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Los ataques del 11 de septiembre transformaron la política exterior de la administración Bush, así como la relación de Estados Unidos con Colombia. Hasta entonces el presidente Bush había desarrollado una política aislacionista, caracterizada por un marcado repliegue de Estados Unidos en el campo multilateral: de ahí el repudio a numerosos tratados internacionales (Protocolo de Kyoto, Estatuto de Roma), así como a la participación en misiones multinacionales encargadas de la “construcción de nación” (nation-building) emprendida, en el marco de Naciones Unidas, en Estados débiles o “colapsados”
Por Laura Gil*
lg007001@pop.neutel.net.co

La caída de las Torres Gemelas restituyó a Estados Unidos al escenario internacional pero no al multilatera-lismo. En adelante, el país volvió a asumir el papel de policía global –solo y con altos costos económicos, políticos, militares y, peor aún, éticos–. Así como lo fue la guerra contra el comunismo en el pasado, la guerra contra el terrorismo constituye hoy el pilar de la política exterior de los Estados Unidos que no da tregua; a este interés estadounidense se supeditan todos sus demás intereses, al punto que se plantea la “securitización” de la economía. No es en vano que Otto Reich, secretario adjunto de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, planteaba, en una conferencia de prensa en Santiago de Chile en octubre de 2004, que “no se puede tener crecimiento sin seguridad”, y agregaba: “Si el gobierno hace hincapié en el tema de la seguridad cuando trata cuestiones económicas y comerciales, eso se debe a que la seguridad es un elemento indispensable del crecimiento económico”.

Como era de esperarse, el cambio en la política exterior estadounidense tuvo repercusión en Colombia. Los ataques del 11 de septiembre acabaron con la ambigüedad de la política de cooperación de Estados Unidos caracterizada por la separación entre la lucha contra el narcotráfico y la lucha contrainsurgente.
Es en este contexto en el que asume el poder el presidente Uribe, y desde entonces Colombia ha privilegiado su relación con Estados Unidos al punto que, en el plano internacional, se ha convertido en defensora de posiciones altamente controvertidas de ese país. La preeminencia de la relación bilateral que, con el apoyo a la guerra de Irak, llevó al abandono de una larga tradición diplomática apegada al multilateralismo, tiene como objetivo convertir al conflicto armado en un frente más de lucha de la guerra contra el terrorismo. Punta de lanza de este propósito es la negación de la existencia de un conflicto armado, así como de reivindicación política alguna por parte de la insurgencia.

Esta estrategia espera lograr que Colombia se convierta en prioridad para los Estados Unidos. ¡Pero cuidado!, ni la reciente visita del presidente Bush ni la prórroga del Plan Colombia ni el aumento de tropas norteamericanas en el país deben llevar a conclusiones apresuradas. Ni siquiera las palabras del secretario Donald Rumsfeld en la última reunión de ministros de defensa de las Américas (“mientras muchos se concentran en el Medio Oriente, también en América Latina existe el terrorismo”) deben confundir.
Es cierto que Estados Unidos tiene intereses en juego en Colombia –nar-cotráfico, presencia de grupos armados ilegales, protección de fuentes de petróleo y, en general, control del “patio trasero”–. Es más, con el inicio de la cruzada contra el terrorismo Colombia adquirió importancia adicional para el país del norte, no sólo por el interés de éste en el conflicto sino por lo que le permite alegar en la arena internacional. En primer lugar, Colombia es uno de los pocos lugares, tal vez el único, donde Estados Unidos puede mostrar ciertos resultados positivos de su ayuda militar. Y más importante aún, a Estados Unidos el conflicto colombiano le sirve para evitar que la lucha contra el terrorismo sea percibida como una guerra contra la civilización musulmana, o sea, como una manifestación del “choque de civilizaciones” del que hablaba Samuel Huntington.
Pero seamos claros: para la Casa Blanca el terrorismo islámico constituye la principal amenaza a la seguridad del mundo. “No todos los musulmanes son terroristas pero es indiscutible, y particularmente doloroso, que la mayoría de los terroristas son musulmanes”, se atrevió a aseverar Andel Rahman al-Rashed, gerente general del canal de noticias Al-Arabiya, en un controvertido artículo publicado en un periódico árabe.

No debe sorprender, entonces, la conclusión de la comisión 9/11, creada por el Congreso de Estados Unidos para analizar los ataques terroristas del 2001 y formular recomendaciones: “El enemigo no es el ‘terrorismo’ sino específicamente el terrorismo islámico”.
Aunque el Consejo de Seguridad no ha llegado a un consenso en torno a la definición de “terrorismo”, atendiendo una propuesta de Estados Unidos conformó una lista de algunas organizaciones terroristas islámicas. Nada similar se ha hecho con el terrorismo de origen occidental.
¿Dónde queda, entonces, Colombia?... En la periferia. En otras palabras, la estrategia de la administración Uribe para la inserción del conflicto colombiano en el centro de la guerra contra el terrorismo tiene limitantes: un elemento más para cuestionar el estricto alineamiento de la administración Uribe con Washington.
*Profesora de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia
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