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Sin destino
Imre Kertész
Acantilado
263 páginas


Interesante controversia ha levantado esta novela que recrea el año y medio de un joven judío en los campos de concentración de Auschwitz, Buchenwald y Zeitz. El asunto es serio; nadie en sus cabales sería capaz de soltar ni siquiera un asomo de sonrisa alrededor del holocausto nazi, considerado una de las más grandes vergüenzas históricas del siglo xx. Al menos esa es la opinión de la ortodoxia judía que no acepta desacralizar los días de la solución final que emprendió Hitler. Sin embargo Kertész, a través de la historia de Gyorgy Koves, logra explotar un punto de vista que muchos considerarán inadmisible. Porque este adolescente descubre que no puede ni quiere articularse “al destino común de los judíos”, ni comulga con sus referentes sociales o religiosos. Peor aún, ni siquiera balbucea el yiddish. El ser judío, para él, acaba por no significar nada. Y parte de la simpatía que despierta, es que el personaje sabe mucho menos que el lector a lo que realmente se enfrenta. La tragedia es la misma, pero la individualidad del prisionero 64.921 la tamizará de otra manera. Tanto así que cuando es abordado por un periodista cuando regresa a Budapest y es interrogado sobre “el infierno de Auschwitz”, apenas alcanza a afirmar: “me imagino que un infierno es un lugar en donde uno no se puede aburrir y, por el contrario, en los campos de concentración, como Auschwitz, puedes llegar a aburrirte mucho en el supuesto de que tengas la suerte de poder hacerlo”.
Novela de realidades esperpénticas, de evasiones por vías de la imaginación para impedirse caer en la locura, de una fe amparada en la negación de la negación, de la lucha diaria por tratar de alcanzar el día siguiente, porque al fin y al cabo, como lo dijo Bandi Citrom, uno de sus compañeros del bloque cinco, “lo principal es no abandonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara”.




Tajos
Rafael Courtoisie
Lengua de trapo
222 páginas


Un título perfecto para la breve novela que desarrolla Courtoisie, con la agilidad pasmosa de un corte de navajas. Raúl, su protagonista, no puede controlar el cosquilleo en la mano en la que empuña el filo de acero con el que irá destrozando cualquier cosa que se le atraviese en la ruta de la locura, aquella que lo arrastra a soñar con la gran fama que ofrecen los mass media a los psycho killers. Asombrosa simbiosis entre sus actos y la escritura que da cuenta de ellos. Poesía absoluta en medio de la violencia que impregna la historia. Tajos es una novela vigorosa, precisa y contundente, que describe la alienación de un mundo del que hay que ausentarse, así sea mediante la técnica del zapping. Pero como parece que ya nada perdura en ese caos de información inmediata, nuestro protagonista apenas esboza un súplica: “Quisiera contar una historia feliz. Una historia buena. La historia de mi abuela zurciendo calcetines dulcemente, en el crepúsculo de su vida. Pero es imposible… Las cosas que cuento no son eso. Son pozos de sal. De sal negra. Pozos a la intemperie. Segmentos obturados malamente, de a tramos, por un cirujano borracho, sin la más mínima precaución, cosidos en la noche sin método, en el aliento séptico de las penumbras. Memoria irregular, agujereada, de lo que fueron los días.

 

 


 
 
 

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