¿Cambio o reacomodación en América Latina?
 
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América Latina, vive luego de la independencia frente a España, procesos diversos de construcción de sus Estados-Nación en el Siglo XIX y la entrada a la centralización del Estado-Nación se da en contextos diversos: en el marco de revoluciones liberales como el caso de la liderada por Eloy Alfaro en Ecuador o de proyectos conservadores, como el de la regeneración de Núñez en Colombia o el ‘porfiriato’ en México


Por Alejo Vargas Velásquez*
crvargas@andinet.com

Fotos Chano

El pasado

Desde comienzos del Siglo XX la región latinoamericana fue un área de influencia de Estados Unidos en lo relacionado con la seguridad, así lo determinaba el poderío (económico, militar y político) de los Estados Unidos.

Dentro del contexto de confrontación Este-Oeste, que predominó durante varios decenios, la idea de seguridad en América Latina estuvo asociada a “las hipótesis de guerra –admitidas como presupuestos de intervención del derecho de guerra–, abarcaban la guerra mundial, la guerra convencional entre países latinoamericanos y la guerra revolucionaria en el seno de cada uno de esos países. La hipótesis de guerra revolucionaria era considerada como una posibilidad real inmediata.”. Así lo plantean Filho Cavagnari, y Geraldo Lesbat en su texto “América del Sur: Algunos Elementos para la Definición de la Seguridad Nacional”, recogido en “Orden Mundial y Seguridad. Nuevos desafíos para Colombia y América Latina” de Francisco Leal Buitrago y Juan Gabriel Tokatlian, publicado por Tercer Mundo Editores.

Pero los Estados Unidos siempre tuvieron como preocupación frente a América Latina “tanto antes como durante la guerra fría, la inestabilidad política en el área... Las explicaciones de los orígenes de esta inestabilidad son dos: la agitación (o aventurerismo) comunista, por un lado, y la pobreza, por otro”, dice Rafael Pardo en su libro “Nueva seguridad para América Latina” publicado por Fescol y Cerec.

En la primera mitad del Siglo XX la región latinoamericana vive dos procesos que son correlacionados: uno, en lo político el populismo, con regímenes políticos inestables, trátese del populismo más autoritario de Juan Domingo Perón en la Argentina, pasando por el de Getulio Vargas en Brasil, hasta el expresado por el general Lázaro Cárdenas en el México post-revolucionario. El populismo en sentido estricto fue la posibilidad que tuvieron nuevos actores sociales (el mundo sindical en formación y los nuevos actores urbanos) para ingresar en la escena política.

El otro corresponde a los procesos de industrialización por la vía de sustitución de importaciones (lo que luego se va a conocer como el ‘modelo cepalino’), centrado en el desarrollo del mercado nacional y teniendo como protagonista central el Estado desarrollista –variante latinoamericana del Estado Benefactor–; acompañado con políticas de redistribución de ingresos.

A finales de los 50 se produce un hecho político–social que va a marcar profundamente a América latina: la Revolución Cubana, dirigida por Fidel Castro y Ernesto ‘Che’ Guevara contra el gobierno dictatorial de Fulgencio Batista, que una vez se radicaliza hacia una postura socialista va a ser vista por los Estados Unidos como la concreción de la ‘Guerra Fría’ en la región, la expresión del enemigo comunista.

Como influencia de la Revolución Cubana se va a dar la expansión mimética de grupos guerrilleros en todos los países de la región, queriendo la mayoría de ellos repetir la parábola cubana, pero en la mayoría de los casos sin entronques reales en sus propias sociedades. De estas guerrillas solamente sobrevivieron las de Centroamérica y Colombia, que respondían a dinámicas propias.

La respuesta inicial de los Estados Unidos al fenómeno cubano fue formular un plan estratégico global, la Alianza para el Progreso, que buscaba combinar seguridad y desarrollo. A la misma se sumaron prácticamente todos los gobiernos de América Latina. Lo anterior estaba acompañado de una política de aislamiento a través de la ruptura de relaciones con Cuba, que igualmente siguieron todos los países de la región con excepción de México.

A mediados de los 60 se va a posicionar como referente doctrinal para las Fuerzas Armadas de la región, la denominada Doctrina de Seguridad Nacional, que va a posicionar una lectura propia de la lógica bipolar, amigo–enemigo y por supuesto el enemigo va ser el comunismo y sus ‘aliados’ (en esta categoría incluyeron todo tipo de movimiento de protesta política y social).

Pero igualmente influida por esta concepción se van a dar una serie de gobiernos autoritarios en la región (militares y civiles), que se inician en 1964 con el golpe militar en Brasil liderado por el general Humberto Castelo Branco y siguen como mancha de aceite en toda la región.

