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Por
Danilo Moreno*
danilomontes2003@yahoo.com.ar
Son
las once y cuarenta minutos de la mañana. El calor se toma
las calles de la Habana, como suele suceder durante la época
de los vientos cálidos de cuaresma. Atrás quedaron
un par de días en los que un frente frío hizo su arribo.
Lejos del Malecón, lejos de los turistas, en un barrio que
se esconde detrás de la Plaza de la Revolución, hasta
donde llegan esos turistas, trabaja, bajo la sombra de un árbol
de majagua, Manuel Semanat, un escultor, un artista que utiliza
la calle como estudio. Las oleadas de calor llegan con los vientos
de cuaresma que despeinan y levantan las sayas (las faldas). Los
vientos aceleran la caída de la gota de sudor que se desprende
de la cabeza calva, adornada con cinta roja, de Semanat, mientras
talla un tronco de caoba en donde representa a un Eleggua –un
guardián de los caminos–, que como la mayoría
de su obra, está inspirada en el universo mítico religioso
del mundo de los Orishas, los dioses de la Santería.

Fotos Danilo Moreno |
La
esquina entre Tulipán y la Estancia observa muda el sudor
de este hombre que, hace más de 16 años, trabaja en
este mismo lugar. Muchos se detienen ante la obra, la contemplan,
ofrecen monedas a uno de los Santos. Otros pasan y ni siquiera perciben
la presencia del artista, ni su creación. La calle huele
a mercado, a vianda, a frutas; al fondo se escuchan los ruidos de
quienes, en el mercado de la otra esquina, ofrecen pollo, bananos,
naranjas, jamón, tomates, legumbres. La talla continúa
en silencio. Con lentitud se perfilan los primeros rasgos del rostro
que va tomando vida, para dejar de ser tronco, porque sin duda lo
que más impresiona de la obra de Semanat es que sus tallas
mudas hablan, sensación que se intensifica con las hechas
a tamaño real.
Manuel Semanat es un hombre alto, mide 1:83, su cuerpo atlético
y su contextura hablan de la fortaleza de la cultura negra. En sus
ojos se ve el brillo, la alegría y la sensibilidad del artista.
Sus manos callosas, muestran los años de dedicación
a su oficio. Hoy viste un overol azul y debajo una camiseta blanca.
Otros días un blujin con una camiseta verde, pero lo que
no cambia nunca es su cinta roja sobre la frente calva, un homenaje
a su santo, a su ángel de la guardia, recibido en el ritual
de la Mano Orulá. Según su Babalao –el sacerdote
de esta religión–, Semanat es hijo de Chango, dueño
de las piedras, el rayo y el trueno, el dios de la fogosidad que
tuvo tres esposas. Semanat rinde homenaje a su Santo en sus tallas,
por eso aparecen una y otra vez los rostros de Chango y sus custodios:
los oché, representados con un hacha de doble filo, símbolo
de justicia.
Pero en la herencia de los Yorubá los dioses, los Orishas,
se mezclan con los muertos. El babalao sólo habla con los
santos, el santero pasa muerto. Ta (taita) José, un muerto
milagroso, está representado con un tabaco en la boca, un
sombrero, cinta morada en la frente, collar de semillas, un bastón
del que sube una serpiente y una maja. Es un negro fuerte que carga
a su espalda un jolongo, una saca. Es una figura viva porque a punta
de hacerla una y otra vez, Semanat ha logrado que el rostro de este
espíritu tome vida. Su imagen –explica el artista–,
le llegó a través de un sueño, después
supo quién era. Al lado de Ta José, está Un
Francisca Siete Sayas adornada con su canasta de flores, otra muerta
que vive y que nació de un ritual santero en casa de Otilia,
una negra achinada.
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A
Chango se le venera con el color rojo, o un tabaco, o una manzana.
Chango en el sincretismo es Santa Bárbara, venerada con los
mismos colores. La misma Santa Bárbara que reposa en el apartamento
de Semanat –ubicado a penas a unos pasos–. Su figura
gigantesca, tallada por Manuel, sólo es mostrada el día
de su fiesta: el cuatro de diciembre.
En el apartamento apenas cabe su obra: Un Oché, San Lázaro,
Oggún, Osaín, muchos Elegguas, detrás de la
puerta; una pieza conformada por varias máscaras que tituló:
Génesis y otras figuras como la de un indio. Por eso, definitivamente,
la obra de Semanat pasa por lo espiritual y por sus sueños:
“en los sueños yo encuentro lo que debo hacer, mi siguiente
obra”.
