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Eran
las 12 de la noche en el aeropuerto Indira Gandhi de Nueva
Delhi. La temperatura era alta, y la congestión y el
bullicio me tomaron por sorpresa. El lugar estaba a media
luz y sus corredores estrechos lucían desgastados.
Me esperaba Milon, un indio de piel oscura, de mediana estatura,
ojos oscuros y una amplia sonrisa que dejaba ver sus dientes
blancos. Pasamos frente a un mural de amarillo pálido
que dibujaba dos elefantes en un día de mercado. Humanos
y elefantes flotaban en el ambiente
Con
Milon, profesor de natación, venía Samip, presentador
de deportes y su esposa Meera, analista de créditos.
Nos subimos en el carro y fuimos a la casa de Milon, donde
pasé la primera noche. Al día siguiente fui
a vivir a casa del matrimonio, ubicada en un conjunto residencial
de clase media, sin portería, ni señalización,
ni zonas verdes; las calles eran bastante estrechas. Vacas
y perros merodeaban por la zona. La casa no era grande, las
paredes y las escaleras estaban desvencijadas y sin pintura.
El calor era infernal porque no había aire acondicionado.
Tenía un baño sin ducha y sin excusado. Apenas
un hueco al cual había que echarle agua con totumas.
Fotos
Carla Gisela Ricci Ferre |
En las noches, las cucarachas eran las dueñas del lugar
y más de una vez las sentí caminar sobre mi
piel.
Me di cuenta de que la pareja no se saludaba con besos o un
abrazo. Un día conversando con Meera, le dije que los
colombianos éramos muy afectivos, que por lo general
nos saludábamos de beso con nuestros familiares y amigos
y que con la pareja manifestábamos nuestro amor con
caricias, abrazos y besos en familia y en público,
a lo cual ella me respondió: “Si tú hicieras
eso acá, a los pocos segundos estarías rodeada
de gente mirándote. Aquí ni en familia uno puede
abrazarse o besarse con el novio”.
En las mañanas lo primero que tomábamos era
té verde con limón, caliente y natural.
Ese día, antes de salir de casa, me advirtieron que
no tomara el bus de servicio público sola. Me pareció
extraño. Al fin y al cabo había tomado buses
en China y en Tailandia y no había tenido ningún
problema. “Tú eres de piel blanca y eres una
mujer y te van a intentar tocar de manera indebida. Así
que aunque sea más costoso, toma los taxis motocicletas”.
Más de una vez, en la calle, algunos hombres me pidieron
tomarse unas fotos y trataban de abrazarme o intentaban acercarse
demasiado.
Otras veces, me hablaban sin que yo les preguntara y se ofrecían
a llevarme al lugar de destino. Sus ojos tenían una
profunda mirada, que intimidaba.
Para conocer a Nueva Delhi de manera segura, decidí
tomar un bus de turismo. Llegamos a la tumba de Gandhi, a
la cual se debía entrar descalzo. Era algo incómodo
porque los indios tienen la costumbre de masticar un polvo
rojo, que en la boca se torna en una especie de masa que produce
los mismos efectos de las hojas de coca.
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El polvo quita el hambre por muchas horas y cuando se cansan
de masticarlo, lo escupen al piso. Lo consumen unas cuatro
o cinco veces por día y millones de hombres lo hacen
a diario por lo que es muy frecuente ver su dentadura carcomida
y rojiza. Las mujeres no lo consumen. Lo probé y fue
suficiente una mínima dosis para advertir su sabor
amargo y para no intentarlo por segunda vez.
Habitualmente comíamos arroz blanco, verduras cocinadas
con ají, curry, cardamomo, jengibre y otras especias;
lentejas o garbanzos, tomate y pepino cohombro con crema yogurt
(¡qué delicia!), una especie de pan llamado chapati
o nan. De postre, mango y papaya. Muy pocas veces comimos
pescado o pollo, y carne de res o de cerdo, nunca. En una
de esas noches, en la radio sonó una canción
india que estaba de moda y me invitaron a bailarla con ellos.
