DE CUENTO EN CUENTO
Los caminos a la vida civil
   
     

 

 

El actual Gobierno se destaca por lograr, hasta ahora, la cifra más alta de reinsertados de los grupos al margen de la ley. Desde la posesión del Presidente Álvaro Uribe Vélez, el 7 de agosto de 2002, se han incorporado a la vida civil 2.538 ex combatientes, según el Ministerio de la Defensa. Esto sin contar los cerca de 3.000 desmovilizados de las Auc en Urabá, Antioquia, en Yacopí, Cundinamarca, en el Catatumbo, Norte de Santander y en Buga la Grande, Norte del Valle. Pero para ir más allá de las estadísticas La esquina regional visitó el Centro Don Bosco Obrero, habló con las directivas, y con algunos de los reinsertados y reinsertadas, sobre sus vidas, antes y después de la entrega de armas

Por Liliana García Quintero*
y Carlos Alberto Rivera**


El programa de reincorporación a la vida civil ha propuesto para el logro de sus objetivos la implementación y ejecución de estrategias, definiendo dos líneas: áreas de apoyo y áreas misionales. La primera se refiere a los asuntos administrativos de asesorías jurídicas, de seguridad y funcionamiento del programa. La segunda, de la que se ocupará este artículo, busca desarrollar proyectos encaminados a mejorar la calidad de vida de los desmovilizados y de sus familias, denominados como ayudas humanitarias, educación y; proyectos productivos y generación de empleo.

Ofrecer ayuda humanitaria según las políticas del Programa de Reinserción del Ministerio del Interior y la Justicia significa brindar atención básica a las personas que han decidido reincorporarse a la vida civil, es decir, proporcionar un sitio para vivir, llámese albergue, hogar independiente u hogar de acompañamiento cuando se es menor de edad. De otra parte, y como fortalecimiento a esta área, se ofrecen beneficios en salud y atención psicosocial.

Otro de los proyectos de las áreas misionales es el de la educación, que propone proporcionar al desmovilizado las herramientas necesarias para enfrentarse a la vida laboral, a través de una capacitación programada y acorde con el nivel de escolaridad del beneficiario o beneficiaria. En este sentido se han desarrollado alianzas con instituciones como el Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena, y la Caja de Compensación Familiar, Cafam, encargados de redireccionar estos programas haciendo uso de convenios de cooperación interinstitucional.
Este es el caso del Centro Don Bosco Obrero, ubicado en el barrio La Estrella de la localidad de Ciudad Bolívar, en la ciudad de Bogotá, el cual es orientado por la Comunidad Salesiana, y cuyas directrices están basadas precisamente en el trabajo con jóvenes en situación de alto riesgo. “Cuando iniciamos este proyecto en nuestra mente no estaban los jóvenes reinsertados a la vida civil. Pero el año pasado el Sena nos hizo la propuesta, yo no lo pensé dos veces y sólo contesté: ‘cuanto antes mejor’, recuerda el padre Jaime García Cuéllar, director del Centro.

Ya comprometidos, el cuerpo docente y administrativo de la institución se preparó para recibir a los muchachos. Al tiempo de iniciar el trabajo, todos sintieron la inseguridad propia de no tener experiencia en el tratamiento de jóvenes que habían estado en esa situación, por lo tanto decidieron explorar el tema. La fuente inmediata fue el Ministerio del Interior, pero las averiguaciones que al respecto hicieron no arrojaron los resultados esperados. “El referente que se tenía de los desmovilizados era el de agresivos y el de gente que no estaba muy convencida de su retiro. La angustia no radicaba en la peligrosidad sino en la responsabilidad que se tenía con estos jóvenes. Era necesario buscar los caminos para construir un puente entre la vida armada y la civil y esto se nos convirtió en un reto”, reiteró el padre García Cuéllar.

El centro acogió a cerca de 800 personas, para prepararlos en tres aspectos fundamentales: el laboral, el técnico y el humano. Lo importante es que Don Bosco Obrero ha logrado una labor de integración, en el sentido de conseguir que los muchachos del barrio que estudian en la institución se relacionen uno a uno con los que vienen del programa. “La tarea no fue nada fácil, al principio se percibió un ambiente bastante tenso, los jóvenes que estudiaban en la institución manifestaban su inconformidad, al igual que la comunidad y sus familias. Por su parte, los recién llegados, sospechaban de todos y de todo”, afirma Nelson Zárate, docente de mecánica industrial.

