No es el slogan de un comercial de gaseosas. Es la realidad de la lucha contra las drogas ilegales que en esencia no va dirigida contra la fuente de todos los males, sino contra sensaciones que pueden ser placenteras o agradables lo que las hace potencialmente adictivas. La prohibición sin embargo, fomenta un multimillonario negocio ilegal, que en el caso de Colombia, aviva y cataliza el conflicto interno. Lo paradójico está en que no sólo los estupefacientes causan adicción.
Por Pablo César Guevara*
pablocesarguevara@hotmail.com
Las calles de algunas de las principales ciudades de los Estados
Unidos, como Chicago y Nueva York, fueron en una época
inundadas por oleadas de terror y muerte, que surgían de
las grandes mafias que se lucraron de “la prohibición”,
medida adoptada por el gobierno para impedir la ingesta de alcohol,
que se creía, podría llevar a la inestabilidad social
y a un punto de no retorno al ser humano poseído por los
excesos y las pasiones producidas por las bebidas embriagantes.
Fue el reino de la infamia, sustentado en el alcohol, dirigido
por Al Capone, Vito Genovesse o Charles “Lucky” y
Luciano, entre otros.
Paradójicamente gran parte del problema se solucionó cuando fue levantada la restricción, que se prolongó de 1920 a 1933. El gran escenario apocalíptico que presagiaba centenares de ebrios en las calles nunca se hizo realidad y por el contrario el gobierno comenzó a recibir grandes beneficios, representados en impuestos, con los cuales incluso podrían pagarse programas de rehabilitación para adictos. Como valor agregado desaparecieron las “mafias del alcohol” que en algunas ocasiones por el afán del lucro desmedido, producían bebidas de baja calidad nocivas para la salud y se erradicó la corrupción en el Estado inducida por los ríos de dinero producidos por la veda.
La situación continua siendo la misma hoy frente a la restricción o la permisividad: un porcentaje bajo de la población se convierte en alcohólico o drogadicto debido a condiciones particulares de formación, en especial en las primeras etapas de la vida, que no sólo inducen a la adicción a los estupefacientes o a las bebidas embriagantes, sino al trabajo, a los juegos de azar, al sexo, a la comida, al ejercicio o incluso –aunque no pareciera–, a casos extremos de dependencia afectiva.
Una pregunta lógica que surgiría en los casos de adicción es, ¿si existen tantos casinos en todas partes y son legales, por qué la gran mayoría de la población no es adicta al juego? La respuesta nos lleva de nuevo a que hay una serie de factores que hacen propensas a aquellas personas que malgastan su vida y su pecunio en esos lugares.

Fotos archivo La Esquina |
La lógica en algún momento obligaría a plantear esa misma pregunta con los estupefacientes o la marihuana, y más en Colombia donde gran parte del conflicto se financia con los dineros producto de la ilegalidad de los alcaloides, que por su carácter restrictivo, permite a aquellos que fomentan, o simplemente se lucran del negocio, amasar grandes fortunas en poco tiempo, con los agravantes para nuestro país que se convierten en un combustible que aviva la guerra, al inyectarle descomunales cantidades de recursos, y la corrupción como ha quedado en evidencia con casos muy sonados al interior de la fuerza pública u otras instituciones, como ocurrió con el conocido proceso “Ocho mil”.
Se debe tener en cuenta que no se lucha contra un demonio horrible y deforme, cuyo rostro muestran los gobiernos para atacarlo, sino contra unas sustancias que producen sensaciones placenteras o relajantes, que incrementan artificialmente la confianza de un individuo o le permiten distensionarse, frente a un ambiente hostil y de alta presión, según describen algunos consumidores, más allá de las valoraciones morales que se puedan tener frente al tema.
Sin prohibición no hay mafias ¿o dónde están hoy los grandes carteles del alcohol? Sin embargo esto no significa que no haya grupos delincuenciales que producen licor adulterado, como ocurre también con los medicamentos, y en casos distintos con las prendas de vestir, los electrodomésticos o la piratería del cualquier tipo de producto.
