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Las mujeres de las minas de Coscuez, en el occidente del departamento de Boyacá en Colombia, guaquean a la par con los hombres, echan pala, lavan tierra; se convierten en “correcaminos” cuando se colocan un cartón en la espalda para “no quemarse mucho” con los veinte, treinta o cuarenta almuerzos que llevan “a las costillas” hasta los cortes. Cocinan, lavan ropas, atienden a los hijos e hijas y más que los hombres sueñan con salir de allí algún día. Muchas de ellas dejaron por un momento que sus corazones hablaran, que sus preocupaciones se fueran tras el eco de sus palabras; anudaron las lágrimas en el fondo de sus entrañas y hablaron contra el destino que las confina a vivir entre la tierra negra de la que esperan ver salir un rayo verde que les cambie la vida
Por Nelly Valbuena Bedoya *
nelly@laesquinaregional.com
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“Uno nace con el destino escrito”
Estoy en esto desde los nueve años. Mi mamá me llevaba junto con mis hermanos para que le ayudáramos. No hice sino hasta quinto primaria, y a trabajar en las minas porque no hay nada más que hacer. Primero estuvimos en Muzo, que fue a donde llegamos mi mamá y yo. Veníamos del Tolima. Después, cuando tenía como seis años, nos vinimos para Coscuez dizque porque esta mina era la mejor y porque mi mamá se enamoró de Luis, un minero que nos trajo. Aquí mi mamá quedó embarazada y yo sólo estudiaba. Él era buen tipo y no nos faltaba nada. Eso sí, no podíamos salir ni a la calle porque era muy celoso, y si a mi mamá la saludaba algún hombre la entraba de las mechas y a golpes. Un día, cuando Caliche tenía como dos años, nos avisaron que a Luis lo habían matado por allá en La Culebrera, dicen que porque se metió con una muchacha y ella tenía marido. Desde ese día mi mamá volvió a guaquiar, pero yo seguía estudiando y una vecina cuidaba al niño. Ahí fue cuando mi mamá se consiguió a “Mucha plata”, un gordo de aquí, con fama de buena suerte y botaratas. Eso sí para qué, mi mamá siempre dio con hombres amplios y todos menores que ella, éste sólo tenía 24 años y ella 30, pero no se notaba, porque él por lo gordo parecía mayor. A los poquitos días de estar viviendo juntos mi mamá quedó embarazada y no volvió a guaquiar porque se vio muy enferma. Cuando nacieron las mellizas “Mucha plata” se enguacó y se fue con la propia mujer a vivir a Bogotá. Como ya éramos cinco y no había quien nos mantuviera nos íbamos todos para la mina. Después a mi mamá le dio por poner una venta de empanadas y yo le ayudaba. Estando en esas me conocí con Patecumbia y como yo ya estaba cansada de ayudarle a mi mamá, y de aguantarle malos tratos, me volé con él para Muzo. Tenía 15 años. Por ahí dicen que uno nace con el destino escrito. Míreme a mí, repitiendo los pasos de mi madre. Ya tengo cuatro hijos y tres maridos a cuestas. Aquí todos nos queremos ir pero esto no está dando ni para el pasaje.
¿Y dígame qué es una niña de doce años ya mamá?
Nunca he salido de aquí en los 33 años que tengo. Aquí he pasado las navidades, las Semanas Santas, toda la vida. Eso sí me conozco todos los cortes: El diamante, Marranero, Millonarios, Sufrimiento... todos, porque cuando dicen que un corte está pintando yo arranco para allá. Mi marido también guaquea, pero él si tiene carnet para entrar a los cortes. Yo toda la vida he guaquiado, pero cuando veo que está duro como ahora pues lavo ropas, limpio casas y cocino, pero lo que pasa es que aquí la gente paga muy poquito, dos mil o tres mil pesos diarios. El trabajo es regalado. En casas de familia no paga trabajar, uno va y trabaja y no le pagan, le duran mamando gallo con lo poco que gana. No cuento con nadie, bueno con mi marido pero últimamente no consigue nada. Al comienzo pagábamos ochenta mil de arriendo pero el señor se fue hace como dos años y no hemos vuelto a pagar nada, por ahí nos manda razones, que la plata, que el arriendo, pero como no tenemos, pues nada. Además nosotros hemos cuidado la casa y él no tiene escrituras de esto. Es más, la mayoría no tiene papeles de nada y hay muchas casas abandonadas. Yo salgo a las diez de la mañana y regreso como a las cinco de la tarde. Si no he conseguido nada me tomo una tasada de aguadepanela y me regreso. Yo hasta ahora sólo he conseguido para el mercado. Una vez saqué una esmeralda grande, como un grano de maíz y la vendí en tres millones. Compré mercado, compré camas –porque dormíamos en el piso–, pagué deudas y se acabó. La ilusión es salir de pobres en esta mina. Eso es lo que le pedimos tanto a mi Dios, y yo porque ya tengo mis cuatro hijos y tengo una niña que pienso sacar de aquí porque el ambiente de esta mina no es para una niña. Aquí hay mucha gaminería. Porque hoy día a una niña de siete años los chicos ya empiezan a cogerle los senos, a tocarla y a hacer lo que ven en los grandes. Mire, allá arriba hay una niña de doce años y le acaban de regalar un bebé... ¿Y dígame qué es una niña de doce años ya mamá? No se sabe quién es el papá. Unos dicen que fue el padrastro, otros que la violaron y otros que el novio. Entonces yo tengo que pensar en mi hija que va para los cinco, porque un hombre es un hombre, es un varón, y aunque también hay que estar pendiente, porque empiezan a meterse en problemas, el mayor riesgo lo corren las niñas. Yo la dejo con los hermanos cuando me voy a guaquiar, pero me voy con la congoja de que yo no confío ni en mis propios hijos porque ellos están en la calle y ven muchas cosas.
