"...Aquí
estamos, así somos, con una esperanza que abre caminos
Daira Quiñónez, cantora, desplazada
de Tumaco, Colombia".
Por Alexis Ponce*
quijote@punto.net.ec
Altamira:
"Fiebre de sábado por la noche"
Es Caracas. Son las 9 de la noche de un 11 de abril, pero dos
años después de aquel día en que se cometió
el primer y breve golpe de Estado contra una de las complejas
democracias de América Latina.
En lugar de asistir a la nocturna concentración chavista
de la victoria –a la cual se me invita– decido aceptar
la propuesta de una amiga, que no es ni chavista ni opositora,
y perderme en Altamira, el famoso barrio residencial “símbolo
de la socie
dad
civil contra la dictadura castrista de Chávez”. Por
azar, voy con una camiseta negra que luce una fotografía
antibélica de Lennon. La caraqueña se ríe.
“Con esa camiseta no vas a tener líos en Altamira,
porque la polarización en Venezuela nos ha dividido en
dos colores: rojo chavista, y negro de la oposición”.
No me gusta el panorama que encuentro, y más por razones
anímicas: hay lienzos inmensos, todos de color negro, cubriendo
edificios, las entradas al parque y los puentes aledaños,
violentamente fúnebres, y muchas estampas religiosas, de
santas y santos “que vencieron al comunismo” en la
España de Franco. Un individuo, desde la plataforma, puesta
hace dos años en aquel sitio, y al que nadie hace caso,
habla micrófono en mano a la poca gente que se concentra
en Altamira. Alcanzo a contar 37 personas, la mayoría vestidas
de negro. “Es que Venezuela está de luto por el castro-chavismo”,
me explica un hombre que, creyéndome de ‘su lado’,
alcanza a mirar con sospecha al pacifista Lennon en mi pecho.
“Vámonos porque todo está tétrico”,
le digo a la muchacha, comentándole que Venezuela debe
ser de los pocos países donde los noticieros y programas
de opinión tienen una sola voz, en una sola vía,
durante todos los días del año. ¿Ya te diste
cuenta?, me pregunta irónica, al referirle que me pasé
la noche anterior mirando todos los canales desde las 8 de la
noche a las 4 de la madrugada, y solo emitían noticieros
y programas durísimos contrarios a Chávez, hasta
aquella hora.
¿Quieres tomar una cerveza de la Oposición en el
mejor bar de Altamira? me propone, mientras salimos de la plaza
que miro por última vez: a los pocos niños que andan
con sus padres, también han vestido de negro. El bar luce
desolado. Pocas mesas, cero gente. “Aquí venían
los famosos de Venevisión, actrices, actores, muchos ejecutivos
de PDVSA y chicos guapos del barrio alto. Esperemos un poco, que
cité a una amiga para que te conozca”, me suelta,
ante el asombro de encontrarme con un bar que, en sábado
de noche, estaría bien para un pueblito fantasma de los
andes, o mi conventual Quito de toda medianoche.
Mientras pruebo la “Polar”, que los chavistas no consumen,
ella me explica: “Hasta hace dos años, este bar estaba
repleto. Eran los días en que se creía que sería
fácil acabar con Chávez y la gente del barrio alto
todavía se reunía como en sus mejores tiempos. Luego
del paro petrolero, Chávez botó de PDVSA a 18 mil
ejecutivos, y como fracasaron las huelgas de la sociedad civil,
la gente empezó a emigrar a Miami o a sus fincas en los
estados donde los gobernadores son antichavistas”.
Llega la amiga de Altamira: “¡Ay qué pena,
vale!, esto ya no es como antes, ¿recuerdas, Maryluz?”,
dice al sentarse, aburrida de llegar a un bar tan especial. “¿Y
a qué te dedicas tú? Ah, eres de Quito, ¿y
es bonito Quito?, te digo como para irse a vivir allá,
vale”. Soy ejecutivo de marketing y jefe de publicidad mega-empresarial
para una corporación que desea invertir en Altamira, le
respondo serísimo, para sacudir el aburrimiento de tan
famoso bar. Y empieza un diálogo exclusivo sobre marketing
y viajes al exterior. “Qué bueno que conozcas EEUU,
vale, y chévere tu optimismo, porque acá invertir
es una locura”. Mi amiga me guiña y se sonríe.
Sólo al final, como feliz de tomarle el pelo, le digo “no,
realmente soy agente del chavismo internacional”. Confundida
me escucha decir que vine invitado por “la revolución
bonita” y que es mi quinta vez en la Quinta República.
