DE CUENTO EN CUENTO
Coscuez "me enguaco y me voy"
   
     

 

 

 

"Nuestras famosas esmeraldas no han dado tan siquiera para cambiar las formas de vida de la zona esmeraldífera o la vida de quienes escarban la tierra buscándolas."
Gustavo Álvarez Gardeazabal

La minería en los países en desarrollo debería jugar un papel importante en su progreso económico y avance social, sin embargo sus actividades y la dinámica de desarrollo que genera interfiere, de una parte en los recursos del medio ambiente y de otra en los asentamientos humanos, que son los que sufren el impacto y las consecuencias económicas, sociales y culturales. Este es el caso de la vereda de Coscuez, en el municipio de San Pablo de Borbur, Boyacá, ubicada en una de las montañas, en el centro de Colombia

Por Nelly Valbuena Bedoya*
nelly@laesquinaregional.com

Una zona donde hasta hace algunos años reinaban los vaqueros rudos con revolver al cinto, fajos de billetes y guardaespaldas a poca distancia, listos a disparar a la menor seña de sus patrones. Esta imagen del negocio de las esmeraldas circuló en series de televisión que pintaban además al occidente de Boyacá como una mina inagotable y como el lugar del país donde se concentraba la mayor veta del mundo de estas piedras preciosas, pero no daban cuenta de los cinturones de miseria que la montaña albergaba tras el sueño verde.

Esa es también la imagen de la película "El esmeraldero", calificada por el New York Times como "la película más solipsista jamás hecha", que muestra cómo Hayata, con un español rudimentario, hace negocios y se abre camino hasta amasar una enorme fortuna. La cinta es financiada, escrita, dirigida y naturalmente actuada por Eishy Hayata, conocido en Coscuez simplemente como "el japonés tacaño y sucio que llegó a la región e invirtió en el negocio de las esmeraldas y ahora quiere hacerse famoso a costa de nuestra mala imagen". El aprendiz de actor llegó un día en su helicóptero, reunió a 54 hombres y les dijo "muchachos por favor háganse en grupitos, como si estuvieran negociando; colabórenme que yo ahora les gasto una gaseosita y un pan". El camarógrafo hizo algunas tomas y de pronto Hayata gritó: "se dañó la cámara, nos toca volver mañana". Y se fueron. Todos dicen que fue por no gastarles la gaseosa y el pan, porque nunca más volvió con cámaras.

Después de la gran bonanza de las esmeraldas de los años 70 y 80 quedan algunos sobrevivientes de las sucesivas guerras por el control de las minas que azotaron al territorio y más de diez mil hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas que salen todas las mañanas con la esperanza de que la virgen se les aparezca y se enguaquen para sacudirse la pobreza que se pasea por los estrechos senderos que separa una casa de la otra. Muchos de los pobladores de esta mina, como la de su vecina Muzo y otras tantas, llegaron de diferentes regiones del país con la ilusión de salir de pobres. La idea "no era quedarse aquí de por vida", venían de paso, a "probar suerte", pero la gran mayoría no ha logrado conseguir sino para medio vivir. Por eso levantaron casas de madera, una encima de la otra porque nadie esperaba pasar aquí más de unos seis meses o menos. El dicho era, "me enguaco y me voy".

Los que lograron enguacarse regresaron al poco tiempo, a los dos o tres años sin un peso y a empezar de cero, porque la platica se quedó en los prostíbulos de Otanche, en malos negocios en Chiquinquirá o en Bogotá. "Es como una maldición, siempre se regresa, no sabemos hacer nada más que guaquiar".

Las historias de dónde ha quedado la platica de las esmeraldas son inagotables pero las más comunes son las de los mineros que las vendieron en dos, tres o cinco millones; se fueron en un muchilero con los bolsillos llenos a Otanche, el municipio más cercano a Cozcues, y después de un fin de semana de darse la gran vida, con mujeres, trago y amigos, tuvieron que pedir prestado para el pasaje de regreso a la mina.

En la mejor época de las esmeraldas muchos compraron casas en Chiquinquirá y en Bogotá, en donde algunos ubicaron a sus mujeres e hijos; "a la familia propia", es decir a las mujeres con las que se habían casado por la iglesia, "la otra u otras" seguían en las minas. La gente recuerda jocosamente el caso de Ballena, "un minero que se enguacó y se fue para Bogotá, compró una casa en un conjunto cerrado y la arrendó pero dejó separada una pieza para cuando él volviera y se regresó a Coscuez. A los meses decidió ir un fin de semana a su casa en la capital, cuando llegó no supo cuál de todas esas casas igualitas era la suya.