Las redes del placer
El ser humano ha representado en diferentes culturas lo prohibido, lo destructivo o lo apocalíptico, con figuras demoníacas que significan el fin para aquellos que no se hayan comportado dentro de las normas de la comunidad. Sin embargo y paradójicamente también han servido para representar el placer, lo pasional o lo carnal, que indefectiblemente hace parte del mundo consciente o inconsciente de los seres humanos.
Las prohibiciones, tienen para quien las transgreda, un mundo de perdición, por lo cual el miedo, ante las posibles consecuencias, es el arma más eficaz. En la historia medieval y posterior de lo prohibido, se incluyó el “Sexo Libre”, que fue asociado con pasiones oscuras, por lo cual sólo podía ser practicado dentro de un conjunto de reglas preestablecidas, que en esencia se resumían en el matrimonio en la cultura occidental cristiana.
En ese contexto y más allá de las normas, la mujer tenía la credencial de objeto de satisfacción de deseo y su rol en ese campo se remitía precisamente a eso, ya que su papel era secundario, gregario y de sometimiento. De igual forma desde la misma concepción religiosa cristiana, la mujer, representada en Eva, fue quien cayó en la tentación, para luego llevar al hombre, lo que significó perder “El Paraíso”. Escritos de todos los tiempos, así como cantos y diferentes manifestaciones culturales, la reflejaron como sinónimo de perdición u origen de locura para los hombres, al ser también fuente de placer.
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Esas representaciones primigenias además envolvieron a todo aquello que produjera algún tipo de sensación placentera como las bebidas embriagantes o los mismos estupefacientes, que en principio fueron mirados como objetos curiosos, para luego ser proscritos ante la posibilidad de hacer sucumbir, bajo sus efectos, a la humanidad. Por ejemplo el padre de psicoanálisis Sigmund Freud, trataba a sus pacientes con cocaína y él mismo era consumidor frecuente, en una época en que no se habían hecho rigurosos estudios sobre sus efectos y más adelante sé auto prescribió morfina frente al cáncer que le afectó la mandíbula. Según sus biógrafos una dosis de esta droga lo llevó a la muerte, por decisión propia, al conocer que su enfermedad era irreversible y cada más dolorosa.
Hasta nuestros días las drogas ilícitas, que artificialmente producen placer, al alterar los porcentajes de hormonas, como en el caso de las endorfinas, que son las responsables de generar emociones placenteras, se combaten con terminología de la edad media, en un periodo de la historia en que la ciencia y la tecnología, que pasaron por encima del oscurantismo, tienen la supremacía.
No es extraño oír hablar de la “Cruzada contra las drogas”, como si se tratara de una lucha por recuperar una tierra pérdida, donde todo está reglado y estructurado, a tal punto que las pasiones humanas, no son objeto de discordia y enfrentamiento entre los hombres. En este punto habría que decir que más allá de los estupefacientes, hay situaciones que originan mayores conflictos como los recursos naturales o las fuentes de riqueza (para no ir muy lejos hay que mirar a Irak).
En este orden de ideas, los argumentos científicos son tergiversados y se acude a la galería oscurantista, cuando parte del problema está en aceptar la realidad de los hechos.
Peter Jenings, reconocido periodista estadounidense cuyas investigaciones acuden más a la ciencia y a la estadística, que a percepciones u opiniones particulares, realizó un programa referido al éxtasis, en el que se llega a la conclusión de que los argumentos del Gobierno contra el estimulante, se han basado en estudios poco sólidos, que la propia administración de ese país ha tenido que desvirtuar.
En lo relacionado al número de personas muertas, la cifra era considerablemente inferior a la ocasionada por accidentes de tránsito o consumo de alcohol, aunque en estos casos ambas situaciones, en un gran porcentaje, se encuentran relacionadas.
Las escasas defunciones por consumo de éxtasis, según la investigación, se producían por casos de aumento excesivo de la temperatura corporal, asociado a factores como la aglomeración típica de las fiestas en que se ingiere, y el bajo consumo de agua que lleva a la deshidratación y posteriormente a la muerte.