Ni siquiera se oye música y nadie vuelve a preguntar si
queremos otra “Polar”. Tan solo dos modelos, dignas
de Altamira, se acercan a ofrecernos cupones para un lejano concurso
de televisión que ya nunca podré reclamar, si es
que gano.
Al regresar al hotel, los chavistas me miran de reojo, como pensando
“Y este tipo, qué hace con camiseta negra aquí”.
Reaccionan mal al contarles: “No fui a la marcha, porque
estuve en Altamira”. No salen de su asombro: “Pero
¿tú estás con nosotros o con los otros?,
vale”. Les explico lo ocurrido y medio se tranquilizan.
Al cabecear la madrugada, debo agradecerle a mi sabia amiga por
ese recorrido anónimo que valió más que cien
marchas y mil noticieros. “Mañana ponte una camiseta
roja, que te llevo a los suburbios más pobres”. Y
que lleve una imagen del Che, por si acaso.
La Paz: “blancos pañuelos”
Estamos en la ciudad de El Alto, a pocos minutos de La Paz. Todavía
hay escombros en la carretera, restos de neumáticos quemados
y pedazos de adoquines que sirvieron de barricadas a lo largo
y ancho de esta ciudad satelital. Es la zona pobre, obrera y campesina,
de emigrantes expulsados de otras regiones de Bolivia y de La
Paz misma, donde trabajan las mañanas y desde la que retornan
las noches después de cada jornada.
Formo parte de una misión internacional de derechos humanos,
que llega pocos días después de la masacre de El
Alto, como se conoce a la jornada sangrienta que se llevó
la vida de decenas de bolivianos y dejó mutilados y damnificados
en El Alto, en la capital y las comunidades indígenas.
Con Nora Cortinas, –de las madres de Plaza de Mayo de Argentina,–
un sacerdote brasileño y una abogada paraguaya, llevamos
varios días recorriendo cada lugar donde quedan los rescoldos
de la estrepitosa y casi imposible de creer, caída de Gonzalo
Sánchez de Lozada.
Subimos a los cerros cercanos al Alto. Desde el amanecer nos esperan
rostros de piedra antigua, que nos saludan en aymará. La
traductora explica los motivos de nuestra presencia y nos va contando
en español el relato de cada sobreviviente.
Señalan el cerro y cuentan, en aymará impenetrable:
“Allá corrimos cuando empezó la balacera.
Mujeres, niños y hombres subimos el cerro para escapar
de la bala. Nos mataron a diez, otros aún no aparecen.
Nos cazaron como animalitos. Vengan y miren”. Subimos el
cerro y con ellos miramos: hay cruces de palo arropadas con pañuelitos
blancos, de manera que parecen espantapájaros chiquitos
ondeando una cometa triste. “En cada sitio donde cayeron
nuestros muertitos, pusimos la cruz y la bandera blanca”,
relatan los más viejos. Y por qué dispararon, atina
a decir alguien, que pareciera no vivir en América Latina.
¿Y ustedes respondieron con sus armas?, pregunta otro,
que pareciera no ser de América Latina.
Son cruces sencillitas, en cada loma, separadas unas de otras
por cada pendiente que en las jornadas de El Alto, hubieron de
plantar para que nadie olvide. Empieza una fría llovizna
que no cesará hasta salir del lugar. Ya vamos bajando,
los silenciosos integrantes de la misión, y las decenas
de indígenas, que vuelven a llorar o a maldecir, que es
otra forma de recordar en El Alto.
Esa manía personal de buscar la soledad en ratos como estos,
me hace aquietar el paso y bajar último hasta la carretera.
Las campesinas me ofrecen una sombrilla, empapadas. Justo me señalan
un sitio, al costado del cerro. Les pregunto qué es. El
cementerio del lugar, donde lápidas y cruces de piedra
caliza, se yerguen entre el suelo del páramo apuntando
al cielo más gris de América Latina. Ese instante,
casualidad que no se olvida, caminan niños indígenas
entre las cruces y las lápidas. Parecieran fantasmas saliendo
entre la neblina y la garúa que no termina, resucitando
del potrero para avisarnos que no olvidemos. Una niña me
sonríe, puro pellejo y desdentada. El ex–presidente
dijo que su caída obedeció a una conspiración
extremista internacional. Y estos son los conspiradores….
es como para llorar siglos.
De vuelta en El Alto, visitamos todos los hospitales. Noventa
y seis bolivianos yacen en la sala de emergencias, otros en terapia
intensiva, los más en las habitaciones de rehabilitación.