Reconoce también que ha sido una experiencia enriquecedora, en el sentido de haber superado los temores e inseguridades de uno y otro lado. “Negociar con ellos era bastante difícil, pues no tenían la cultura del diálogo. Nosotros tenemos un componente pedagógico, de formación ciudadana, donde nos dedicamos a conversar en torno al conflicto, al respeto por el otro, a la tolerancia, además hay un ingrediente adicional y es que entre las dinámicas de la institución se realizan actividades de carácter lúdico y cultural y éstas nos permiten que se genere una convivencia mucho más cercana”.

“Elena” madre de dos hijos, desmovilizada del Eln; Pablo, padre de una hija, desmovilizado de las Farc; y Adela, madre de dos hijos, desmovilizada también de las Farc, reciben actualmente capacitación en áreas técnicas en el Centro Don Bosco Obrero. Reconocen que el Programa de reinserción les ha proporcionado algunas herramientas para iniciar una nueva vida, sin embargo creen que le falta rigurosidad, control y seguimiento. Por otra parte, consideran que debe haber una exigencia mayor a todos y todas para obtener los ocho millones del proyecto productivo, para el cual deberían obligatoriamente capacitarse. Igualmente, esperan que el Programa les brinde mayores beneficios para obtener vivienda y ser competentes en el mercado laboral pues las horas de capacitación no son suficientes, aunque la formación recibida en el centro Don Bosco Obrero les proporciona elementos para ingresar al mercado laboral. Ahora, dicen, lo que está por verse es que la sociedad se desprenda de los prejuicios y les brinde posibilidades de trabajo.

Elena: “los filos marcaron mi vida”

En la comuna 13 de Medellín era muy difícil tener otra opción, cuando se crece y se vive esa opción. Tengo 26 años, estoy casada por segunda vez, tengo dos hijos, una de once años y un niño de nueve, y soy reinsertada del Eln. Y por favor, no publiquen mi nombre y tampoco me tomen fotos.

En 1989 la Comuna era muy violenta por los ladrones y por las violaciones. En ese momento se crearon las Milicias Populares del Pueblo y para el Pueblo, MP. Eran las mismas personas del barrio que cansadas de todas las atrocidades se unieron. A esta organización le dio paso las Farc, quienes ya operaban en las comunas de Medellín. Hubo muchos muertos y masacres.Las MP tuvieron el apoyo de casi toda la comunidad. Mantenían en las casas, en la mía, cuando yo tenía trece años; mi mamá y mi papá les colaboraban.

En 1994 me casé, no por enamorada, sino por cuestiones de la vida. Tenía 17 años y estudiaba en un colegio de peladitas muy “avionas”, yo era muy boba. Uno escuchaba comentarios de que ya tenían relaciones sexuales con los novios, una cosa y la otra, pero yo nunca había hecho eso. Me conseguí ese novio por experimentar, quedé embarazada, me casé por el embarazo, pero no porque lo quisiera. Él le dijo a mi mamá que se quería casar y mi mamá dijo que sí. Me fui a vivir a otro barrio, tuve a Laura en el 95, en ese mismo 95 volví y quedé embarazada y tuve el niño en el 96. Él era un civil machista, le sufrí maltratos.

Terminar el bachillerato fue contra lo imposible, se iba y me dejaba encerrada, pensaba que yo era de su propiedad y me manejaba a su antojo. Me faltaban diez días para cumplir dos años de casada y un día del Amor y la Amistad él salió como de costumbre, como yo ya había hablado con mi mamá, me volé y me fui para donde ella.

En el 96 empecé a colaborarles a las MP, hacia parte de “los carros”, pero no era una integrante. Como las comunas de Medellín son filos, desde ellos se divisa todo, y el acceso de los carros es hasta cierta parte, entonces si uno veía a la policía o a alguien sospechoso uno era “el sapo”, los buscaba y les avisaba: esa era la función de “un carro”.

Las cosas en la Comuna 13 habían cambiado mucho, las MP ya no existían porque empezaron a maltratar a la gente inicialmente los que conformaron las MP adquirieron una responsabilidad más grande y se integraron al Eln y se fueron a los campamentos. Vinieron otros mandos, otras personas que eran mucho más atarvanes con la gente. Muchos de los pelados estaban con temor porque los iban a matar, por eso con los mismos de las MP, que no estaban de acuerdo con esta forma de actuar, crearon el 25 de febrero de 1996 los Comandos Armados del Pueblo, Cap, y sacaron a las MP.

Ingresé al grupo de teatro que ellos tenían, hacíamos obras relacionadas con lo que había pasado en el barrio o con el quehacer de la izquierda; luego empecé a ir a las reuniones de concientización política”, a ver videos y todo eso. Ellos le conseguían a uno donde vivir y le daban el mercado. Si necesitaban medicamentos ellos los daban, si necesitaban ir al médico ellos lo tenían o simplemente, si uno no estaba muy “quemado”, iba a cualquier centro de salud. El entrenamiento era igual al de los hombres. Tocaba “ranchar” por igual, es decir, hacer la comida.

