Veinte días a bordo de la India
 
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Eran las 12 de la noche en el aeropuerto Indira Gandhi de Nueva Delhi. La temperatura era alta, y la congestión y el bullicio me tomaron por sorpresa. El lugar estaba a media luz y sus corredores estrechos lucían desgastados. Me esperaba Milon, un indio de piel oscura, de mediana estatura, ojos oscuros y una amplia sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos. Pasamos frente a un mural de amarillo pálido que dibujaba dos elefantes en un día de mercado. Humanos y elefantes flotaban en el ambiente

por Carla Gisela Ricci Ferre*
carlari6@hotmail.com

Con Milon, profesor de natación, venía Samip, presentador de deportes y su esposa Meera, analista de créditos. Nos subimos en el carro y fuimos a la casa de Milon, donde pasé la primera noche. Al día siguiente fui a vivir a casa del matrimonio, ubicada en un conjunto residencial de clase media, sin portería, ni señalización, ni zonas verdes; las calles eran bastante estrechas. Vacas y perros merodeaban por la zona. La casa no era grande, las paredes y las escaleras estaban desvencijadas y sin pintura. El calor era infernal porque no había aire acondicionado. Tenía un baño sin ducha y sin excusado. Apenas un hueco al cual había que echarle agua con totumas.



Fotos Carla Gisela Ricci Ferre


En las noches, las cucarachas eran las dueñas del lugar y más de una vez las sentí caminar sobre mi piel.

Me di cuenta de que la pareja no se saludaba con besos o un abrazo. Un día conversando con Meera, le dije que los colombianos éramos muy afectivos, que por lo general nos saludábamos de beso con nuestros familiares y amigos y que con la pareja manifestábamos nuestro amor con caricias, abrazos y besos en familia y en público, a lo cual ella me respondió: “Si tú hicieras eso acá, a los pocos segundos estarías rodeada de gente mirándote. Aquí ni en familia uno puede abrazarse o besarse con el novio”.

En las mañanas lo primero que tomábamos era té verde con limón, caliente y natural.

Ese día, antes de salir de casa, me advirtieron que no tomara el bus de servicio público sola. Me pareció extraño. Al fin y al cabo había tomado buses en China y en Tailandia y no había tenido ningún problema. “Tú eres de piel blanca y eres una mujer y te van a intentar tocar de manera indebida. Así que aunque sea más costoso, toma los taxis motocicletas”. Más de una vez, en la calle, algunos hombres me pidieron tomarse unas fotos y trataban de abrazarme o intentaban acercarse demasiado.

Otras veces, me hablaban sin que yo les preguntara y se ofrecían a llevarme al lugar de destino. Sus ojos tenían una profunda mirada, que intimidaba.

Para conocer a Nueva Delhi de manera segura, decidí tomar un bus de turismo. Llegamos a la tumba de Gandhi, a la cual se debía entrar descalzo. Era algo incómodo porque los indios tienen la costumbre de masticar un polvo rojo, que en la boca se torna en una especie de masa que produce los mismos efectos de las hojas de coca.


El polvo quita el hambre por muchas horas y cuando se cansan de masticarlo, lo escupen al piso. Lo consumen unas cuatro o cinco veces por día y millones de hombres lo hacen a diario por lo que es muy frecuente ver su dentadura carcomida y rojiza. Las mujeres no lo consumen. Lo probé y fue suficiente una mínima dosis para advertir su sabor amargo y para no intentarlo por segunda vez.

Habitualmente comíamos arroz blanco, verduras cocinadas con ají, curry, cardamomo, jengibre y otras especias; lentejas o garbanzos, tomate y pepino cohombro con crema yogurt (¡qué delicia!), una especie de pan llamado chapati o nan. De postre, mango y papaya. Muy pocas veces comimos pescado o pollo, y carne de res o de cerdo, nunca. En una de esas noches, en la radio sonó una canción india que estaba de moda y me invitaron a bailarla con ellos. El ritmo era veloz, alegre y bailamos separados. De pronto, sonó “La Bomba”, del grupo boliviano Azul Azul. Por supuesto, esta vez fui yo quien los invitó a bailar y les mostré cómo lo hacíamos en Colombia.

