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Estoy aquí en medio de la Plaza de Bolívar. El día ni es gris, ni es soleado, los tenues rayos de luz se mezclan con algunas gotas de lluvia que espantan la idea de un fuerte aguacero. Hace frío. El bullicio de la ciudad deja colar pitos y ruidos de motor. Al fondo se escucha el sonido de la flauta de Wilson Saldoval, el embellecedor de calzado que desde hace 25 años atiende a sus clientes desde una de las esquinas de la plaza. El aleteo de las bandadas de palomas, que van de un lado para el otro, se confunde con las notas de la flauta de Wilson. Las sonrisas de los turistas, que tratan de retratar un instante en uno de los sitios históricos más representativos del país, se funden con las arengas de los vendedores, los fotógrafos, los caminantes, para convertirse en un murmullo. El rostro de un indígena koguí se mezcla con los rostros de los habitantes de la plaza, los cachacos desprevenidos con sombrero y las personas venidas de otros rincones del país.
Por: Danilo Moreno Hernández
danilomontes2003@yahoo.com.ar
En medio de la tranquilidad del sábado me pregunto ¿Cuántas veces he estado en este escenario? ¿Cuántas veces he andado y desandado este espacio? ¿Cuántas imágenes puedo asociar a este lugar? Quizás uno de los episodios más lamentables sea el de la toma del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985; las imágenes del Palacio envuelto en llamas, el retrato de una tanqueta disparando un rocket contra la fachada del Palacio, el incendio que ilumina una noche trágica; las víctimas saliendo por alguna de las puertas, las voces de los magistrados a través de los medios de comunicación pidiendo ayuda. Es imposible dar una respuesta a esas preguntas, sin pasar por este episodio, que se consolidó con la imagen del Palacio de Justicia en ruinas y que después reconstruyeron, tratando de borrar de la piel de la ciudad una cicatriz que veinte años después aún no se borra.
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De las imágenes nefastas voy a la mañana de domingo en que, a pocos metros, pude ver un concierto de Serrat, que nos impresionó con su Mediterráneo cantado a 2600 metros más cerca de las estrellas y más lejos de ese mar que se evoca en la canción. Fue un concierto monumental. El cantautor español nos recordó la importancia de las Pequeñas Cosas, la espera inútil de una Penélope sentada en la estación; el verso de Machado: Caminante no hay Camino, se hace camino al andar . Nos recordó que el Sur También Existe y que por un Pueblo Blanco , por no pasar ni pasó la guerra, sólo el olvido. El de Serrat fue uno de los tantos conciertos celebrados en esta plaza y al que siempre asistieron, y asisten, cientos de espectadores para vivir el acontecimiento.
Cómo no evocar la noche de alguno de los cierres del Festival Internacional de Teatro, recuerdo el momento en el que el sonido de la pólvora se tomó la noche en una fiesta colectiva, en la que los tambores y la pólvora se tomaron los sentidos, para hacernos vivir por un instante el carnaval que no tenemos pero algunos quieren revivir; me sentí transportado, llevado por una multitud que celebraba la fiesta de la actuación, del teatro callejero puesto al alcance de los habitantes de la ciudad.
De los conciertos y las celebraciones en la Plaza como el lugar en el que terminan cientos de manifestaciones en las que se protesta, casi siempre, por un mundo mejor: los trabajadores del primero de mayo, los profesores pidiendo reformas en el sistema educativo, las madres cabeza de familia, los gays pidiendo por sus derechos, las manifestaciones políticas, los activistas que protestan en contra del TLC, que seguro impondrá más pobreza, las organizaciones de derechos humanos, los que pidieron la destrucción de las minas antipersona , los estudiantes que protestaron por el asesinato de alguno de sus compañeros. El eco de esos gritos aún parece escucharse en medio del murmullo de la ciudad.
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Contemplo el escenario, ahora estoy en el lado occidental, cerca del Palacio Liévano, espacio que en algún momento erigió uno de los primeros edificios urbanos: el de las Galerías Arrubla, destruidas por el fuego. Al frente está la imponente Catedral, que parece pegarse a los cerros verdes que se ven del otro lado. El cielo deja ver un pedazo de azul intenso, rodeado de nubes, en el primer plano aparecen otra vez las palomas. Recuerdo, como me lo dijo un amigo, mostrándome imágenes, que este rostro que hoy conocemos de la Plaza de Bolívar se inauguró en 1961 y que antes la plaza estuvo compuesta por cuatro fuentes que se inauguraron la noche del 19 de julio de 1926, en medio de juegos combinados de agua y luces policromas que salían de cada una de las cuatro fuentes. En la imagen siempre aparecen carros clásicos en blanco y negro.
Cierro los ojos y el aire me trae un olor a calle, a pavimento, otra vez vuelvo a escuchar el aleteo de las palomas. Estoy en un lugar en el que se han acumulado acontecimientos que cambiaron la historia de la ciudad, del país: el primer motín en 1564, el episodio del florero el viernes 20 de julio de 1810, los acontecimientos del 9 de abril, la toma del Palacio Justicia, solo por citar algunos. La Plaza como lugar de mercado en otro momento histórico y como lugar de encuentros. La plaza que en su entorno está rodeada por las fachadas del poder: el Capitolio Nacional, La Catedral , el Palacio de Justicia, la Alcaldía Mayor de la ciudad, se convierte en un lugar que es pasado y presente.
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Se que hay otras plazas de Bolívar: la de Caracas y la de Lima, que quizás cuentan historias similares, pero sin duda tan particulares. Me detengo a charlar con Wilson Sandoval, como siempre empieza a hablar de la felicidad que siente de poder embellecer el calzado de quienes transitan por la plaza. De lo que ha visto durante estos 25 años en este lugar, habla de los acontecimientos. A sus sesenta años se describe como un hombre feliz que de cuando en cuando toca la flauta, embellece el calzado, lee, pinta, dicta charlas y vive como un hombre independiente. Siente orgullo de tener como oficina en uno de los lugares más importantes para el país: La Plaza de Bolívar .
*Profesor Universidad Nacional de Colombia
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