Ya era una militante, hacía lo que todos hacían, prestar guardia, sólo en el urbano, en la Comuna 13. Al principio era muy relajado. En el 2000 empezó la guerra por el territorio con las Farc y porque en la Comuna 13 se formaron 3 grupos, los Cap, el Eln, aunque el Cap era una disidencia del Eln y las Farc. Las Farc hicieron presencia total en el barrio: “Somos las Farc y nosotros estamos donde queremos”, decían.

Inicié una nueva relación con un muchacho que llamaban “El indio”, a él lo mataron el 9 de marzo de 2000 en un combate con las Farc. Duramos cuatro años. Luego en las idas a la cárcel de Bellavista, con el grupo de teatro o a recibir estudios, conocí a un “fareño” que le decían Maicol, pero como éramos elenas no podíamos relacionarnos con ellos. La organización me ponía problema por eso y más cuando empezaron a sospechar de que era infiltrado. Yo no volví donde él, pero sí hablábamos por teléfono o por cartas que me hacía llegar con la hermana. Por esta razón casi me ajustician. Él ya me había señalado, o como dicen, “me había dado dedo”. Cuando me entregué tenía una orden de captura firmada por él, me involucró feo.

En el 2001, mientras seguía la confrontación de las Farc con el Eln y los Cap, los paramilitares ganaron mucho terreno. Empezaron en Aguas Frías, se vinieron por el monte y llegaron hasta El Corazón. Antes todas esas zonas eran de los Cap. Ya no se podía dormir allá, en la Comuna 13 eran pan de cada día las balaceras, cuando no era con los paramilitares, era con la Fuerza Pública o muchas veces con ambos, fue muy triste porque vi morir a mucha gente que apreciaba.

Así duramos casi dos años, hasta que se posesionó Uribe. La primera operación fue denominada Mariscal donde mataron a nueve integrantes del Eln y cogieron a muchas personas y también a muchos civiles que todavía aún hoy son procesados por guerrilleros. Desde ese momento empezaron la recaída y muchas arremetidas del Ejército y de la Fuerza Pública, pero aún seguíamos allá; hasta que la operación Orión, el 16 de octubre de 2002, nos sacó. Llevábamos dos días en una guardia intensa, esperábamos la arremetida, pero pensábamos que íbamos a salir de ella y no que ellos nos iban a sacar. Ese operativo se intensificó más para la zona del Eln, ese día hubo muchos muertos. Ahí ya estábamos unidos desde agosto de 2001, el Eln, las Farc y los Cap, eso fue cuando los paramilitares hicieron la primera toma por el sector de El Corazón y se llevaron a una colaboradora de la guerrilla y a un civil, dicen que los masacraron.

Nos desplazamos a territorio de las Farc, allí estuvimos el 17 y el 18 de octubre, pero la gente se empezó a salir. Yo salí de la Comuna 13 el 22 de octubre, día de mi cumpleaños. Nos fuimos a la Comuna 1, allí nos recogió el frente Carlos Alirio Buitrago, pero las cosas se pusieron mal, pues empezaron las rivalidades. Muchos se regresaron al área del Eln, unos se fueron para la del Bernardo López y otros para la del Carlos Alirio. Recibimos entrenamiento y nos quedamos hasta que mataron a un comandante. Lo mató la guerrilla, pero ellos lo hicieron ver como si lo hubieran matado los paramilitares, entonces empezó una guerra por la que muchos elenos se volvieron paramilitares.

El 17 de enero de 2003 hicieron una arremetida los paramilitares y mataron al mando militar y al mando de escuadra y ahí fue cuando el barrio Santo Domingo Sabio quedó de los “paracos”. Yo ya tenía otra relación, la que tengo actualmente, ahí fue cuando él decidió que se iba de la guerrilla, yo le decía que no fuera miedoso. Días antes él había hablado con la mamá, quien le dijo que había alguien que quería hablar con él. Era un man de la misma edad, con el que se criaron, y Sargento de la Quinta Brigada de Cali. La idea era que nos iba a ayudar con el Programa de Reinserción.

