Si
hay algo que escapa al afán de los viernes
cuando el pueblo se alborota en las esquinas de la
plaza, es que a simple oído, Cabrera vive con
el rumor enmarañado del río Sumapaz,
que encajonado en cordilleras, emprende la búsqueda
del Magdalena. Y es que ahí, en pleno día
de mercado, donde el imago mundi, transcurre entre
la música que vociferan los billares, los tañidos
de campanas amenazando misa y alguna que otra carcajada
que salta de un bar, como homenaje a un chiste que
soltó cualquier amigo
por
Luis Barros Pavajeau *
pavajeau68@hotmail.com
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Fotos
Luis Barros Pavajeau |
San
José de Cabrera, nombre fundador desde 1911, que pasa
a ser corregimiento de Pandi en 1913, se alza a inspección
departamental y se constituye en municipio el primero de enero
de 1964. Territorio montañoso que creció demográficamente
acorde con las bonanzas del tabaco y la quina hasta la crisis
mundial de mitad del siglo XVIII.
Cabrera
con sus 5.479 habitantes según el Anuario Estadístico
de Cundinamarca proyectado al año 2000, históricamente
ha desarrollado un imaginario colectivo con la apropiación
del territorio. Desde la génesis económica colonial
que instauró encomiendas, mitas y resguardos, hasta
el alistamiento de los ejércitos liberales de la Guerra
de los Mil Días, opositores del Gobierno Central, que
le abrieron paso a las primeras movilizaciones de colonización
que enfrentaron a campesinos y latifundistas, desatando una
serie de luchas agrarias en 1918, que propiciaron la consolidación
de la ley 200 de 1936 cuando el Gobierno creó las Colonias
Agrarias.
Como
todo el país, Cabrera no pudo sustraerse a la época
de la violencia tras el asesinato de Jorge Eliécer
Gaitán en 1948. Aparecieron entonces, las guerrillas
móviles lideradas por Juan de la Cruz Varela que sentó
sus bases en el Alto de Sumapaz, hasta desmovilizarse durante
el armisticio del 9 de noviembre de 1953 en el gobierno de
Rojas Pinilla.
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Y
el resultado de esas agitaciones sociales que deambularon
a lo largo y ancho del territorio, es la estructura manifiesta
en la propiedad de la tierra, constituida por pequeñas
y medianas parcelas. Mientras tanto, discurre el viernes de
mercado; centro de reunión de las 16 veredas desperdigadas
en la zona de la cordillera Puchincá. Lugar en el que
se da rienda suelta a la palabra untada de memoria, para quejarse
de la inexistencia del servicio de alcantarillado, maldecir
por un verano prolongado o entusiasmarse con los buenos augurios
de la próxima cosecha. Porque la jornada apenas se
detendrá 140 kilómetros al este, cuando los
camiones repletos de frutas, arriben a la capital.
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Comunicador social y periodista.
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