso con la verdad. Luego la siguiente característica -que es la que han tenido los mejores-, es su responsabilidad con la sociedad, vivir en función de la sociedad. Y estos dos grandes valores, apoyados por el gran valor que los defiende que es la independencia. Yo siempre uno esos tres elementos, los convino en mi coctelera y lo que sale de ahí es el periodista ideal. Ese es el periodista que se necesita y el que mañana seguirá siendo necesario.
L.E.R.: ¿Cómo dirimir la eterna discusión entre periodistas empíricos y los salidos de las academias?
J.D.R.: Esa competencia es infantil. Cada uno defendiendo lo suyo, ahí lo más maduro y lo que dará resultados es la complementación. Eso lo vi en varias oportunidades en las redacciones en las que estuve, que esa complementación siempre fue muy enriquecedora para ambos, porque el periodista empírico puede aportar todo eso que le enseñó la vida y que no leyó en los libros ni en la academia pero que aprendió en las salas de redacción. El académico puede aportar una especie de sistema de trabajo. Lo que hace la academia es ordenar, dar metodología del conocimiento, que no la tienen los empíricos, que obran según el instinto y ese instinto no siempre responde adecuadamente. Más aún encuentras tú al empírico con una capacidad enorme para almacenar datos y para obtenerlos, pero a la hora de ordenarlos es cuando le hace falta lo que la academia da. Nos necesitamos los unos a los otros, y luego unos y otros tienen que aprender que este es un oficio que no se termina de asimilar totalmente. Uno siempre está aprendiendo y en esa necesidad de aprendizaje es donde se encuentran nivelados.
L.E.R.: ¿Cómo ser independiente con unas empresas periodísticas como las que tenemos, con unos medios que responden a las lógicas del mercado y que le exigen al periodista cosas que comprometen su independencia?
J.D.R.: Detrás de tu pregunta existe un supuesto, a lo mejor tú no te das cuenta del supuesto y el supuesto es una empresa donde esté completamente separada la preocupación de mercado de la redacción, por lo tanto esa redacción será independiente. Ese supuesto es falso. Estás condicionando la independencia, a que no hay obstáculos y resulta que la independencia se hace sorteándolos. Kant habla de la independencia, de la libertad como un ave en vuelo y explica: "El ave puede volar, porque a cada segundo, a cada movimiento de las alas está venciendo la resistencia del viento. En el supuesto que desapareciera el viento, el ave no podría volar". Es decir, se eleva en tanto hay obstáculos que vencer. La libertad tiene esa misma naturaleza, es siempre la ruptura de algo, superación de un obstáculo. Si en alguna profesión se está gritando permanentemente por la libertad, es precisamente en ésta y es la profesión en la que es más difícil la libertad, porque hay más obstáculos. Y por eso la libertad es nuestra esencia, es como el aire que respiramos, es absolutamente indispensable; periodista que no esté venciendo obstáculos es un periodista que no puede ser libre. La libertad es el resultado de eso, de tener que luchar contra la empresa comercializada, contra el jefe de redacción que tiene una cabeza de cemento armado, que no entiende nada de nada, contra unas fuentes que te están mintiendo, contra unos poderes establecidos que ocultan la información. Sí, la vida del periodista es una constantemente lucha para vencer obstáculos. Y obstáculos para poder hacer una información independiente, pero esos obstáculos son los que fortalecen su libertad.
L.E.R.: ¿Nos hace falta reflexión y autocrítica sobre el oficio?
J.D.R.: Es tal vez una de las debilidades grandes de una sala de redacción y luego pretender que son espacios muy grandes los que se deben dedicar a ese tipo de reflexión. Pero de hecho hay reflexión en las salas de redacción cuando se reúnen para hacer la agenda del día. Claro que hay medios que ni siquiera eso hacen. Cuando empezamos "24 horas" eso ni se contemplaba. Simplemente llegábamos los redactores y el jefe de redacción decía: Javier Darío hoy hay tal cosa y tu vas a cubrir eso con cámara muda. En ese tiempo se utilizaba cámara muda y cámara de sonido. La cámara muda, era una cámara chiquita que no registraba sonido, ni declaraciones, sino que uno tenía que apoyarse en un texto. El hombre tenía una lista que de pronto había comentado con el director, en una estructura vertical. Todos los demás éramos peones que teníamos que cumplir la tarea que nos asignaban. Costó mucho trabajo -y yo recuerdo haber sido muy insistente en eso-, para que se hiciera Consejo de Redacción y el día que se hizo el primero lo tomé como una victoria personal. Y les dije: ahora si va a progresar el noticiero. Porque hay mucha distancia entre uno solo que piensa y ponerlos a todos a pensar. Lo otro era un capital dilapidado; entonces emprendimos una nueva campaña, ´a mi me parece que los consejos de redacción tienen que comenzar con la evaluación del noticiero del día anterior´ y allí es donde viene la reflexión sobre el oficio. En hacer esa autocrítica. Porque naturalmente ahí aparecen, primero los aciertos y los desaciertos. Si algo me ha enseñado la vida, es que el periodismo se aprende de los errores, no de los aciertos. Porque el error desata una dinámica muy especial y en medio de todo eso siempre hay dilemas éticos que se discuten.