El gran mercado convertido en cambalache

Hoy Chácaro, la loma que se hizo famosa por el mercado informal de esmeraldas recién sacadas de la mina es una planicie con kioskos al lado y lado, en la que el comercio de joyas se ha vuelto un simple intercambio de chispitas o morrallas que la gente convierte en un escaso mercado de papas, un paquete de pastas, dos libras de arroz, una panela, papel higiénico, jabón Fab y Rey. No en vano le llaman "Chácaro pelado".

Las mujeres invierten hasta ocho horas diarias echando pala y lavando tierra, al final de la semana a las que les va bien terminan con un taleguito lleno de morrallas, veinte, treinta o cuarenta, nunca se cuentan, porque juntas sólo sirven para cambalachar.

Al frente de Chácaro está Coscuez, sigilosa y callada como el barrio El Silencio que se descuelga ladera abajo por uno de sus costados y desde el que se alcanzan a escuchar las explosiones que le sacuden las entrañas a la mina y le van dejando cientos de agujeros que emanan temperaturas de 37 y 39 grados en la superficie, por donde entran y salen los guaqueros día y noche esperando que el corte pinte y la suerte cambie. Algunos de ellos sólo han logrado sobrevivir a los derrumbes, a las hernias, a los hongos y a los sabañones que curan con manotadas de pólvora, porque los obreros no tienen seguridad social y cuando se enferman generalmente no hay plata, entonces toca recurrir a lo que se tiene a la mano.

La situación cada vez es más difícil, la mina no está produciendo lo que en otros años. De esos tiempos en los que el mercado internacional ponía a Colombia por encima de la India y de Brasil sólo quedan los reportes que los mineros no conocieron y en sus memorias las imágenes de helicópteros sacando costalados de esmeraldas. Ellos no saben que en 1997 las esmeraldas que se vendieron en el mundo entero pasaron por sus manos pero no dejaron ni vías, ni alcantarillados, ni puestos de salud, ni escuelas. Esmeracol, la empresa más grande de la zona, sacó ese año 155.729 quilates de las mejores esmeraldas pero para el 2002 tan sólo consiguió 8.932 quilates, pese a ello el 72% de la producción mundial fue colombiana.

Según Daniel de Narváez, presidente de la Asociación de Productores de Esmeraldas de Colombia, en el año 95 Colombia exportó 452 millones de dólares en esmeraldas, en el 2002 bajó a 89,3 millones de dólares y en el 2003 cayó a 79,1 millones de dólares. Al ritmo que vamos -dijo-, en pocos años se tendrá que importar esmeraldas.

Nadie sabe cuáles son las razones por las que mina no está produciendo, algunos afirman que esmeraldas debe haber todavía muchas pero que los dueños las están conservando para cuando el mercado mejore, otros afirman que ya no hay planteros interesados en invertir en municiones, herramientas, cableado, bombillas, instalaciones de aire y comida para los obreros, el salario se lo pone cada uno en el rebusque. Es una esclavitud aunque nadie lo diga abiertamente, sin embargo todos viven agradecidos por tener al menos la esperanza de salir de pobres algún día, aunque muchos lleven veinte, treinta o cuarenta años esperando lo que no ha de venir. "Sólo le pagan a los "blancos", que son los de las oficinas y a los ingenieros, pero los obreros vamos es al rebusque".

El lema es "enguacarse sin avisar". Ningún extraño puede entrar a los cortes, sólo los obreros y vigilantes que tienen carnet y pueden pasearse por Sufrimiento, Paciencia, Volver, Tentación, La paz, Aventurero, Pirata, Fuego verde, Las brujas, Amistad o cualquiera de los cientos de cortes a la espera de que alguno pinte, las esmeraldas aparezcan y las puedan echar, a toda, en los bolsillos o donde nadie las vea antes de que aparezca el ingeniero. Si la piedra es muy grande y la descubren hay que devolverla. Alguien se atreve a decir pero no a sostener públicamente, "es un robo, aquí todos robamos auque nadie lo admita, en últimas es un robo a la peña". El ingeniero es quien se encarga de repartir oficialmente 50% para la empresa y 50% para el socio o socios planteros.