El Gobierno de esa nación en su lucha contra el estimulante, había presentado investigaciones según las cuales su consumo frecuente causaba grandes orificios en la masa encefálica, con sus respectivas consecuencias en materia de motricidad o pérdida de la lucidez mental, afirmación que luego tuvo que corregir señalando que no había suficiente evidencia científica que soportara esa tesis, con la consecuente pérdida de credibilidad como en la historia del viejo cuento infantil del “Pastorcito Mentiroso”.
Sin embargo, esto no significa que los estupefacientes –según las investigaciones–, no tengan efectos nocivos o destructivos, porque es innegable que causan un desequilibrio al producir una descarga anormal de endorfinas, que con el paso de tiempo no se produce de manera espontánea o natural, sino que necesitará de mayores cantidades de la sustancia para producirla, con consecuencias como el síndrome de abstinencia asociado con temblores, ansiedad, angustia, agresividad o inquietud constante.
No sólo las drogas causan adicción
Aunque pareciera absurdo, para ser drogadicto o alcohólico se requieren una serie de requisitos especiales que no todos los seres humanos cumplen. No todas las personas que alguna vez tomaron alcohol, son alcohólicas o bebedoras compulsivas.
La definición más simple o pueril de adicción que se puede encontrar en cualquier diccionario señala que es “un hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos”, de lo que se deduce que esta situación se relaciona con frecuencia o uso indiscriminado, aunque vale aclarar, no solamente en lo que se relaciona con estupefacientes.
De acuerdo con estudios científicos, quien llega a ser alcohólico o drogadicto, en alto porcentaje, tiene unas características especiales que lo hacen propenso a dejarse llevar por el vicio, como en el caso de personas que han sufrido, en etapas como la infancia, de deficiencias afectivas, maltrato, violencia intrafamiliar, abandono, carencia de la figura paterna o materna, entre otros factores, por lo cual los estimulantes se convierten en sustitutos que enfrentan los recuerdos y sus secuelas dolorosas, que se manifiestan en inseguridades, miedos u otro tipo de sensaciones destructivas o negativas.
No es extraño ver en las calles niños poseídos por la inhalación obsesiva de pegante industrial, fruto de hogares destruidos, maltrato infantil, abandono de hogar o ausencia de padres, que lleva a estos menores a reemplazar aquellas emociones placenteras normales, fruto de la convivencia y el afecto de sus familias, por una botella de esa sustancia.
No sólo las drogas causan adicción, ya que el hábito se relaciona con la frecuencia que no sólo se da con el consumo de estupefacientes como se había reseñado antes. También son reconocidas las adicciones al trabajo, al sexo, al ejercicio, a la comida o al juego con patologías similares, en los momentos que no se están realizando, a los casos relacionados con los alcaloides como ansiedad, inquietud, depresión o incomodidad permanente.
El rasero, sin embargo no es el mismo, ya que la adicción al trabajo en la sociedad contemporánea es elogiada y reconocida y una droga que ha contribuido a fomentar esa virtud, percepción o cualidad es la propia cocaína, que hace incrementar la seguridad del consumidor, reduce el cansancio, le permite mejorar su oratoria, sentirse brillante, inteligente y atractivo. Si un adicto a la cocaína es el que consume la droga determinado número de veces en una semana o periodo determinado, ¿alguien que trabaja 20 horas, es un adicto al trabajo?, ¿o alguien que come 10 o 15 veces al día es un adicto a la comida?
En su momento la marihuana, también se articuló de manera coyuntural, al movimiento de contracultura que promulgaba “Paz y Amor”, “No a la Guerra” o “Prohibido Prohibir” de los años 60, por sus efectos distensionantes, resultado de las propiedades de la planta, que vale la pena aclarar no es una droga en sí misma, como se ha querido dar a entender, ya que no es procesada, y los únicos químicos con los que tiene contacto son los funguicidas, los mismos que se le aplican a los cultivos de tomate, maíz o cualquier producto proveniente del agro. Si se le señala como droga por sus propiedades, entonces infusiones como el mate, derivado de la hoja de coca y muy popular en países como Perú, Argentina y Paraguay, también podría entrar en esta categoría, al igual que el té, el café o el tabaco por sus efectos estimulantes.
