DE CUENTO EN CUENTO
Una noche en el centro de Ibagué
   
     

 

 

Actualmente el tema de la prostitución femenina es tratado en diferentes espacios de la vida cotidiana nacional. Es tema de literatura, telenovelas y hasta tema de política tributaria

Por Carlos Alberto Rivera
carivera33@hotmail.com

Como en la turística Cartagena, en donde muchos de los visitantes extranjeros recorren las diferentes discotecas de la ciudad en busca de una bella compañía, o en la ciudad de Cali, en la que algunas mujeres y travestis, los días de fin de semana, salen a la Quinta para buscar clientes, en Ibagué, ciudad musical de Colombia, también es relevante la situación de prostitución de muchas mujeres jóvenes.

Mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando la niña...

Es común ver por las calles peatonales del centro de la ciudad a jóvenes y adultos dispuestos, las noches de fin de semana, a tomarse los sitios de rumba hasta altas horas de la madrugada. Pero al Starclub se ven llegar sólo a hombres buscando diversión y la mayoría de veces sexo.

A este sitio llegué por invitación de mi anfitrión, quien quería llamar la atención sobre las problemáticas de orden social de Ibagué. Está ubicado en una vía principal del centro de la ciudad, en el segundo piso de un edificio de mal aspecto. De entrada, cancelando el cover, nos ofrecieron una cerveza. El lugar, en penumbras, es un amplio local que tiene una capacidad de alrededor de 60 mesas. Lo primero que encontramos fue una gran barra, en la cual despachan el licor, y unos cuantos meseros, quienes organizan a las mujeres que serán las protagonistas de la noche. En el centro del local se identifica una pista de baile que llama la atención por la cantidad de luces y espejos que la adornan. A lado y lado se extiende una pasarela que hace el deleite de la noche. Una de las impresiones de la noche fue cuando me dirigí al baño (orinal), que está ubicado hacia el lado derecho del salón. Este hace parte del mismo ambiente, es decir, no tie­ne­ división o puerta alguna, y hay que utilizarlo a la vista de todo el mundo; por supuesto el ambiente cer­cano a está “aromatizado”.

La característica de este lugar es que las mujeres que están dispuestas allí no pasan de los 22 años. Ellas, vestidas de hermosas hawaianas y muy maquilladas, hacen de la noche un derroche de sensualidad, erotismo y diversión a los cientos de hombres ibaguereños que asisten para encontrar placer.

Estas niñas, morenas, rubias y trigueñas, venidas de ciudades como Manizales, Barrancabermeja, Perei­ra, Quibdó, de la costa Atlántica, de pueblos cercanos y hasta de la misma ciudad, se disponen, cada fin de semana, a buscar el dinero para sostener a sus familias, ganar lo propio para vivir y, por qué no, a pasar un buen rato, como nos lo contaba una de ellas venida de Montería: “aquí encuentro la platica y lo disfruto”.

Son unas 40 mujeres con rostros iluminados por sonrisas, que luego de las once de la noche se someten a turnos para hacer un espectáculo particular, cada media hora, en cada una de las mesas del night club . Así, por el pago de $30.000 pesos, los clientes tienen derecho a un litro de aguardiente y al espectáculo. De esta manera cada niña se dirige a la mesa que haya cancelado y comienza a realizar el striptease . Como autómatas, montadas en tacones de hasta diez centímetros, realizan movimientos bruscos sobre la mesa, sobre las sillas y sobre cada uno de los clientes. En tan solo cinco minutos, quitándose todas las prendas, logran divertir, excitar y muchas veces enamorar a los hombres.

Así como reza la canción “El za, za, za (mesa que más aplauda)”, éxito de fin de año (2004) en toda Latinoamérica del grupo mexicano Clímax, a la mesa que más aplauda, y en este caso que más pague, le mandan su niña o sus niñas. Algunas manifiestan su vergüenza antes de comenzar el show, otras lo disfrutan y otras ofrecen continuar con el espectáculo privado por sólo $20.000 pesos, en cubículos incómodos y oscuros ubicados en el mismo edificio, pero independientes del gran salón. Según me comenta mi anfitrión, este precio es la tarifa plena en toda la ciudad.

Pero el show central es una niña de cara angelical y cuerpo de sirena, quien vestida de marinera realiza su espectáculo de striptease . Ella recorre, desde la pista central, todas las pasarelas ofreciendo a los observadores sus prendas que caen al ritmo de la música. De igual manera, hace parte del espectáculo la competencia entre las 30 mujeres por el título a la reina de la noche. Con dimi­nutas tangas y al son de ritmos tropicales se contonean por las pasarelas y animan a sus admiradores-clientes para que aplaudan por ellas con el fin de llevarse el título.

Los compadres

Al salir de allí, tengo sólo en mente la gran influencia que en nuestro país se ejerció sobre la sociedad para conseguir el dinero de la forma más “fácil”. Pero para no tener sólo esta mirada asistimos a otro escenario, en el cual ocurre algo parecido.

Hacia la una de la mañana tomamos un taxi y nos trasladamos a otro sitio, denominado “Los compadres”, también en un sector céntrico de la ciudad, al que acuden clientes con mayor capacidad de pago. Las mujeres, que hacen de la noche un deleite, más son experi­mentadas y con un poco más de edad. De igual manera se encuentran niñas de fuera de la ciudad, pero universitarias y con otras actividades en la vida diurna.

El sitio, mucho más pequeño, acoge a ganaderos, comerciantes y hasta a dirigentes políticos que quieren vender su imagen varonil. Estos clientes se ven sometidos a constantes requisas de la fuerza pública, por el historial que el sitio representa en la ciudad. Allí el espectáculo se centra en el sensual baile, en una pequeña pista, alrededor del tubo y en ocasiones en las mesas, de una striper que provoca a los asistentes. A la hora del cierre del establecimiento estas mujeres abordan a los clientes para prestar sus servicios en algún hotel del centro de la ciudad.

Evidentemente, al salir del lugar, podemos comprobar que una joven venida desde de Barrancabermeja, y quien lleva en la ciudad tres semanas, nos ofrece su servicio hasta por $15.000. Ella llegó a Ibagué por la demanda que tiene la ciudad en cuanto a la prostitución: “esta ciudad ofrece constantemente clientes y es más fácil hacer vida”. A las cuatro de la mañana termina nuestro recorrido nocturno, observando a parejas alejarse en busca de su sitio para el amor.

Es innegable que la falta de oportunidades y la idea que se ha ido arraigando en nuestra sociedad, de que el dinero se puede conseguir de manera fácil, hacen que las jóvenes estén pensando hoy en salidas rápidas para mantener a sus familias. No se puede negar que es una actividad comercial muy rentable, de la cual no sólo ellas viven. A esto se le suman las características propias de una cultura machista que alimenta las relaciones de oferta y demanda.

* Antropólogo


 
 
 

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