Después vienen los que esperan afuera, por lo general mujeres, jóvenes y niños que lavan tierra, echan pala tras las morrallas y por qué no, detrás de alguna esmeraldita que se les haya colado. La recomendación a los visitantes que pasean fueran de la mina es que caminen mirando para el piso, a lo mejor el recién llegado tiene suerte y se enguaca.

La extracción de las esmeraldas y la comercialización utiliza, aún hoy métodos bastante rudimentarios. Desde el principio el negocio ha estado en manos de unos pocos caciques de la región, que al comienzo se hacían llamar patrones y ahora líderes. Ellos descubrieron que esmeraldas era lo mejor que producía la tierra, entonces se aprovisionaron de cinceles y fueron en busca de las vetas. Entre miles de piedras fueron aprendiendo cuáles eran las mejores y les dieron valor según la intuición de cada cual y el deseo ardiente de conseguir poder y riqueza.

El oficio de guaquero se transmite de generación en generación, los padres y madres generalmente llevan a sus hijos e hijas a las minas, primero como acompañantes y luego como ayudantes, por eso es frecuente escucharles decir: "para qué les doy estudio si para guaquiar no necesitan sino un par de botas, una lona, una linterna y un cincel". La gran mayoría de jóvenes no tiene sino primaria o uno o dos años de bachillerato.

Como en otras regiones del país donde la riqueza abunda el Estado está ausente, por eso los dueños de las minas armaron sus propios ejércitos para protegerse. Hasta hace algunos años en la entrada de la zona se levantaba una valla que decía: "Bienvenidos. Éste es un territorio antiguerrillero".

La ambición y el poder para manejar grandes extensiones de tierra y el negocio desató durante más de dos décadas la conocida guerra de las esmeraldas entre familias y pueblos. Los pactos de paz pusieron fin a los enfrentamientos y dieron paso "a una paz relativa, porque mientras haya hambre no habrá paz", afirma el padre Jorge Cortés, párroco de Santa Bárbara, corregimiento de San Pablo de Borbur".

La amenaza. Parte dos. Esmeraldas y coca

El estigma de tierra inaccesible y violenta que siempre marcó a la región aún persiste en el ambiente aunque nadie quiera recordar esos tiempos, sin embargo se ha revivido con la mezcla esmeraldas y coca. El temor de volver a la guerra ronda entre los pobladores quienes saben que desde que se firmó el último pacto de paz, en julio de 1990, el occidente de Boyacá quedó dividido en dos zonas, controladas por trece clanes familiares. Los Murcia, los Cañón, los Rincón, los Rojas y los González, tienen el control de las minas de Pauna, Briceño, Buenavista, Maripí, y Tunungua. En la otra zona, conformada por las minas de Muzo, Quípama, La Victoria, San Pablo de Borbur, Otanche, Coper y parte de Maripí, el poder se lo reparten entre Víctor Carranza y las familias Triana, Obando, López, Campos, Moreno, Molina y Bohórquez.

Aunque la ilusión de que ya nadie quiera financiar una guerra no es garantía de nada, al menos tranquiliza, pues tampoco olvidan que fue tras la muerte de Don Gilberto Molina que apoyaba a un grupo y de Gonzalo Rodríguez Gacha que apoyaba al otro que la guerra se quedó sin recursos y la paz se fue abriendo paso.

Tras una larga década de tensa convivencia pacífica los viejos caciques sobrevivientes de la guerra por el oro verde -que dejó entre 3.500 y 5.000 muertos-, y las nuevas generaciones de las familias que controlan el negocio esmeraldífero en la región se reunieron el pasado 27 de abril en Chiquinquirá, con representantes del Gobierno nacional, el gobernador de Boyacá, Jorge Londoño y el obispo Héctor Gutiérrez Pabón para discutir compromisos y salidas al conflicto que enfrentan actualmente: la mezcla explosiva entre cultivos de coca y amapola con la presencia de grupos paramilitares.

La coca ya había hecho su arribo a la región a comienzos de los 90 pero ellos mismos la erradicaron manualmente: Según cifras del Ministerio de Defensa en 2003, El Ejército, la Policía y el DAS erradicaron 717 mil matas de coca plantadas en cien áreas distintas del occidente de Boyacá y en lo corrido de este año se han detectado 200 mil arbustos en 54 hectáreas en los alrededores de los municipios productores de esmeraldas.