Estos gobiernos autoritarios, que se prolongaron por dos décadas, tuvieron dos políticas públicas prioritarias: de una parte, una fuerte represión interna a toda muestra de descontento social o de oposición política y de otra, iniciar la implantación de unas nuevas políticas macroeconómicas, inspiradas en la llamada ‘escuela de Chicago’ y que básicamente implicaba el desmonte del Estado de Bienestar y el volcar la economía hacia el mercado internacional. Se dio inicio al denominado modelo económico neoliberal y a estructurar un nuevo tipo de Estado ‘neo-regulador’.

Al final de los 70 se va dar un último caso de triunfo de una revolución armada con los sandinistas en Nicaragua contra la dictadura de Anastasio Somoza, lo cual vuelve a colocar la utopía revolucionaria al orden del día y simultáneamente se va a dar una acentuación de los conflictos armados internos en Centroamérica (Salvador y Guatemala), conflictos que se van a enmarcar claramente como parte de la ‘guerra fría’.


Lo Reciente

A comienzos de los 80, se inicia el agotamiento de los regímenes autoritarios y se inician los procesos de transición a la democracia; transiciones que tuvieron un énfasis en lo político–institucional, es decir, construir democracias electorales. Más allá de descuidar la dimensión económica y social de la democracia, –lo relacionado con la inclusión social–, pero en aras de dejar atrás el autoritarismo se privilegió la dimensión política de la democracia.

Estas transiciones generaron modalidades y tensiones diversas en el reacomodo institucional civil–militar. Volver al modelo de subordinación militar al poder civil democráticamente electo, no fue un proceso sencillo. Las nuevas democracias tuvieron, adicionalmente una tarea fundamental: cómo lograr estabilizar el nuevo tipo de ‘Estado anoréxico’, que los procesos de reforma y privatización les habían heredado y esto igualmente generó nuevas tensiones.

A finales de los 80 se produce esa gran transformación global que fue el fin de la Guerra Fría, con el hundimiento de los regímenes políticos de Europa Oriental autodenominados socialistas. Esto tuvo varios efectos inmediatos en América Latina.

El primero de ellos, la rápida solución negociada de los conflictos internos armados en Centroamérica. Pero simultáneamente, en 1994, al mismo tiempo que se inauguraba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Canadá, Es tado Unidos y México, emerge una insurgencias de ‘nuevo tipo’: los zapatistas del Ezln.

Igualmente el narcotráfico es colocado por los Estados Unidos como el ‘nuevo enemigo’ para su estabilidad política y de la región, pareciera que entrar a ocupar el lugar que dejó vacante el ‘comunismo’.

También en este momento comienza a hacerse evidente, algo que venía madurándose lentamente: la crisis de los sistemas de representación política, especialmente los partidos y comienza la emergencia en la escena política de la región de nuevos actores socio–políticos: indígenas, pobladores urbanos, ‘nuevos pobres’ –denominados así a los que son producto de las políticas de ajuste neoliberal–.

En la posguerra fría se hace realidad la denominada globalización, en el centro de la cual juega un papel básico la expansión de los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión y la radio y esto comienza a influir fuertemente en el mismo funcionamiento de la democracia. Emerge la ‘democracia mediática’, para hacer referencia al cambio que se produce en el funcionamiento de la misma y cómo cada vez más serán los medios de comunicación de masas los que van a incidir de manera muy marcada en las preferencias políticas de los electores.

En algunos países de la región, la ‘herencia’ de la guerra fría se mantuvo y se reproduce bajo nuevas formas y en esto inciden de manera determinante la persistencia de conflictos internos armados crónicos.

Lo Actual

A comienzos del nuevo milenio vamos a tener en la región latinoamericana una serie de cambios políticos, económicos y en el ámbito de la seguridad regional. Una oleada de gobiernos progresistas o de ‘izquierda democrática’ triunfa en Sudamérica: el coronel Chávez en Venezuela, el presidente Lula en Brasil, Ricardo Lagos en Chile, Néstor Kirchner en Argentina. Si bien corresponden a un espectro político muy amplio y diverso, todos se identifican en cuestionar parcialmente las políticas norteamericanas para la región y en colocar un énfasis importante en lo social.

Pero, al mismo tiempo, parece ponerse en acción una nueva política de disciplinamiento norteamericano para la región, expresada después del 11 de septiembre de 2001 en la lucha contra el terrorismo y contra el narcotráfico, como los dos enemigos globales. Esta política se expresa de una parte en la Iniciativa Regional Andina, que es la extensión del Plan Colombia al conjunto de los Andes, inicialmente, y luego en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos promulgada en septiembre de 2002.

Simultáneamente, en lo económico, avanza la propuesta del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) que pretende crear un gran mercado desde Alaska a la Patagonia, pero que hace caso omiso de las profundas desigualdades y asimetrías que existen entre las economías, los países y las sociedades de la región, lo cual hace que para un conjunto de países y movimientos sociales y políticos de la región la propuesta del ALCA sea vista como la posibilidad de que la industria norteamericana termine engulléndose a las economías de la región y haciendo a toda América totalmente dependiente de Norteamérica.