Sin un ojo, sin brazo, sin piernas. Las familias se juntan por
montones, “porque del platito de los enfermos alcanzamos
a comer una cucharita los demás”. Un muchacho de
15 años, –al que le han operado dos veces–,
muestra las huellas de la bala en su estómago. Nos dice,
al despedirnos: “Es mi aporte a mi Bolivia”.
El procurador de Justicia del nuevo régimen, escucha atento
nuestro testimonio en La Paz. Le digo que es necesario que la
autoridad haga presencia humana en el lugar, con comida y medicinas.
Promete ir al Alto y sube días después. Recorre
los mismos cerros y hospitales. Cuando en la calle la gente le
rodea para pedirle la milenaria demanda -alimentos y prótesis-
él busca un hombro, una mano. Se deja caer, sentadito,
en la acera, en plena calle de El Alto, y tapándose el
rostro con las manos, se pone a llorar. Se desata en un llanto
inolvidable. Este montón de gente campesina, que antes
le exigía todo lo perdido y lo que nunca ha tenido, piadosamente
le rodea y le abraza, le acaricia la cabeza, como si fuera un
niño, y le extiende, para que se seque el llanto, un pañuelito
blanco. Blanco como las cruces del cerro.
Quito: Eva vuelve al paraíso
Eva lleva el nombre de la primera mujer. Eva tiene los brazos
llenos de erupciones y de llagas. Viene a Quito con 17 más,
adanes y evas de un paraíso al revés. Viene del
sector de La Punta, en la provincia de Sucumbíos, el lugar
más lejano de la frontera, cercano al Putumayo colombiano.
Ayer ha concluido el certamen de Miss Universo en la capital,
y hoy Eva luce matinal. Una banda ciñe su cintura: “Miss
Plan Colombia”, reza la banda de esta reina pobre, que Eva
la exhibe en las afueras de la embajada colombiana en las calles
Colón y Amazonas.
Durante cuatro años su comunidad, de colonos y campesinos,
ha visto en el cielo las avionetas que sobrepasan el lado ecuatoriano
y los helicópteros que las escoltan, en guardia de cualquier
ataque. Desde el 2000 Eva ha sentido náuseas, mareos, y
visto cómo emergen en su piel erupciones y llagas después
del paso de las avionetas. Ha recogido, en suelo ecuatoriano,
octavillas que lanzan los helicópteros, difundiendo las
bondades de la erradicación de los cultivos ilícitos
“en el Putumayo”. Eva y su Adán, mantenían
hasta entonces sus peligrosos cultivos de yuca y plátano,
a este lado del río San Miguel, que separa ambas fronteras,
ambos paisajes. Durante cuatro años ha escuchado bombazos
y el vuelo rasante de los helicópteros y avionetas. “Echan
un líquido, sale humo, y al poco rato nos da tos, mareos,
dolor de cabeza. A los pocos días aparecen los peces muertos,
y los guaguas tienen salpullido en todo el cuerpecito”.
En cuatro años nadie ha respondido. O sí: luego
de mucha presión, estas comunidades un día logran
del gobierno ecuatoriano, que se comprometa a pedir a su par colombiano
que suspenda las fumigaciones temporalmente, y que al rehacerlas,
las realice 15 kms. lejos de la frontera ecuatoriana. En cuatro
años les han explicado, del otro lado, que las fumigaciones
no impactan en la salud, la piel, la vegetación o la fauna.
Pero vuelven las erupciones, la tos, los mareos y las llagas.
En cuatro años el gobierno ecuatoriano, y su par del otro
lado, se niegan a reconocer una verdad tan alta como el cielo
de La Punta.
Eva, ahora, enseña su bandita de reina al revés.
Y ella, y las otras Evas y sus Adanes, fumigan con glifosato (palabrita
tan difícil, dice Eva), las afueras de la embajada de Colombia
en Quito. Al día siguiente ella se mira el rostro en los
noticieros de televisión y los periódicos. Sonríe
y atina a decir: “Me veo fea, pero por fin nos sacaron en
la tele”. No estás fea, Eva, estás muy linda,
le respondo. Fea ella, la embajadora, mirá lo que nos dice:
“Me parece bien que hayan fumigado la embajada, para que
se compruebe que el glifosato no hace daño alguno. Esa
gente tiene todo el derecho a reclamar, pero tenemos todo el derecho
soberano a seguir fumigando en la línea de frontera”.
Eva, viéndola, promete regresar a la capital, retornar
–otra vez– al paraíso perdido. Como si la estuviera
oyendo, le habla a la señora de la foto: “Volveremos”,
dice.
* Vocero Nacional de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos,
APDH del Ecuador