El
Padre Andrés Fernández ha dedicado gran parte
de su vida a ejercer su labor pastoral en las prisiones del
país. El sacerdote, quien es una de las personas que
más conoce sobre el tema, cree que los centros de reclusión
no resocializan y pide que se piense más en la alternatividad
penal. El fanatismo religioso, dice, se ha convertido en un
generador adicional de violencia en las prisiones
Por
Pablo César Guevara *
pablocesarguevara@hotmail.com
El recluso que más recuerda es el que justo, el día
que le iba acumplir una cita, luego de haber salido de la
cárcel, se encontró en su camino con la muerte.
La historia había comenzado meses antes con un robo
en una comunidad cristiana, donde una pareja de ladrones se
apoderó de valiosos objetos religiosos. Los sujetos
fueron detenidos y de inmediato enviados a una cárcel
donde cada vez que veían al Padre Andrés Fernández,
le decían con improperios que su origen no era celestial,
sino más bien mundano, al señalarlo como quien
supuestamente había puesto la denuncia contra ellos
por la realización del hurto.
Sin embargo, un Viernes Santo uno de los dos ladrones fue
herido de gravedad en una de las habituales riñas que
se presentan en los centros de reclusión. Fue apuñalado
y al enterarse el sacerdote lo trasladó a un hospital
donde estuvo acompañándolo toda la tarde hasta
cuando despertó.
Fotos
Olver Castellanos |
“Usted por qué está aquí”,
le dijo el recluso y le recordó todas las palabras
soeces con las que lo había vilipendiado. “No
importa”, le respondió el Padre Andrés
y le aseguró: “Tú eres Jesús para
mí, eres una persona, estas herido y estoy acompañándote
¿porque quién más podría estar
aquí?”.
Ante ese gesto, el delincuente bajo la guardia y tomándolo
de la mano le respondió: “a partir de hoy usted
es mi amigo y por favor no me vaya a dejar solo”. Cuando
el interno regresó a la cárcel conversaban cada
vez que se veían y días después de haber
sido puesto en libertad por cumplimiento de pena, le anunció
al religioso que lo iría a visitar para tener un momento
de reflexión espiritual. Sin embargo nunca llegó.
“A las 12 recibí una llamada diciéndome:
“¿Usted esta esperando a fulano?”, dije
“sí, sí” y pregunté –”¿qué
paso?”. Al otro lado del teléfono una voz perturbada
le contó que quien ahora era su amigo tenía
todo listo para ir a la cita, pero la noche anterior cuando
fue a tomar una gaseosa en una tienda “entraron varios
hombres con armas y lo asesinaron”.
“Eso para mí fue muy duro” recuerda con
tristeza el sacerdote al señalar que los nexos que
se pueden crear con los internos son muy profundos, por lo
que su muerte puede llegar a ser muy dolorosa.
Situaciones como está, ha vivido el sacerdote, nacido
en Bogotá pero criado en Antioquia, en los últimos
34 años, ya que desde que estaba en el colegio, por
allá por 1970, comenzó a visitar reclusiones
como la del municipio de La Ceja y supo que su misión
pastoral futura estaría en aquellos conflictivos lugares.
Desde hace once años se desempeña como Capellán
General de Prisiones al tiempo que coordina a 35 religiosos
católicos que hacen su labor pastoral en los reclusorios
del país. Asimismo labora con el Consejo Episcopal
Latinoamericano (CELAM) en esta materia para todo el continente.
“Toda la vida he estado pagando cárcel”,
dice con una sonrisa, pero se muestra preocupado por la proliferación
de nuevos credos y religiones en los centros penitenciarios
lo que ha generado agresiones y rechazo ante el fanatismo
generado por algunas sectas. No obstante asegura que a la
hora de prestar atención espiritual o médica,
a través de las Brigadas de Salud que encabeza mensualmente
en todo el país o por su presencia constante en las
prisiones, no se tiene en cuenta de cuál credo es el
interno.
“En la prisión no se resocializa, se envejece”
Según cifras del Director del Instituto Nacional Penitenciario
y Carcelario, INPEC, General Ricardo Emilio Cifuentes, en
tan sólo 30 días ingresan, en promedio, mil
nuevos internos a los centros de reclusión, de los
cuales la mayoría están procesados por delitos
sociales como hurto calificado, inasistencia alimentaria,
lesiones, hurto y lesiones culposas o conductas ilegales surgidas
en desarrollo del conflicto interno. En este momento la población
carcelaria es de 64 mil prisioneros, entre condenados y sindicados,
y el hacinamiento que en la actualidad llega al 33 %, podría
superar el 45%, mientras son construidas, en los próximos
dos años, 15 nuevas prisiones que permitirán
la creación de 24 mil cupos.
