MUNICIPIOS

El trapiche La Cascada: una empresa de vida

   
     

 

 

 

 

Como las tortugas, la gente en Granada lleva su casa a cuestas y no carga equipaje, por cuenta de los constantes desplazamientos para hacerle el quite a la guerra. “Futuro” fue una palabra borrada de la faz de su tierra por bombas, asesinatos selectivos y masacres, en esta puerta de entrada a los municipios del oriente antioqueño, en la zona de los embalses, cuya condición geográfica y económica privilegiada la convirtió en epicentro de la subregión y en codiciado botín de guerra, al cual todos los actores armados han mandado sus zarpazos desde 1980: el Eln creando el activo frente Carlos Alirio Buitrago; las Farc realizando en 1998 la primera toma guerrillera de la historia de Granada; y las Autodefensas en 1997, primero con asesinatos selectivos y después con la atrocidad de las masacres

Por Sol Astrid Giraldo Escobar

En el 2000 el pueblo se volvió literalmente pedacitos: una bomba de 400 kilos en su corazón administrativo y comercial hizo estallar por los aires 20 cuerpos, 300 casas, 50 locales, siete manzanas, el comando de policía, el hospital y cientos de confianzas, miles de sueños y todas las ganas de vivir.

Aunque algunos granadinos se vistieron con trajes de trabajo, recogieron fondos y reconstruyeron en tiempo record ladrillo por ladrillo la cara física del pueblo, el ataque partió la historia en dos porque la desconfianza se instaló entre vecinos, cada quien se recogió en sí mismo y muchos se marcharon. La desbandada fue tan dramática que de 18.500 habitantes que había en el 2000, en las zonas rural y urbana, un año después quedaron 8.824. La mitad de los estudiantes desertó, 171 comercios cerraron puertas acosados por constantes paros armados y bloqueos; salieron de circulación 13 de los 20 buses de escalera que salían y entraban repletos de gente con mercancías, costales y gallinas. La situación en las veredas empeoró al grado de que Santa Ana, único corregimiento del municipio, se pareció a un cascarón vacío: 290 de sus 350 campesinos salieron hacia el casco urbano y los demás se quedaron como animales en peligro, es decir, prefirieron hacerse los muertos y esperar la próxima orden de desalojo para emprender un nuevo desplazamiento y sobrevivir con mínimas ayudas estatales.

Elmer: un rostro con resplandor

Sin embargo, entre cultivos abandonados, casas de descanso con anuncios que pregonan ventas, y escuelas signadas con grafitos de las Auc, resplandecen la chispa, la energía, la fortaleza y el buen humor de Elmer, para quien su vereda, La Cascada, es un paraíso del ecosistema fluvial que alimenta los embalses generadores del 33% de la energía eléctrica del país.

A los pies de una cascada del río y sobre la explanada donde pensaban construir una cancha de fútbol, emerge hoy el motivo del optimismo de Elmer: un trapiche panelero, cuya singularidad consiste en que ondea sobre la cima de la guerra y los filos de la muerte, porque no es solo un proyecto productivo sino un acto de fe y de afirmación de vida para 19 familias protagonistas de un emprendimiento económico, social y comunitario capaz de hacerle quites a la lógica perversa de la guerra. Guerra que aterrorizó, fragmentó y enfrentó a quienes habían compartido 200 años de historia, terruño, ahijados y negocios; las ferias del tomate, la papa y la panela; el bosque de la cordillera central con la abundancia de las aguas y las neblinas al amanecer; las escuelas y colegios; y la plaza con las tres torres de la iglesia de Santa Bárbara.

Mucho más que panela

El trapiche panelero de La Cascada es –como diría Francisco de Roux desde el Magdalena Medio–, un “proceso arraigado en la ocupación productiva del territorio por los pobladores capacitados, organizados, pegados de la tierra y del agua y de los animales, en una economía puesta al servicio de la vida con calidad, creatividad y autonomía”. Allí la tradición y la tecnología se mezclan entre afanes de molienda, trabajo rudo, sonido ensordecedor del motor, humo del horno, olor penetrante de caña y efervescencia de susugos, sabor dulzón del “conejo” y color miel de la panela fresca.