Quito, Ecuador |
L.E.R .: ¿Cuál es el catalizador frente al miedo que debemos tener los periodistas?
J.D.R.: La racionalización. Ante una amenaza viene un proceso de racionalización, quién amenaza, por qué amenaza, en consecuencia qué buscan con la amenaza y entonces va desapareciendo toda esa parte mítica que uno se crea, movido más por los sentimientos que por la razón y que agrandan la amenaza en sí misma. Entonces, todos los que hablan sobre miedo lo que dicen es: la defensa está en su razonamiento. Hay un ejercicio que hago cuando empezamos a tratar el tema de la responsabilidad social, les propongo enfrentar la bomba del terrorista a la palabra del periodista. ¿Y cómo se puede hacer ese enfrentamiento? No se puede visualizar. Tenga en cuenta usted que cuando explota una bomba terrorista, el terrorista tiene tres objetivos. Primero difundir el miedo, segundo generar desconfianza, tercero notificar la aparición de un nuevo poder, que va a reemplazar a los otros poderes. Si usted va a hacer la información sobre el asunto de la bomba atropelladamente, atolondrado, sin ningún pensamiento previo y demás, usted se convierte en un cómplice de ellos; difunde el miedo, la desconfianza y notifica al nuevo poder. Usted aparece como el heraldo del nuevo poder. Eso es lo que le pasa al periodista atolondrado, que cree que el detalle está en la prisa y no está ahí. Si usted no es atolondrado y se plantea como un reto, yo no le voy a servir de instrumento a los terroristas, pero tengo que cubrir este hecho. Porque hay incluso una escuela de algunos periodistas que dicen simplemente no contarlo. Nosotros no estamos para silenciar nada, estamos para contarlo todo.
Entonces cómo contarlo. Hay quién dice: ante todo serenarse. El periodista no puede ir allí a contagiarse del susto, de la perturbación de la gente, debe mantener serenidad. Segundo, cuidado con los adjetivos, porque los adjetivos son una forma de subjetivizar la información. Tercero, atenerse a los hechos, contar únicamente lo que sucedió, sin adjetivos, ni nada, de la forma más escueta posible. Entonces cuando van en esa etapa de sus propuestas, es cuando les caigo, y les digo: se dan cuenta de que todo esto significa dejar a un lado la emocionalidad, el sentimiento y darle predomino a la razón. El problema que tiene la televisión es que sólo se dirige a los sentidos; vean y oigan pero no hace pensar. La ventaja que tenemos en los medios impresos, es que lo nuestro es la palabra y la palabra significa, es una versión de la realidad, es decir la realidad pasada por el cerebro. Hacer que la gente conozca mejor las cosas y las piense, es una manera de combatir el miedo. El miedo es un sentimiento exacerbado.
LE.R.: Este ejemplo nos pone frente a otro tema que usted plantea y es la necesidad de unos periodistas que sepan contar historias, que sepan ordenar, contextualizar, sin excesos de emocionalidad.
J.D.R.: Sí, es darle un orden a las cosas y ese orden, es un orden intencionado, ahí es donde aparece la intencionalidad. Y cuando ya hablamos de intencionalidad, hablamos de un periodista situado frente a un país, frente a una crisis, frente a un hecho. Y qué significa ese estar situado, que se es conciente de que se tiene un papel que cumplir frente a la sociedad por el solo hecho de contar un episodio, de contar una noticia. Eso significa que ese periodista entiende que contar la noticia no lo es todo, que tiene que hacerla entender. Y que publicar una noticia que puede ser entendida trae consecuencias. Es que allí es donde viene la parte interesante, ser conciente del poder que uno tiene en las manos. Que esa es la definición de responsabilidad, ser conciente de ese poder. Total que ese periodista que sabe que tiene ese poder en las manos y que tiene unos instrumentos, no se atiene únicamente a la rutina. Es alarmante la cantidad de género noticia que hay en todos los medios y la escasez casi de excepción de una buena crónica y ni se diga del reportaje.