Aunque el anuncio del Gobierno es positivo, para el Padre
Andrés Fernández la situación es preocupante
porque afirma que “Colombia, se está volviendo
un país carcelero” y hay iniciativas a las que
se les debería dar más prioridad como la ampliación
de servicios en los hospitales, la creación de nuevas
escuelas o el fomento de programas de apoyo a los campesinos.
Sostiene que es posible que se cambien los pisos y paredes
y se pongan cámaras y alambradas en los penales, pero
también se debe pensar en mejorar la situación
académica y laboral de los detenidos.
“Sin eso lo demás sería simplemente cemento,
hierro y frío” agrega el religioso, al tiempo
que solicita que los programas de trabajo y estudio se extiendan
a un mayor número de reclusos. Según cifras
del INPEC en el año 2003, 22.215 reclusos, entre condenados
y sindicados, se vieron favorecidos con la realización
de talleres agropecuarios, industriales, de artesanías
y servicios o como ordenanzas o monitores
Esta cifra equivale a cerca de un 35 por ciento del total
de los internos del país.
Sin embargo, frente al difícil problema que para los
gobiernos se convirtieron las prisiones durante muchos años,
donde los reclusos efectuaban extorsiones dentro y fuera de
los establecimientos con el uso de equipos de comunicaciones;
donde se registraban enfrentamientos con armas de largo alcance
y donde algunos internos conocidos como “Caciques”
manejaban los patios a su antojo y cobrando cuotas por protección,
dormitorio, baños o simplemente por el derecho a la
vida, reconoce que ha habido mejorías en materia de
Derechos Humanos, aunque algunos de esos hechos irregulares
podrían seguirse presentando “porque el colombiano
es muy creativo cuando busca mantener su estatus económico”.
“El Estado viene haciendo esfuerzos muy grandes por
corregir algunas anormalidades que se fueron presentando con
el transcurso de los tiempos. Las cárceles vuelven
a tener orden, un ambiente de seguridad. En otros tiempos
se veían todos los días noticias sobre asesinatos
o crímenes. Hoy también se dan, aunque no con
la misma intensidad”, afirma el Sacerdote.
También destaca que la medida puesta en marcha en la
presente Administración que prohíbe que circule
dinero dentro de los penales, a cambio la familia del recluso
le abre una cuenta, cuyos recursos se hacen efectivos en los
centros de reclusión donde los internos piden objetos
de aseo o alimentos con cargo al depósito, ha disminuido
las presiones internas y los abusos que se cometían
entre ellos mismos. De igual forma resalta la mejoría
en la infraestructura carcelaria representada en construcción
de nuevos penales o en la remodelación de los existentes,
como el caso de la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá,
que por años fue la más problemática
y quizás insalubre del país.
No obstante el religioso insiste que “la cárcel
es un fracaso” porque no resocializa, como en su concepto
lo demuestran las cifras de reincidencia y reingreso y afirma
que se debe insistir en medidas como la alternatividad penal,
para casos en los que los condenados o sindicados no sean
de alta peligrosidad, ya que es más probable conseguir
su transformación cuando están cerca de su familia
o trabajando y no alejados a distancias que sólo permiten
que sus allegados los vean cada seis u ocho meses.
Del mismo modo asegura que a veces el regreso de los prisioneros
a los sitios de reclusión luego de ser puestos en libertad,
se da por falta de oportunidades, porque más grande
que el delito es el estigma y la prevención creada
por la sociedad frente a una persona que ha estado en prisión.
“Hablé con un interno que tiene su esposa y tiene
sus niños. Salió en libertad y empezó
a pasar hojas de vida, a buscar por todas partes; se ofreció
para todo. Pero en ninguna parte encontró trabajo.
A su casa llegaba por la noche, lo más tarde para que
sus hijos estuvieran durmiendo porque le pedían comida
y era muy duro para él, pero los niños no se
dormían por el hambre. Al día siguiente pasó
una señora con una cadena y no se puso a pensar si
moralmente era bueno o malo, sino en el hambre de sus hijos;
le arrancó la cadena y hoy está otra vez en
la cárcel”, sostiene el religioso quien insiste
en que los ex prisioneros a veces tienen que mentir, incluso
luego de haber sido declarados inocentes tras dos o tres años
en prisión, porque para la gente, si estuvo allá,
“fue por algo”.
El sacerdote reconoce sin embargo que hay internos que luego
de salir de las cárceles inician una nueva vida, aunque
en la mayoría de los casos se trata de personas acomodadas
que cuentan con apoyo de su familia.