La Ciudad Rosada

India es un país con 953 millones de habitantes aproximadamente, la mayoría sigue las creencias del hinduismo y su lengua es el hindú, que lo habla el 50 por ciento de la población. Además, existen 15 lenguas y 844 dialectos. El inglés es el segundo idioma. Así mismo, hay una mezcla de culturas árabes, musulmanas y otras que practican el islamismo, el budismo, judaísmo y el cristianismo. India se independizó de Inglaterra el 15 de agosto de 1947 gracias a la revolución pacífica de Mahatma Gandhi.

Después de estar unos días conociendo algunos sitios de la ciudad como la Casa Presidencial, el Congreso, el Museo de Indira Gandhi, el Museo Nacional de Arte, la Galería de Arte Moderno, la Puerta de India, las ruinas del primer templo hindú, dejé Nueva Delhi para dirigirme a Jaipur, la Ciudad Rosada, llamada así por el color de la piedra que utilizaron para construir muchos de sus edificios.

A Jaipur llegué después de 15 horas en tren. En una de las calles principales vi transeúntes, vendedores ambulantes, motos, bicicletas, carretas tiradas por camellos, vehículos, buses viejos, taxis, elefantes, vacas, todos compartiendo el espacio en pacífica convivencia, pese a la ausencia de semáforos o policías de tránsito. El aire era denso, y el ruido de los pitos y de la ciudad, ensordecedor.

En La Ciudad Rosada visité el Templo de los Monos –que como su nombre lo indica está completamente habitado por monos y son ellos los dueños del lugar–, varios templos construidos en honor de Shiva o Siva, el dios supremo para la religión hinduista, el Museo Nacional y la imponente Ciudad del Palacio Real.

En Jaipur tuve la oportunidad de ir al teatro más elegante. Tenía una capacidad para 2.000 personas o más, la gente iba muy bien arreglada, como si fueran para una presentación de gala o de ópera. Vi una de las más famosas y clásicas películas del cine hindú, “Deudas”, hablada en hindú. La película, una trágica historia de un amor prohibido por las diferencias de casta, fue interrumpida en su mejor momento, los asistentes tomamos un descanso de 20 minutos y después, como en las obras de teatro, a los tres llamados de timbre regresamos a la sala y terminamos de verla. El cine y la música son dos entretenimientos muy importantes para esta cultura; a nivel mundial India es el país con mayor producción de películas, más que Hollywood, pasan de 2.000 al año. En éstas es muy importante la música y la danza. De lo contrario, el filme no tendrá éxito.

Después de salir maravillada por la producción, la fotografía, la historia y obviamente la danza y la música de “Deudas”, me fui de compras. En un almacén de ropa, entablé una conversación con uno de los vendedores, el cual me invitó a la celebración del cumpleaños de la sobrina.

A las 7:00 de la noche pasó a recogerme al hotel, atravesamos la ciudad y llegamos a la casa de un tío, un hombre mayor, de ojos y piel clara que comercializaba esmeraldas. Me dijo que las piedras colombianas eran de muy buena calidad, incluso me mostró algunas que tenía en su taller. Minutos más tarde, la comida fue servida en el mismo colchón donde veían la televisión y donde dormían. Unas hojas de papel periódico hacían de mantel. La comida, aunque de buen sabor, resultó muy picante para mí. Al cabo de unas horas de compartir con ellos, regresé al hotel.

De Jaipur fui en tren hacia Agra, que la imaginaba una ciudad un poco más desarrollada por la cantidad de turismo que lleva el Taj Mahal. Al llegar a la estación me impactaron la cantidad de gente que dormía y vivía entre la basura, los niños desnudos y los animales que merodeaban por ahí.



