Según
la costumbre
Gonzalo Mallarino Flórez
Alfaguara
230 páginas
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Carros
de bueyes. Domingos de mercado en Usaquén. El caserío
de Chapinero. Paseos al Salto del Tequendama. Pescas en el
río Juanamarillo, en Suba. La Calle Real. Estación
de la Sabana. Cacerías a Suesca. El barrio Egipto.
Matas de frailejón en las riberas de El Lago. Sí,
a esta ópera prima se le aplaude la excelente reconstrucción
de la Bogotá del siglo XIX, cuando una epidemia de
sífilis recorre los burdeles de la Plaza del Voto Nacional,
la Plazuela de San Victorino, el Puente de San Francisco y
el Camellón de las Nieves. Dos narradores situados
en las esquinas opuestas de esta historia, desnudan los vicios
de la sociedad santafereña, embozada en una doble moral,
para no contrariar los cánones de las buenas costumbres.
El uno, el doctor Anselmo Piñedo que investiga los
nuevos métodos bacteriológicos para erradicar
la enfermedad; “… La sangre de nuestros pacientes,
mi querido doctor Piñedo, me dijo el doctor Lirás
esta tarde, es para nosotros como el firmamento que escruta
el astrónomo en su búsqueda de los cuerpos celestes.”
El otro narrador; el jorobado Calabacillas, proxeneta irredento
y voyerista de mansardas, cerraduras y mirillas, desde donde
contempla los espacios íntimos cargados de marihuana,
brandy, indias vendadas y lesbianismo, en que la “gente
de primera” se encierra para dar cuenta de una pasión
acorde con los grandes salones de Europa.
Y en la mitad de ambos, la enfermedad innombrable que se propaga
por culpa de la vergüenza; “… Más
noche me le arrimo a la india. Van tres meses que no palpo
mujer. El cuerpo tiene su necesidad. Por muy averiado que
esté el cuerpo no olvida lo que era bueno”.
Mallarino Flórez ejecuta una narración ágil,
sostenida en puntos seguidos que da cuenta de una época
en que los enamorados también morían de melancolía,
que sin embargo, palidece en los últimos capítulos,
quizás por la tentación de apuntalar los cabos
sueltos, a través de la aguja apresurada de un happy
end.
Balzac
y la joven costurera china
Dai Sijie
Quinteto, Ediciones Salamandra
267 páginas |
En
la China Roja de finales de 1968, dos estudiantes son enviados
al distrito de Yong Jing como parte de la campaña de
“reeducación” en las labores campesinas
que emprende el presidente Mao Zedong. ¿Su delito?
Apenas ser los hijos de los “enemigos del pueblo”,
que en cristiano significa ser castigados con el destierro
de las grandes ciudades, por el sólo hecho de desafiar
los dogmas comunistas con el conocimiento de la “perversa”
cultura occidental. El panorama para ambos es desolador; en
una región aislada por las alturas de la montaña
de “El Fénix del Cielo”, empiezan a resignarse
a un destino anónimo entre lugañeros analfabetas,
quienes al ver por primera vez el violín que traen
entre sus bártulos, consideran que es un juguete para
imbéciles. Hasta que cualquier día una maleta
repleta de libros prohibidos cae en sus manos.
De ahí en adelante, ocurre el deslumbramiento por Balzac,
Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain
Rolland, Rosseau, Tolstoi, Gogol, Dostoievski, Dickens, Kipling
y Emily Brönte, entre otros.
¿En qué otro lugar si no ese, podría
levantarse la pasión que despiertan las grandes narraciones
a la manera de las Mil y Una Noches? Ya nada será lo
mismo en aquella aldea perdida. Las dotes narratorias de Luo
conmueven al jefe del pueblo, que autoriza el desplazamiento
mensual de los jóvenes a Yong Jing, “esa ciudad
tan pequeña que, cuando la cantina del ayuntamiento
sirve buey encebollado, toda la ciudad aspira su olor”,
para que a su regreso reloj en mano, narren con pelos y señales
la película que han visto. Después, llegará
el amor por la Sastrecilla entreverado a las novelas francesas,
que acabarán por permear hasta la moda de los vestidos
del Año Nuevo.
“Balzac y la joven costurera china”, es la historia
de la literatura dentro de la literatura. Un relato de las
pasiones humanas individuales enfrentadas a las murallas impuestas
por la dictadura al proletariado. Una novela de descubrimiento
interior alentado por la imaginación de la lectura,
enemiga acérrima de los regímenes totalitarios. |