Más que un proyecto productivo, el trapiche de La Cascada es una empresa de vida, una apuesta de región apoyada por varias instituciones y una comunidad empeñada en trazarse su rumbo con trabajo comunitario y rompiendo patrones de obediencia a un jefe y de respeto a jerarquías. Aquí se abren paso los grupos organizados y la figura del coordinador.

“Esto ha sido difícil para nosotros, dice Juan, uno de los socios. A veces me pregunto: si soy coordinador, ¿por qué no mando? Sin embargo, con las capacitaciones he empezado a entender que todos somos iguales y líderes. Las capacitaciones lo despejan mucho a uno, porque uno ha vivido muy cerrado”.

Hoy, gracias a la capacitación creen que sí es posible incidir en las relaciones económicas, cambiar patrones mentales; recuperar valores perdidos durante el régimen del terror, como el de la solidaridad; y mantener la certeza sencilla de vivir atados a su tierra, a la comunidad y a la región. Hoy, el 70 % del proyecto es cofinanciado por 14 Municipios y cinco instituciones (Prodepaz, Fupad, Red de Solidaridad Social, Secretaría Departamental de Agricultura y Cornare) y el 30% restante con mano de obra que los socios aportan dos días a la semana.

El trapiche pertenece a varios socios, la tierra es comunal y colectiva la molienda que tres jornaleros comienzan a las dos de la mañana, termina a las 4 de la tarde y produce 13 cargas; antes, levantándose a medianoche y trabajando 20 horas, producían 3 cargas de panela.

Todos viven pendientes de que el horno no se apague pero también de que no se extinga el sentido comunitario, recuperado entre los rescoldos del conflicto que pudo haber borrado para siempre la historia de 200 años sobre un pedazo de la cordillera central de aguas abundantes y neblinas mañaneras en los bosques; o que pudo haber escondido y fraccionado por décadas a los ahijados y vecinos que se abrazaban en las ferias del tomate, la papa y la panela; o que pudo haber derruido las escuelas, los colegios, la plaza y las tres torres de la iglesia de Santa Bárbara.

Cuentan en el pueblo que cuando los pobladores comenzaron a percibirse como de un bando u otro la primera reacción fue encerrarse. La guerra los fragmentó territorial y comunitariamente: en la cabecera los paramilitares y en las veredas los guerrilleros. Hoy, alejada del conflicto, la molienda es una fiesta colectiva, sin distinciones y sin desconfianzas, como en los viejos tiempos. Cada socio invita a hermanos, primos, cuñados, padres y madres a participar del trabajo, mientras las mujeres preparan en un caldero gigante un sancocho comunitario, al que milagrosamente no le falta ni le sobra una pizca de sal.

“Soy María y tengo un reposaderito en Granada”

Las mujeres parecen estar al margen del negocio porque los hombres consideran que ese oficio es muy duro para ellas. La única excepción es María, mujer en los 40, soltera, ojos y cabellos claros, piel de vejez prematura, con esa mirada de horror contenido tan común en el oriente antioqueño y de risa fácil que aparece al menor descuido, a pesar de que su padre de 74 años está hospitalizado con cataratas.

Hace algún tiempo, María y otras diez mujeres empezaron a confeccionar y vender ropa en el pueblo. Atemorizadas por el conflicto, ocho de ellas tuvieron que dejarlo todo y, en consecuencia, las ventas decayeron y el negocio entró en crisis, pero María ha persistido. “Yo vivo en La Cascada, pero tengo reposaderito en Granada”, dice María cuando empieza a recordar que un día oyó hablar en el pueblo del proyecto panelero y tomó la decisión de asociarse. No le fue fácil porque tuvo que vencer el pesimismo de su papá –obstinado con la idea de que perderían todo en cualquier momento– y convencer a los socios de que a cambio del trabajo físico ella aportaría el pago de un jornal y una cuota para asistir a las reuniones. Cuando llegó la primera molienda a María y a su papá les sobraron brazos. “Mis vecinos ayudaron a traer la caña y a sacar la carga y mis sobrinos dieron su trabajo en el trapiche”. “Ha valido la pena”, afirma, esbozando una sonrisa.