No aceptábamos porque decíamos que no nos íbamos a volver “sapos”, entonces él nos propuso darnos el pasaje, conseguirle trabajo a mi compañero en Cali y una vida buena. La situación seguía complicada y a pesar de que yo le decía a mi compañero: “miedoso yo no me voy, nos regresamos a Medallo”, llegamos donde una tía de él, a un barrio que estaba al margen de la Comuna 1 y 13. Desde allí llamó a la hermana y se comunicaron con el sargento. Entonces nos llevaron para la Cuarta Brigada, luego de hablar mucho con él aceptamos la reinserción. Estuvimos un mes en un batallón de Medellín, y el 21 de febrero de 2004 nos vinimos para Bogotá. Mi compañero terminó la capacitación en septiembre y ahora no está haciendo nada.

Estoy en tercer cuatrimestre de confecciones en el Don Bosco Obrero, al principio yo quería formar un taller de confecciones como proyecto productivo, pero me suena más invertir los ocho millones en la vivienda, ahora que se puede, pues tener casa no es mucha riqueza, pero sí ayuda, es como tener algo fijo, es como dejar de vivir en los filos.

Pablo: “Es importante que nos cueste lo que necesitamos”

Yo duré cinco años en la organización, pero antes de salirme duré seis meses planeándolo. Es que uno no confía en nadie, ni en el mejor amigo. Pensaba venirme antes porque estaba cansado y quería estar con mi familia y porque uno ve muchas cosas que no son la realidad. Cuando ingresé a la guerrilla tenía unas metas trazadas, decía: “la toma del poder para el pueblo y para el beneficio de los pobres”. Pero hoy en día uno ve que las Farc es una organización de narcotraficantes, de delincuencia común, de secuestradores, entonces uno piensa: “Esta vaina cambió de rumbo y estoy en el lugar equivocado”. Sin embargo, me tocaba quedarme callado hasta que se me diera la oportunidad. Éramos 38 unidades que estaban al mando de un tal Pérez y mataron 34, entre esos calló el comandante, y ahí quedé con otros tres más, dos de ellos se entregaron a las Auc. Yo me quedé con mi compañera, tenía plata pero no armas, entonces le dije: “Aquí la única alternativa es irnos para Bogotá. Ella quería irse pero no decía nada por temor”.

Estábamos en medio de Útica y Villeta, en la Magdalena, en un sitio que llaman 105, que estaba lleno de “paracos”, entonces le dije a mi compañera: “El problema es sencillo, vamos”. Salimos a una casa y mandamos llamar al personero, al cura o al alcalde porque eso es lo que uno escucha por los medios de comunicación. Pero la intención en sí no era acogerme al plan sino seguir derecho para evitarle problemas a la familia. Cuando yo estuve donde el personero me contó los beneficios del Programa, pero no los tenía claros, sin embargo le dije: “Si hay garantías me quedo y sino me voy”. Pero también estaba cansando, llevaba dos meses sin comer y sin dormir bien y finalmente esta era la oportunidad que estaba esperando.

Como yo sabía que tenía derecho a hacer dos llamadas, llamé a mi sobrino y a una amiga que tenia en Bogotá. Les notifiqué que estaba en el Programa, que me había entregado y que me tenía el personero, que iba para el batallón de Villeta, pero siempre con el temor de que al legalizarme me desaparecieran, porque eso es lo que dicen al otro lado.

Ya en el Batallón de Villeta la realidad era otra, me trataron bien y me proporcionaron lo básico. Me compraron crema, cepillo, desodorante, me dieron toalla, interiores, medias y ropa militar para que me cambiara. Después me llevaron a un batallón en Bogotá, en el que estuvimos dos días, y luego directo al albergue. Al llegar ahí uno encuentra comida y dormida, no hay quien dé órdenes.

El problema que yo le veo al Programa es que cuando uno se entrega y lo llevan a un albergue u hogar de paso, le dan bono para comprar ropa, desayuno, almuerzo y comida y $2.200 pesos diarios para transporte, es decir, mal que bien no le hace falta nada, además no nos obligan a hacer nada y así te capacites o no, te dan los ocho millones; entonces se crean una mano de vagos. Lo ideal sería que el mismo Programa generara empleo a través de microempresas formadas con la gente que se capacita y a su vez que puedan ser socios de su propia empresa. Es importante que nos cueste conseguir lo que se necesita y eso le da seriedad al proceso.

Adela: “Todo por amor”

Mi primer matrimonio terminó mal, él me celaba, me pegaba y llegó hasta a herirme en varias oportunidades; hasta cuando fue asesinado puede sentirme libre. Luego el destino me llevó a la guerrilla porque un señor me perseguía. Fui hasta la cárcel por él. Cuando salí llegué a mi pueblo y allá me buscó para que viviera con él, pero yo no quise. Me molestaba en todas partes y me hizo echar de todos los trabajos. Hasta que un señor me ofreció irme para la selva a trabajar en un restaurante. Me fui por necesidad, ahí conocí a la guerrilla. Jugábamos con los comandantes. Así empecé a tener contacto con ellos. Me compré un ranchito de tabla y llegaban ahí, les vendía gaseosa, me pedían cinco, diez, veinte almuerzos; yo me lucraba vendiéndoles comida. Después conocí al papá de mis hijos que es guerrillero. No sé si estará muerto o vivo.