L.E.R.: ¿Entonces, qué clase de periodista es el que hace crónicas?
J.D.R.: El que hace crónica es el que ha entendido que la noticia es apenas una semilla que uno tiene que cultivarla para ver qué es lo que tiene por dentro y ahí es cuando aparece el interés del cronista; ver qué es lo que contienen por dentro los hechos. Es alguien que está convencido de que la palabra es un instrumento maravilloso y que se puede utilizar de muchas formas. Y la convicción central, es que está dialogando internamente y en silencio con sus lectores. Entonces quiere ofrecerles lo mejor y por eso escoge las palabras y el esquema que va a utilizar, con el fin de prestar un mejor servicio y que la gente al comprender haga sus propios descubrimientos.
L.E.R.: ¿Cómo se relaciona con la objetividad?
J.D.R.: La crónica impone objetividad. Lo que pasa es que el término objetividad se ha utilizado en una forma tan restrictiva y tan casuística, que se ha olvidado que la objetividad no es un asunto de ética, sino un asunto de técnica. La objetividad es un instrumento de trabajo, y yo sé que no puedo contar los hechos como son, si estoy mezclándole allí mis sentimientos, mis amores o mis desamores. Para contar las cosas como son, tengo que tomar una actitud muy parecida a la de un científico. El científico lo primero que hace es barrer los prejuicios y lo hace con el fin de que cuando lleguen los nuevos conocimientos no encuentren obstáculos en su conciencia, para poderlos asimilar, comparar y evaluar. Las lentes deben estar completamente limpias. Así le pasa al periodista, a eso llaman objetividad y les ha dado por decir que es un asunto ético, pero es simplemente un instrumento, con el fin de ver claro. Entonces si yo uso gafas y ese día mis gafas están empañadas, lo primero que hago es limpiarlas, para poder ver bien.
L.E.R.: ¿Qué pasó con los cronistas, por qué están desapareciendo de los medios?
J.D.R.: El primer elemento lo anuncia Kapuscinski cuando dice que hubo un tiempo en que los periodistas eran unas personas muy respetables y respetadas. Pero ese tiempo se acabó, cuando ser periodista podía ser cualquier persona. Es lo que él llama la proletarización del periodismo. Y naturalmente a los medios les resultaba más barato llamar a los aficionados. Un segundo elemento, tal vez el más definitivo y es cuando la noticia empezó a ser mercancía. Y como hacer una información elaborada es costoso y los periódicos están en el plan de hacer un periodismo barato, allí vino una de las razones para que se fueran acabando. Empezamos a escuchar decir, -como así que usted necesita tres días para hacer una crónica, en tres días usted puede hacer seis noticias y eso es lo que necesitamos. Vaya busque otro lugar donde le paguen para hacer eso. Ese fenómeno lo explicaba Ramonet en un congreso de periodistas latinos que se hizo en Nueva York; él hablaba de la proletarización del periodista. Al periodista ya no se le respeta como un trabajador intelectual, porque no se necesita mucha capacidad intelectual para hacer noticias que tienen el esquema hecho y para averiguar las cosas con llamadas telefónicas o con simples entrevistas. Luego existe también la pésima propensión a que sólo se pague el trabajo físico y no el trabajo intelectual. Entonces como por hacer una crónica uno no suda mayor cosa... (risas)
L.E.R.: Entramos en otro tema, que también es muy delicado y es la situación laboral de los periodistas, que cada vez es más compleja. Ni hablar de los periodistas de región que por lo general trabajan a destajo.
J.D.R.: Eso va muy de la mano de lo anterior. Porque al proletarizarse el oficio, al haber una oferta de trabajo superior a la demanda, pues naturalmente las empresas se dan el lujo de decir, -a éstos y en las condiciones que yo pongo si no les gusta, pues váyanse. Yo he llegado a la conclusión de que el salario promedio de los periodistas en América Latina es de 300 dólares al mes. Y un periodista con 300 dólares al mes es alguien que permanentemente está con el problema de ¿cómo hago para el mercado, para el arrendamiento, para el colegio de los niños, para las medicinas, para el vestido, para todas esas cosas. Naturalmente un periodista en esas condiciones no tiene ninguna clase de libertad. Por el contrario está siempre dependiente de quién le pueda pintar unos pesitos más. Y es cuando aparecen todas las prácticas de corrupción en el manejo de la información. Si este fenómeno lo miramos en el ámbito continental lo que nos está mostrando es que la democracia está frente a una de las más grandes amenazas: el ciudadano mal informado y mal informado porque se está produciendo una información mediocre, no libre, no independiente y que siempre está gobernada por aquellos que tienen los mayores recursos económicos. Estamos frente a la plutocratización de la información. Esa es la consecuencia. Siempre llegamos a esa misma descripción y ahí es donde viene la pregunta clave: ¿y entonces qué hacer? Primero es un hecho que constituye una debilidad de los periodistas y es que somos muy insulares. Cada uno por su lado. Y naturalmente un periodista solo que va a donde un director, y le dice: yo no puedo vivir con lo que usted me está pagando, pues éste no tiene ningún inconveniente en decirle, si no te sirve hasta luego, lo siento mucho, pero no te puedo pagar más. Pero si son todos los periodistas quienes van a donde el director, la respuesta será distinta. A mí me impresionó mucho cuando estuve en Paraguay y encontré un sindicato nacional de periodistas que es el que negocia los salarios. Aparece entonces la obligación, si es que queremos redimir este medio y si queremos una información libre y es la agremiación que se convierte en un deber ético.