Ahora los mecanismos solidarios revientan también en Argelia, Abe-jorral, Alejandría, Concepción, Cocorná, Sonsón, San Luis, San Carlos, San Francisco, San Roque, San Rafael, Santo Domingo y Nariño. Y revientan porque hay una red de 310 socios y sus familias, clave para el éxito del proyecto que es apenas una excusa para generar tejido social, explica Jaime Horacio López Hoyos, coordinador del proyecto en Prodepaz.

Estar en red les garantiza, a personas y colectivos, capacitación, organización­ empresarial, comercia­li­zación, mercadeo, asistencia técnica y seguridad alimentaria; ésta última recibiendo semillas de maíz y fríjol y una ración de alimento por cada día de capacitación o de trabajo, mientras se logra la estabilidad económica del trapiche.

Estuve en una reunión en la que aportaban ideas para el logotipo y el nombre de la panela de los 16 trapiches. Alguien propuso “Renacer Panelero”. El diseño gráfico tendría montañas, manos unidas, letras escritas por manos inexpertas, soles mañaneros y una casa grande para todos. No parecía que hubiera desacuerdo. Quizás coincidían en que hoy la panela en oriente antioqueño no es sólo la savia y la sangre sino la más tenaz decisión de vida en medio de las borrascas de la muerte. (Fin/sag-cch).

Cunde el ejemplo

Hoy han llegado al trapiche de Granada grupos asociativos provenientes de Abejorral, Sonsón, Nariño y Venecia, vinculados a la segunda fase del proyecto panelero. Han venido a aprender de la experiencia en La Cascada.

Los brazos fuertes y la sonrisa de Elmer son una buena bienvenida para quienes como él, por estar curtidos por el mismo trabajo, se sintonizan de inmediato con un espacio, pero cargado de sorpresas e innovaciones. Los visitantes, luciendo trajes planchados de domingo y zapatos recién embetunados, se confunden con los campesinos sudorosos de la molienda, preguntan, se asoman debajo del horno, averiguan por el costo del combustible, comparan, calculan la altura de las columnas, hacen propuestas. Alirio, de San Francisco, uno de los más interesados, es líder de un trapiche de 11 socios, dos de los cuáles son sus hijos de 13 y 12 años.

El trapiche de San Francisco se ha ido abriendo paso entre los “ires y venires” del conflicto armado. El año pasado el proceso tuvo un momento crítico y la situación pareció insostenible. Los combates entre la guerrilla y el Ejército incomunicaron a la vereda y 38 familias tuvieron que encerrarse en sus casas ocho días, en los cuales no pudieron trabajar ni bajar al pueblo a comprar la carne y la sal. Después de una semana, las 38 familias de la vereda se pusieron de acuerdo para salir juntas en una travesía, haciéndole quite al Ejército que no las dejaba marcharse. En el casco urbano se apretaron hasta cuatro y cinco familias en una misma casa. Pero cuando el dinero se les acabó y se hartaron de su condición de desplazadas y de los costos adicionales que significa vivir en el caso urbano, 19 familias tomaron la decisión de retornar, con la fortuna a su favor pues los cultivos de caña aún estaban en pie. Es una ventaja comparativa de este producto: en caso de un desplazamiento forzado de los pobladores el cultivo puede resistir de seis a ocho meses sin ningún cuidado. Otros cultivos, como los de hortalizas, se pierden en tan solo una semana o son consumidos por los grupos armados que provocan el desplazamiento o los despojan de sus tierras. Con la caña, la comunidad desplazada puede regresar después de una larga ausencia y encontrar allí sus cultivos que, en el peor de los casos, pueden ser utilizados como miel.

Visitar a la comunidad de La Cascada y aprender de ella es para estas familias una motivación suficiente para afianzarles la decisión del retorno y evitar un éxodo irreparable. “Esta visita ayuda a construir una razón de ser, un sueño, a personas que han perdido la confianza, y la esperanza”, dice con emoción el sacerdote católico Jaime Toro, quien también ha acompañado el proceso.

*Crónica tomada de Hechos del callejón, Pnud, año 1, No. 1, marzo de 2005

 

 


 
 
 

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