“Yo le digo que vivir es un decir”
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Yo ya me siento vieja a los 30, debe ser que he vivido mucho, trabajado y sufrido mucho. Si mi Dios me socorriera para un empeñito en Chiquinquirá no lo pensaría dos veces, cogería a mis hijos y me iría aunque fuera a mantequiar. Dicen que allá todo es más barato, pero tengo que llevar por lo menos para el empeño. Un empeño es que uno consigue un apartamento o una casita de cinco o seis millones por un año o dos, con un papel firmado, y cuando se termina el tiempo yo le devuelvo la casa y usted me devuelve el dinero. Sale mejor que pagar arriendo porque uno con hijos irse a pasar más necesidades de las que pasa aquí, no. Mi marido dice que si yo quiero que me vaya, pero que él se queda porque siempre ha vivido aquí. Yo le digo que vivir es un decir, pero quién lo convence de lo contrario. Yo creo que es el único que no se quiere ir, debe ser que tiene otra por ahí. Yo sí era muy celosa, pero eso ya me pasó, de qué le sirve a uno. Mire, tengo cinco hijos de cuatro maridos distintos y todos se fueron con otra.
¡Aquí la envidia es muy berraca!
Tengo casi todo empeñado, se me han perdido muchas cosas, el televisor, la nevera y el equipo de sonido, ya no me queda nada. Aquí la vida es terrible. ¿Sabe qué es lo único que lo salva a uno aquí? Salir a guaquiar y hacer cambalaches pa’l mercado, así sea de a poquitos se consigue algo para la casa. Mire, muchas veces pasa uno hasta quince días o un mes que no se sabe qué es un sabor de carne o de huevo. ¿Y usted se imagina uno con hijos dándoles todos los días papas, yuca y guatilas, que es lo único que se consigue gratis? Aquí la envidia es muy berraca, si usted se saca una esmeraldita de $200.000 mil pesos le caen: “mire esa se lo echó”. Han llegado hasta a hacerle a uno brujerías para que no se saque ni una chispita. Le echan sal por encima de la casa para que no le vaya bien. A mi marido le pasó, aparecía con chupones y morados, se le torció un anillo de oro... y no levantaba cabeza. Dicen que no hay brujas pero que las hay las hay.
“Dizque le pone los ‘cachos’ y no se da cuenta”
Yo nunca fui a la escuela, y mi hijo mayor sólo hizo hasta tercero de primaria y a guaquiar. Se consiguió una muchacha y tienen seis hijos, no la deja planificar porque dizque le pone los “cachos” y no se da cuenta. Yo les ayudo por los niños, porque me da pesar, pero ya estoy cansada y me gustaría irme, pero para dónde a esta edad, ya tengo 55 y nadie me ayuda. Mis otros tres hijos también trabajan en las minas pero no les alcanza ni para ellos.
“Aquí todas las mujeres tienen los hijos con partera”
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Yo me vine hace tres años de Bogotá con una amiga, dizque a probar suerte por un mes, me enamoré y aquí estoy. Claro que yo si me quiero ir, pero es que ya tengo un niño y una familia. El niño lo tuve aquí mismo en la mina, con una partera, porque el puesto de salud de San Pablo de Borbur está a 45 minutos y el hospital de Otanche a una hora. La señora nos cobró cien mil pesos porque vino hasta la casa, si me hubiera ido para la casa de ella, desde uno o dos días antes del parto, hubieran sido $150.000, pero no me dio tiempo, los dolores me dieron a la madrugada. Aquí todas las mujeres tienen los hijos con partera y yo no he oído decir de niños o mujeres muertas hasta ahora. Claro que si le da a uno miedo y duele mucho, pero una vez en esas pues toca salir de una.
Él dice que no me mande operar...
Yo estoy enferma, tengo un quiste en la matriz y una hernia de hacer fuerza. Estoy ahorrando para mandarme operar porque no quiero tener más hijos, y si me tengo que separar del papá del tercero de mis hijos pues lo hago. Él dice que no me mande operar, que eso para qué, que llega el momento en que nos separamos y me consigo otra persona y me pide un hijo y entonces ¿qué voy a hacer? Si yo supiera que están operando en alguna parte gratis iría de una. Lo más duro de guaquiar... uunnnhhh, ay Dios mío, todo. Sea lavar tierra, echar pala o empujar carros es duro. Se puede uno desmadrar. Pues que se le sale a uno la matriz. Muchas veces le toca a uno llegar a mandarse sobar porque no aguanta el dolor bajito.
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