Lima, Perú. Fotos Cortesía Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, FNPI |
Mientras eso llega, hay otras alternativas, con un montón de defectos, y es el oficio alterno. Tiene que ser un oficio que no entre en choque con su condición de periodista, es decir, si yo tengo como segundo oficio dar clases, yo no voy a estar cubriendo el sector educación o el sector universidades. Hay una tercera, que no es solución sino que viene a ser algo así como una forma de proteger al periodista contra esa dependencia económica. Aprender la sobriedad o la austeridad. Alguna vez utilicé esa palabra y entonces el "negro Perea", (periodista deportivo colombiano) que es bruto por naturaleza y no sabe, se fue palideciendo y asustando. Austeridad no significa que usted tenga que pedir limosna, que tenga que vivir en una casa de tablas; austeridad significa que usted no tiene necesidades innecesarias, es decir que usted no se siente obligado a cambiar de carro cada año, ni a vestirse con zapaticos italianos y con camisitas que cortan sólo para usted. Si soy austero, no me importa ir a comprar camisas de las que usa todo el mundo e ir a comprar mis pantalones donde nadie los ha cortado para mí. El periodista necesita austeridad y uno reconoce el talante del periodista verdadero que es austero.
L.E.R.: Esto nos pone en un tema mucho más complejo y es en el de la inequidad que los mismos medios han creado en los salarios. Una cosa es lo que gana un presentador o una presentadora y otra lo que gana un reportero o periodista. Las diferencias son abismales.
J.D.R.: Si los periodistas estuvieran agremiados, tendrían fuerza suficiente para sentar al señor y decirle, bueno un momento, esto no tiene ninguna equidad. Quién es el que está aquí haciendo el trabajo de verdad, la muchachita que simplemente está leyendo lo que yo le escribo, con los datos que yo obtengo, gastándome mis zapatos y de paso la muchachita viene y trabaja dos horas; y yo tengo que trabajar ocho, diez, hasta doce horas. Pero, qué fuerza tiene un periodista para llegar a donde el gerente solo y ponerse a alegar sobre estos temas; entonces le dice si te gusta así, pues bien y sino lo siento mucho. Es necesario agremiarse pero hay una idea clasista, porque los periodistas somos unos clasistas a morir y somos unos arribistas insoportables, es la idea de que cómo nos vamos a asimilar nosotros a los sindicalistas, esos son trabajadores que huelen a sudor y nosotros periodistas a agua de colonia. Eso lo digo en términos gráficos, pero a eso equivale la objeción que siempre se presenta para que por ejemplo el Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB, se convierta en sindicato. Esa propuesta se ha hecho varias veces. Hay otros que tienen el problema de que hablan de sindicato e inmediatamente sienten el azufre de la izquierda, entonces creen que estamos ante unos comunistas horribles. Mientras el gremio de los periodistas no se libere de un montón de prejuicios y de ese tufo clasista no se va avanzar en este tema.
L.E.R.: Esta situación está ligada también a las relaciones que se establecen con el poder.
J.D.R.: Ese es otro detalle; como estamos en contacto con el poder y con los dirigentes del país nos sentimos de la misma familia. Hubo un episodio en un taller que estaba dictando en México y un periodista dijo: "yo encontré el remedio para eso.Yo cubro las fuentes políticas en ciudad de México y todo el día me estoy codeando con la gente más importante de este país y pisando las alfombras más gruesas. Cuando termino mi tarea, tengo que salir corriendo para encontrarme un rinconcito en el metro y ahí es en donde me redescubro en lo que soy". Bellísimo. Pero es que el periodista es arribista y allí está una de las claves, de que no se agremia, y de que al agremiarse no esté disputando un salario decente.
Fotos cortesía Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi.
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