La respuesta que muchos dan a este fenómeno está ligada al desempleo que aumentó en los últimos cinco años de forma alarmante, por ejemplo en Coscuez la mina pasó de "emplear" siete mil personas a ochocientas. Las autoridades argumentan que de cien mil mineros la mitad se quedó sin ingresos y la coca se convirtió en su segunda opción.

La otra explicación, y de la que pocos quieren hablar, es la llegada de los paramilitares quienes suministraron las semillas y el dinero para cultivar coca y amapola a cambio de "vacunas". A comienzos de 2003 el Ejército detuvo a 19 paramilitares de las Auc, descubrió un laboratorio que producía semanalmente 300 kilos de cocaína y un cultivo de unas 22.500 matas en San Pablo de Borbur. Lo paradójico es que la presencia paramilitar no fue denunciada por los dueños de las minas, pero ahora la amenaza de una nueva guerra ha suscitado los diálogos de paz, según el alcalde del municipio, Jorge Armando Espitia, porque "ya nadie respalda la guerra. La gente qué va a querer una guerra sabiendo lo que nos pasó, así no haya progreso hay una estabilidad social que no estamos dispuestos a perder, por eso realizamos una marcha en contra de la guerra y recordamos que esta zona es pionera e innovadora en los procesos de paz, sin asesoría externa ni apoyo del gobierno, simplemente porque la guerra ya era insostenible y los grupos enfrentados tuvieron la voluntad de hacerlo". Mientras tanto, el fantasma de la guerra sigue acechando a raíz del reciente enfrentamiento entre las familias López y Obando, que dejó cinco muertos.

"Es un desperdicio exportar esmeralda en bruto"

El 7 de junio de este año, estuvo el Presidente Álvaro Uribe Vélez en Otanche y pidió "a plicarle el acelerador a la creación del Centro de Desarrollo Tecnológico (CDT) para tratar la esmeralda y darle valor agregado a las exportaciones de esta piedra preciosa, aseguró que "es un desperdicio exportar esmeralda en bruto". Se comprometió a que si los productores del occidente de Boyacá se unen en un proyecto joyero grande para exportar, el Gobierno a través del Banco de Comercio Exterior Bancoldex, les concederá créditos y asesoría con el Sena y Artesanías de Colombia, porque resulta para él "incomprensible que ante la declinante producción de esmeraldas y los bajos precios internacionales de la piedra, Colombia siga exportando la esmeralda sin valor agregado". Le pidió al ministro de Minas, Luis Ernesto Mejía, acelerar el desembolso de los recursos que demandará la construcción del Centro de Desarrollo Tecnológico (CDT) y que se encuentran "atrapados" en la liquidación de la compañía estatal Minercol.

Para Daniel de Narváez, presidente de la Asociación de Productores de Esmeraldas de Colombia, "las multinacionales que están dispuestas a invertir grandes recursos en esta área aducen falta de estabilidad en las reglas de juego para el inversionista extranjero". Ante esto el Presidente recordó que ya la Comisión III del Senado de la República aprobó en primer debate el proyecto que autoriza al Gobierno a firmar pactos de estabilidad normativa con los inversionistas.

"A mí me parece -expresó el Presidente-, que el Gobierno no es serio con Boyacá. Yo no me siento serio con Boyacá si cada vez que regreso aquí en este tema volvemos a empezar de cero. El Mandatario encargó a la Secretaria Privada de la Presidencia, Alicia Arango, coordinar junto con la Gobernación de Boyacá, las acciones para desarrollar la joyería en el departamento. Agregó que si la zona del occidente de Boyacá tuviera un buen desarrollo joyero, no tendría tanto problema social".

Sobre la visita del Presidente Uribe los mineros de Coscuez dicen resignados a su suerte, que en todo el tiempo que han vivido en esta zona han escuchado decir de uno y otro mandatario palabras más palabras menos, así que nadie garantiza que esta vez si sea cierto y si lo es, los beneficiados van a ser los mismos de siempre, además ellos no son joyeros. Lo único que lamentan es que el señor Presidente no haya ido hasta la mina para que hubiera visto "cómo son nuestras casas y las calles; cómo curamos las enfermedades rezándole a San Gregorio; en últimas y en blanco y negro, cómo es que vivimos en Coscuez y en las minas de la zona".

Entre tanto, siguen con la vida prendida a una chispa verde y aferrados a la única seguridad que tienen, la esperanza terca de que un día se enguaquen y puedan salir de pobres.

* Comunicadora social-periodista

 

 

 


 
 
 

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