Frente a esto en Sudamérica, se levanta un conjunto de iniciativas para estimular la integración subregional bien sea alrededor de Mercosur o de un mercado suramericano único que permita afrontar la negociación con los Estados Unidos de manera unificada para lograr condiciones menos onerosas, dentro del proceso de integración, que por lo demás se ve cada vez más como inevitable.

Lo anterior ha llevado a Estados Unidos a considerar a América Latina, como una zona de riesgo y amenaza potencial para su seguridad y bajo distintas ópticas a considerar diversos escenarios de control y orden: de una parte, hay sectores que hablan de la necesidad de diferenciar dos Américas, una desde México hasta Panamá, en proceso de mayor articulación con Norteamérica y con menores problemas de seguridad y otra el resto de Sudamérica. En esta parte considera que existen tres áreas conflictivas: la triple frontera (Brasil-Paraguay-Argentina) en la cual hay tráfico de armas, de drogas y eventualmente presencia de grupos fundamentalistas musulmanes; los Andes con la presencia de tres graves situaciones problemáticas (la producción de prácticamente toda la coca del mundo, el conflicto interno armado colombiano con tendencias a regionalizarse y la presencia de importantes fuentes de petróleo, pero bajo gobiernos como el del Presidente Chávez considerado por los Estados Unidos como poco confiable); la Amazonía, por la gran biodiversidad y riqueza existente allí.

Lo anterior ha llevado a reacciones diversas, tanto en Estados Unidos como en la potencia sub-regional, Brasil. Uno de los más allegados asesores del Presidente Lula, José Dirceu, planteó recientemente la posibilidad de la existencia de una intervención norteamericana en Colombia y seguidamente en la Amazonía, con los riesgos que esto conllevaría para los intereses estratégicos brasileños y señaló por ello la importancia de un rol activo de la sub-región suramericana para ayudar a resolver el conflicto interno colombiano. Por su parte, la Fundación Heritage, centro de pensamiento conservador en Estados Unidos ha planteado el riesgo que significa América Latina como ‘una bomba de tiempo’ y la posibilidad de convertirse en una zona tan explosiva como el Medio Oriente y llama al gobierno norteamericano a una intervención pronta y con determinación.

Cómo vemos, en América Latina se han venido transformando en los últimos decenios los dilemas en el debate teórico y la práctica política de la región. De la discusión entre reforma o revolución, que caracterizó la controversia en los 60 y 70, se pasó a la discusión entre democracia o autoritarismo en los 80, así como la solidez y riesgos de los procesos de transición. A comienzos del presente siglo la discusión se ha situado en los dilemas de compaginar democracia y gobernabilidad y derivado de lo anterior en cómo combinar la inclusión social de las mayorías con el crecimiento económico.

Finalmente, podríamos señalar, en esta mirada panorámica de la región latinoamericana, los desafíos que enfrentan sus democracias. En primer lugar, se trata de encontrar las nuevas modalidades de inserción en el escenario internacional, que no sean onerosas para los procesos de desarrollo internos, a partir del reconocimiento de estar articulados dentro de un mundo crecientemente interconectado. En segundo lugar, se deben encontrar alternativas para recomponer los sistemas de representación política de la diversidad social, o dicho de otra manera cómo lograr que las sociedades latinoamericanas, crecientemente desconfiadas de los partidos políticos, logren formas organizativas estables de representación política.
En tercer lugar, cómo encontrar alternativas económicas que puedan ser vías paralelas de desarrollo, al modelo derivado del ‘Consenso de Washington’ o por lo menos que le coloquen un rostro humano o un rostro social a la ortodoxia neoliberal. Por último, cómo consolidar sociedades seguras, lo que significa ser capaz de dar respuestas a situaciones y problemas percibidos crecientemente como generadores de amenaza e incertidumbre: la inestabilidad financiera, la inestabilidad social y la precariedad en el empleo, los altos niveles de inseguridad, especialmente en el mundo urbano de la región con una violencia urbana acrecentada, las amenazas del narcotráfico, todo lo cual genera incertidumbre general.

Frente a lo anterior, aparecen nuevas formas de protesta social, los piqueteros argentinos, las movilizaciones de los indígenas ecuatorianos, las luchas de los cocaleros bolivianos, las movilizaciones de los sin tierra brasileros, las luchas indígenas de los mexicanos. Todo esto, como el reflejo de un escenario socio-económico y político en crisis y al cual buscan irrumpir, cada vez con mayores niveles de protagonismo, nuevos y bulliciosos actores sociales populares.

De cómo respondan los gobiernos a estas nuevas realidades va a depender el que se encuentre un nivel de estabilidad, inclusión, democracia y desarrollo, o que por el contrario, como lo han denominado algunos analistas la idea de ‘sociedades en riesgo’ o inestables se consolide como mirada de la región y su futuro.

* Profesor Universidad Nacional.

 

 


 
 
 

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