La puerta no la eligen los hombres, son las puertas las que eligen
al hombre, dice el poeta y eso se cumple en la vida de Semanat.
Su inclinación religiosa es heredada, nació en Santiago
de Cuba, en Oriente, un lugar conocido como uno de los templos de
la Santería. Se crió en El Cristo, un pequeño
pueblo, ubicado a 12 kilómetros de Santiago, en donde la
magia se siente en el aire, en donde los ancestros africanos todavía
danzan a ritmos de tambores negros, en medio de rituales religiosos.
Semanat de niño escuchó muchos toques de santo, escuchó
que en el solar de su casa un esclavo africano, que mataron después
de enterrar la fortuna de su amo, estaba ahí custodiándola.
En algún arrebato de adolescencia cavó para encontrar
un tesoro perdido en el tiempo, pero sólo encontró
el vacío. Hace pocos días fue a visitar a su mamá
en esa misma casa y aún siente la presencia de lo inexplicable
en ese solar, mientras lo relata su piel se eriza. El apellido Semanat
es muy popular en Santiago y sus alrededores, así como Monteliet,
Girat, Mustelier, Blue, Dawidono, son la mezcla entre franceses
y negros venidos como esclavos del África. Al final, de los
franceses sólo quedó el apellido, fenómeno
que también se presentó en Haití, templo del
vudú.
Esa infancia determinó su futuro, cuando apenas era un niño,
Semanat –gracias a su talento–, empezó a restaurar
las figuras de los santos que utilizaban los babalaos para sus rituales.
“Lo mismo me daba dos gallinas, que un racimo de plátanos”
recuerda con nostalgia. Su talento fue floreciendo. No aprendió
de nadie, es empírico y sólo este año bisiesto
decidió dejar su trabajo, como conductor de un furgón,
para dedicarse por completo a su obra; que ya ha sido llevada a
España, México, San Juan de Puerto Rico y próximamente
a Colombia.
Desde una guagua que va por Tulipán, abarrotada de gente,
los ojos de una mulata se detienen sobre una de las máscaras
que Semanat talló y que permanece atada al tronco del árbol
de majagua, la escena sólo dura unos segundos. Etny irrumpe
en el trabajo de su padre a su llegada del colegio, para ella Semanat
es un “lucero”, vive orgullosa de su trabajo, de su
talla, que ha dado a conocer en exposiciones como Raíces
Africanas y en eventos como el Congreso Mundial de los Orishas.
Son las cuatro de la tarde, en la esquina hay por lo menos cinco
personas. Están los dos “viejitos” que le ayudan
a Semanat y en la conversación de hoy, por obligación
se habla de la frustrada peña cultural que no se pudo hacer
el sábado. Una amenaza de lluvia y la negligencia de una
vecina no permitieron que en el “estudio” de Semanat
se presentaran cantantes, músicos, poetas improvisados, una
cantante negra, una joven con cuerpo de sirena. Hace seis años
Semanat organiza –el tercer sábado de cada mes–,
la peña en la que la obra del artista es expuesta en la calle.
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Ese sábado, al caer la tarde una vecina –después
de ver las caras de frustración–, se paró y
le dijo a Semanat que buscara otro sitio, que se fuera para un lugar
más turístico, que con esa obra iba a llegar muy lejos,
que él tenía con que. Pero Semanat está convencido,
los sitios los hacen los hombres sin dar su brazo a torcer, cuando
empezó nadie lo conocía, ahora es diferente, el proyecto
“la esquina de Sema”, cada vez tiene más seguidores.
Quiere tener una escuela en la calle y ya tiene varios alumnos,
Alejandro es uno de ellos, que responde tímidamente que le
gustaría ser como Semanat y que ya ha podido hacer algunas
figuritas.
Son las 6:30 del día, la noche aún no llega, al rincón
de Semanat, a la Esquina de Tulipán y la Estancia, llegaron
los amigos. Es hora de entrar algunos de los santos e imágenes
que sacó en la mañana. Ya no hay tanto ruido, el mercado
cerró sus puertas hace un par de horas, un manto de silencio
cubre la calle, apenas es interrumpido por el pregón de una
anciana vendiendo sus cucuruchos de maní. Al caer la noche,
el artista sueña con que su obra continúe sobrepasando
las fronteras de su Isla. Semanat es uno de los sortilegios de las
calles de la Habana, muchos de estos artistas se esconden en las
ciudades invisibles de estos pasajes.
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Profesor Universidad Nacional
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