Al día siguiente, fui una de las primeras personas en llegar al Taj Mahal, el templo del amor, construido en 1632. Lo único que permiten entrar es agua y cámaras fotográficas. Al estar allí, pude imaginar, en cada pedazo de mármol, en cada talle de las miles de piedras preciosas, en su escritura árabe, en su grandeza, en su blancura, en su sagrado silencio, los miles de hombres que lo construyeron a mano y con escasas herramientas durante 21 años. Evidencié el profundo amor de Sha Jahan, que lo hizo levantar tras la muerte de su esposa Mumtaz, al dar a luz a su decimocuarto hijo.

Meera, Samip y Melon me recomendaron visitar los templos eróticos de la ciudad de Kajuraho, distante unas 20 horas de Agra. Durante el recorrido del bus, me hice amiga de una mujer de unos 40 años, María Teresa, española, que visitaba India y deseaba vivir algún día para trabajar por el bienestar de los niños.

Antes de llegar, fuimos abordadas por dos adolescentes indios, quienes se comprometieron a ser nuestros guías turísticos. Ellos nos llevaron al parque de los templos eróticos, construidos en piedra hace miles de años.

De esta maravillosa ciudad, me dirigí a uno de los destinos que los turistas no pueden dejar de visitar. Se llama Varanassi, donde cada mañana se lleva a cabo el ritual de bañarse en el río Ganges, el más importante de India.

Llegar de noche a esta ciudad laberíntica puede ser algo complicado. Sus calles son bastante estrechas y oscuras; uno se puede encontrar con una vaca o una rata de frente, porque la gente utiliza cada rincón como basurero público. En el día ya se ve y se siente más la actividad de las callejuelas: los niños corren descalzos, las personas transitan en motos, bicicletas o a pie, se abren toda clase de tiendas de ropa, música, tapetes, restaurantes, cafés internet, juguetes, etcétera.


A pocos metros se encuentra el Ganges, utilizado para diferentes ceremonias. La noche era clara. Serían las 7:30 cuando observé a la distancia un grupo de personas llevando una persona envuelta en papel plateado y brillante. Dejaron el cadáver en el piso, mientras comenzaron a preparar una hoguera con troncos. Luego pusieron el cuerpo que ardió un par de horas. Durante la ceremonia no hubo un asomo de llanto. En India no es bien visto llorar en público durante esta clase de actos. Finalmente, el cadáver fue depositado en las aguas turbias del Ganges.

También vi otro tipo de ceremonias que se llevan a cabo por las noches donde con velas y cánticos se les da gracias a los dioses por la lluvia. Todas las mañanas los indios toman su baño en el Ganges y después lavan su ropa. Los hombres se bañan casi desnudos, mientras que las mujeres lo hacen ataviadas con sus tradicionales saris, vestidos de seda que combinan varios colores y según la luz, cambia de amarillo a naranja, por ejemplo. El vestido está conformado por una pequeña blusa que deja ver una parte del estómago y tiene una especie de bufanda que cubre lo que pudo haber quedado al descubierto; termina con una gran falda, que va casi a los tobillos.

Tomé el tren de regreso a la Capital de la India y después de más de 16 horas, me encontré de nuevo con mis amigos, quienes salieron a recogerme. Lo primero que me preguntaron fue ¿cómo te pareció el Taj Mahal? Les contesté que era lo más hermoso que había visto en toda mi vida.

Llegamos a casa de Samip y Meera, tomé un baño y un pequeño descanso, porque hacia el final de la tarde iríamos a una finca de unos amigos de ellos, donde nadamos un poco en la piscina, disfrutamos de la comida y allí fue mi despedida con ellos, entre besos y abrazos. Tuve que decirle hasta pronto a esta India enigmática, espiritual, curiosa, bella y pobre, cálida, distante y única.

*Comunicadora Social y Periodista

 

 


 
 
 

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