Las cárceles insensibilizan
En las cárceles se pierde la sensibilidad y a veces
el mismo sentido de humanidad por la tensión, agresividad,
frustración, inconformidad o desesperanza que allí
pueden surgir. En los pasillos de las cárceles se comentan,
en voz baja, historias escabrosas de asesinatos, presiones
y chantajes entre internos y falta de interés y profesionalismo
de los trabajadores de los establecimientos, que se ha extendido
incluso a los directivos, muchos de los cuales son funcionarios
activos o pensionados de las Fuerzas Armadas que no conocen
suficientemente de prisiones, porque esa no ha sido la especialidad
para la que se han preparado.
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De
igual forma, tan sólo para este año, el INPEC
tiene previstas compras por más de 11 mil 440 millones
de pesos, esto que la convierte en una institución
con alto flujo de caja, pese a que siempre presenta déficit
representado con mayor frecuencia en morosidad en el pago
de servicios y en conciliaciones y demandas, sin embargo es
atractivo para burócratas o amigos del presupuesto
público.
La Procuraduría General de la Nación ha investigado
o sancionado en los últimos años, a ex Directores
de la entidad como el Coronel Laureano Villamizar o el General
Víctor Manuel Paez Guerra, entre otros asuntos, por
presuntas irregularidades en contratos por prestación
de servicios o adquisición de equipos.
Los conocedores del tema también cuestionan el tiempo
de preparación de los guardianes en la Escuela Enrique
Low Murtra de Funza, Cundinamarca, al señalar que no
alcanzan un óptimo grado de dominio en la materia,
pues los ocho meses en la academia no son suficientes para
combatir la corrupción, hacerle frente a problemas
psicológicos y violación a derechos humanos.
Por otro lado, según el Padre Fernández, se
debe reconocer que los orígenes de un gran porcentaje
de la mayoría de las personas que caen en prisión
son humildes, criadas en ambientes de pocas oportunidades,
marcada hostilidad y marginalidad, lo cual tiene que ver con
políticas de Estado. La situación al llegar
a la cárcel no mejora y muchos hombres que tienen la
esperanza de regresar a la libertad, se encuentran con abogados
tramposos que les dicen que pronto van a salir a cambio de
cifras considerables, para luego desaparecer, o con juristas
de oficio que no toman, en algunos casos, con seriedad suficiente
la defensa de sus poderdantes.
Hablan los reclusos
Como en la sociedad, en las cárceles también
existen los estratos y sin que nadie lo reconozca hay reclusos
que tienen mejores posibilidades y ventajas que otros, lo
que se inicia desde el mismo momento en que son juzgados.
Para un líder narcotraficante una pena de 15 a 20 años
puede ser justa, pese a las conductas criminales que pudo
haber cometido directa o indirectamente, mientras que un recluso
que ha sido autor de un delito de menor gravedad puede recibir
una pena igual o mucho más alta.
Los internos, que dicen no tener privilegios, señalan
que hay errores en los cómputos que se les deben hacer
por rebaja de la pena (por dos días de trabajo de ocho
horas, se rebaja uno de prisión), porque a veces no
se suman bien o se extravían los reportes de los centros
de reclusión donde han estado detenidos, con lo cual
no se puede determinar con exactitud en cuanto se ha disminuido
la condena.
De igual forma sostienen que a veces hay negligencia o mediocridad
por parte de los funcionarios encargados de prestar servicios
asistenciales, ya que se han dado casos de muerte de internos
por falta de atención médica, o situaciones
absurdas como que un profesional de la odontología
llegue a extraer una muela equivocada.
Los internos, quienes reconocen que están en las prisiones
no por ser precisamente “monjas de la caridad”,
se quejan además de maltrato psicológico, no
sólo de otros internos sino también de la propia
guardia, que a veces se extiende a sus padres o familiares
cercanos, como si ellos hubieran sido también responsables
de su conducta criminal.
Asimismo, aseguran que en algún momento, traslados
hacia centros hospitalarios, por gravedad de enfermedades
o heridas, han sido negados, por lo cual algunos procedimientos
médicos riesgosos han sido practicados dentro de los
propios establecimientos.
Un prisionero recuerda además que conoció el
caso de un compañero suyo que estudiaba a distancia
en una universidad, quien fue trasladado de una cárcel
de Bogotá a otra ubicada en el occidente del país,
por haber pedido que le facilitaran un computador o una máquina
de escribir, porque sus trabajos no se los recibían
a mano.
Frente a las dificultades y los inconvenientes que se presentan
en los centros de reclusión el Padre Fernández
está convencido que la situación continuará
mejorando en los próximos años porque en estos
casos dice: “Dios es quien hace su obra”.
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Comunicador social-periodista
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