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Sería más conveniente entonces, antes que combatir los propios estupefacientes, luchar contra los factores que pueden llevar a una persona a convertirse en un consumidor compulsivo, porque gran parte de la historia humana ha demostrado que los estimulantes no desaparecen, lo mismo que los casinos o los juegos, la comida, los gimnasios o el trabajo.
Hay que tener en cuenta que las culturas indígenas o primitivas, que tienen contacto permanente con sustancias estimulantes, e incluso alucinógenas, encausan su consumo dentro de un sentido ritual, que les da sentido, e impiden que fuera de ese contexto, sean asimiladas, por lo que no es nada frecuente oír hablar de “los drogadictos de la tribu o del clan”.
En su libro la “Fruta Prohibida. La droga como espejo de la cultura”, el reconocido siquiatra colombiano, Luis Carlos Restrepo, señala, de acuerdo a su experiencia en el tema, que la represión como forma de lucha contra las drogas ha sido un fracaso, por lo cual se debe insistir en la educación, el amor y el afecto como mecanismos más eficaces para enfrentar el flagelo. A propósito, ¿no debería ser él, director del programa de lucha contra el consumo de estupefacientes del actual Gobierno, en vez del Comisionado para la Paz?
De Al Capone a Pablo Escobar
En el campo económico es innegable que el sustento de las grandes mafias, como de los grupos armados ilegales, no sólo en Colombia, sino en diferentes partes del mundo, está basado en la ilegalidad de los estupefacientes, como sucedió en los Estados Unidos durante los años de la prohibición del alcohol, ya que eleva sustancialmente los precios, permitiendo una excesiva rentabilidad, pese a los recursos invertidos en insumos, producción, transporte e incluso sobornos. Un caso reciente, ocurrido en la ciudad de Barranquilla, deja en evidencia esta situación cuando un grupo de traficantes estuvo dispuesto a pagar dos mil millones de pesos, por dos toneladas de cocaína decomisadas por la Policía, en un hecho que causó gran impacto en la opinión pública.
Figuras como Al Capone, que promovió la corrupción comprando autoridades, ordenando asesinatos y fomentando todo tipo de violencia en los años veinte en la nación norteamericana bajo la veda de las bebidas embriagantes, pareciera un tímido presagio de lo que lo que pasaría muchos años después en Colombia con la prohibición de los estupefacientes y la aparición de figuras macabras como Pablo Escobar quien comandaba el Cartel de Medellín, y su replica en otras regiones del país, con devastadoras consecuencias como el narcoterrorismo, el sicariato, tan nocivo entre grandes masas de jóvenes sin esperanza, la corrupción estatal reflejada en la política y en los encargados de hacer cumplir la ley y el orden, la cultura del dinero fácil, y por supuesto la fuente de grandes recursos que alimentan una guerra, para la cual no se ve cercano su final.
¿Hubiera existido la gran mafia del alcohol en los Estados Unidos sin la prohibición o Pablo Escobar en Colombia sin la veda de los estupefacientes? Lo que se sabe del alcohol es que luego que fue declarado legal no se conoce quien es su gran capo en la actualidad, aunque muchos dirán “¡pero hay contrabandistas!”. Eso tiene que ver más con impuestos que con consumo. También surgen preguntas como: ¿se necesitarían los mismos millonarios recursos que ahora invierten los gobiernos en la lucha contra las drogas, para programas educativos o sociales en contra de su consumo en caso de ser legales? ¿Tendríamos los mismos niveles de delincuencia, guerra, muerte, violencia y poder de los grupos armados ilegales, en caso de que su fuente más productiva de recursos fuera legal?
Tal vez estas preguntas tengan respuesta, cuando se olvide cuantos fueron los muertos, las víctimas, los perjuicios sociales, culturales y económicos de una guerra inútil, que se hubiera podido prevenir.