El ritmo era veloz, alegre y bailamos separados. De pronto,
sonó “La Bomba”, del grupo boliviano Azul
Azul. Por supuesto, esta vez fui yo quien los invitó
a bailar y les mostré cómo lo hacíamos
en Colombia.
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La
Ciudad Rosada
India es un país con 953 millones de habitantes aproximadamente,
la mayoría sigue las creencias del hinduismo y su lengua
es el hindú, que lo habla el 50 por ciento de la población.
Además, existen 15 lenguas y 844 dialectos. El inglés
es el segundo idioma. Así mismo, hay una mezcla de
culturas árabes, musulmanas y otras que practican el
islamismo, el budismo, judaísmo y el cristianismo.
India se independizó de Inglaterra el 15 de agosto
de 1947 gracias a la revolución pacífica de
Mahatma Gandhi.
Después de estar unos días conociendo algunos
sitios de la ciudad como la Casa Presidencial, el Congreso,
el Museo de Indira Gandhi, el Museo Nacional de Arte, la Galería
de Arte Moderno, la Puerta de India, las ruinas del primer
templo hindú, dejé Nueva Delhi para dirigirme
a Jaipur, la Ciudad Rosada, llamada así por el color
de la piedra que utilizaron para construir muchos de sus edificios.
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A
Jaipur llegué después de 15 horas en tren. En
una de las calles principales vi transeúntes, vendedores
ambulantes, motos, bicicletas, carretas tiradas por camellos,
vehículos, buses viejos, taxis, elefantes, vacas, todos
compartiendo el espacio en pacífica convivencia, pese
a la ausencia de semáforos o policías de tránsito.
El aire era denso, y el ruido de los pitos y de la ciudad,
ensordecedor.
En La Ciudad Rosada visité el Templo de los Monos –que
como su nombre lo indica está completamente habitado
por monos y son ellos los dueños del lugar–,
varios templos construidos en honor de Shiva o Siva, el dios
supremo para la religión hinduista, el Museo Nacional
y la imponente Ciudad del Palacio Real.
En Jaipur tuve la oportunidad de ir al teatro más elegante.
Tenía una capacidad para 2.000 personas o más,
la gente iba muy bien arreglada, como si fueran para una presentación
de gala o de ópera. Vi una de las más famosas
y clásicas películas del cine hindú,
“Deudas”, hablada en hindú. La película,
una trágica historia de un amor prohibido por las diferencias
de casta, fue interrumpida en su mejor momento, los asistentes
tomamos un descanso de 20 minutos y después, como en
las obras de teatro, a los tres llamados de timbre regresamos
a la sala y terminamos de verla. El cine y la música
son dos entretenimientos muy importantes para esta cultura;
a nivel mundial India es el país con mayor producción
de películas, más que Hollywood, pasan de 2.000
al año. En éstas es muy importante la música
y la danza. De lo contrario, el filme no tendrá éxito.
Después de salir maravillada por la producción,
la fotografía, la historia y obviamente la danza y
la música de “Deudas”, me fui de compras.
En un almacén de ropa, entablé una conversación
con uno de los vendedores, el cual me invitó a la celebración
del cumpleaños de la sobrina.
A las 7:00 de la noche pasó a recogerme al hotel, atravesamos
la ciudad y llegamos a la casa de un tío, un hombre
mayor, de ojos y piel clara que comercializaba esmeraldas.
Me dijo que las piedras colombianas eran de muy buena calidad,
incluso me mostró algunas que tenía en su taller.
Minutos más tarde, la comida fue servida en el mismo
colchón donde veían la televisión y donde
dormían. Unas hojas de papel periódico hacían
de mantel. La comida, aunque de buen sabor, resultó
muy picante para mí. Al cabo de unas horas de compartir
con ellos, regresé al hotel.
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De
Jaipur fui en tren hacia Agra, que la imaginaba una ciudad
un poco más desarrollada por la cantidad de turismo
que lleva el Taj Mahal. Al llegar a la estación me
impactaron la cantidad de gente que dormía y vivía
entre la basura, los niños desnudos y los animales
que merodeaban por ahí.
