En Cazucá,
el futuro también son los niños
 
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En una de las pendientes del barrio Luis Carlos Galán, segundo sector, está ubicada El futuro son los niños, escuela que acoge a varios de los infantes desplazados que llegan a los Altos de Cazucá. Eso si, hasta donde su capacidad lo permita. Una escuela, que trabaja con 160 niños, dicta clases desde el grado cero hasta el grado quinto. Los Altos de Cazucá es un sector con más de 40 barrios que queda entre Ciudad Bolívar y Soacha, es esa montaña llena de casas de cartón y lata que se ve desde la Autopista Sur

Por Federico Guillermo Muñoz C.

La situación en los Altos de Cazucá no es la mejor para que un niño desarrolle su crecimiento, o incluso para la vida de un adulto. Las calles son amarillas y polvorientas, el agua llega esporádicamente, los grupos de “limpieza” tienen azotada la zona y la policía hizo presencia en los primeros días de febrero luego de llevar varios meses sin asomarse por esa área. La gente vive con lo justo, en ocasiones ni les alcanza para comer, por lo que ingerir una comida al día es más que darse por bien servido.

Este es el panorama que encuentran las familias desplazadas que ven en Cazucá una tabla de salvación para conservar sus vidas. Ese fue el caso de tres familias que llegaron de Caldas finalizando febrero, o las que llegan continuamente del Chocó, Boyacá, Tolima, Santander u otros barrios de Bogotá, para nombrar unos pocos casos.

Pese a estas adversidades existen personas que luchan para que algunos niños tengan una vida más digna, como es el caso del profesor Samuel Enrique Pardo Córdoba y su equipo de profesores: Aldo Alfonso Camacho (grado 5), Yarlyn Consuelo Mosquera (grado 0), John Alexander Cossio Córdoba (grado 4), Neison Moya Córdoba (grado 1) y Wilmar Diomedes Mosquera Córdoba (Educación Física), los tres últimos hermanos de Samuel, todos fueron desplazados, de algún lugar de Colombia, por la violencia y terminaron en Cazucá enseñándole a los niños.

Ninguno de ellos recibe sueldo, las condiciones económicas de la escuela no lo permiten. El dinero hay que utilizarlo en los refrigerios y en los almuerzos. Con el estómago vacío los niños no se pueden concentrar. Hasta diciembre de 2003 se les pudo brindar esta alimentación a los menores, ya que la entidad que les colaboraba decidió no hacerlo más para 2004. Este año les ha tocado “soltar” a los niños más temprano, ya que cuentan con leche, arroz, aceite, granos, panela, harina, bienestarina y papas fritas (donadas por Rapipapa), pero al no tener pollo, carne ni verduras el servicio de alimentación no ha podido despegar.

Los sueños de estos profesores son inversamente proporcionales a los recursos con que cuentan. Pese a eso la idea es abrir un comedor para 280 personas, así no sólo los estudiantes podrían alimentarse sino los niños que esperan por un cupo o que no han podido matricularse por falta de dinero. Nury María Pardo, esposa de Aldo, les colabora en la cocina, ella cuenta con la ayuda de aquellos padres que al no poder pagar las matriculas han tenido que cancelarlas con su trabajo.

Pero no todo es negativo en esta escuela que acabó de ampliar su cobertura de 85 a 160 pequeños. También cambió su sede del Luis Carlos Galán tercer sector al barrio actual. Desde los 3 hasta los 16 años los alumnos aprenden matemáticas, español, ciencias sociales, ciencias naturales, inglés, educación física, ética y valores, y artística. No han podido empezar informática porque no hay con qué arreglar los computadores que les han regalado.

En artística aprendieron a hacer teatro, han demostrado su talento en el baile, “jogado” Capoeira y actualmente a tomar fotos gracias al proyecto Disparando cámaras por la paz. Ahora, en medio de la miseria en que viven, saben qué es un guión, disfrutan del baile brasileño demostrando toda su agilidad, los niños del Chocó les han enseñado a los del Tolima a bailar sus danzas tradicionales y así entre las diferentes regiones intercambian sus costumbres.

Los niños se ponen contentos cada vez que aprenden más cosas, para ellos es mejor estudiar que quedarse en la casa cuidando a sus hermanitos, haciendo aseo, cocinando o en el peor de los casos sosteniendo los hogares con su trabajo diario.

Ellos tienen que soportar en ocasiones altos grados de violencia intrafamiliar, a diario lidian con el hambre, pero sus sueños de progresar están intactos.

La realidad la asumen, la vida no se les va a arreglar de un día para otro, pero cada sonrisa que les arranca la marginalidad les ayuda a contrarrestar a este mundo tan duro. La gente del norte que sube a ayudarles no es más que una alegría momentánea, es cierto que sus intenciones son buenas pero la indiferencia de la mayoría opaca su espíritu altruista.

Esta otra ciudad, que posee una de las mejores vistas de la capital, está azotada por pandillas, combos y grupos de “limpieza” que la han emprendido contra los jóvenes.

Entre finales del año pasado y febrero de 2004 ya han asesinado a más de 30 personas. Arriba todos saben que con los “lcapuchos” nadie se mete y que lo mejor es esconderse cuando la camioneta negra con vidrios polarizados está patrullando, no vaya a ser que un tiro los coja mal parados. “Parece que estas personas no se dieran cuenta que en Cazucá el futuro también son los niños”.

Profesor
Samuel Enrique Pardo Còrdoba
Director de la escuela
"El Futuro son los niños"


 

 


 
 
 

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