Tuve mi primer hijo, quedé sola porque a él lo trasladaron y seguí trabajando, después volví y me lo encontré y tuve la niña; para entonces ellos ya me pedían favores. Venía a Bogotá, iba a Villavicencio, a donde me mandaran. Yo me ganaba algo, venía porque de todas formas estaba en el área y tenía que colaborarles para que me dejaran trabajar. Después me fui a otro pueblo más adentro, porque llegaron los paramilitares. Tuve que dejarle mi hija a mi mamá, porque empezó el trabajo más fuerte. A él lo trasladaron, no lo volví a ver. De eso hace ya seis años.

El otro comandante que llegó me ponía trabajos más fuertes, sacar gente, heridos y dinero para llevar a diferentes ciudades. Yo fui muy honesta y muy responsable en las actividades que ellos me mandaban. Nunca les quedé mal, nunca les quite un peso, nunca les quite nada.

Muchas veces estuve en riesgo. Una vez en Girardot me cogieron con un muchacho tiroteado en un brazo y me tocó decir mentiras, pero como yo tenía joyas y salía con plata, yo decía que tenía fincas ganaderas, pero nunca abandone un muchacho pa’dejarlo que me lo descubrieran o para dejarlo por ahí tirado por miedo; a la hora que fuera, en avioneta, en carro o en voladora. Pero ellos me pagaron muy mal.

Un comandante, que me mandaba antes, se voló con otro por problemas que tuvo con la misma organización y llegó al área donde yo estaba, llegó barriendo con todos los que encontraba sabiendo que uno era miliciano, que era guerrillero. Yo me volé del pueblo hasta el río y allí el Ejército me cogió. Ese comandante estaba infiltrado en el Ejército, él fue el que me aventó. Encontraron fotos de mi esposo con armamento y eso me hundía, la gente del pueblo también me hundió.



Estaba entre la espada y la pared, se dieron cuenta de todo lo que era, el comandante me acusaba y yo iba para la cárcel. Llegué al batallón de San José del Guaviare y me sacaron a la indagatoria. Yo negaba que era guerrera porque a mí no me cogieron fotos uniformada ni nada de eso, pero las fotos del papá de mis hijos y todo lo que decían, me hundía. Si no hubiera sido por esa gente, hubiera salido limpia de todo. Yo no sabía nada de reinserción. Entonces el General me dijo a mí: “Negra, le voy a dar diez millones de pesos”. Le pregunté, pero por qué y me dijo: “Usted se puede ir para donde el Mono Jojoy, para donde Arcecio o para donde don Manuel Marulanda, para el área que quiera; vaya y me trae información”. A usted no la pueden obligar, me dijo el Fiscal, no la pueden comprar por plata, eso es un delito. Yo lloraba de pensar en la cárcel, en mis hijos y en mi familia, ellos no sabían en lo que yo estaba metida. Yo les cumplía con su platica y les colaboraba en los que más podía porque mi papá es un señor inválido. El Fiscal me dijo: “Si usted se acoge al plan de reinserción tiene que olvidar la selva, todas las actividades y nunca más volver”.

Ojalá el Gobierno nos siguiera apoyando en estudio, yo no tengo sino quinto de primaria; me gustaría hacer una carrera técnica como corte y confección. Mi proyecto productivo es una casa, porque yo pienso en mis dos hijos, la una tiene ocho años y el niño tiene once años. Uno no sabe si mi Dios le haga quitar la vida a uno y ellos se queden sin un techo.

Acabo de terminar una relación con un reinsertado que se fue con otra. El hombre no hacía nada, sólo vivir de los beneficios del Programa y de mí. Estoy más tranquila y con la ilusión de reunirme con mis hijos, que son mi verdadero amor.

* Comunicadora social y periodista
** Antropólogo


 
 
 

LA ESQUINA REGIONAL
www.laesquinaregional.com - soporte@laesquinaregional.com
Telefax-: 400 7411 - 232 4475 - Av. 39 No 8 91 Of. 806
Centro Internacional - Bogotá, Colombia

Los textos e imágenes que aparecen publicados en este sitio
se encuentran registrados en la Oficina de derechos de autor,
por lo tanto su utilización está sujeta a la autorización de los editores.