Al día siguiente, fui una de las primeras personas
en llegar al Taj Mahal, el templo del amor, construido en
1632. Lo único que permiten entrar es agua y cámaras
fotográficas. Al estar allí, pude imaginar,
en cada pedazo de mármol, en cada talle de las miles
de piedras preciosas, en su escritura árabe, en su
grandeza, en su blancura, en su sagrado silencio, los miles
de hombres que lo construyeron a mano y con escasas herramientas
durante 21 años. Evidencié el profundo amor
de Sha Jahan, que lo hizo levantar tras la muerte de su esposa
Mumtaz, al dar a luz a su decimocuarto hijo.
Meera, Samip y Melon me recomendaron visitar los templos eróticos
de la ciudad de Kajuraho, distante unas 20 horas de Agra.
Durante el recorrido del bus, me hice amiga de una mujer de
unos 40 años, María Teresa, española,
que visitaba India y deseaba vivir algún día
para trabajar por el bienestar de los niños.
Antes de llegar, fuimos abordadas por dos adolescentes indios,
quienes se comprometieron a ser nuestros guías turísticos.
Ellos nos llevaron al parque de los templos eróticos,
construidos en piedra hace miles de años.
De esta maravillosa ciudad, me dirigí a uno de los
destinos que los turistas no pueden dejar de visitar. Se llama
Varanassi, donde cada mañana se lleva a cabo el ritual
de bañarse en el río Ganges, el más importante
de India.
Llegar de noche a esta ciudad laberíntica puede ser
algo complicado. Sus calles son bastante estrechas y oscuras;
uno se puede encontrar con una vaca o una rata de frente,
porque la gente utiliza cada rincón como basurero público.
En el día ya se ve y se siente más la actividad
de las callejuelas: los niños corren descalzos, las
personas transitan en motos, bicicletas o a pie, se abren
toda clase de tiendas de ropa, música, tapetes, restaurantes,
cafés internet, juguetes, etcétera.
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A pocos metros se encuentra el Ganges, utilizado para diferentes
ceremonias. La noche era clara. Serían las 7:30 cuando
observé a la distancia un grupo de personas llevando
una persona envuelta en papel plateado y brillante. Dejaron
el cadáver en el piso, mientras comenzaron a preparar
una hoguera con troncos. Luego pusieron el cuerpo que ardió
un par de horas. Durante la ceremonia no hubo un asomo de
llanto. En India no es bien visto llorar en público
durante esta clase de actos. Finalmente, el cadáver
fue depositado en las aguas turbias del Ganges.
También vi otro tipo de ceremonias que se llevan a
cabo por las noches donde con velas y cánticos se les
da gracias a los dioses por la lluvia. Todas las mañanas
los indios toman su baño en el Ganges y después
lavan su ropa. Los hombres se bañan casi desnudos,
mientras que las mujeres lo hacen ataviadas con sus tradicionales
saris, vestidos de seda que combinan varios colores y según
la luz, cambia de amarillo a naranja, por ejemplo. El vestido
está conformado por una pequeña blusa que deja
ver una parte del estómago y tiene una especie de bufanda
que cubre lo que pudo haber quedado al descubierto; termina
con una gran falda, que va casi a los tobillos.
Tomé el tren de regreso a la Capital de la India y
después de más de 16 horas, me encontré
de nuevo con mis amigos, quienes salieron a recogerme. Lo
primero que me preguntaron fue ¿cómo te pareció
el Taj Mahal? Les contesté que era lo más hermoso
que había visto en toda mi vida.
Llegamos a casa de Samip y Meera, tomé un baño
y un pequeño descanso, porque hacia el final de la
tarde iríamos a una finca de unos amigos de ellos,
donde nadamos un poco en la piscina, disfrutamos de la comida
y allí fue mi despedida con ellos, entre besos y abrazos.
Tuve que decirle hasta pronto a esta India enigmática,
espiritual, curiosa, bella y pobre, cálida, distante
y única.
*Comunicadora
Social y Periodista
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